Mostrando entradas con la etiqueta El Optimismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El Optimismo. Mostrar todas las entradas

Psicología positiva y optimismo pedagógico




Fundada por Martin Seligman hace poco más de una década, la psicología positiva centra hoy todos sus esfuerzos en el desarrollo de líneas de investigación vinculadas con las relaciones positivas, con los proyectos positivos, con las emociones positivas, con la felicidad, con el optimismo, con el agradecimiento, con la resiliencia, con el estudio de los aspectos más valiosos, atractivos y deseables del ser humano, con sus fortalezas más importantes: la creatividad, la curiosidad, la apertura mental, la pasión por el aprendizaje, la capacidad para mirar en perspectiva, la autenticidad, el valor, la persistencia, la vitalidad, la bondad, el amor, la inteligencia social, la justicia, la equidad, el liderazgo, el trabajo en equipo, la capacidad para perdonar, la modestia,la prudencia, la autorregulación, la gratitud, la religiosidad, la esperanza, el humor, y la apreciación de la belleza, la excelencia y la destreza en todos los ámbitos de la vida. Y es que los seres humanos somos algo más que problemas, frustraciones, complejos,fantasmas, malestar, tragedia, dolor, angustia y sufrimiento, aunque también seamos todo esto. Además podemos experimentar emociones hondas, intensas, persistentes y duraderas, capaces de proporcionarnos felicidad y de promover comportamientos placenteros, heroicos, comprometidos y solidarios.

La diferencia entre optimismo y pesimismo, entre esperanza y desesperanza, no es más que una cuestión de actitud. Hay quienes creen que pensar en positivo es estar ciego ante la realidad y que el pesimismo, en consecuencia, supone una posición intelectual superior a la optimista. Tan sólo los pesimistas serían capaces de transformar el mundo, frente a los optimistas, que, además de ser unos ingenuos, están satisfechos y se conforman con lo que hay, incapaces de rebelarse ante el (des)orden social imperante, las injusticias de todo género o las tragedias de la vida. Pero, ¿qué sería de nosotros si no confiamos en que los tiempos venideros nos traerán paz, alegría, amor, prosperidad, solidaridad, justicia, felicidad y una vida mejor para todos; si dejamos de soñar con nuevas metas, conquistas y logros; si renunciamos a las utopías, que, como el horizonte, nos permiten seguir haciendo camino al andar?

Muchos pensaron, desde la ya lejana noche del tiempo, que el hombre jamás podría volar, pero un siglo después de que el primer biplano levantase el vuelo, un fragmento del mismo reposa en la Luna, en el Mar de la Tranquilidad; y es que, como decía Neruda, el poeta del amor y del pueblo, se podrán talar las alamedas y cortar todas las flores, pero nadie podrá detener las primaveras e impedir que los campos vuelvan a reverdecer.

Existen las pérdidas, los duelos, las enfermedades, la muerte, las catástrofes, las desgracias, las guerras, las decepciones, las injusticias o la insatisfacción del deseo; y nadie puede evitar, por muy optimista que sea, el sufrimiento y las penas que nos acarrea nuestra propia existencia. Pero la mayor parte de nosotros estamos capacitados para convertir las crisis en oportunidades, las dificultades en posibilidades; para afrontar de forma positiva, con optimismo inteligente, las situaciones adversas, para dotarlas de sentido, para vivirlas más como retos y desafíos que como amenazas o fracasos irreparables, para enfrentarlas o esquivarlas, o para reducir su nivel de impacto psicológico.

Por otra parte, las investigaciones sobre el bienestar subjetivo destacan que la felicidad está profundamente conectada con el establecimiento de vínculos significativos y profundos con nuestros semejantes, y que, en consecuencia, tendremos más oportunidades para ser felices y desarrollar una vida en plenitud en la medida en que nos planteemos objetivos, metas y compromisos compartidos y solidarios. En realidad, tales investigaciones no hacen más que confirmar algo que el ser humano conoce desde hace milenios: que la construcción de un mundo feliz no es una cuestión individual, sino un proyecto social y colectivo.

Todas estas cuestiones, que conforman el eje central sobre el que pivota la presente monografía, nos ofrecen una excelente oportunidad para tomar postura a favor de una pedagogía del optimismo y de la esperanza, capaz de generar importantes avances educativos, sociales y de crecimiento personal. Frente a la cultura de la queja que propagan los agoreros y catastrofistas de siempre, nosotros estamos convencidos de que la institución escolar tiene hoy una importante misión que cumplir: llevar a las aulas el aprendizaje de las fortalezas humanas y del optimismo inteligente, y poner todo ello al servicio de la construcción de un mundo más pacífico, más justo, más solidario y mejor para todos.


Ayudando a construir la felicidad. Los educadores y la ayuda al crecimiento personal









_________________


El educador es aquel que es apto para detectar lo positivo en alguien y sus resortes para avanzar… De su profundidad podrá nacer una mirada positiva apta para regenerar a los seres y dinamizarlos para la existencia… Mirad suficientemente a cada uno, hasta que se despierte en vosotros ese tipo de mirada profunda capaz de llamar a existir… Esa mirada creadora es particularmente necesaria a los fatigados de la vida, a los decepcionados de sí mismos, a los que no-existen…”

André Rochais



Ayudando a construir la felicidad. Los educadores y la ayuda al crecimiento personal

En la actualidad, muchos educadores se sienten presionados, frustrados, agotados y quemados por la responsabilidad, el exceso de trabajo, la conflictividad en las aulas, las preocupaciones y los miedos. Si los educadores viven insatisfechos e infelices, desanimados y pesimistas ante la vida y su tarea como educadores, ¿cómo podrán ayudar a los estudiantes a vivir con esperanza, alegría y confianza en sí mismos y en el futuro? ¿Cómo lograrán educar si no viven entusiasmados con la vida, si no la pueden saborear como una oportunidad de aprendizaje, de descubrimiento y disfrute permanentes? En definitiva, si los educadores no vivimos la alegría y no nos sentimos felices y satisfechos con nosotros mismos y con nuestra vida: ¿cómo podremos ayudar a otros para que experimenten el deseo y la alegría de vivir?, ¿cómo ayudarles a crecer y convertirse en adultos, en personas?

Por otra parte, nuestra escuela es muchas veces lugar de sufrimiento para profesores y alumnos. Para los unos fuente de estrés y frustración, para los otros ocasión de aburrimiento y desconexión con la vida. Con frecuencia la escuela fomenta la competitividad, el rendimiento, la pasividad, el cumplimiento ciego de las normas y la obediencia, olvidando a veces que los alumnos son personas, con sus valores, capacidades, necesidades y límites.

Por todo ello, es muy importante que los educadores lleven a cabo un proceso de crecimiento personal, a través del cual puedan trabajar en la construcción de su bienestar, de su felicidad y de su propia maduración como personas. Desde ahí, desde su solidez personal, podrán contribuir a que sus alumnos y alumnas aprendan a ser más positivos y felices. Este trabajo sobre uno mismo permite vivir más sanos, optimistas y estables emocionalmente, así como desarrollar las propias potencialidades. Aprendiendo a mirar lo más positivo de nosotros mismos y de nuestra vida, viviremos con más bienestar, alegría y felicidad, y podremos acompañar mejor a nuestros alumnos en este proceso (FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, 2005).

Entendemos que es necesario caminar hacia una formación integral de los profesionales de la educación de todos los niveles del sistema educativo. En este sentido no podemos quedarnos en la mera transmisión de contenidos, sino que es necesario ir más allá y trabajar para formar profesores y educadores comprometidos, reflexivos, críticos, flexibles, tolerantes, emocionalmente sanos, entusiasmados, positivos y felices. Por ello es necesario que a lo largo de sus procesos de formación inicial y permanente tomen conciencia de su misión: ¿Formar personas sumisas y adaptadas al pensamiento dominante? ¿Transmitir el conocimiento? ¿Estimular el desarrollo de la inteligencia? ¿Educar las emociones? ¿Formar seres humanos libres y comprometidos con la realidad? ¿Enseñar a pensar y a interpretar el mundo con criterio propio? ¿Educar la personalidad integral de los estudiantes?

Entendemos que la labor del educador es acompañar al educando en su proceso de crecimiento; ayudarle a pasar de su inicial desprotección y dependencia a la madurez personal, y a que desarrolle todos los ámbitos de su personalidad: intelectual, emocional, afectivo, de relaciones interpersonales, etc.; estimularle para que adquiera valores, creencias, conocimientos y formas de hacer; prepararle para la vida en sociedad, para que adquiera autonomía y sepa tomar sus propias decisiones. Educarle, en fin, para que desarrolle todas sus potencialidades y llegue a ser lo que es; y también para que sepa descifrar lo que siente y para que aprenda a valorar su cuerpo y escucharlo (FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, 2005, 2007, 2009; PALOMERO PESCADOR & FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, 2005). En definitiva, entendemos, coincidiendo con la propuesta que hace en su informe a la UNESCO la Comisión Internacional sobre la educación para el Siglo XXI (DELORS, 1996), que hay que educar para aprender a conocer, a hacer, a proyectar, a convivir, a sentir y a ser.

Todo ello es fundamental para formar personas satisfechas consigo mismas y con la vida, dispuestas a comprometerse con los demás y capaces de vivir una existencia feliz y con sentido, a pesar de las dificultades inherentes a la misma.

En primer lugar defendemos la importancia de que los educadores aprendan a ver al niño o al adolescente en quien es, sin exigirle más allá de lo que puede dar, contemplándolo en sus riquezas y posibilidades, que a veces no coinciden con lo que el educador espera. Es importante que se sienta satisfecho con sus avances, y reflejárselo; ayudarle a utilizar su inteligencia para que vea con claridad la realidad; a ejercitar su libertad y a tomar sus propias decisiones, acordes con su edad y posibilidades; acompañarle en la construcción de su voluntad, para poder llevar a cabo aquello que decida; y finalmente, contribuir a que construya una imagen realista de sí mismo, sin encerrarle en una visión idealizada, en lo que nosotros deseamos de él o en la etiqueta que le colocamos.

Es esencial que los educadores tomen conciencia de la importancia que tiene estimular al alumno a que exprese sus ideas y opiniones, o aquello que desea o le frustra, sin censurar ni reprimir, con una actitud de respeto y escucha; ayudarle a sentir y a expresar lo que siente, a canalizar sus emociones o, simplemente, estar a su lado, acogiéndole. Finalmente es importante ayudarle a tener en cuenta su cuerpo y cuidarlo, así como a elaborar una imagen realista de si mismo, sin etiquetarle ni encerrarle en lo que socialmente es valioso.

Es fundamental que los profesores comprendan la importancia de estimular al alumno a estar en contacto consigo mismo, para que vea lo que es positivo para él, lo que le construye, le deja en paz y a gusto o, por el contrario, le intranquiliza. Y ayudarle a disfrutar, a vivir cada momento como algo especial, como algo único y valioso, a comprender lo que le va bien, aunque no sea lo que se valora en su ambiente y, finalmente, ayudarle a tener actitudes positivas hacia sí mismo y la vida.

En segundo lugar, los educadores deberían comprender qué necesidades es importante que satisfagan sus alumnos para que su personalidad se desarrolle de forma sana y puedan vivir felices y satisfechos. Además, que tomen conciencia de las actitudes que favorecen el crecimiento de niños y adolescentes, que en realidad son importantes en cualquier relación personal y para ayudar al crecimiento a todo tipo de personas. Adquirir estas actitudes es algo lento que se hace a través de un largo camino de aprendizaje vivencial, que implica un análisis en profundidad del propio mundo interior, que va a ir conduciendo de manera progresiva a un cambio sustancial en las actitudes que se viven hacia uno mismo y hacia los demás.

Estas actitudes permiten vivir y mirar a los otros de un modo renovado. Entre estas actitudes, las fundamentales son las siguientes: autenticidad en la relación, saber escuchar en profundidad, generar una relación de persona a persona, manifestar cariño, respetar, tener fe en las posibilidades y potencialidades del alumno, no juzgar, criticar ni etiquetar, tener paciencia, no imponer y ayudarle a decidir por sí mismo (FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, 2005).

Finalmente, es muy importante que los educadores hagan un trabajo personal que les ayude a tomar conciencia de sí mismos y de su forma de funcionar, de lo que favorece o entorpece su vida, de la actitudes que viven, etc. (JIMÉNEZ GÓMEZ, 2004; FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, 2005).

Todo esto debería estar incluido en la formación de los educadores, poniéndolo en práctica en las aulas universitarias. Para ello es necesario crear en el aula un contexto que permita a los profesores en formación ser ellos mismos, crecer a nivel personal, valorarse y comprometerse, para que, en un futuro, puedan ayudar a niños y adolescentes a crecer como personas.

En mis clases, intento crear un clima relajado y tranquilo, libre de juicios y cargado de escucha, comprensión y respeto, en el que todos pueden participar, enriqueciéndose unos con otros, pudiendo ser ellos mismos sin temor a ser valorados. Un clima de aceptación de todos y de compromiso y gusto con lo que hacemos, fomentando el placer del conocimiento, abierto a cualquier propuesta que pueda enriquecernos, que acoge sus planteamientos con una actitud de aprender de todo y de todos. Estoy convencida de que lo que genera un ambiente propicio para el trabajo es el vivir actitudes constructivas. Por ello me muestro cercana, les acojo y escucho en sus dudas, anhelos y dificultades, respeto sus vidas y sus puntos de vista, me preocupo por ellos, les ayudo y acompaño y les miro en su valor.

Las materias que imparto, Psicología de la Personalidad, Desarrollo Sociopersonal, Psicología de la Educación y Formación Personal (esta última dentro del Postgrado en Psicomotricidad y Educación de la Universidad de Zaragoza), son especialmente importantes para ayudar a los estudiantes a mirar dentro de sí mismos y a su alrededor, y a encontrarse con el despliegue de la vida en los otros y en ellos mismos. Siento que son un medio privilegiado para que aprendan a escucharse y a escuchar a otras personas que buscan y se interrogan en torno a la vida y a ellas mismas, que tienen dificultades y sufren a veces, pero que se divierten, comparten, aman y disfrutan de la vida. Percibo que contribuyo a que se despierte la vida en ellos, que crecen en respeto y escucha, que se interesan y asombran, que se produce la comunicación sincera y que confían en mí. Poco a poco participan y se van abriendo a la asignatura, a los compañeros y a si mismos.

Creo en el valor de la educación para que las personas “aprendan a ser lo que son”. Por ello concedo mucha importancia a mi trabajo en formación de educadores, porque estoy convencida de que, si en mis clases consigo “alcanzar” a los estudiantes, algo de lo vivido lo van a transmitir cuando estén frente a sus alumnos u otras personas. Puedo ayudar a mis alumnos a crecer y a ser más concientes de ellos mismos y de su misión como educadores. Por eso quiero transmitirles mi visión del ser humano y su desarrollo, que sientan la importancia de lo que hacemos o dejamos de hacer; y también que comprendan que no da igual cómo lo hacemos.

Es fundamental la relación que establezco con la materia y con los estudiantes. Entiendo los contenidos como algo dinámico, que está relacionado siempre con ellos, con sus vidas, con sus aconteceres, con lo que sienten y anhelan, con lo que les frustra o les hace gozar. Es muy importante para mí abordar los contenidos desde su experiencia, que se hace viva junto a las experiencias de otros. Y esto les permite reflexionar, comprender, observar, sentir y compartir lo que viven, crecer en definitiva. A través de los contenidos de la asignatura puedo ayudarles a descubrir al ser humano de todos los tiempos, en su anhelo de comprenderse desde diversas perspectivas, una pasión que compartimos todas las personas.

En las clases les transmito mi visión del ser humano, lleno de potencialidades y capacidades, mi creencia en su fondo positivo y en sus posibilidades de despliegue, ayudándoles a encontrar ese mismo fondo en ellos. No refuerzo una visión ataque-defensa de la persona, y estoy ahí, junto a ellos, procurando ser yo en cada momento, con calma y paciencia, mirándoles desde una actitud de no juicio, de tolerancia, respeto y cuidado por sus vidas, y creyendo en sus posibilidades. Y esto da resultado, da muchos frutos, aún en el corto espacio de un cuatrimestre y en el contexto de una asignatura.

Por otra parte es primordial el gusto por lo que hacemos y transmitimos, y estar convencidos de su valor, entusiasmarnos y entusiasmar, contagiando la pasión por el conocimiento y por el ser humano. Y esto es contagiar las ganas de vivir siendo personas en proceso de crecimiento. Procuro ser auténtica en la relación y les invito a hacer lo mismo. Y es sorprendente el nivel de compromiso, escucha y respeto que se alcanza en el grupo.

Como dice una de mis alumnas: “Durante el desarrollo de las clase me he sentido muy a gusto. He podido hablar delante de mis compañeros sin vergüenza alguna y sin temor a lo que pensaran de mí. Soy una persona bastante tímida, pero en este grupo, gracias al ambiente que se ha creado, he conseguido sentirme como una más y disfrutar de los momentos que he vivido en clase. Me han gustado las conversaciones interesantes, las aportaciones personales de cada uno, el poder hablar de nuestros sentimientos y expresar nuestras ideas… Todo ha sido muy útil para el aprendizaje de la asignatura y para mí como persona”.

Uno de los principales objetivos de mis clases es fomentar en los estudiantes la formación integral de su personalidad, favoreciendo su proceso de crecimiento personal. Ayudarles a comprenderse, a conocerse y a hacerse conscientes de todo lo positivo que hay en ellos, a ser más dueños de sus emociones y de sus vidas y a ser ellos mismos y felices. Este objetivo se fundamenta en mi convencimiento de que es fundamental que el profesorado tenga una solidez personal desde la que pueda hacer frente a las situaciones conflictivas, a los procesos transferenciales en el aula; que le permita mantener la serenidad ante sus alumnos y ser un punto de referencia seguro para ellos, y que le ayude a tener unas actitudes positivas ante niños, adolescentes y jóvenes y su proceso de crecimiento.

En este sentido, creo que es muy importante que los profesores y profesoras sepan “ver” a los alumnos en su riqueza, en lo que son, que sepan reconocer todo lo que de positivo y genuino lleva dentro cada uno. Es fundamental que les valoren y que confíen en ellos (BARLOW, 2005). Sólo podrá confiar en sí mismo el niño que ha visto que se confía en él y que se le valora en lo que es, que tiene su hueco, su lugar. Y también es importante el amor incondicional del profesor y las actitudes de respeto, escucha, atención, cuidado y paciencia. Es evidente que el profesor maduro, que sabe ver al alumno, que confía en él, que tiene todas las actitudes positivas de respeto y cuidado por su crecimiento, va a ser un auténtico revulsivo, va a ayudar a que éste crezca, se conozca, decida de acuerdo a sí mismo y no tenga necesidad de actuar para buscar aprobación, porque ya es aceptado tal cual es.

A modo de ejemplo, resumo una sesión en torno a las necesidades del niño y del adolescente. Con ella pretendía que los estudiantes tomaran conciencia de las principales necesidades que un niño o adolescente debe satisfacer para que se produzca un desarrollo armonioso de su personalidad. También que tomaran conciencia del importante papel del educador en la satisfacción de estas necesidades y que les sirviera para conocerse en el modo en que estas necesidades han sido satisfechas o no durante su proceso de crecimiento. Finalmente, intentaba estimular la expresión personal ante los otros y algunas actitudes como la autenticidad, el respeto, la escucha y el no juicio.

Comencé planteándoles que es muy importante que el educador atienda las necesidades básicas del niño o del adolescente, puesto que su satisfacción es esencial para que se produzca un desarrollo armónico de su personalidad. Les entregué un texto de unas tres páginas en el que se desarrollaban las principales necesidades del niño y del adolescente desde una perspectiva humanista: ser reconocido, ser amado incondicionalmente, sentirse seguro, ser tratado como niño y no como mini-adulto, realizar aprendizajes y ser él mismo.

Tras la lectura, les pedí que escribiesen unas breves líneas en las que analizasen lo que este texto les despertaba, indicándoles que no lo hiciesen sólo desde una perspectiva cerebral, sino que tratasen de sentir y de analizar su vivencia puesto que, como decía Rogers, el aprendizaje que tiene lugar desde la nuca hacia arriba y que no involucra sentimiento o significación personal no tiene relevancia para la persona total.

Les suelo plantear las clases de este tipo de una forma abierta, de manera que les doy posibles ideas para escribir, insistiéndoles en que tan sólo son “pistas”, que las posibilidades son múltiples, que cada cual tiene su vivencia y que ninguna es mejor que otra. Por lo tanto, les digo, “seguramente a vosotros se os van a ocurrir otras muchas cosas de las que yo no he hablado”. Les sugiero varias posibilidades en forma de preguntas: ¿Cuál ha sido vuestra vivencia personal en el colegio, en el instituto o en la familia? ¿Qué efecto ha tenido en vosotros? ¿Cómo sentís que han sido satisfechas vuestras necesidades? ¿Qué os dice este texto como futuros educadores? ¿Os hace replantearos vuestro concepto de educación? ¿Os cuestiona de alguna manera vuestras relaciones personales? ¿Qué sentís después de su lectura? ¿Habéis aprendido algo sobre vosotros mismos?

A continuación, los estudiantes escriben tranquilamente y, de manera libre, van compartiendo sus vivencias, estableciéndose un diálogo rico e interesante. Algunos incluso comparten descubrimientos y experiencias personales. Se producen frecuentemente tomas de conciencia, expresándose a veces las emociones que las mismas acarrean. Transcribo seguidamente varios fragmentos de sus escritos, redactados por los estudiantes que participaron en la sesión que estoy comentando:

- Ser reconocido: “En la adolescencia creía que lo fundamental era comprender como me veían los otros, para cambiar lo que no les gustaba. Creo que tenía mucha inseguridad. Un profesor confió en mi y me ayudó, en un momento difícil de mi vida, a ver mi valor y aceptarme tal como soy”.

- Ser amado: “He aprendido cómo hay que tratar a las personas. Escuchar sin juzgar. A los niños es importante quererles, ser un poco como sus padres. Así podrán confiar en nosotros. Lo que pensamos de nuestros alumnos influye en cómo se comportan. Si un niño se cree “malo” y siempre le están castigando, aunque tenga potencial se va a quedar ahí si no le ayudamos a que lo saque”.

- Sentirse seguro: “Gracias al espacio que se ha creado, sin juicios ni evaluaciones, en el grupo he podido entablar verdaderas relaciones humanas con mis compañeras y con la profesora, basadas en el respeto y en la escucha. Hemos debatido y compartido nuestros puntos de vista, enriqueciéndonos unas a otras. Realmente, las clases resultan un remanso, una verdadera terapia. Se han reforzado mis deseos de hacer cosas que hace tiempo tenía aparcadas. Me permite aprender con gusto y dedicar tiempo a mi desarrollo interior. No es como en las clases que te obligan a dejar aparcadas tus experiencias y emociones de cada día, para concentrarte en una tarea meramente intelectual y solo por obligación de cumplir con tu responsabilidad”.

- Vivir exigencias adaptadas a su nivel de madurez: “Hay que dejar que los niños vivan su infancia, sin pretender que respondan como a veces ni siquiera los adultos somos capaces responder, y tener mucha paciencia con sus equivocaciones. He aprendido algo que me ocurre en el día a día: cuando me equivoco y fallo en alguna cosa que esperaba hacer, me duele y me da mucha rabia y veo que me exijo demasiado. Voy a intentar no enfadarme y buscar otro camino para llegar a lo que quería. También será importante para mí ir dejando de lado los productos, para centrarme más en el cómo y en disfrutar lo que hago”.

- Aprender los distintos saberes: saber hacer, saber ser, saber vivir (convivir) y saber de conocimientos: “Es increíble que podamos influir tanto en los niños. He visto lo importante que es educar las emociones, que a veces se olvidan en la escuela para explicar tan sólo contenidos. Muchas veces negamos sentimientos por miedo a ser rechazados, o porque nos da vergüenza sentir ciertas emociones. Esto nos hace tener una imagen negativa de nosotros mismos y no nos permite ser ni sentir lo que somos y sentimos. Al no aceptarnos, tampoco aceptamos a los otros”.

- Ser estimulado a construir la propia identidad: “Ha sido muy estimulante y gratificante la actividad de contar nuestro mayor deseo, para que vean lo que somos. Ver como la gente espera lo que le vas a decir y como te miran a los ojos con gratitud hacia tus palabras es algo muy bonito. Casi tanto como escuchar que personas que te conocen de unos pocos meses y de unas horas a la semana puedan decir tantas cosas de ti, que mucha gente que te rodea ni tan siquiera ve”.

Al final les propongo que expresen la sensación dominante que les queda de la clase. Es así como acceden de nuevo a la variedad de vivencias propias y de sus compañeros: alegría, tranquilidad, miedo a no saber hacerlo bien, calma, esperanza, aquí hay “madera”, respeto, ahora nos toca a nosotros, preocupación, responsabilidad, ganas de más ...

__________________


Risa y aprendizaje: el papel del humor en la labor docente



image








Se ofrece seguidamente un extracto de "Risa y aprendizaje: el papel del humor en la labor docente", artículo publicado en el número 66 (23,3), diciembre 2009, de la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, del que son autores Eduardo Jáuregui Narváez y Jesús Damián Fernández Solís.



Del estrés a la motivación

La primera ventaja de introducir el humor en el aula tiene que ver con el aspecto placentero de la risa. La risa nos proporciona una de las experiencias más gratificantes de nuestro mundo interior, activando el sistema mesolímbico dopaminérgico, un sistema de recompensas que nos obsequia con placer cuando obtenemos un bien preciado o deseado: un regalo de cumpleaños, un premio de la lotería, o una meta profesional (MOBBS ET AL, 2003).

El humor es una de las maneras más fáciles, rápidas, seguras, económicas y socialmente aceptables de generar una sensación positiva. Los chocolates belgas cansan pronto, la buena ópera no agrada a todos, el sexo es un asunto demasiado privado y los diamantes son caros. No es de extrañar, por lo tanto, que hayan proliferado tantas aplicaciones del humor en distintos campos como la medicina, la psicoterapia, la educación o la empresa.

Está bastante bien demostrado que el humor, al menos cuando consigue estimular la hilaridad espontánea de una persona, proporciona un bienestar emocional a corto plazo. Diversos experimentos han encontrado que los sujetos expuestos a un estímulo cómico (normalmente un video o una grabación audio) experimentan una mejora en su estado de ánimo, más esperanza, mayor interés en una tarea repetitiva, y menos ansiedad, ira y tristeza (MARTIN, 2008). En situaciones de estrés provocadas en el laboratorio, este tipo de estímulos cómicos también reducen, respecto a los grupos de control, la excitación fisiológica asociada con el estrés y aumentan las emociones positivas (MARTIN, 2008).

Estos resultados, junto con otros estudios naturalísticos del humor como estrategia de afrontamiento (HENMAN, 2001), y las teorías y experiencias de psicólogos clínicos como Sigmund Freud (1979) o Albert Ellis (1981), parecen apoyar el uso de intervenciones humorísticas para regular el estado anímico propio y ajeno en todo tipo de situaciones puntuales, entre ellas el contexto educativo. Hay que tener en cuenta que el aula presenta tanto al docente como a sus alumnos, numerosos desafíos que a menudo desembocan en frustraciones, desilusiones, fracasos, tedio, tensión interpersonal y otras fuentes de emociones negativas. Los profesionales de la docencia, de hecho, son uno de los colectivos más afectados por el estrés, la depresión y el burnout (MARTINEZ-ABASCAL, 2007). 

El uso adecuado del humor en el aula, para crear un clima positivo y divertido en el que la equivocación no implica rechazo, en el que las tensiones interpersonales se resuelven con ingenio, y en el que predominan las emociones positivas, sin duda contribuirá a fomentar la salud mental de todos los participantes en el proceso docente. Y más allá de esta visión puramente “terapéutica”, el humor puede también servir para motivar el esfuerzo educativo tanto para profesores como para alumnos. Una clase en la que prolifera la risa y las emociones positivas es un lugar en el que apetece estar, aprender y prestar atención, o, en el caso del profesor, trabajar y enseñar. 

En este sentido es importante distinguir, sin embargo, entre distintos estilos humorísticos, ya que no todos los usos del humor son igualmente “sanos” o “motivadores”. Por ejemplo, en el bullying de patio de colegio, el humor es muy habitual, pero evidentemente se trata de un humor agresivo y destructivo que puede tener efectos muy nocivos sobre la salud mental. Lo mismo podría decirse del uso por parte del profesor de la burla para castigar a un estudiante o poner en evidencia su error. 

Rod Martin y sus colaboradores han identificado cuatro estilos humorísticos, dos de ellos positivos, y dos negativos, que miden mediante una serie de cuestionarios (MARTIN, 2008). Los positivos son el humor afiliativo (bromear para hacer reír a los demás, para facilitar las relaciones y reducir las tensiones interpersonales) y el humor auto-afirmante (reír de las incongruencias de la vida, mantener una perspectiva humorística incluso ante las adversidades, emplear el humor como un mecanismo de regulación emocional). Los negativos son el humor agresivo (ridiculizar, satirizar, reír a costa de alguien), el humor autodestructivo (reírse de uno mismo excesivamente, para "caer bien" a los demás).

Numerosos estudios han encontrado que el humor afiliativo y (especialmente) el auto-afirmante se relacionan positivamente con la autoestima y el bienestar psicológico, y negativamente con la ansiedad y la depresión. El humor autodestructivo, por el contrario, se ha relacionado positivamente con la ansiedad, la depresión, el neuroticismo y diversos síntomas clínicos, y negativamente con el bienestar y la autoestima. En cuanto al humor agresivo, se ha relacionado positivamente con el neuroticismo y la agresividad, y como es evidente (y veremos más adelante), puede tener también consecuencias interpersonales muy negativas.


De la distancia a la cercanía

La tarea educativa presupone una relación interpersonal fluida y cercana. Se trata de una tarea comunicativa, de un intercambio continuo de ideas, conocimientos, emociones y comportamientos. En este sentido, el humor tiene una gran relevancia, porque como numerosos estudiosos han observado, es una de las claves más importantes en la creación y el desarrollo de la cercanía, la intimidad y la confianza interpersonal. El humor suaviza tensiones, reduce barreras y cohesiona grupos. En las palabras del cómico danés Victor Borge, “la risa es la distancia más corta entre dos personas”.

Hay que tener en cuenta que el humor es un fenómeno esencialmente social (MARTINEAU, 1972). Normalmente reímos y bromeamos en compañía, y ambas expresiones comunican mensajes que a menudo tienen consecuencias emocionales e interpersonales: de qué me río, de quién me río, con quién me río. Reírse de una broma concreta, o no reírse, a menudo implica identificarse con un cierto grupo, pertenecer a una cierta cultura o poseer unos ciertos valores. Por otro lado, hacer reír a alguien proporciona un placer y constituye un "regalo" emocional, mientras que burlarse de alguien constituye una agresión o una ofensa. En el ámbito de las relaciones, el humor puede desempeñar un importantísimo papel.

Un "buen sentido del humor" es una de las características valoradas más positivamente por las personas tanto en una potencial pareja sentimental como en una amistad, asociándose con todo tipo de otras características positivas (MARTIN, 2008). Por otro lado, dos personas con una relación de amistad suelen reír juntas más a menudo que dos personas desconocidas (SMOSKI & BACHOROWSKI, 2003). En un experimento, se les pidió a varias parejas de desconocidos del mismo sexo que compartieran una tarea muy divertida, diseñada para generar mucho humor, o una tarea agradable pero no graciosa. Según los resultados de un cuestionario posterior, los participantes que compartieron la tarea más divertida se sintieron más cercanos y más atraídos el uno al otro al finalizar la sesión (FRALEY & ARON, 2004). 

Pero la risa no sólo nos acerca, sino que nos vuelve más generosos con los demás, un efecto que comparte con otras emociones positivas. Por ejemplo, los camareros reciben mayores propinas los días de sol que los días de lluvia, y las peticiones de ayuda (“perdone, ¿tiene cambio de cinco euros?”) tienen más éxito si se sitúan cerca de una cafetería o pastelería de la que emana un buen aroma (BREHM, KASSIN & FEIN, 2002). La hilaridad tiene el mismo efecto: si una persona se ríe, se encontrará más disponible para ayudar (WILSON, 1981). Aunque hay que matizar que se trata de un efecto relativamente efímero –después de algunos minutos, desaparece.

Por otro lado, una de las consecuencias emocionales de la risa es la reducción de la ira, y este efecto tiene el potencial de reducir las tensiones y la hostilidad interpersonales. De hecho, los antropólogos han observado que en muchas sociedades nómadas como la de los pigmeos africanos, las disputas las resuelve una especie de “payaso” de la tribu que hace de moderador y de juez, y cuyas herramientas principales son el ingenio y las bufonadas que emplea para hacer reír a las partes enfrentadas y a toda la tribu (TURNBULL, 1965, p.182). Y muchos educadores han comprobado en su propia experiencia que el humor es también en el aula una de las mejores maneras de desactivar una situación emocionalmente explosiva.

La cercanía que produce el humor positivo contribuye a otro de los efectos conocidos del humor: su capacidad para potenciar la eficacia comunicativa (MARTIN, 2008). El docente que cuenta un chiste o emplea un recurso divertido a menudo consigue atraer poderosamente la atención de sus estudiantes. Incluso se ha podido comprobar que se produce un efecto mnemónico: los elementos divertidos resultan también más memorables. Sin embargo, en este caso, hay que tener en cuenta que este efecto es un arma de doble filo, porque el humor empleado hace que las partes no humorísticas del discurso se recuerden peor (SCHMIDT, 1994). Por lo tanto, el humor debería ser siempre relevante al tema que se trata y emplearse juiciosamente, para realzar los puntos clave de la lección.

_______________________________________________
Este artículo puede consultarse a texto completo en "El optimismo", número 66 (23,3), diciembre 2009, de la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, monográfico coordinado por María Pilar Teruel Melero, José Emilio Palomero Pescador y María Rosario Fernández Domínguez, páginas 203-215.





















La Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado cada más internacional y más interuniversitaria





La Revista Interuniversitaria de Formación del profesorado (versiones impresa y digital) cada vez más internacional y más interuniversitaria. En la configuración de sus últimos números, correspondientes a los meses de diciembre 2009 y abril 2010, han participado un amplio número de profesores y profesoras de 42 universidades, pertenecientes a un total de 10 países repartidos por toda la geografía mundial: España, Brasil, Portugal, Estados Unidos, Polonia, Rusia, México, Perú, Argentina y Arabia Saudita. 

El poder del optimismo





















Se ofrece aquí el artículo de presentación de la monografía sobre "El Optimismo", publicada en el número 66 de la "Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado", diciembre de 2009. Para enlazar con el citado número, cliquear aquí.


El poder del optimismo  ///  The power of optimism

José Emilio Palomero Pescador, María Pilar Teruel Melero y María Rosario Fernández Domínguez (Coordinadores)  /// Universidad de Zaragoza (España)

"Ningún pesimista ha descubierto el secreto de las estrellas, ni ha navegado por mares desconocidos, ni ha abierto una nueva puerta al espíritu humano” (Hellen Keller, Optimismo, 1903).

"No pessimist ever discovered the secret of the stars or sailed an uncharted land, or opened a new doorway for the human spirit" (Hellen Keller, Optimism, 1903).



1.- El optimismo, ¿una filosofía de vida?

Qué mejor punto de partida para iniciar la presentación de esta monografía sobre “el optimismo”, integrada dentro de una revista especializada en la formación inicial y permanente del profesorado, que esa cita de “Optimism”, uno de los libros escritos por Hellen Keller, cuya vida inspiró “El milagro de Ana Sullivan”, la famosa película galardonada con dos Óscar en 1962. 

Sorda, ciega y muda, Hellen Keller, con quien resultaba imposible entablar ningún tipo de comunicación, era considerada por su familia como una desgracia de la naturaleza, como una niña sin posibilidad alguna de recuperación. Tan sólo su madre mantenía una leve esperanza, que la llevó a contratar a Ana Sullivan, una joven maestra especializada en sordomudos, que se empeñó en recuperar un caso tan desesperado como el suyo. Con rigor, paciencia, optimismo y esperanza, Ana consiguió finalmente el milagro de romper la burbuja secreta en la que vivía Hellen, una adolescente encerrada hasta entonces en la fortaleza vacía y solitaria de su mundo interior, en un recinto de tinieblas y silencio del que terminaría emergiendo, no sin dolor, una personalidad extraordinaria, brillante, entusiasta y única.

Hellen Keller, que vivió con Ana Sullivan casi medio siglo, aprendió a leer con el sistema Braille en diferentes idiomas, se graduó en una prestigiosa universidad norteamericana con la máxima calificación y terminó siendo una famosa escritora, oradora y activista, que viajó por Estados Unidos, Europa y África. Por otra parte, su sordoceguera permitió un desarrollo excepcional de su sentido del olfato (un poderoso hechicero, como ella lo llamó, un canal sensorial con enormes poderes mágicos, gracias a su capacidad para evocar todo tipo de emociones y recuerdos), lo que la convirtió en la nariz más famosa de la historia, capaz de descubrir el oficio de una persona por su aroma, por su olor. Nada ni nadie pudo con su voluntad de aprender, ni con su deseo de abrirse al mundo del conocimiento. Fue un ejemplo de vida, de superación personal, mostrando al mundo entero el poder de transformación que tienen la fe, la voluntad, el optimismo y la esperanza. Si, como decía Paulo Freire, el problema no son las dificultades, sino como transformar éstas en posibilidades, la historia de Hellen Keller nos muestra el poder de la educación en orden a la superación de limitaciones y barreras, la capacidad transformadora de la pedagogía de la esperanza. 

Helen Keller y Ana Sullivan lograron conjurar, juntas, los murmullos de muchos fantasmas. Decía Hellen que si la felicidad se pudiera medir y palpar, entonces ella, que no podía ver ni oír, tendría todos los motivos del mundo para sentarse en una esquina y ponerse a llorar sin parar, pero que a pesar de todas sus privaciones era profundamente feliz. El optimismo residía en lo más hondo de su corazón y ella lo eligió como filosofía de vida. Ambas, Hellen y Ana, alumna y maestra, son, por otra parte, una auténtica referencia para los profesores y estudiantes de hoy, y para todas aquellas personas que confían en el poder del optimismo a la hora de afrontar la adversidad y sobreponerse a ella.

2.- Candide, ou l'Optimisme

Se piensa que fue François-Marie Arouet (Voltaire) el primero en utilizar el término optimismo, allá en 1759, cuando escribió su célebre cuento “Candide, ou l'Optimisme”, en el que se burla, página a página, de las ideas del filósofo alemán Wilhelm Leibniz, quien sostenía que “el mundo en el que vivimos es el mejor de los mundos posibles”. Y, sin lugar a dudas, fue Voltaire (filósofo, escritor, símbolo de la Ilustración y una de las figuras clave del siglo XVIII), quien realmente popularizó el término optimismo, que viene del latín “optimum” (lo mejor). Sin embargo, esta palabra ya había sido utilizada por otros autores con anterioridad, siempre en el mismo tono burlón de “Cándido o el Optimismo”, una de las obras más controvertidas de aquella época, que fue publicada bajo el seudónimo de “Monsieur le docteur Ralph”, y de cuya autoría Voltaire jamás se responsabilizó abiertamente. Antes de que él lo emplease en “Candide” (1759), el término optimismo fue utilizado, entre otros, por los jesuitas franceses en 1737 (optimisme), por el británico William Warburton en 1743 (optimism), o por los alemanes Ephraim Lessing y Moses Mendelssohnen en 1755 (optimismus), siendo incluido por primera vez en el Diccionario de la Academia Francesa en 1762.

En “Candide, ou l'Optimisme” (una fábula irónica y pintoresca que ha servido de trama a “Los optimistas” [2006], película dirigida por Goran Paskaljevic), Voltaire nos ofrece un relato satírico y despiadado del falso optimismo, “Tout est bien, tout va bien”, en el que sus protagonistas terminan convirtiendo en buenos los hechos más terribles y lamentables. 

Uno de los protagonistas de este relato, el profesor Pangloss (que representa a Leibniz), defiende en “Candide” que “la armonía preestablecida es la cosa más bella”, que “todo sucede para bien” y que el mundo en que vivimos es “el mejor de los mundos posibles”, de manera que “quienes afirmaron que todo está bien, han dicho una tontería; debieron decir que nada puede estar mejor”. Al final del cuento, Pangloss destaca que “toda su vida había sido una serie de horrorosos infortunios”, pero que “como una vez había sustentado que todo estaba perfecto, seguía sustentándolo”. Mientras tanto, Cándido, el protagonista principal, educado por Pangloss y cuyo nombre resulta una ironía más de Voltaire, se nos presenta inicialmente como el optimista ingenuo que cree de forma acrítica y absurda en la perfección indiscutible del mundo: “Un sabio que después tuvo la desgracia de ser ahorcado, me enseñó que todas esas cosas son un dechado de perfecciones, las sombras de una hermosa pintura”. Pero Cándido termina por descubrir una realidad bien distinta: que la bondad escasea, que el futuro es impredecible, que la vida es una lucha sin fin, que vivimos rodeados de todo tipo de desgracias y tragedias…, lo que le sumerge en un debate apasionado y agónico entre el optimismo ingenuo que le ha inoculado Pangloss, su preceptor en la infancia, y la cruda realidad, que le golpea de forma sistemática y despiadada dejándole sin aliento y sin esperanza.

En este sentido, Voltaire, que maneja con ironía y habilidad los diálogos de los diferentes protagonistas de su relato, nos trasmite una visión pesimista del mundo y de la vida: Frente a las ideas de equilibrio perfecto y armonía universal que defiende Pangloss (Leibniz), la realidad es que vivimos en un mundo hostil, en el que nos acechan todo tipo de desdichas y calamidades, por lo que el optimismo sin más resulta ser algo tan ingenuo como absurdo: “todo está bien cuando en realidad todo está mal”. Sin embargo, el pesimismo de Voltaire, que se mostró bastante más optimista en “Le mondain”, escrito en 1736 (un himno a la vida y los placeres), no quita para que en “Candide” defienda al mismo tiempo que "Il faut cultiver notre jardin", porque si nos ocupamos de cuidar aquello que nos rodea de forma más íntima podremos conseguir que nuestra vida sea más próspera, feliz y productiva.

3.- El optimismo inteligente

En 1998, inmediatamente antes de que Seligman y otros psicólogos americanos fundasen la Psicología Positiva, María Dolores Avia y Carmelo Vázquez publicaban un ensayo titulado “Optimismo inteligente. Psicología de las emociones positivas”. Con él se pretendía, tal como destaca María Dolores Avia dentro de esta monografía, “acotar el espacio semántico del término optimismo, y tratar de eliminar todas las visiones melioristas, ingenuas, biempensantes y casi siempre vacías, con que suele adornarse. Intentábamos rechazar desde el inicio una crítica que anticipábamos, la que considera al optimista como un ser iluso”.

El optimismo inteligente, que es el que nos interesa aquí, es el eje central sobre el que pivota el conjunto de artículos que componen la presente monografía. Frente al optimismo ingenuo de “Candide”, nos cautiva el optimismo de personajes como Hellen Keller, Víctor E. Frankl, Boris Cyrulnik, André Rochais, Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer, o el de millones de seres humanos anónimos, que han sabido acometer con decisión y entusiasmo proyectos constructivos; o afrontar con valentía y esperanza todo tipo de adversidades. Porque, como ya hemos señalado, “los seres humanos estamos capacitados para convertir las crisis en oportunidades, las dificultades en posibilidades; para afrontar de forma positiva, con optimismo inteligente, las situaciones adversas, para dotarlas de sentido, para vivirlas más como retos y desafíos que como amenazas o fracasos irreparables, para enfrentarlas o esquivarlas, o para reducir su nivel de impacto psicológico”. El optimismo, combinado con la pasión, el entusiasmo, la vitalidad, la valentía, la esperanza, la persistencia y la confianza es capaz de cambiar nuestras vidas y hacernos más felices. 

En este sentido, en el momento actual disponemos de todo un cúmulo de evidencias científicas que ponen de manifiesto que las personas que afrontan con un talante optimista diferentes patologías, tales como el cáncer, la insuficiencia renal, la esclerosis múltiple, el infarto, la hipertensión arterial, el asma…, tienen mayores posibilidades de alargar su vida que aquellas otras que se dejan arrastrar por el pesimismo. Sabemos, igualmente, que el optimismo nos protege contra la depresión, una enfermedad capaz de arruinar la vida; que quien se enfrenta con esperanza a una situación difícil es más fácil que encuentre una salida; que los optimistas son más perseverantes, y que desafían con más decisión y entereza los problemas; que tienen buen humor, mejor salud y más éxito en la vida; que tienden a convertir las crisis en oportunidades, saliendo así fortalecidos de las situaciones traumáticas o estresantes; o que el rendimiento académico está más conectado con una actitud positiva y optimista ante la vida, que con el cociente intelectual de los estudiantes… 

4.- Optimismo y educación

Una revista como la nuestra, centrada en el mundo de la educación, no puede desaprovechar la oportunidad que le brinda la presente monografía para tomar postura a favor del optimismo pedagógico. Dice Miguel Ángel Santos Guerra, en su “Invitación al optimismo” (Cuadernos de Pedagogía, 2004), que las sementeras de la educación son inevitables, aunque a veces se produzcan a largo plazo. Millones de profesionales de la educación han trabajado en las aulas a lo largo de la historia, iluminando el pensamiento, transmitiendo los saberes, instando a la búsqueda de nuevos conocimientos, promoviendo el aprendizaje de la convivencia. Por otra parte, sin optimismo, la tarea educativa perdería su sentido más hondo, porque es imposible que pueda educar alguien que ha perdido la confianza en sí mismo y en el ser humano con el que trabaja. Además, los niños y jóvenes tienen una vitalidad extraordinaria. Hacen proyectos y tienen toda la vida por delante. Trabajar con ellos es una invitación a la esperanza. ¿Por qué no alejarnos, entonces, del discurso del dramatismo, la desolación y la impotencia? Somos conscientes de los problemas que acechan al sistema educativo, pero, justamente por ello, nosotros proponemos aquí que, frente a la cultura del pesimismo y la queja, llevemos a las aulas el aprendizaje del optimismo y del resto de las fortalezas humanas, para poner toda esa riqueza al servicio de la construcción de un mundo más justo, pacífico y solidario.

5.- Estructura de la monografía

No queremos finalizar la presentación de este nuevo número (66, 23.3) de la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, sin hacer una breve referencia tanto a los autores y autoras que participan en el mismo, como a los artículos que lo conforman. En ellos se nos muestran diferentes vertientes del poder del optimismo, cuyos beneficios en numerosos ámbitos de la vida están hoy avalados por la investigación científica, que cada vez encuentra más evidencias empíricas al respecto. Todos estos trabajos nos ofrecen, al mismo tiempo, una excelente oportunidad para tomar postura a favor de una pedagogía de la esperanza, capaz de generar importantes avances educativos, sociales y de crecimiento personal.

En primer lugar, dejamos constancia de los autores y autoras que han colaborado en su elaboración, que son los siguientes: Gonzalo Hervás (Universidad Complutense de Madrid), Alejandro Castro Solano (Universidad de Palermo, Argentina), María Dolores Avia (Universidad Complutense de Madrid), Pablo Fernández-Berrocal (Universidad de Málaga), Natalio Extremera (Universidad de Málaga), Pedro Hernández-Guanir (Universidad de la Laguna), Santos Orejudo Hérnandez (Universidad de Zaragoza), Rosario Del Rey (Universidad de Córdoba), Rosario Ortega (Universidad de Córdoba), Irene Feria (Universidad de Córdoba), Erica Rosenfeld Halverson (University Wisconsin-Madison), Eduardo Jáuregui Narváez (Saint Louis University, Campus de Madrid), Jesús Damián Fernández Solís (Ayuntamiento de Alcobendas), José Emilio Palomero Pescador (Universidad de Zaragoza), María Pilar Teruel Melero (Universidad de Zaragoza) y María Rosario Fernández Domínguez (Universidad de Zaragoza).

Por otra parte, los artículos que componen la presente monografía son los siguientes: 

1) “Psicología positiva y optimismo pedagógico” (Editorial).

2) “El poder del optimismo” (José Emilio Palomero Pescador, María Pilar Teruel Melero y María Rosario Fernández Domínguez).

3) “Psicología positiva: Una introducción” (Gonzalo Hervás).

4) “El bienestar psicológico: Cuatro décadas de progreso” (Alejandro Castro Solano).

5) “Nueva mirada al optimismo inteligente” (María Dolores Avia Aranda).

6) “La inteligencia emocional y el estudio de la felicidad” (Pablo Fernández-Berrocal y Natalio Extremera).

7) “¿Qué moldes mentales conforman un optimismo inteligente?” (Pedro Hernández-Guanir).

8) “Una mirada evolutiva al optimismo en la edad escolar. Algunas reflexiones para padres, educadores e investigadores” (Santos Orejudo y María Pilar Teruel Melero).

9) “Convivencia escolar: fortaleza de la comunidad educativa y protección ante la conflictividad escolar” (Rosario Del Rey, Rosario Ortega e Irene Feria).

10) “Los procesos de producción artística como espacios para el desarrollo positivo de los jóvenes” (Erica Rosenfeld Halverson).

11) “Risa y aprendizaje: el papel del humor en la labor docente” (Eduardo Jáuregui Narváez y Jesús Damián Fernández Solís).

12) “A propósito del optimismo” (María Pilar Teruel Melero).

13) “Construyendo nuestra felicidad para ayudar a construirla” (María Rosario Fernández Domínguez).

Finalmente, publicamos también el resumen de dos tesis doctorales conectadas con la creación de entornos positivos para el aprendizaje:

1) “Dialogig Management in adult education: a case study in Spain” (2007), de Itxaso Tellado Ruiz de Gauna. Tesis doctoral defendida en la “Northern Illinois University”.

2) “Exploring multimodality, literacy and learning with young adult fiction” (2009), de Melissa Schieble. Tesis doctoral defendida en la “University of Wisconsin-Madison”. 

Quienes coordinamos esta monografía hemos puesto ilusión en un trabajo que nos resulta apasionante. Queremos mostrar, por otra parte, nuestro agradecimiento a todas las personas que han colaborado en hacer posible que el lector tenga hoy en sus manos este nuevo número de la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, porque sin el apoyo de todos ellos jamás habríamos llegado a la meta.

Firmado en Zaragoza, a 5 de agosto de 2009


RESUMEN

En este artículo se aborda el optimismo desde una perspectiva descriptiva, partiendo de las diferentes visiones y miradas que nos ofrecen cuatro ensayos sobre el tema, todos ellos interesantes: “Optimism”, de Hellen Keller (1903), un libro de carácter autobiográfico en el que la autora, sorda, ciega y muda, nos muestra su pasión por la vida; “Candide, ou l'Optimisme” (1759), una fábula irónica en la que Voltaire se burla del optimismo ingenuo; “El optimismo inteligente” (1998), un ensayo en el que M.ª Dolores Avia y Carmelo Vázquez tratan de acotar el espacio semántico del término optimismo; e “Invitación al optimismo” (2004), de Miguel Ángel Santos Guerra, un canto esperanzado al poder de la educación. Por último, se hace una breve referencia a los artículos que componen el conjunto de la presente monografía.

PALABRAS CLAVE

Psicología positiva, Optimismo inteligente, Optimismo pedagógico.

ABSTRACT

This article deals with optimism from a descriptive point of view, focusing on the different views offered by four interesting essays: Optimism by Hellen Keller (1903), an autobiographical book in which the author, deaf, blind and dumb, shows her passion for life; “Candide, ou l’Óptimisme” (1979) an ironic fable in which Voltaire jests at naive optimism; El optimismo inteligente (1998), an essay in which María Dolores Avia and Carmelo Vázquez seek to delimit the semantics of the term optimism; and Invitación al optimismo (2004) by Miguel Ángel Santos Guerra, a hopeful hymn to the power of optimism. Finally, we briefly introduce the articles in this special issue. 

KEYWORDS

Positive psychology, Intelligent optimism, Pedagogical optimism.


El Optimismo, monográfico coordinado por M.ª Pilar Teruel Melero, José Emilio Palomero y M.ª Rosario Fernández (diciembre 2009)



Diseño de Jose Palomero






















Sobre estas líneas, portada del monográfico sobre EL OPTIMISMO, publicado en la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado (RIFOP), de diciembre de 2009, número 66 (23,3). Cliquear aquí, o sobre la portada, para visualizarla a mayor tamaño. 

En este monográfico participan personas de once universidades españolas y extranjeras: Málaga, Córdoba, Complutense de Madrid, Pontificia de Comillas, La Laguna, Zaragoza, Valladolid, Saint Louis University (Campus de Madrid), Buenos Aires (Argentina), Northern Illinois University (Estados Unidos) y Wisconsin-Madison (Estados Unidos).

A modo de introducción

El Optimismo Inteligente es el eje central de todos los artículos que componen la última monografía (diciembre de 2009) de la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado. En ellos se muestran distintas vertientes del poder del optimismo y sus beneficios en numerosos ámbitos de la vida. Actualmente, la investigación científica encuentra cada vez más evidencias empíricas sobre este tema. El ser humano está capacitado para convertir las crisis en oportunidades, las dificultades en posibilidades; para afrontar, de forma positiva, las situaciones adversas, dotarlas de sentido, enfrentarlas o esquivarlas, vivirlas más como retos y desafíos que como amenazas o fracasos irreparables, reduciendo, de esta forma, su nivel de impacto psicológico. Así, el optimismo, combinado con la pasión, el entusiasmo, la valentía o la esperanza, es capaz de cambiar nuestras vidas y hacernos más felices. Por otra parte, una revista como la nuestra, centrada en el mundo de la educación, quiere aprovechar la ocasión, a través del presente monográfico, para tomar postura a favor del optimismo pedagógico. Sin esperanza, la tarea educativa perdería su sentido más hondo, porque es imposible que pueda educar alguien que ha perdido la confianza en sí mismo y en el ser humano con el que trabaja. Proponemos que, frente a la cultura del pesimismo y la queja, llevemos a las aulas el aprendizaje del optimismo y del resto de las fortalezas humanas, para poner toda esa riqueza al servicio de la construcción de un mundo más justo, pacífico y solidario.


Cliqueando sobre estas líneas se puede acceder al texto completo, en formato word, del artículo de presentación (El poder del Optimismo) de esta monografía.