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Cómo amanso a mis fieras. Estrategias para mejorar la convivencia en clase a través de la música





























No se trata tanto de qué hacemos para enfrentarnos a los casos de violencia, como de qué hacemos para convertir nuestros centros en espacios adecuados para el aprendizaje de la convivencia (Fernando Savater, El Valor de Educar). 

Escrito con un lenguaje sencillo, ameno y descriptivo, Cómo amanso a mis fieras constituye toda una demostración de lo que es la Musicoterapia en el ámbito educativo, así como un manifiesto a favor de la paciencia, del sentido del humor, del juego y de la música como elementos fundamentales para aprender habilidades sociales y emocionales.

Ante el incremento de los problemas de convivencia en el aula, ambientes hostiles, conductas inapropiadas y un enrarecimiento del entorno que dificulta cada vez más el proceso de enseñanza-aprendizaje, se hace necesaria la búsqueda de nuevas alternativas que apacigüen el ánimo de los adolescentes, técnicas que favorezcan el autocontrol y la canalización de tensiones en lugar de la represión, el enfrentamiento y las posteriores explosiones fuera de lugar.

Debido al número tan elevado de alumnos por aula, la mezcla de culturas, la integración del alumnado con necesidades educativas especiales, las diferentes formas de pensar y de expresarse, los distintos niveles económicos, sociales y culturales, etc., diariamente suelen producirse fricciones en las aulas de la ESO, sobre todo en los cursos menores: 1º y 2º. Los profesores y profesoras, por lo general, no estamos preparados para abordar este tipo de conflictos y nos encontramos desbordados ante situaciones que se nos van habitualmente de las manos.

Este proyecto parte de la iniciativa de una profesora de Música que cree que si incorporamos técnicas y estrategias propias de la Musicoterapia al ámbito educativo, podremos crear un ambiente de estudio más agradable, menos tenso, que propicie una buena convivencia y establezca las condiciones adecuadas para que se produzca un aprendizaje efectivo durante la mañana y no una pérdida de tiempo resolviendo cuestiones relacionadas con el comportamiento del alumnado.

Este trabajo responde a esa necesidad de estrategias, de técnicas y herramientas que pueden contribuir a paliar los efectos negativos que el profesorado se está viendo obligado a sufrir en su profesión. Se trata pues, del producto de una investigación y de una descripción de experiencias que ya han sido utilizadas en clase con varios grupos que se presentaban bastante reacios a aprender nada.

Mediante la explicación de estas estrategias, se pretende, en la medida de lo posible, dotar a los docentes de nuevas herramientas para emplear en el aula cuando se produzca una disfunción de la convivencia, interviniendo en el contexto educativo con un modelo preventivo que cree el ambiente necesario para el estudio y el aprendizaje.

En numerosas ocasiones, la puesta en práctica de estas experiencias de forma previa al comienzo ordinario de las clases ha sido prácticamente imprescindible, ya que el grupo al que había que impartirle clase se negaba en rotundo a iniciar cualquier actividad relacionada con el ámbito escolar (casos de institutos en los que se agrupa al alumnado desmotivado, repetidor y con problemas de conducta en el mismo grupo-clase) y era imposible establecer ningún tipo de acercamiento o conexión entre el profesorado y el alumnado.

A través de estas estrategias, que consideraban juegos, se logró mejorar considerablemente la actitud en clase de estos alumnos y su predisposición a colaborar con el profesor a la hora de iniciar alguna actividad escolar, combinando así una sesión de «juego» con otra de trabajo o incluso mezclando ambas con el fin de premiar el esfuerzo realizado, es decir, para expresarlo claramente: trabajábamos durante media hora y en la siguiente media hora «jugábamos», pero el trabajo tenía que estar bien hecho, si no, no había juego.

De esta manera, se consiguió que el alumnado controlase en gran parte sus comportamientos violentos, puesto que no sentía la presión de un profesor autoritario que amenazaba, gritaba y se enfadaba constantemente porque «con estos niños no se puede hacer nada» (se trataba de alumnos que ni siquiera llevaban material escolar al centro y que acudían simplemente porque sabían que si no lo hacían, el centro daría parte a servicios sociales y tendrían problemas).

Cuando poníamos en práctica estas estrategias, los adolescentes sentían que se intentaba que se encontrasen bien en clase, que se alternaba el trabajo con el «entretenimiento» porque en realidad no importaba tanto la productividad, sino el aprendizaje correcto y cuestiones como el civismo, el respeto y la gestión de las propias emociones. Todos comprendimos que sin estos pilares básicos, el libro de texto y la programación didáctica no servían para nada. Así que comenzamos a trabajar desde otra perspectiva: fuimos «la gota que pule la piedra», con paciencia, técnica, estrategia, organización, constancia y sentido del humor.

Por todo esto, este libro servirá no sólo al profesorado de Música, sino al profesorado en general que quiera experimentar utilizando prácticas relacionadas con la Musicoterapia e irlas introduciendo en sus clases como rutinas para mejorar la convivencia, la motivación, el control de las emociones, la atención o la concentración y crear un ambiente en el aula que propicie el trabajo diario, la integración del alumnado, el trabajo en equipo, la adquisición de las competencias básicas y la superación de los objetivos marcados.

No se trata de poner en práctica experiencias musicoterapéuticas dentro del aula de música, del gimnasio o de nuestra propia clase ordinaria, ya que no somos musicoterapeutas ni podemos organizar un trabajo exhaustivo con las características que presenta nuestro alumnado y el elevado número de componentes que tenemos en cada grupo. Sin embargo, sí podemos usar técnicas que frecuentemente se utilizan en una sesión de Musicoterapia, adaptarlas al colectivo con el que nos encontramos, combinarlas con dinámicas de grupo y realizar una aproximación a la Musicoterapia en el ámbito educativo.

De manera que, aunque a lo largo de las explicaciones que se ofrecen en el texto se haga referencia a la experiencia musicoterapéutica o al musicoterapeuta, no debemos olvidar que nosotros en realidad no somos musicoterapeutas profesionales, sino profesores que utilizan estrategias propias de la Musicoterapia y las adaptan al ámbito educativo combinándolas con otras técnicas que pueden ser propias de la animación sociocultural o de corrientes como la sugestopedia o el psicodrama, para mejorar la convivencia en clase y aspectos como el autocontrol, la gestión de las emociones, la relajación o la concentración.

La información que aquí se ofrece, tanto en la parte correspondiente a los preparativos (la labor previa que hay que realizar con el alumnado y con nosotros mismos antes de comenzar las dinámicas descritas), como en la correspondiente a la puesta en práctica (descripción de las dinámicas) y en los anexos (que son muy útiles tanto por lo detallado que se describen los acontecimientos, como por lo que van a servir como referencia para prever lo que puede ocurrir en clase cuando os embarquéis en la realización de este tipo de actividades) pueden desarrollarse tanto en las clases de Música como en las horas de Tutoría, Educación Física, horas de guardia, de estudio asistido, etc., ya que no son imprescindibles los conocimientos musicales.

Tan solo hace falta un poco de motivación de la que queremos transmitir a nuestro alumnado y ganas de crear buen ambiente entre los miembros de un grupo que luego nos lo va a agradecer con su actitud receptiva en clase. 

(Texto remitido por la autora del libro, Almudena Ocaña Arias)

Los perfiles de la violencia escolar

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"Sería necesario un cambio radical de nuestra sociedad, que permita reducir la violencia estructural, pues la agresividad, como señaló Fromm hace tiempo, solo podrá ser reducida si el sistema social es capaz de desarrollar unas condiciones socioeconómicas que permitan la satisfacción de las necesidades y potenciales humanos."


Gracias a las aportaciones de la psicología (Freud, Lorenz, Dollard, Miller, Berkowitz, Skinner, Bandura, Geen.) conocemos las causas y condiciones inmediatas de la violencia directa o agresividad personal. Pero, como señala Galtung, el análisis de la violencia quedaría incompleto si no contemplamos, al tratar de explicarla, el papel que en ella juega la violencia cultural o indirecta, generada por las estructuras de nuestra sociedad; una violencia sutil, envolvente y frecuentemente invisible, que impregna todo el entramado social; una violencia que, incorporada al sistema, se manifiesta en todo tipo de injusticias sociales, económicas, de género, raciales o de cualquier otro signo, que provocan una radical desigualdad de oportunidades ante la existencia. 

Por ello y haciendo una lectura global del problema podemos afirmar que es esta violencia cultural, sistémica, estructural o indirecta la condición principal de la violencia directa o agresividad personal.

Situados en esta perspectiva global, la violencia en las aulas presenta estos dos mismos perfiles. 

El de la violencia directa, que se manifiesta en diferentes formas y tipos de agresión -física, psicológica o moral- de carácter personal: entre profesores, entre alumnos, entre alumnos y profesores, contra personas o contra objetos, o en otros niveles y contextos del entorno escolar. 

Y el de la violencia estructural, cuya presencia envuelve el micro, el meso, el exo y el macrosistema escolar, y que a tenor del discurso anterior se presenta como la condición principal de la violencia directa o personal. Una violencia que causa graves daños a nuestros niños y adolescentes, en tanto que obstáculo principal e invisible que explica el diferencial existente entre su nivel de autorrealización real y su zona de autorrealización potencial. Por todo ello no es posible analizar la escalada de la violencia en las aulas sin este referente de fondo, que exige que los problemas se aborden desde una perspectiva sistémica, envolvente y global.



Centrándonos en la violencia de los estudiantes, que por su notable incremento inquieta, preocupa y desconcierta a padres, profesores y administradores del sistema educativo en general, no podemos reducir sus causas, tan solo, a sus raíces biológicas o instintivas; ni a problemas personales; ni a dificultades de índole familiar; ni a las "amistades peligrosas"; ni al influjo de las pantallas y de los medios de comunicación social. 

Es imprescindible recurrir a una explicación pluricausal e interdisciplinar, en la que juegan un papel muy importante los factores señalados, pero en la que aparecen en primer plano, como raíz y semilla de la violencia directa o personal, la propia estructura escolar y sus métodos pedagógicos, así como un amplio conjunto de factores de carácter político, económico y social, fiel reflejo de la violencia indirecta o estructural.



Como ha señalado Rojas Marcos, nuestra sociedad exalta y promueve por diversos cauces la competitividad, la supervivencia del más fuerte, el enfrentamiento y la rivalidad. En ese sentido, la violencia está en todas partes, en nuestras casas, en la calle, en la política, en los ejércitos, en el cine, en el deporte, en las videoconsolas, en las pantallas de televisión, o en internet, la principal pantalla de la aldea global. 

Por ello deberíamos preguntarnos sobre qué tipo de valores estarán interiorizando nuestros niños y jóvenes, no vaya a ser que estemos

agitando los fantasmas de su thanatos, rodeados como están de mensajes, héroes y modelos que rezuman violencia y agresividad. Así pues, el problema fundamental no es lo que sucede en la escuela, sino lo que está sucediendo en la sociedad, por lo que resulta muy peligroso, además de inoperante, ese discurso que tiende a convertir a los estudiantes en "chivos expiatorios", en "pacientes designados", en los principales o únicos responsables de la violencia escolar. 

Más aún si tenemos en cuenta que, como señala Castells, la violencia social se manifiesta en violencia contra los más débiles, entre quienes están los niños y adolescentes, que en muchas partes del mundo están siendo víctimas de todo tipo de abusos y, en particular, de explotación laboral, sexual o militar.



¿Qué podemos hacer ante todo esto? Pues en primer lugar debería ser la sociedad en su conjunto, y sus dirigentes en particular, quienes tendrían que reflexionar: ¿Cómo encajamos, por ejemplo y en el caso de nuestro país, que el Ministerio de Educación y Cultura fomente la educación para la convivencia y la paz, al tiempo que mantiene una televisión oficial en la que más de una cuarta parte de los contenidos de su programación infantil están íntegramente dedicados a imágenes cargadas de violencia y agresividad? 

Pero además de reflexionar podemos hacer mucho más, y buena prueba de ello son las numerosas investigaciones, publicaciones, proyectos, experiencias pedagógicas, programas de intervención, planes para la formación del profesorado, congresos, jornadas.; o las iniciativas políticas o legales de los Gobiernos (supranacionales, nacionales y/o regionales), o las correspondientes a Sindicatos y otras entidades públicas y privadas, que tratan de buscar fórmulas y estrategias que corrijan o prevengan la violencia escolar. 

En este sentido, y a nuestro modo de ver, es necesario cambiar la escuela, sus estructuras y métodos, de forma que promueva la comunicación, el diálogo, la participación y el trabajo cooperativo, el pensamiento crítico, la inteligencia emocional, la solidaridad y el compromiso, la tolerancia, la educación en valores, la educación intercultural, la atención a la diversidad, la educación cívica, la educación para la democracia, la educación para la convivencia y la educación para la paz, algunos de los mejores antídotos frente a la violencia escolar. 

Pero además sería necesario un cambio radical de nuestra sociedad, que permita reducir la violencia estructural, pues la agresividad, como señaló Fromm hace tiempo, solo podrá ser reducida si el sistema social es capaz de desarrollar unas condiciones socioeconómicas que permitan la satisfacción de las necesidades y potenciales humanos.



El Consejo de Redacción


Fuente:  Consejo de Redacción (2001). Monografía sobre violencia en las aulas. Editorial. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 41, 2001, 13-1
   



Agresividad, violencia y conflicto

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Agresividad, violencia y conflicto

«Cómo voy a creer, dijo el fulano, que el mundo se quedó sin utopías.
Cómo voy a creer que la esperanza es olvido. O que el placer una tristeza.
Cómo voy a creer, dijo el fulano, que el universo es una ruina, aunque lo sea.
O que la muerte es el silencio, aunque lo sea.
Cómo voy a creer que el horizonte es la frontera, que el mar es nadie,
que la noche es nada…» (Utopías, Mario Benedetti)

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Tras este hermoso poema de Mario Benedetti,  resaltamos que el ser humano es un ser sumamente complejo, cuyo comportamiento exige explicaciones interdisciplinares, multifactoriales y pluricausales. No en vano somos hijos de nuestros genes y producto de los circuitos neuronales que pilotan el control de nuestro organismo, a la vez que fruto de los procesos dialécticos de la historia y la cultura; hijos, por tanto de los ambientes pasados de adaptación de la especie, y a un mismo tiempo de los contextos actuales (geográficos, políticos, jurídicos, económicos, tecnológicos, religiosos, familiares, escolares, sociales…) en los que nace y crece cada ser y grupo humano concreto. Somos, ya desde niños, máquinas especializadas en procesar información, así como pequeños científicos que construimos teorías explicativas de la realidad; y a la vez, el resultado permanentemente inacabado de nuestra experiencia, de procesos de condicionamiento, de refuerzos y castigos, de aprendizaje por imitación de modelos...


Somos, también, fruto de nuestras propias expectativas y de nuestros pensamientos, motivaciones y creencias. Y somos, además y al mismo tiempo, hijos de nuestros propios fantasmas inconscientes, que impulsan de forma dinámica y dialéctica nuestro propio destino desde el poder oculto y silencioso del eros y el thanatos, del placer y la realidad y de los conflictos internos entre nuestro ello, yo y super-ego, que tan ocultos como presentes, soterrados bajo el tippex de la censura, dan cuenta cabal de nuestra historia personal y colectiva y dirigen en buena medida nuestra existencia.


Y somos, finalmente, el resultado de múltiples mecanismos y procesos de comunicación, cuyas raíces más primitivas se insertan en la necesidad de relación y de afecto que tiene el ser humano desde su nacimiento, explicitado en primera instancia a través del diálogo corporal y emocional que mantiene el niño con su madre durante los procesos de maternaje, allá en los albores de la infancia, una experiencia radical y primitiva que predestina al ser humano al entendimiento, a la comunicación y al diálogo.


Tan solo desde esta complejidad (teniéndola en cuenta) se pueden abordar con rigor los fenómenos de la agresividad y de de la violencia humanas. 


La agresividad no es otra cosa que esa fuerza natural y en principio positiva que hace posible que los seres humanos luchen por la vida, se esfuercen en ser profesionales competentes, busquen el logro, tengan afán por superar las dificultades de la existencia, o se nieguen a creer, parafraseando a Benedetti, que el mundo se quedó sin utopías, que la esperanza es olvido, que el mundo es una ruina, que el horizonte es la frontera o que la muerte es el silencio...


La agresividad (su fuerza positiva) permite que los seres humanos tengan el coraje suficiente como para comprometerse con el prójimo y con la vida, para luchar por la justicia y contra el (des)orden perturbador en que vive inmerso nuestro mundo, pletórico de desigualdades que matan, de corrupción, de estructuras socioeconómicas, políticas, jurídicas, relacionales y convivenciales injustas… De irracionalidad en una palabra, pues no en vano «Este sistema, que ya enloqueció a las vacas, está enloqueciendo a la gente», como señalaba con ironía y gracejo, en Porto Alegre, el argelino Ahmed Ben Bella. 


Podemos afirmar, por tanto, que la agresividad forma parte de la rueda de la vida, de una vida que es fundamentalmente acción, movimiento, dialéctica, conflictividad, lucha de opuestos… de los que surgen el cambio, el desarrollo y el crecimiento, de manera que los conflictos son consustanciales a la naturaleza humana y, por ende, no solo inevitables sino también necesarios.


En consecuencia, el problema no está en los conflictos, sino en la forma en que éstos se resuelven, cuestión que nos permite abordar el segundo de los conceptos que hace un momento enunciábamos, el concepto de violencia. 


El ser humano tiene una serie de armas muy poderosas para resolver los conflictos y para favorecer así la convivencia pacífica. Dispone del lenguaje, de la capacidad de negociación, de la racionalidad comunicativa… Como dicen los etólogos modernos (EiblEibesfeldt), los conflictos implícitos a cualquier conducta agresiva pueden ser resueltos, en el caso de los humanos, mediante la negociación verbal. O como ha señalado recientemente Geen, los seres humanos podemos no actuar de forma violenta, incluso cuando todo predispone a la agresión, puesto que podemos interpretar y evaluar las situaciones y solucionar de mejor forma los problemas o conflictos planteados. O más sencillo aún, hablando se entiende la gente, como reza el dicho popular. 


Ahora bien, aunque los conflictos se pueden solventar desde la racionalidad comunicativa y la negociación verbal, los seres humanos los intentamos resolver con excesiva frecuencia recurriendo a la violencia en cualquiera de sus manifestaciones, a la fuerza bruta, a la agresión física, verbal o moral, a la imposición, a la arbitrariedad, al autoritarismo, al control de las conciencias, a la humillación, al linchamiento… 


A decir verdad la violencia nos viene de lejos. Llevamos maltratándonos al menos 36.000 años, como se desprende del reciente estudio del cráneo de un joven Neanderthal (el hombre de Saint Césaire), realizado por Christoph Zollikofer y otros paleontólogos de la Universidad de Zurich y publicado en la revista «Proceedings», estudio que viene a demostrar la existencia de violencia (hay otras muchas evidencias al respecto) entre los primeros pobladores de Europa. 


Y esta violencia, ya presente en los albores de la historia de nuestra especie, y que no es más que el resultado final de una mala resolución de los inevitables y necesarios conflictos humanos, presenta hoy, en palabras de Galtung, un triple perfil: 


1) El de la violencia personal (física, verbal o moral), la violencia de quien hace la guerra, mata, causa daños o acosa…


2) El de la violencia estructural, esa violencia sutil y envolvente que ejercen las instituciones y las estructuras sociales, la economía, las leyes…


3) La violencia cultural, la que anida invisible y sibilinamente en el pensamiento único, en la presentación fragmentaria de hechos, informaciones y conocimientos, en la desinformación o en la mentira, en la corrupción, en el autoritarismo, en la cultura del terror y del miedo, o en la legitimación del poder antidemocrático… 


Y así la violencia, que en ocasiones tiene un carácter abierto y personal y que en otras habita bajo la neblina de las estructuras y de la cultura, está presente en todas partes, en las calles, en los medios de comunicación, en las pantallas de la televisión, el cine, internet y las videoconsolas, en la economía y en los mercados, en las leyes, en los gobiernos, en las fuerzas de orden público, en los ejércitos, en las familias, en las aulas… 


Y son estos mismos perfiles de la violencia en general los que ofrece la violencia escolar, presente en sus cuatro grandes esferas de actividad: 


1) En el microsistema: el aula, el escenario concreto en que se produce el aprendizaje escolar.


2) En el mesosistema: el centro y su proyecto curricular.


3) En el exosistema: la administración educativa.


4) En el macrosistema: el sistema envolvente, la sociedad, los valores, la cultura global. 


Por ello el problema de la violencia escolar (o para hablar en positivo, los programas para favorecer y/o mejorar la convivencia en los centros educativos), no puede ser abordado de forma unidimensional, ni recurriendo a recetas o parches, sino que exige un abordaje sistémico, ecológico, interdisciplinar y pluricausal. 


Por un lado, la violencia escolar (de alumnos frente a profesores, de profesores frente a alumnos, de alumnos entre si, de los alumnos frente al sistema…) depende del individuo, de sus conflictos internos, de sus problemas psicológicos y personales, de sus dificultades de relación… 


Pero por otro, la violencia escolar está conectada a la cultura envolvente y a las estructuras de nuestra sociedad, a la influencia del grupo, al papel de la familia, de la escuela, de las pantallas, de los medios de comunicación y de la sociedad en general… 


La sociedad en que vivimos rezuma violencia y agresividad, una violencia que impregna todos los ambientes, estructuras e instituciones en que se mueven nuestros niños y jóvenes, entre las que a nosotros nos interesa destacar aquí la institución escolar, cuyo curriculum oculto está contaminado por la violencia estructural y cultural. 


Desde esta perspectiva, la violencia personal (física, verbal o moral), cada vez más presente en las aulas, no es otra cosa que la respuesta, emitida en eco por el sistema escolar, de la violencia cultural y estructural, de una violencia que dimana de todo tipo de injusticias (sociales, económicas, de género, jurídicas, raciales…), una violencia que causa muchos daños a nuestros niños, adolescentes y jóvenes y que actúa, en palabras de Galtung, como un obstáculo invisible que explica el diferencial existente entre el nivel de autorealización real de las personas y de los grupos humanos y su nivel de autorealización potencial.

Fuente: José Emilio Palomero Pescador y María Rosario Fernández Domínguez (2002). La formación del profesorado ante el fenómeno de la violencia y convivencia escolar. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 44, 2002, 15-35.

Una investigación sobre la Revista electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado


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Según un artículo de María del Carmen Pérez-Fuentes, José Jesús Gázquez, Raúl J. Fernández-Baena y María del Mar Molero (2011). "Análisis de las publicaciones sobre convivencia escolar en una muestra de revistas de educación en la última década." Aula Abierta. Revista del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Oviedo, Volumen 39 (2), pp. 81-90, la Revista electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado es la revista española de Educación que más artículos ha publicado, durante la última década, sobre Convivencia Escolar.

El citado trabajo, muy reciente, presenta un análisis de los artículos sobre Convivencia Escolar publicados en una selección de revistas de educación españolas: Aula Abierta, European Journal of Education and Psychology, Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado y Revista de Educación. Para seleccionar los artículos se han utilizado las palabras clave Convivencia Escolar, Violencia Escolar, Maltrato Escolar, Acoso Escolar, Conflicto Escolar y Bullying, los seis descriptores más utilizados por los investigadores que han tratado el tema de la Convivencia Escolar.

Los artículos seleccionados han sido analizados y categorizados atendiendo a distintos parámetros: número de artículos, descriptores, año de publicación, temática y diseño, agente analizado y, finalmente, idioma.

Los resultados muestran que a lo largo de la última década las revistas que más artículos han publicado sobre dicha temática son la Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado y la Revista de Educación, publicándose la mayoría entre 2007 y 2009. En general, los aspectos más investigados son: la prevalencia, junto con las causas o el origen, el análisis de programas de intervención y prevención, y el entrenamiento en resolución de conflictos. Los agentes analizados con mayor frecuencia son los alumnos, ya sean víctimas o agresores, siendo escasos los estudios que hacen referencia a la familia y los docentes.

El 40% del total de artículos encontrados en dichas revistas, atendiendo a las palabras clave señaladas, están publicados en la Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado. En segundo lugar, aparece la Revista de Educación con el 23.08%, y en tercer lugar, European Journal of Education and Psychology y Aula Abierta, con un 17.31%, en ambos casos.

Los autores de este trabajo señalan que han elegido las cuatro revistas citadas por los siguientes motivos: 1) Porque han publicado una gran cantidad de artículos relacionados con el tema que nos ocupa, 2) Porque facilitan el acceso a texto completo en línea, 3) Porque se trata de revistas españolas del área de educación que tienen una divulgación internacional, y 4) Porque publican la mayor parte de sus trabajos en lengua española.


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Analysis of the publications about community life at school in a sample of educational journals from the past decade

This work analyzes the articles about Community Life at School published in a selection of Spanish educational journals: Aula Abierta, European Journal of Education and Psychology, Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado and Revista de Educación. The following keywords were used to select the articles: Convivencia Escolar [Community life at school], Violencia Escolar [Violence at School], Maltrato Escolar [Maltreatment at school], Acoso Escolar [Harassment at school], Conflicto Escolar [Conflict at school] and Bullying.

The articles were analyzed and categorized taking into account diverse parameters: number of articles, descriptors, year of publication, topic and design, agent analyzed, and language. The results show that over the past decade, the journals that have published more articles about this topic are the Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado and the Revista de Educación, which published most of them between 2007 and 2009.

In general, the aspects that have received the most attention are: prevalence, along with the causes or origin, the analysis of intervention and prevention programs, and training in conflict resolution. The agents most frequently analyzed are the students, either as victims or aggressors, and few studies refer to the family or to the teachers.

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