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Más allá de la educación emocional. La formación para el crecimiento y desarrollo personal del profesorado (María Rosario Fernández)










“Ve despacio. No tengas prisa. 
Adonde tienes que ir es a ti mismo”
(Gandhi)

Preámbulo

Concedo mucho valor a mi trabajo en formación de educadores. Lo vivo con responsabilidad y compromiso. Me gratifica mucho el poder contribuir a la formación de maestros y psicopedagogos, creando en el aula un contexto que les permita ser ellos mismos, crecer a nivel personal, valorarse y comprometerse, para que, en un futuro, puedan ayudar a niños y adolescentes a crecer como personas.

Intento crear un clima relajado y tranquilo, libre de juicios y cargado de escucha, comprensión y respeto, en el que todos pueden participar, enriqueciéndose unos con otros, pudiendo ser ellos mismos sin temor a ser valorados, favoreciendo por tanto las relaciones interpersonales. Un clima de aceptación de todos y de compromiso y gusto con lo que hacemos, fomentando el placer del conocimiento, abierto a cualquier propuesta que pueda enriquecernos, que acoge sus planteamientos con una actitud de aprender de todo y de todos. Estoy convencida de que lo que genera un ambiente propicio para el trabajo en el aula es el vivir actitudes constructivas. Por ello, me muestro cercana, les acojo y escucho en sus dudas, anhelos y dificultades, respeto sus vidas y sus puntos de vista, me preocupo por ellos, les ayudo y acompaño y les miro en su valor.

Las materias que imparto, Psicología de la Personalidad, Desarrollo Sociopersonal y Psicología de la Educación, son especialmente importantes para ayudar a los estudiantes a mirar dentro de sí mismos y a su alrededor, y a encontrarse con el despliegue de la vida en los otros y en ellos mismos. Siento que son un medio privilegiado para que aprendan a escucharse y a escuchar a otras personas que buscan y se interrogan en torno a la vida y a ellas mismas, que tienen dificultades y sufren a veces, pero que se divierten, comparten, aman y disfrutan de la vida. 

Percibo que contribuyo a que se despierte la vida en ellos, que crecen en respeto y escucha, que se interesan y asombran, que se produce la comunicación sincera y que confían en mí. Poco a poco participan y se van abriendo a la asignatura, a los compañeros y a sí mismos.

Creo en el valor de la educación para que las personas “aprendan a ser lo que son”. Por ello, concedo mucha importancia a mi trabajo en formación de educadores, porque estoy convencida de que, si en mis clases consigo “alcanzar” a los estudiantes, algo de lo vivido lo van a transmitir cuando estén frente a sus alumnos u otras personas. Puedo ayudar a mis alumnos a crecer y a ser más conscientes de ellos mismos y de su misión como educadores. Por eso, quiero transmitirles mi visión del ser humano y su desarrollo, que sientan la importancia de lo que hacemos o dejamos de hacer; y también que comprendan que no da igual cómo lo hacemos. 

Es fundamental la relación que establezco con la materia y con los estudiantes. Entiendo los contenidos como algo dinámico, que está relacionado siempre con ellos, con sus vidas, con sus aconteceres, con lo que sienten y desean, con lo que les frustra o les hace gozar. Es muy importante para mí abordar los contenidos desde su experiencia, que se hace viva junto a las experiencias de otros. Y esto les permite reflexionar, comprender, observar, sentir y compartir lo que viven, crecer en definitiva. Intento que no aprendan sólo desde una perspectiva cerebral, sino que analicen su vivencia y hagan un aprendizaje con sentido personal (PALOMERO PESCADOR & FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, 2005). Como decía Rogers (1969) “el aprendizaje que tiene lugar desde la nuca hacia arriba y que no involucra sentimiento o significación personal no tiene relevancia para la persona total”. A través de los contenidos de la asignatura puedo ayudarles a descubrir al ser humano de todos los tiempos, en su anhelo de comprenderse desde diversas perspectivas, un deseo que compartimos todas las personas. 

En las clases les transmito mi visión del ser humano, lleno de potencialidades y capacidades, mi creencia en su fondo positivo y en sus posibilidades de despliegue, ayudándoles a encontrar ese mismo fondo en ellos. No refuerzo una visión ataque–defensa de la persona, y estoy ahí, junto a ellos, procurando ser yo en cada momento, con calma y paciencia, mirándoles desde una actitud de no juicio, de tolerancia, respeto y cuidado por sus vidas, y creyendo en sus posibilidades. Y esto da resultado, da muchos frutos, aún en el corto espacio de un cuatrimestre y en el contexto de una asignatura. 

Por otra parte, es fundamental el gusto por lo que hacemos y transmitimos y estar convencidos de su valor, entusiasmarnos y entusiasmar, contagiando la pasión por el conocimiento y por el ser humano. Esto es inocular las ganas de vivir siendo personas en proceso de crecimiento. Procuro ser auténtica en la relación y les invito a hacer lo mismo. Y es sorprendente el nivel de compromiso, escucha y respeto que se alcanza en el grupo. 

Como dice una de mis alumnas: 


“Durante el desarrollo de las clase me he sentido muy a gusto. He podido hablar delante de mis compañeros sin vergüenza alguna y sin temor a lo que pensaran de mí. Soy una persona bastante tímida, pero en este grupo, gracias al ambiente que se ha creado, he conseguido sentirme como una más y disfrutar de los momentos que he vivido en clase. Me han gustado las conversaciones interesantes, las aportaciones personales de cada uno, el poder hablar de nuestros sentimientos y expresar nuestras ideas […] Todo ha sido muy útil para el aprendizaje de la asignatura y para mí como persona”.

Uno de los principales objetivos de mi tarea docente es fomentar en los estudiantes la formación integral de su personalidad, favoreciendo su proceso de crecimiento personal. Ayudarles a comprenderse, a conocerse y a hacerse conscientes de todo lo positivo que hay en ellos, a ser más dueños de sus emociones y de sus vidas y a ser ellos mismos. Este objetivo se fundamenta en mi convencimiento de que es muy importante que los profesores tengan una madurez que les permita afrontar los múltiples retos de la educación desde las actitudes favorecedoras del crecimiento personal. 

He querido encabezar los capítulos de este artículo mostrando algunos de los avances que se dan en los alumnos que asisten a mis clases, a través de pequeños textos suyos, tomados de sus reflexiones, evaluaciones y trabajos de las asignaturas.

1. Introducción

“La asignatura ha tenido mucha relevancia para mí a nivel  personal. Hemos trabajado con nosotros mismos aspectos que jamás se nos había planteado. Me ha ayudado a crecer a nivel personal y, en la misma medida, he crecido como futura psicopedagoga. Como bien he aprendido, para poder ayudar 
a una persona a desarrollarse, previamente lo hemos de haber hecho nosotros mismos, porque la personalidad del educador influye mucho en sus alumnos.”


La educación emocional es una parte fundamental de la formación integral de la personalidad, de la formación para adquirir una madurez personal. Por ello debería estar presente en la formación de todos los profesionales que trabajan con personas y, por supuesto, ocupar un papel destacado en la formación de educadores, profesores y maestros. La realidad, sin embargo, es que está prácticamente ausente de los actuales planes de estudio y que, mirando al futuro, el panorama no es muy alentador. Así, si analizamos el Libro Blanco del Título de Grado en Magisterio (ANECA, 2005), elaborado con motivo del Espacio Europeo de Educación Superior, observamos que opta por el discurso técnico de la formación profesional (PALOMERO PESCADOR, 2004), dejando muy poco espacio para las competencias socioafectivas, que son fundamentales para la formación integral de la personalidad del futuro maestro.

Ahora bien, ¿cómo hacer para ayudar a niños y adolescentes a comprenderse, a conocerse, a entender lo que les pasa?, ¿cómo ayudarles a ser dueños de sus emociones y de sus vidas?, ¿cómo ayudarles a ser ellos mismos y felices?, ¿cómo hacer para que puedan desplegar todo lo positivo que hay en ellos? Es muy importante la formación de los educadores, para que puedan influir positivamente en niños, adolescentes y jóvenes, y para que desde su propia madurez personal, les ayuden a ser ellos mismos, a crecer y desplegar todas sus potencialidades.

Desde mi punto de vista, es necesario que los profesores tengan formación en el ámbito de la educación emocional. Sin embargo, para ponerla en práctica con éxito es importante que estén bien preparados. Es fundamental una formación que les permita llevar a cabo un proceso de crecimiento personal que les conduzca a la madurez, a la adultez psicológica y a ser dueños de sus vidas (ZACARÉS, 1998). 

Lo más importante es que el profesorado tenga una solidez personal desde la que pueda hacer frente a las situaciones conflictivas, a los procesos transferenciales en el aula; que le permita mantener la serenidad ante sus alumnos y ser un punto de referencia seguro para ellos y que le ayude a tener unas actitudes positivas ante niños, adolescentes y jóvenes y su proceso de crecimiento.

Es esencial que los profesores y profesoras sepan “ver” a los alumnos en su riqueza, en lo que son, reconociendo todo lo que de positivo y genuino lleva dentro cada uno. Es fundamental que les valoren y que confíen en ellos. Sólo podrá confiar en sí mismo el niño que ha visto que se confía en él y que se le valora en lo que es, que tiene su hueco, su lugar. Y también es importante el amor incondicional del profesor y las actitudes de respeto, escucha, atención, cuidado y paciencia. Es evidente que el profesor maduro, que sabe ver al niño, que confía en él, que tiene todas las actitudes positivas de respeto y cuidado por su crecimiento, va a ser un auténtico revulsivo, va a ayudar a que el niño crezca, se conozca, decida de acuerdo a sí mismo y no tenga necesidad de actuar para buscar aprobación, porque ya es aceptado tal cual es.

Textos tomados de:

FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, María Rosario (2005). "Más allá de la educación emocional. La formación para el crecimiento y desarrollo personal del profesorado. PRH como modelo de referencia". Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 54 (19.3),195-251 (Para leer este artículo a texto completo pulsar aquí)

María Rosario Fernández Domínguez es actualmente profesora emérita de psicología en la Universidad de Zaragoza, en cuya Facultad de Educación imparte la asignatura Desarrollo Sociopersonal e Intervención Psicológica.

Amor y cuidado, claves de la educación para un mundo nuevo

Diseño de portada: Jose Palomero


































Resumen

Quizás el amor y la fraternidad humana son dos de los elementos constitutivos del ser humano más inexplorados en nuestra sociedad y en nuestra escuela. La dimensión amorosa del ser humano se despliega en el cuidado mutuo y se vive en la dimensión social, comunitaria y relacional. El ser humano sufre y muere en vida porque experimenta con demasiada frecuencia el déficit de amor, de ternura, de compasión, de cuidado. En todos los ámbitos del vivir humano, pero sobre todo en el educativo, es necesario vivir de amor, plasmado en el cuidado mutuo, que significa vivir intensamente la vida, el encuentro humano, el compartir, el juego, la estética, el conocimiento, la afectividad y la racionalidad. La escuela pública está empezando a intuir que se ha de caminar en esa dirección con más intensidad. Se trata de multiplicar en su seno procesos educativos que propicien espacios de amor y cuidado como factores de aprendizaje. 

Presentación

Plantear que la relación educativa es una relación profundamente humana y que la relación social humana se basa en el amor es demandar explícitamente a la educación que ponga, en el primer plano de su misión, la realización amorosa de los seres humanos en su mayor plenitud. Para hacerlo posible, parece necesario crear una nueva cultura basada en prestar atención al otro desde lo más genuino de la dignidad humana. Es la relación de respeto, atención y cuidado la que plasma el amor como la emoción central que dirige todo el proceso educativo. Eso sólo se puede hacer en una escuela que se sustraiga a las demandas del mercado neoliberal y genere una cultura alternativa tan necesaria en la sociedad de hoy y que promueva unas relaciones “basadas en el amor, las relaciones sociales constituyen aperturas para compartir y colaboración en el placer de hacerlo, y bajo ninguna expectativa de retribución” (MATURANA, 2002, 46). 

Es la creación de una nueva cultura basada en el cuidado mutuo que también se ha de reflejar en la escuela del cuidado donde sea central el desarrollo y la promoción de seres humanos sujetos de su propia vida y su propia historia. Personas que se construyen, en una relación de autocreación y autoorganización, como sujetos en procesos autónomos, cooperadores, justos, equitativos, libres, 
críticos, compasivos y fraternos.

Es verdad que la situación dominante en la que se escribe este artículo nos lleva a cierto pesimismo dado el poder del poder difuso que domina los mecanismos vitales de los seres humanos en la sociedad del capitalismo salvaje y desbocado en que vivimos. Pero en esta situación, la realidad (como todo lo existente) nos lleva a que, de forma autónoma, desde la defensa de lo común y lo colectivo, promovamos espacios y tiempos de vida y educación alternativa en la que los docentes nos sintamos impelidos a producir movimientos nuevos y autoorganizados basados en los nuevos paradigmas que surgen hoy desde las ciencias y desde una nueva concepción de la vida humana en el seno de la biosfera. El aprendizaje del saber y del ser se convierte en una tarea colectiva, comunitaria y permanente, como la misma vida.

Creemos que cuando todos los indicios nos dicen que las cosas, en la profunda crisis sistémica que vivimos, están yendo a peor es cuando surgen bifurcaciones y caminos alternativos en la vida humana que nos pueden llevar a la creación de una nueva sociedad y una nueva educación, que hemos de disoñar (= diseñar + soñar) entre todos.

Atrapados en la vieja racionalidad

Estamos atrapados en los supuestos impuestos durante siglos por la racionalidad que depende de la visión cartesiana de la vida y del cientifismo proveniente de la vieja ciencia newtoniana. Ellos impusieron una concepción maquinal del mundo y de la vida que iba a condicionar nuestra forma de pensar hasta hoy. Es lo que nos ha llevado al materialismo más burdo cosificando y convirtiendo en objetos a las personas y personificando a las mercancías y los objetos. 

La vieja racionalidad implica un pensamiento que compartimenta, separa, aísla y es muy eficaz en lo que concierne al funcionamiento de las máquinas artificiales. Esta lógica la extienden a todo y su visión determinista, mecanicista, cuantitativa y formalista, ignora, oculta o disuelve todo lo subjetivo, afectivo, libre y creador del ser humano. Es la revolución sin sujeto de la modernidad líquida (BAUMAN, 2002). Hay incapacidad para percibir y concebir lo global y lo fundamental, la complejidad de los problemas humanos. “Hay una resistencia del establishment mandarín/universitario al pensamiento transdisciplinario... La posibilidad de pensar y el derecho al pensamiento son rechazados por el propio principio de organización disciplinaria de los conocimientos científicos y por el hecho de que la filosofía se encierre en sí mismo” (MORIN, 1993, 192). 

Los últimos años son muy ricos en aportaciones que la cuestionan y anuncian nuevas visiones a la concepción de la vida, del ser humano y de la propia ciencia. Ligado a los nuevos paradigmas científicos surge una nueva forma de ver el mundo y la realidad que nos envuelve. La nueva racionalidad (VILAR, 2000) se concibe conectando los saberes disciplinarios, antes compartimentados. Para comprender la complejidad, la globalidad y su contexto es necesario reformar el pensamiento, cambiar la mirada sobre la naturaleza, el ser humano y sus relaciones. Se “trata de buscar siempre la relación de inseparabilidad y de inter-retro-acción entre cualquier fenómeno y su contexto, y de cualquier contexto con el contexto planetario” (MORIN, 1993, 190).

La biología del amor, emociones y relación educativa

Hoy es imprescindible conocer que las emociones juegan un papel fundamental en todo proceso de aprendizaje ya que inciden en el desarrollo cognitivo a la vez que influyen en la relación que el individuo tiene con su entorno. Según Maturana (1999, citado por MORAES, 2001) situaciones como la envidia, el miedo, la ambición, la inseguridad, la competición, etc. limitan los posibles escenarios donde el conocimiento puede expresarse; por el contrario, será el amor el que favorezca –desde la aceptación de uno mismo y del otro– lograr un pensamiento y una acción más inteligente a través de la confianza, la convivencia, el respeto y la inclusión. Dice este mismo autor que el nivel emocional será el nivel formador de las personas siempre que se creen espacios suficientes de acción, reflexión y convivencia. Y esta será una de las tareas fundamentales que tiene la escuela, la generación de estos espacios donde todos los alumnos se reconozcan y sean aceptados por la valoración de su esfuerzo, lejos de la clasificación y competencia, para que tengan vía libre de encontrar su camino del saber y del hacer. 

Salir de la crisis sistémica actual requiere la necesidad de recuperar las capacidades holísticas de la conciencia humana, de dar sentido a la vida dentro de una nueva visión del mundo que han de guiar la acción para una transformación profunda de los procesos de humanización. Como diría E. Morin (2011), “lo que falta es una teoría sobre qué es el desarrollo humano (¿hacia donde ir?)”. En esta nueva perspectiva lo importante ya no es el crecimiento lineal, “cuanto más mejor”, sino el equilibrio, la armonía, el dinamismo, la diversidad. Necesitamos una dinámica nueva relacional con nosotros mismos, con lo que nos rodea, con el planeta, con el universo. Una nueva manera de ver, escuchar, acariciar, oler, gustar, sentir, pensar, conocer, cuidar, prestar atención... y, consecuentemente comprometernos en ello. Sentirse comprometidos con la vida es aceptar el amor como esencia del ser humano en su dimensión social y como vehículo para la educación.

Desde la perspectiva de la dimensión holística, la misión de la educación debe ser entender la conexión intrínseca de todas las cosas. La ecoeducación y la ecopedagogía (GUTIÉRREZ y PRADO, 2000) asientan sus bases desde ese principio fundamental. 

La dimensión afectivo-emocional cobra especial relevancia en la educación integral e inclusiva. Sobre todo, cuando muchas veces la Escuela reproduce más el concepto newtoniano del hombre-máquina promoviendo una educación “cerebrotónica” donde lo importante es el desarrollo máximo de la dimensión intelectual desconectado de casi todo lo demás.

“La educación básica debería ayudar a los alumnos a elaborar y adoptar actitudes sentimentales de tres tipos: a) actitudes sentimentales hacia sí mismos, como las siguientes: autoestima o autoconfianza, valentía, fortaleza, paciencia, magnanimidad, esperanza; b) actitudes sentimentales hacia los más próximos, tales como: amor desinteresado y generoso, el altruismo, el diálogo, la cooperación o colaboración; c) actitudes sentimentales hacia todos los seres humanos, entre las que destacamos las siguientes: filantropía o amor universal, fraternidad, solidaridad, igualdad, tolerancia, humildad” Domínguez, 2003, 17).

Desde esta concepción en la que la vida es básicamente “persistencia de procesos de aprendizaje”, negar el derecho a la educación o privar de ella es una causa innegable de muerte. Por eso educar significa, hoy más que nunca, defender vidas, nos dice Assmann (2002). Esta es una motivación positiva para que la educación nos fascine porque es la fascinación por la vida misma. Vivir, conocer, producir y aprender son lo mismo. Negar a alguien experiencias constantes de aprendizaje, que es el deber de la escuela, es condenarle a muerte en vida. El hecho principal del mundo actual son las lógicas de exclusión y de insensibilidad. Y la Escuela reproduce muchas veces el poder imperante que impone las reglas neoliberales de la lucha, la apropiación, la dominación, la negación y la obediencia como bien apunta López Melero (2005). Llevar a la escuela la lógica de la solidaridad y del amor se convierte en un compromiso ético y político. El “conocimiento se ha convertido en imprescindible” para todos. Por eso hoy educar es la tarea social emancipatoria más avanzada. Y la educación tiene como función principal la creación de la sensibilidad social para reconducir a la humanidad sencillamente porque la humanidad ha llegado a una encrucijada ético-política que sólo encontrará salidas en consensos construidos de modo democrático.

Precisamente porque existen numerosas experiencias personales donde la escuela ha representado un lugar de muerte donde se ha privado del conocimiento y de la posibilidad de vivir experiencias positivas de aprendizaje, es necesario crear un ambiente pedagógico que promueva espacios de libertad, de fascinación, de inventiva y creatividad donde el proceso de aprender se produce como mezcla de todos los sentidos y de todas las dimensiones de la persona. En este ambiente el placer se presenta como una dimensión clave en la experiencia de aprendizaje. Sencillamente porque el cerebro/mente está hecho para la fruición de pensar. El énfasis en el “pensar propio” –como una experiencia humanamente placentera– es un tema pedagógico fundamental del que se nos ha expropiado a todos porque siempre se nos ha enseñado a pensar con el pensar ajeno, de los expertos, de los sabios, de los que “tienen” la verdad; es necesario recuperar la pedagogía de la pregunta, la pedagogía de la complejidad (ASSMANN, 2002). Hemos abierto la escuela a la técnica, a los massmedia, a la tecnología y por algún resquicio se nos ha marchado lo más humano, el sistema de convivencia que propicia el desarrollo de cualquier civilización. Desde esta perspectiva se entiende mejor que la comunidad que se constituye en el espacio y el tiempo escolar es una comunidad de aprendizaje donde todos aprenden, todos producen, todos conocen y todos conviven. Responsabilidad propia de la educación es la búsqueda de un mundo mejor, la creación de una nueva cultura basada en la confianza, en el respeto sin exclusión.

 La relación educativa es una relación profundamente humana. Cuando se dan procesos en los que el alumno es consciente de lo que significa para él aprender y quiere seguir ineludiblemente en ellos es cuando se entiende lo que afirma Assmann al decirnos que educar tiene mucho que ver con la capacidad de seducir. “Educador es quien consigue deshacer las resistencias al placer del conocimiento. ¿Seducir para ‘qué’? Para un saber/sabor, por lo tanto, para el conocimiento como fruición... pedagogía es encantarse y seducirse recíprocamente con experiencias de aprendizaje. En los docentes se debe hacer visible el gozo de estar colaborando con algo tan estupendo como hacer posible e incrementar la unión profunda entre procesos vitales y de conocimiento” (2002, 33). Es por todo ello que se hace necesario autoorganizar este conocimiento según las experiencias vividas, “aprender a vivir” declara la biopedagogía, construyendo un currículum escolar que de verdad nos ayude a comprender el mundo, sus problemas y sus soluciones y que sea más integrador que segregador.

Por lo tanto, debemos esperar encontrar un docente con capacidad de entrega, empatía, motivación y entusiasmo necesario para utilizar el amor no como una estrategia pedagógica ni un recurso ocasional ni un elemento del que echar mano en un determinado momento, sino –como señala Xirau (1990)– como una verdadera actitud del ser humano ante sí mismo y ante la vida. El amor en educación constituye todo un principio de pensamiento y acción que, llevado a la vida profesional del docente, implica una forma distinta de ejercer la enseñanza (por convencimiento natural o por una formación consciente y reflexionada o por ambas cosas a la vez) donde “solamente un corazón agradecido puede aprender” (FRANKE-GRICKSCH, 2006)

La relación amorosa es una relación de cuidado mutuo

“El cuidado hace que surja un ser humano complejo, sensible, solidario, amable y conectado con todo y con todos en el universo” (BOFF, 2002, 156-157) 

La concepción tradicional de la relación de cuidado está muy asentada en lo que se denomina “trabajos de cuidados”, que se refieren a los trabajos del hogar y de cuidado de personas dependientes y que han sido asumidos por las mujeres y considerados como específicamente femeninos (COMINS, 2009).
Históricamente, los saberes ancestrales que han sido descubiertos, practicados y preservados por generaciones mediante la memoria popular, no han sido avalados como conocimiento, por una cuestión netamente de identidad de género y de pensamiento desde la lógica cartesiana. Que los afectos curan y enferman hoy es una realidad constatable y, con frecuencia, también han sido preservados en su expresión más genuina por las mujeres. Por eso se impone pasar todo el cuidado a la corresponsabilidad de hombres y mujeres y a la organización social (SOLSONA I PAIRÓ, 2008).

La crisis que vivimos no es una crisis económica sin más. Es una crisis sistémica que afecta a todos los aspectos del vivir humano. Pero sobre todo afecta a la sensibilidad humana. En ella se ha producido una mentalidad patologizada que contempla a la naturaleza y a los demás como objetos para su disfrute. Eso está produciendo una gran deshumanización. Hoy es necesario cambiar la mentalidad del depredador por la de jardinero. La humanización de la humanidad se nos impone como una necesidad ineludible. La construcción de un nuevo modelo de sociedad requiere desmercantilizar las relaciones sociales para hacerlas relaciones sociales basadas en el amor y el cuidado mutuo. Para ello, no hay otro camino que la promoción del cuidado mutuo en todo lugar y en todo momento, como un rasgo fundamental de la especie humana. Sólo desde el cuidado mutuo es posible avanzar dentro de los procesos de humanización de la sociedad hoy.

Caminar en esta dirección no se improvisa. Ello requiere un proceso de transformación radical de esa cosificación de las personas en la sociedad del capitalismo total, a la vez que hemos personificado a los objetos-mercancía. Debería ser un proceso que tocara las raíces más profundas del ser humano, de la sociabilidad y de la convivencia. Se ha de basar en la construcción de un “nosotros” donde no haya “otros”, sino personas autónomas, libres y solidarias, en el seno de colectivos sociales de sujetos igualitarios y fraternos, que promuevan la justicia entre los seres humanos. Es esperanzador constatar que hay muchos colectivos humanos dirigidos por este afán y, de un modo u otro, por este fin. Y son muchos los colectivos humanos de todo tipo que basan sus relaciones en la fraternidad, en compartir, cooperar y cuidarse entre sí con generosidad, ternura y compasión. 

“Nosotros, los seres humanos, pertenecemos a una historia evolutiva definida por un modo de vida centrado en el amor, no en la agresión, de tal modo que enfermamos a cualquier edad cuando se nos priva de amor” (MATURANA, 2002, 64). Para seguir coevolucionando en la línea de la humanización creciente, en ese modo de vida centrado en el amor, es necesaria la producción de la cultura del  cuidado mutuo que ha de impregnarlo todo y a todos. Tenemos que superar las barreras que se han establecido en la actual concepción del cuidado para resituarlo como el ofrecimiento y la recepción de amor, atención, consideración, empatía, mimo, tacto y todo aquello positivo que hemos recibido todos y cada uno desde que nacemos. 

Para generar esa nueva cultura se requiere que todos, hombres y mujeres, tomemos conciencia de que cuidar y cuidarse es algo que todos hemos de hacer si no queremos renunciar a una de las dimensiones constitutivas de los seres vivos y, de forma especial, de los seres humanos. Se trata de generar individuos responsables con su entorno social y natural, y de asumir el cuidado como una
responsabilidad a repartir y compartir justamente entre los diferentes grupos sociales (mujeres y hombres, jóvenes y mayores) para que, así, pueda realizarse digna y plenamente (ROGERO GARCíA, 2011). Este nuevo modelo también requiere un cuidado que no genere dependencia y sumisión, sino que procure el máximo desarrollo del ser humano, y que contemple cuidar como un proceso que dura toda la vida y que requiere de una relación profundamente humana con los demás que sólo se puede desarrollar en el seno de una cultura viva y dinámica de cuidado mutuo.

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¿Qué es educar entonces?

Diseño de la portada: Jose Palomero































Por Ximena Dávila Yáñez (2012)


¿Qué clase de ser humano queremos que surja del cómo educamos a nuestros hijos, hijas, jóvenes y educandos? ¿Qué clase de ser humano queremos los maestros y maestras que salgan de nuestras aulas? ¿Qué clase de persona deseamos que sean nuestros hijos e hijas? Y cuando estos niños niñas y jóvenes sean adultos y les pregunten ¿cómo recuerdas a tu papá o a tu mamá? ¿cómo recuerdas a tus profesores y profesoras? ¿Qué nos gustaría hoy que respondiesen?


Nuestra tarea como adultos responsables es acompañar a nuestros niños/as y jóvenes en su tránsito a la vida adulta. Acompañar guiando hacia el conocimiento reflexivo y experiencial para que ellos sientan potenciada sus capacidades intrínsecas y para que cada uno de ellos conserve en el centro de su hacer una conducta ética espontánea. Y queremos que para ellos como adultos, papás, mamás, profesionales, ciudadanos...,  el amar y amarse desde el respeto por si mismo o misma sea el eje inamovible de su hacer. 



Quiero hablar de educación e invitarlo a usted, que está leyendo estas reflexiones, a una conversación, con el deseo de que encontremos, desde cada uno de nosotros, una puerta abierta desde la propia experiencia que nos introduzca en el temática del Educar o la Educación. 

Temática que ha sido y es central desde hace décadas, entendiendo hoy que es un tema candente y necesario de reflexiones serias y audaces. Y dado el contexto social presente escuchando las movimientos personales y de comunidades indignadas por la falta de oportunidades y, por lo tanto de trabajo, dignos para vivir su vivir, es que nos abocamos a esta tarea reflexiva. 


La mejor manera de reflexionar sobre la educación es mirar nuestro propio vivir y nuestra propia experiencia "educativa". Revisar cómo fue ese periplo educacional que hace que hoy me encuentre donde me encuentro. 

Quizás en un bien-estar de realización y de complitud: “me gusta lo que hago, lo disfruto, siento que seguí un caminar oportuno a mis condiciones innatas y consciente de que tuve todas las oportunidades para este crecimiento”. 

O “puede ser que reconozca que esas oportunidades las tome y las asumí gracias a las personas adultas que guiaron mi mirada pues no tenía las condiciones sociales, económicas y culturales locales para ese desarrollo”. 

O quizás “siento que con la profesión que elegí algo me falta, a veces siento que quiero hacer otras cosas, soñar un poco y encontrarme haciendo lo que siempre quise hacer”. 

Y otras veces, “no me quedó otra, no pude seguir estudiando pues era más prioritario ganarse la vida trabajando y ayudar llevando el dinero necesario para que mi familia pudiese sobrevivir".

Acá estamos, hace décadas


Cuando hablamos de educación nuestra mirada se orienta al quehacer del profesor o profesora. Como si ellos fuesen, en la soledad más absoluta, los únicos responsables no sólo de guiar a sus alumnos en el devenir del conocimiento y del saber. Sino que también lo deben hacer a través de normas pre-establecidas por algún ministerio o autoridad superior como si la educación pudiese ocurrir sin la participación de la comunidad en que ellos y los educandos van a vivir.


Todo esto, además con la expectativa cultural de la comunidad de que los profesores y profesoras tengan todas la herramientas necesarias, para entregarle a sus educandos lo que necesitan para que como adultos puedan luchar con éxito en un mundo que se ha configurado de antemano, de cómo deberán hacerse las cosas, cómo ser feliz y cómo esa felicidad irá de la mano con el éxito. Olvidando que los maestros y maestras son personas, y son hijos que han sido formados en la concepción de educación actual. Olvidando que la responsabilidad en el Educar y la Educación es de todos los adultos o mayores con que los niños, niñas y jóvenes conviven desde su nacimiento. Y olvidando además que ese mundo adulto está representado también en las organizaciones humanas y en los poderes del Estado como el Ejecutivo, Legislativo y Judicial, donde se gestan y crean las leyes y las orientaciones de los ciudadanos de cada nación. Ciudadanos, personas que han sido educadas en la misma forma tradicional de lo que entendemos hoy por educación. 


Y así suma y sigue. En una deriva lineal causal eterna. Cabe la pregunta: ¿qué es educar entonces hoy en un mundo globalizado, unidos los unos con los otros en una red cibernética de conocimiento, de experiencias, donde las dimensiones del mundo que vivo son mucho más amplias que mi localidad?

Cuando la educación se ha orientado a la formación de personas ganadoras con éxito social y económico en la creencia de que serán hombres y mujeres realizados y felices, desde un ideal de hombre o mujer pre-establecido y conservado de generación en generación desde algún lugar que creemos ignorar diciendo: "las cosas son así decimos", en un cuento que nos contamos de “nunca acabar”, cuando en el fondo sabemos que ese mundo lo generamos nosotros, los mismos adultos que criticamos porque es con nosotros con quienes conviven.


Ese lugar que creemos ignorar sólo lo podremos ver de verdad si reflexionamos y nos preguntamos ¿me gusta el vivir que estoy viviendo hoy? ¿quiero este querer presente? ¿lo elegí? ¿soy libre para cambiarlo? ¿Calzo yo en este ideal de hombre o mujer pre-establecido, en algún lugar en alguna parte de nuestra historia humana? ¿qué educación quiero hoy para nuestros niños, niñas y jóvenes? ¿y qué deseo hoy aprender como adulto?


Darme cuenta: perturbar, perturbarme


Deseo tomar consciencia de que soy parte de esta trama de conversaciones donde nos encontramos inmersos, conservándola y generándola en el propio vivirla, ciegos a nuestros deseos íntimos y sin herramientas propias desde cada uno de nosotros para reflexionar y reflexionarme, y aportar para un nuevo vivir. Este hacer consciente me perturba y me moviliza.


Sigo en la perturbación y me pregunto: ¿Estaremos ciegos e insensibles a nuestra propia sensorialidad? Y descubro que si, y descubro que nos ciega nuestra propia cultura.


Y en este reflexionar descubro además que me es legítimo dar respuesta a mis preguntas existenciales: de dónde vengo y a dónde voy, qué es la vida, para qué existo. Preguntas éstas que no puedo responder desde este mirar tradicional lleno de verdades y realidades culturalmente conservadas y que debo abandonar para darle paso a la legítima diversidad de miradas y de haceres. Preguntándome ¿desde dónde dicen lo que dicen? ¿desde dónde hacen lo que hacen?


Si nos damos cuenta que la educación y el educar ocurren como un fenómeno de transformación en la convivencia consciente e inconsciente, que cruza todo nuestro vivir y convivir como seres humanos reflexivos hasta que nos morimos, el panorama reflexivo y de acciones se comienza a transformar.


Al hablar o reflexionar sobre el educar y la educación la pregunta que invito a que nos hagamos es: ¿Qué clase de ser humano queremos que surja del cómo educamos a nuestros hijos, hijas, jóvenes y educandos? ¿Qué clase de ser humano queremos los maestros y maestras que salgan de nuestras aulas? ¿Qué clase de persona deseamos que sean nuestros hijos e hijas? Y cuando estos niños niñas y jóvenes sean adultos y les pregunten ¿cómo recuerdas a tu papá o a tu mamá? ¿cómo recuerdas a tus profesores y profesoras? ¿Qué nos gustaría hoy que respondiesen?


A la acción educativa como proceso de transformación


Nuestra tarea como adultos responsables es acompañar a nuestros niños/as y jóvenes en su tránsito a la vida adulta. Acompañar guiando hacia el conocimiento reflexivo y experiencial para que ellos sientan potenciada sus capacidades intrínsecas y para que cada uno de ellos conserve en el centro de su hacer una conducta ética espontánea. Y queremos que para ellos como adultos, papás, mamás, profesionales, ciudadanos...,  el amar y amarse desde el respeto por si mismo o misma sea el eje inamovible de su hacer. Eje que implica estar en el centro de sí mismo o misma. Sintiéndose autónomos, en el elegir, preguntar, reflexionar.


Todo ser vivo nace a un vivir en coherencia con el mundo natural que lo acoge y hace posible. Como observadores podemos distinguir que la mariposa cuando sale de la crisálida sale al mundo en una confianza estructural de encontrarse con un mundo de néctares no de insecticidas.


Nosotros como seres vivos/humanos nacemos en la misma confianza estructural de que va haber un mundo humano que nos acogerá, nos amará, nos cuidará. Nacemos con toda nuestra sensorialidad en una dinámica sistémica, sistémica, … sistémica, abierta y plástica orientada a habitar un mundo amoroso donde nos transformaremos en un ser humano completo que vive en el centro de si mismo y por ende en el bien-estar del vivir y convivir5.


Ahora, sin embargo, desde este comienzo habitamos un mundo de convivencia cultural, en el cual muchas veces nos volvemos ciegos a la reflexión de los fundamentos biológico-culturales de nuestro hacer. El vivir cultural, en cualquier comunidad, es como el agua es al pez; el pez nada en el agua como su modo de vivir natural y no la ve; y nosotros vivimos en las redes culturales como nuestro modo de convivir natural y no las vemos. Sin embargo, nosotros los seres humanos podemos reflexionar y hacer consciente qué cultura habito, y si me gusta o no me gusta.


En un principio podemos darnos cuenta que hay cosas que no nos gustan, y el primer intento es pertenecer a algún movimiento que acoja nuestra demanda y nos orientamos a cambiar la cultura. Intento que hemos visto no ha tenido el resultado esperado. Si veo esto vuelvo a reflexionar y me doy cuenta que la única cultura o red de haberes y sentires íntimos que puedo tocar y cambiar es la mía propia, la mía la de mi localidad. Y allí la pregunta reflexiva de orientación y armonía en la reflexión que surge es: ¿qué deseo conservar en mi vivir y convivir? … pues todo cambia en torno a lo que conservamos6.


¿A quién le gusta obedecer? ¿a quién le gusta colaborar?


¿ Qué nos gusta? ¿Cómo queremos vivir nuestro vivir?


¿Queremos vivir en el colaborar, reír, preguntar, opinar, escuchar, ser escuchados, descubrir, jugar, compartir, pertenecer?.


¿Queremos vivir y convivir en ese sentir de bien-estar donde nos sentimos vistos, respetados y escuchados? ¿Queremos conservar estos gustos, ganas, deseos, pasiones, con otros y otras en un convivir latente y expansivo de unidad con el Cosmos.


¿Nos sentimos así? ¿Lo hemos experimentado alguna vez? Quizás en alguna experiencia espiritual, de ampliación de conciencia de pertenencia, a través de alguna práctica meditativa o alucinógena. Y nos causo placer y queremos volver a ese estado de bien-estar profundo donde me siento visto, y nos vemos y sentimos respetados y nos respetamos. ¿Está en nosotros ese estado de plenitud de amplitud? Si lo vivo y lo reconozco, es parte de mi experiencia en algún lugar de mí vivir.


Y el único lugar, y el único lugar que me ha dado esa tranquilidad de contención, de estar nutrido sin esfuerzo en la confianza más primigenia de la amorosidad es el útero materno. ¿Por qué tengo que recurrir a un artificio para sentir, sentirme en total plenitud? ¿Cómo es que los seres humanos inteligentes y audaces no hemos podido generar un vivir y convivir cotidiano de esas características?


Si nos hacemos cargo de que sabemos esto, el educar se constituye en un lugar donde nos sentimos vistos, amados, respetados, donde todas las preguntas son legitimas. Y si hacemos esto, el educar se vuelve un lugar donde encontramos la mano amiga, tierna, que me da la confianza y la consistencia para mirar y descubrir mis aptitudes de conocimiento y de saber. Lugar que no solo reconozco como la Escuela o Universidad, lugar que también llamo hogar, padres, tutores, hermanos, comunidad con sus medios de comunicación y su alta tecnologización, todo en la consciencia de que somos nosotros ahora los responsables de generar ese convivir. Y los haremos reconociendo que esa coherencia y consistencia en el convivir adulto y humano es responsabilidad de cada uno de nosotros.


Es en ese educar donde yo único y autónomo donde puedo aprender a elegir desde mi y no desde otros, un caminar de confianza y bien-estar desde donde siento apropiarme de la belleza en un amor por si mismo y por otros enaltecido. 



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Notas biográficas

Ximena P. Dávila Yáñez, Epistemóloga, estudió Orientación en Relaciones Humanas y Familia con mención en Relaciones Laborales. Su estudio fundamental ha sido el entendimiento del dolor y sufrimiento humano. Ha desarrollado el “conversar liberador” bajo los fundamentos de la Biología del conocer y de la Biología del Amar. En el año 2000 fundó junto con Humberto Maturana el Instituto Matríztico, hoy escuela Matríztica de Santiago, como un centro de investigación sobre lo humano. En él, Ximena se desenvuelve como investigadora y docente.

Nacemos amorosos (Humberto Maturana)


"Nosotros, los seres humanos, somos seres biológicamente amorosos como un rasgo de nuestra historia evolutiva, de manera que sin amor no podríamos sobrevivir. El bebé nace en la confianza implícita de que con él o con ella habrá nacido una mamá, un papá y un entorno que lo van a acoger, porque si no lo acogen se muere. Por ello, la biología del amor es central para la conservación de nuestra existencia e identidad humana."

"Decimos a veces que los niños son el futuro de la humanidad. Nosotros pensamos que no es así, que el futuro de la humanidad somos las personas adultas. Es con las personas adultas con quienes conviven que los niños, las niñas, los jóvenes se van transformando en la convivencia. Esta es nuestra gran responsabilidad. Las personas adultas, ahora, con lo que hacemos, con lo que escogemos, con lo que pensamos, somos el futuro de la humanidad."

¿Cómo es que amamos? ¿De dónde viene nuestro amar?¿Qué clase de seres somos?¿Cómo hacemos lo que hacemos?

Primera Reflexión: El amar tiene que ver con el ver y el escuchar.

Cuando un niño dice: “mamá, el profesor, la profesora no me quiere” y la mamá pregunta “¿por qué dices eso?”, el niño dice porque nunca me ve cuando levanto la mano para hacer una pregunta y nunca escucha lo que digo.

En otras palabras, no me ve, no me escucha, no me quiere.

Segunda Reflexión: Decimos a veces que los niños son el futuro de la humanidad.

Nosotros en la Escuela Matríztica con mi colega Ximena Dávila y nuestros colaboradores pensamos que no es así, que el futuro de la humanidad somos las personas adultas.

Es con las personas adultas con quienes conviven que los niños, las niñas, los jóvenes se van transformando en la convivencia. Esta es nuestra gran responsabilidad. Las personas adultas, ahora, con lo que hacemos, con lo que escogemos, con lo que pensamos, somos el futuro de la humanidad.

Tercera Reflexión: El vivir ocurre en el presente.

Si miramos un poco el Cosmos, hablamos de tiempo, hablamos de pasado pero, ¿qué es el tiempo? El tiempo es una invención explicativa para conectar nuestra memoria del antes y el después. Pero todo ocurre en el presente. El cosmos ocurre en el presente y como ocurre en el presente, toda idea posible de un viaje temporal no es posible. Uno no puede volver atrás, no existe la vuelta atrás, ni siquiera el péndulo que parece que está haciendo un movimiento cíclico, de continuo retorno a la condición inicial, retorna a una condición inicial porque va cambiando todo el entorno según su batir en su movimiento.

Y la pregunta sobre ¿cómo es que amamos? nosotros queremos contestarla haciendo una mirada a la historia que nos dio origen como seres humanos. Si uno quiere en la mirada evolutiva un modo de explicar el presente, si uno quiere explicar cómo es que vivimos el presente que vivimos, lo que uno tiene que preguntarse es qué se ha conservado a lo largo de esta historia que yo estoy inventando para explicar el presente de modo que somos ahora como somos.

¿Cómo somos como seres humanos? Tenemos dos características fundamentales: la primera es que en tanto seres vivos mamíferos, nacemos amorosos. Y ¿qué quiere decir eso? 

Quiere decir que el bebé al nacer, nace con la anatomía, la fisiología que implica de manera implícita un entorno acogedor que hará posible su vivir. Es decir, el bebé nace en la confianza implícita de que habrá nacido con él o con ella una mamá, un papá, un entorno que lo va a acoger porque si no lo acoge se muere. Lo mismo que la mariposa que sale de la crisálida con una anatomía y una fisiología que implica flores, néctar y que si no hay flores ni néctar, se muere.

¿Cómo es que los seres humanos nacemos amorosos? ¿Cómo es que el bebé nace amoroso? Nosotros pensamos que la otra característica fundamental es que existimos en el lenguaje, en el conversar y en el reflexionar. Esa es nuestra característica presente. Todo lo que hemos estado haciendo en esta ceremonia o rito, tiene que ver con nuestras reflexiones sobre lo que hacemos, sobre lo que pensamos, en un conversar en el que distinguimos qué cosas valoramos y qué cosas no valoramos. Hemos hecho reflexiones en el lenguaje, hemos mirado nuestro presente y hemos mirado nuestra historia.

Entonces, si los seres humanos nacemos amorosos y existimos en el lenguaje, el conversar y el reflexionar. ¿Qué tiene que haber ocurrido para que esto sea así? En la Escuela Matríztica de Santiago, pensamos que tiene que haber surgido lo humano en la familia ancestral.

Ustedes aquí tienen un distinguido equipo de paleontólogos que ha estado trabajando en Atapuerca, que ha hecho un importante trabajo sobre las eras del Homo Sapiens, las eras paleontológicas del Homo Sapiens que es muy interesante. Nosotros, en el sur del mundo, hemos mirado las eras psíquicas y hemos propuesto junto con mi colega Ximena Dávila la noción de las “eras psíquicas de la humanidad”, en que hablamos de que lo humano tiene que haber comenzado cuando surge el lenguaje y el conversar. Y el lenguaje y el conversar han surgido donde no había lenguaje y conversar antes. Es decir, claro que había convivencia y claro que había que estar juntos; pero esto que hacemos nosotros ahora, que nos parece tan fácil y que un niño con dos años lo aprende fundamentalmente a la perfección no existía hace unos tres millones y medio de años que es cuando tiene que haber surgido la familia ancestral.

La familia ancestral tiene que haber surgido como un espacio de disfrute de la convivencia, de la cercanía, del estar juntos, de hacer cosas juntos, de lo que se hacía en el vivir cotidiano. Y ¿qué es lo que se hacía en el vivir cotidiano? Recolectar alimentos, compartir alimentos, estar juntos en la caricia, en el bien-estar. Eso es lo que queremos en la familia y eso tiene que haber surgido entonces. 

Y nosotros somos el presente de la conservación de una generación a otra en el aprendizaje de los niños, de ese vivir que pasa a ser un vivir en el lenguaje y el conversar cuando se transforma en un vivir en coordinaciones recursivas de haceres y sentires que constituyen el lenguaje y el conversar. 

Si ustedes piensan un poquito, sobre cómo aprende un niño, un bebé a vivir en el lenguaje se dan cuenta de que el bebé no va a la escuela a aprender a hablar o a lenguajear. Lo aprende en la casa con la mamá, con el papá, con los hermanos. ¿Cómo?. Haciendo las cosas de la casa. Aprendiendo de la misma manera como tiene que haber surgido en su origen hará unos tres millones o tres millones y medio de años atrás, en el modo de convivir, en el placer de hacer cosas juntos, que luego se va complicando en la historia recursiva de las distinciones del hacer cosas juntos cada vez más complicadas lentamente porque la vida misma de los haceres se va complicando.

Así que lo que les decimos es que somos seres amorosos en nuestro origen y nuestro presente modo de vivir como seres humano, y esta es la respuesta desde donde podemos encontrar un entendimiento sobre que uno reciba un regalo tan gentil y tan apreciado como lo que la Universidad de Málaga hace aquí, ahora con el otorgamiento del Doctor Honoris Causa.

Así que somos seres amorosos y vivimos en el lenguaje, el conversar y la reflexión. Y la reflexión es una cosa particularmente interesante porque consiste en soltar los saberes para mirarlos. No como un acto en la razón sino como un acto en la emoción. Soltar los saberes, soltar lo que sé, soltar lo que yo digo que sé. ¿Cuántas veces se habrán preguntado eso? ¿Sabrán lo que yo digo que sé?. Este es un acto maravilloso, que constituye el acto de la reflexión, en que uno suelta lo que cree que sabe y lo mira y tal vez descubre que no sabe lo que pensaba que sabía y lo deja y pasa a otro espacio, a otro dominio.

Yo ahora sé que soy Doctor Honoris Causa de la Universidad de Málaga pero la cosa no termina ahí, porque resulta que yo ahora me muevo en un dominio distinto. Que es el dominio que trae consigo el saber todo lo que esto implica. Es como un espacio relacionado que tiene características diferentes al cual yo vivía antes y del cual me doy cuenta precisamente por el que puedo hacer este acto de reflexión.

Y por último, exploremos ahora la pregunta que tiene que ver con cómo conocemos, con cómo generamos el mundo. 

Y aquí quiero, si se me permite, relatar algo de mi historia que no está en la maravillosa historia que me sorprendió que hizo el Doctor Miguel López Melero de mí. Ahora sé más de mí que lo que sabía antes y estoy agradecido de que él me haya mostrado tantas cosas tan bonitas de lo cual yo me pregunto ¿será cierto todo eso? Pero como él pone fechas por aquí y por allá debe haber algo de cierto en la construcción del presente que estamos viviendo.

Yo he sido biólogo y qué quiere decir que uno ha sido biólogo. Biólogo es un científico. Y quiere decir que uno va por el mundo mirando a los seres vivos, las plantas, los insectos, todos los animales, las bacterias y preguntándose ¿cómo es esto del vivir?, ¿cómo hacen lo que hacen? 

Para mí los seres humanos eran otros seres vivos. Cuando uno estudia a los seres vivos, por ejemplo, a las mariposas, uno estudia a las mariposas, habla de cómo se alimentan, cómo se reproducen, cómo vuelan las mariposas. Pero, rara vez se encuentra uno con una mariposa particular. Una mariposa que puedo tener aquí en la mano yo la conozco, hasta puede tener un nombre. Sí, sí claro es una mariposa, pero entre todas las mariposas es un individuo particular.

Yo ya no puedo tratar a las mariposas simplemente como mariposas si me encuentro con ellas como individuos particulares.

Yo hablaba de los seres humanos de la misma manera que uno puede hablar de las mariposas. Los seres humanos teníamos una historia evolutiva, nacíamos amorosos pero un día me encontré con la profesora Ximena Dávila quien me mostró que los seres humanos éramos personas. Un día me dice: “Doctor, he hecho un descubrimiento” y le pregunté ¿qué? Y me dice: “me he dado cuenta de que el dolor por el cual se pide ayuda relacional es siempre de origen cultural y la persona al contarme sus preocupaciones, me muestra la matriz relacional en la cual su vivir fue negado, fue abusado, violado, no oído u oída. Y me muestra también la matriz relacional de cómo se sale de ese dolor. Y aparece para mí entonces, en toda su majestad, la persona. 

Es cierto, porque si una persona solicita ayuda, es una persona que ha sufrido alguna negación. Puede haber sido un niño no escuchado, abusado, violado, tantas cosas que sabemos que pasan en este presente cultural patriarcal/matriarcal. Tal vez sabemos que pasan porque están pasando más o porque antes simplemente no lo oíamos o no lo veíamos. Y es asi entonces como aparece para mí la persona. Antes yo me relacionaba con seres humanos, ahora veo que el vivir humano ocurre en personas y esto hace una diferencia fundamental.

Y aquí vuelvo al momento inicial de esta tarde, cuando recibo el doctorado Honoris Causa como persona. Sí, claro, soy un ser humano pero soy yo como persona y es la persona la que genera el mundo siempre. Cada uno de ustedes genera un mundo. Un mundo que tiene que ver con sus preferencias, sus deseos, sus gustos, sus reflexiones. Que es distinto del de otro y que con esas diferencias somos capaces de convivir y hacer algo juntos, de colaborar, de co-inspirar en un proyecto común en una comunidad. Y además, en tanto somos personas, podemos reflexionar y podemos darnos cuenta de si queremos o no queremos el mundo que estamos generando unos con otros. Podemos entonces, ser libres.

¿Quiero o no quiero el vivir que estoy viviendo? Y ese que es un acto en la emoción, es un acto en el cual uno suelta sus certidumbres de modo que luego viene el razonar, la argumentación reflexiva racional, a veces no lo vemos porque no nos damos cuenta de que todo argumento racional tiene fundamento no racional, que es lo que le da carácter al argumento. Por ello, todo sistema racional tiene fundamentos no racionales.

Y es desde allí que lo maravilloso de esta ceremonia es que su fundamento no es racional. Tiene que ver con el respeto, con el aprecio, con el reconocimiento que uno hace al otro porque le gusta su historia o lo que hace, con la posibilidad de reflexionar y preguntarse si uno quiere o no quiere lo que está viviendo o el vivir que está generando. Y uno puede darse cuenta de que uno es como persona siempre generador del mundo en que vive. Lo vive con otros pero cada uno de nosotros somos responsables del mundo en que vivimos y de lo que escogemos.

El acto de escoger no es tanto el acto de ir por un camino o por otro, sino un acto de soltar las certidumbres y mirar.

Y es esa libertad de sentir, de amar, de reflexionar sobre como vivimos nuestro vivir, pero sobre todo entendiendo que somos nosotros el futuro de la humanidad, es el preguntarnos por cómo vivimos ahora, porque los niños, las niñas, los jóvenes aprenden nuestro espacio psíquico. Aprenden nuestro vivir. No aprenden cosas. Aprenden el convivir con sus maestros, aprenden a reflexionar si los maestros reflexionan, aprenden la honestidad si los maestros y las maestras son honestos.

De modo que esta ceremonia, esta distinción a mí me conmueve porque me pone nuevamente en la presencia de mí mismo como persona y el compromiso que siento como ser creador del mundo con otros y el deseo de que el mundo que creamos sea digno de vivir por nuestros hijos e hijas y por los hijos e hijas de ellos y ellas.

Muchas gracias.

Prof. Dr. D. Humberto Maturana Romesín
Málaga a 9 de noviembre de 2010
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Educación en Derechos Humanos y Democracia (Federico Mayor Zaragoza)










Escribo desde un naufragio… 
escribo desde la infinita progresión de la sombra… 
pero escribo también desde la vida, 
desde el nacer de un clamor nuevo…
José Ángel Valente 
en “Sobre el tiempo presente”. 


Educación, ciencia y cultura para “construir los baluartes de la paz en la mente de los hombres”

La Segunda Guerra Mundial constituye uno de los episodios más atroces de la historia. Por ello, es lógico, que al final de la misma, con la tensión humana que lo que acababa de acaecer había producido en tantas personas y, especialmente, en los sobrevivientes, se procediera al diseño de un Sistema de gobernación mundial, basado en la igual dignidad de todos los seres humanos. 

La Carta de las Naciones Unidas se inicia con una frase de una gran riqueza conceptual: “Nosotros, los pueblos… hemos resuelto evitar el horror de la guerra a las generaciones venideras”. No se trata, pués, de Estados ni de gobiernos. Son conscientes de que únicamente cuando las riendas del destino común se hallen en las manos de la gente, de los pueblos, es cuando se podrá producir la inflexión histórica desde una cultura de guerra, de dominio e imposición a una cultura de diálogo, conciliación, alianza y paz. La gran transición de la fuerza a la palabra. 

Para evitar la guerra, es decir, para construir la paz, son necesarios unos nuevos puntos de referencia, unos nuevos asideros éticos que permitan a todos los ciudadanos modificar un comportamiento secular basado en la confrontación. Por ello, en la Constitución de la UNESCO, que se publica en Londres sólo unos meses después de la creación de las Naciones Unidas en San Francisco, se indica que para construir “los baluartes de la paz en la mente de los hombres” es necesario observar unos principios democráticos. Esta aseveración es esencial como lo es el establecer que la solidaridad no debe expresarse sólo en bienes materiales sino que también debe ser una “solidaridad intelectual y moral”.

Dada la lucidez de quienes redactaron estos textos de una extraordinaria capacidad de inspiración, es muy difícil encontrar ahora palabras que de una manera más certera indiquen las soluciones a los problemas de hoy. La solución es la democracia. La solución es que cada ser humano, único, inverosímil, dotado de la desmesura creadora, que le distingue de todos los demás seres vivos y la convierte en los “ojos del Universo”, pueda actuar sin restricción alguna. Cada ser humano, capaz de reflexionar, de pensar, de imaginar, de inventar, de anticiparse… es la esperanza de la humanidad.

Libre expresión

Los seres humanos, que pueden transmitir sus pensamientos, que deben escuchar los de los otros, son capaces de solucionar la mayor parte de los conflictos a través del diálogo. Desde luego, todos deben aceptar aquellos puntos de vista que sean diametralmente opuestos a los propios. Lo único rechazable es el extremismo, el dogmatismo, el fanatismo, en una palabra, el intento de imponer por la fuerza los propios argumentos. 

Por ello es tan importante destacar desde el inicio la libertad irrestricta de expresión. A tal punto lo comprendieron así quienes diseñaron el Sistema de las Naciones Unidas que en el artículo primero de la Constitución de la UNESCO se indica que la Organización “garantizará la libre circulación de las ideas por la palabra y por la imagen”. Está claro: incardinados en estructuras biológicas temporales, los seres humanos son capaces de volar en el espacio infinito del espíritu. Y de observar y meditar sobre el cosmos, sobre las galaxias,… al tiempo que pueden hacerlo sobre las moléculas, sobre las partículas más elementales… Cada ser humano es, por su propia naturaleza, un “averiguador”, que intenta explicarse el misterio de su propia existencia, que procura conocer el cómo y, mucho más difícil, indagar el porqué, el quién… 

Sin embargo, la historia es una retahíla ensangrentada de batallas y enfrentamientos, de períodos larguísimos en los cuales el poder absoluto lo ejercen unos cuantos hombres, muy pocos, sobre el resto de los hombres y las mujeres que, confinados territorial e intelectualmente en espacios muy limitados, viven atemorizados, obedientes, silenciosos. 

Si estamos ahora viviendo momentos fascinantes es porque, por primera vez en la historia, podemos conocer el conjunto de lo que sucede en la Tierra; podemos saber lo que iluminan los focos de los medios de comunicación, las noticias, lo extraordinario, pero también podemos reflexionar sobre lo invisible, sobre lo que no se ve pero existe y debe formar parte de los supuestos de nuestras cavilaciones. 

Sé como científico que el conocimiento de la realidad debe ser profundo si pretendemos una transformación de la misma de hondo calado. Si sólo tenemos conocimientos superficiales o epidérmicos, las soluciones que podamos aportar serán de la misma naturaleza. Por ello es tan importante destacar en cualquier proceso educativo y desde el primer momento, la libertad de expresión, decir lo que se piensa, actuar en virtud de estas decisiones personales y nunca al dictado de nada ni de nadie. La libertad, al filo exacto de las certezas y de las incertidumbres, de las luces y de las sombras, constituye -no me canso de repetirlo- el don supremo y distintivo de la especie humana. 

Por eso es reprobable ver que algunos medios de comunicación no describen fidedignamente lo que ocurre. Toda persona puede escribir lo que le parezca y firmarlo, pero un periodista cuando describe -no cuando escribe- debe acercarse lo más posible a la correcta y precisa descripción de lo sucedido. Quienes no lo hacen, quienes son “la voz de su amo”, no contribuyen precisamente a la educación ciudadana. Los medios son muy importantes para esta instrucción popular y es deseable, especialmente ahora que los ciudadanos pueden expresarse directamente a través de la moderna tecnología virtual, disponer de informaciones fiables y correctas. 

Libres y responsables

Así define la UNESCO, también en el artículo primero de su Constitución, la educación. Es la que forma a personas libres y responsables. Quienes pretenden que los demás piensen lo mismo que ellos, deben darse cuenta de la inmejorable definición del proceso educativo que dio, pronto hará un siglo, don Francisco Giner de los Ríos: “Es dirigir la propia vida”. Es ser uno mismo. Por eso vemos en el “Informe sobre la Educación en el Siglo XXI”, elaborado por una Comisión que, en mi calidad de Director General de la UNESCO nombré a principios de la década de los 90 bajo la dirección del entonces Presidente de la Comisión Europea, Señor Jacques Delors, que los cuatro pilares del proceso educativo son: aprender a conocer; aprender a hacer; aprender a ser; y aprender a vivir juntos. 

Yo añadí aprender a emprender, aprender a atreverse, porque es cierto que no sólo se trata de tener conocimientos sino de utilizarlos, de expresarlos, de ponerlos en práctica. 

Leamos los informes de la OECD (Informes PISA); leamos las calificaciones que otorgan a los distintos centros universitarios algunas agencias o centros especializados; leamos manuales sobre las formas más apropiadas de educación… pero no olvidemos nunca que de lo que se trata no es de formar eruditos sino personas “libres y responsables”, que sepan utilizar al máximo capacidades creadoras y de anticipación. 

Por favor, no hablemos de “capital humano”. Por favor, no hablemos de personas adiestradas en determinados oficios. Todo esto es “además de” pero nunca debe ponerse “en lugar de” la educación correcta, que es la que deben seguir y procurar con su cercanía los educadores, conectados siempre con los progenitores, o en su caso, los tutores. 

Los Derechos Humanos 

La Declaración Universal representa uno de los puntos de referencia de mayor relieve de la humanidad entera. Para que no volviera a ocurrir nunca más una guerra de la naturaleza que sacudió al mundo desde Europa al Pacífico, era lógico que proclamaran cuáles son los derechos inherentes a cada ser humano. El borrador se difundió ampliamente y el día 10 de diciembre del año 1948, en la Asamblea General de las Naciones Unidas celebrada en el Trocadero de París, se aprobó uno de los textos más ricos, más profundamente humanos de todos los tiempos. 

Me gusta recordar que en el primer párrafo del Preámbulo se proclama que los Derechos Humanos deben “liberar a la humanidad del miedo”: ¡qué importancia tiene esta aseveración! Porque durante siglos y siglos la mayor parte de los seres humanos han vivido en donde nacieron y allí murieron también sin saber lo que sucedía a unos kilómetros de distancia, atemorizados, proclives a supersticiones por fenómenos que observaban pero que no comprendían… También muchas creencias basadas en el amor, en el desprendimiento y la generosidad amenazaban a los creyentes con penas y sufrimientos eternos. Los Derechos Humanos son para liberar a la humanidad del miedo… pero, como indica el segundo párrafo, si no se observan los Derechos Humanos, si se vulneran estos derechos fundamentales, pueden “verse compelidos a la rebelión”. 

El artículo primero define magistralmente los grandes trazos de los seres humanos: libres, iguales, dotados de razón, comportándose entre sí fraternalmente. 

¡Cuántos errores podríamos evitar si siguiéramos puntualmente lo que establecen los Derechos Humanos! 

En educación, el artículo 26 expone con toda claridad su significado, la obligatoriedad y gratuidad hasta la edad de la emancipación y, hasta este mismo tiempo, la decisión de los progenitores en lo que se refiere a ideologías o creencias. 

Al llegar a la Universidad, estudios ya realizados por adultos, las cosas cambian: el mérito pasa a ser lo que “iguala” a todos los que acceden a la educación superior. “Todos tendrán acceso a la educación superior en virtud de su mérito”. 

Educación para todos

Igual que la sanidad, la educación debe ser para todos y durante toda la vida. Aquí no caben privilegios como no son tolerables entre pacientes. Estos son los dos grandes pilares del bienestar social. Estos son las dos avenidas que realmente pueden recorrerse a la igual velocidad que permite el pleno ejercicio de las capacidades exclusivas a los seres humanos. 

En educación nunca puede decirse que “ya ha pasado el tren” o que a estos lugares (de residencia) no tienen acceso las posibilidades de enseñanza y de aprendizaje. Educación para todos, a cualquier edad, sin otro requisito que el de demostrar, con el debido esfuerzo, la voluntad de aprender, de disponer de más conocimientos para poder ir respondiendo a tantas interrogantes, incluidas las esenciales.

Educación en Derechos Humanos y Democracia

En el año 1993, la UNESCO convocó una gran reunión de pedagogos de muchos países, de maestros, de profesores, de personas que en su vida cotidiana ejercen la profesión suprema. Se trataba de ver qué plan de acción podría recomendarse, teniendo acceso a las mejores prácticas. De Montreal salió el “Plan de Acción Mundial sobre Educación en Derechos Humanos y Democracia”. Este Plan Mundial se dirige “a todas las personas, familias, grupos y comunidades, instituciones docentes, estudiantes, jóvenes, medios de comunicación, empresas, sindicatos, movimientos populares, partidos políticos, parlamentarios, organizaciones nacionales e internacionales, gubernamentales y no gubernamentales…” Está clara la importancia que desde el primer momento se daba la educación de todos los ciudadanos del mundo en derechos humanos y democracia. “Quienes presentan este Plan proceden de todos los sectores de la sociedad y lo dirigen a las víctimas de las violaciones de los Derechos Humanos y a los defensores de los Derechos Humanos y de la democracia así como a los dirigentes”. 

El Plan Mundial aborda a continuación las respuestas a las preguntas “¿qué?”, “¿porqué?”, “¿cuándo?”, “¿cómo?”. Con gran precisión se establecen los objetivos y las principales líneas de acción en todos los niveles educativos desde la pre-primaria a la educación superior, dedicando especial atención a las organizaciones de madres y padres de alumnos e instituciones de toda índole para el fomento educativo.

Concluye así: “El gran desafío de este Plan de Acción es lograr traducir los Derechos Humanos, la democracia y los conceptos de paz, de desarrollo sostenible y de solidaridad internacional en comportamientos cotidianos, en normas sociales de actuación. Este es el gran reto de la humanidad: construir un mundo en paz, democrático, próspero y justo. Para ello es imprescindible una educación de calidad en beneficio de las generaciones presentes y futuras”. 

¿Comprenden ahora por qué creemos sinceramente que quienes se oponen a la Educación para la Ciudadanía y prefieren otras modalidades educativas deberían antes consultar textos tan lúcidos y bien elaborados? La obcecación no es buena consejera y en estos temas debemos procurar conocer con detalle la “herencia conceptual recibida”, que a veces, como sucede en este caso, es de una calidad extraordinaria. 

Por esta razón, recomiendo que cualquier modificación que se introduzca en cualquier nivel educativo sea fruto de una discusión -que debe estar siempre por encima de las ideologías y obediencias partidistas- entre quienes llevan muchos años en la enseñanza, pedagogos, filósofos, sociólogos, etc.

Para encarar y decidir los grandes desafíos de esta naturaleza, no valen geometrías políticas ni supuestos religiosos. Sólo el rigor científico debe tenerse en cuenta. La calidad depende, precisamente, de una gran neutralidad en el enjuiciamiento de la forma de tratar estas cuestiones y tenerlas de forma permanente presentes para un debate imparcial, basado en el conocimiento progresivamente disponible.

Educación para la Ciudadanía

Ahora sí que, por fin, podemos llegar a acuerdos supra-partidos en relación a los contenidos educativos; en relación a la importancia que debe concederse a una serie de informes que, por su propia naturaleza o por “especialidad”, no deben afectar a los pilares esenciales para la formación de personas “educadas”, es decir, capaces de actuar en virtud de sus propios sentimientos y pensamientos. 

Ahora sí que ha llegado el momento de la gran transición desde súbditos a ciudadanos, de espectadores a actores, de receptores a emisores. 

Estamos viviendo momentos fascinantes en los que, por primera vez en la historia, la democracia va a ser genuina, porque todos los ciudadanos van a contar de forma permanente en las decisiones que adopten sus representantes y, no sólo a ser contados de vez en cuando, para ser a continuación relegados y proceder de manera a veces exactamente contraria a la prometida. 

Sí, estamos viviendo momentos fascinantes, porque se acerca la puesta en práctica del diseño de las Naciones Unidas de 1945; porque se acerca el momento de “los pueblos”; porque se va a evitar la guerra, es decir, se va a construir la paz; porque se va a tener a las generaciones venideras como punto de referencia y compromiso prioritario. 

Del mismo modo que en 1945 se decidió elaborar una Declaración Universal de Derechos Humanos, sería apropiado ahora, en la debacle ética que están sufriendo Occidente y en particular la Unión Europea, una Declaración Universal sobre la Democracia, porque ha llegado el momento histórico en que la sumisión, el dominio de los pocos sobre los muchos, ha concluido. 

En muy pocos años, la participación no presencial, habrá permitido reforzar las actuales estructuras frágiles de la democracia. 

Derechos Humanos, democracia genuina, igual dignidad, solidaridad intelectual y moral. 

De la mano alzada a la mano tendida. De la animadversión, el desencuentro y el odio, al amor. 

Federico Mayor Zaragoza 
 3 de mayo de 2012


(Pulsar aquí para conocer más sobre este autor)

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