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La educación corporal es fundamental para el desarrollo de la personalidad









Los seres humanos somos seres “corpóreos”, de forma que lo que somos y vivimos a nivel psicológico y corporal está profundamente imbricado. Es más, el cuerpo tiene un valor incalculable, puesto que sin él no viviríamos ninguna experiencia, ni la vida tal y como la conocemos. 

El cuerpo es indisociable de nuestro psiquismo, formando parte de nosotros mismos, de nuestra personalidad. Desempeña múltiples funciones. Nos sirve para satisfacer nuestras necesidades; para actuar sobre el medio y adaptarnos a él; para vivir, expresar y resolver emociones; para construir el conocimiento. 

Hemos de decir que las relaciones humanas son primariamente corporales y que con frecuencia expresamos mucho más con el lenguaje no verbal que con la palabra. En este contexto, es especialmente importante el primitivo diálogo tónico-emocional que mantiene el niño con su madre, que les permite expresar emociones y comunicarse. Este diálogo primitivo conducirá al establecimiento de relaciones de apego, que serán la base de las futuras relaciones interpersonales y  de la construcción de la personalidad (BOWLBY, 1990; 1993) (AJURIAGUERRA, 1986) (WALLON, 1976; 1979).

El cuerpo es también un medio privilegiado de acceso al núcleo más profundo de nuestra personalidad. Así, por ejemplo, la relajación y la respiración pueden favorecer la interiorización, que permite el conocimiento de uno mismo. Más aún, es un medio de unificación de la persona, hasta el punto de que el bienestar físico abre a la persona al bienestar global.

Por otra parte, existe una interacción constante entre todas las instancias de la persona y el cuerpo. De esta manera, las aspiraciones y los deseos del yo cerebral se traducen en dolor, tensión o agotamiento corporal. De igual forma, los sufrimientos de nuestra sensibilidad nos provocan un enorme consumo de energía, lo que se refleja en nuestra mirada, en nuestro tono o en nuestros gestos y posturas. 

Finalmente, lo que somos en lo más profundo de nuestro ser se refleja también en nuestro cuerpo. Y así, por ejemplo, la alegría profunda ilumina el rostro, o la sensación de paz provoca una gran distensión corporal. También sucede lo contrario, de forma que el estado de nuestro cuerpo mediatiza nuestras respuestas cognitivas o nuestra sensibilidad. 

A lo largo de su historia, la persona va estableciendo un tipo de relación con su cuerpo. Esta relación está muy conectada con la imagen corporal que la persona va construyendo progresivamente. Dicha imagen se elabora principalmente: a partir de las propias percepciones; a partir de la mirada, el gesto, los mensajes, las valoraciones y el trato de los demás; y, finalmente, a partir de los esquemas, modelos y juicios de valor de la cultura en que la persona vive.

Las personas nos relacionamos con nuestro cuerpo de diferentes formas. Para unos, el cuerpo es un amigo, un compañero de viaje que proporciona satisfacciones y que permite actuar, establecer relaciones o afrontar las dificultades. Otros consideran el cuerpo como un objeto útil, una simple máquina que les presta sus servicios. Hay personas que viven el cuerpo como un enemigo, un tirano, un objeto de vergüenza o una fuente de dolor y angustia. Para algunos el cuerpo es un desconocido, al que tratan como si no existiera. Finalmente, otros viven el cuerpo como si fuera un dios. 

Y, a diferentes consideraciones, diferentes tratos. Quienes consideran que su cuerpo es un amigo procuran cuidar de él, atienden sus necesidades y respetan sus límites. Si lo consideran un objeto útil, suelen aprovecharse, abusar de él y no cuidarlo excepto cuando “se estropea”. Las personas que lo perciben como un enemigo, lo detestan, lo anestesian, lo maltratan o terminan destruyéndolo. Para las que el cuerpo es un desconocido suelen ignorarlo y descuidarlo. Y quienes lo sobrevaloran y lo convierten en un dios, le dedican tiempo, dinero, atenciones y cuidados desmedidos.

El cuerpo tiene un conjunto de necesidades. Algunas son físicas y están directamente conectadas con la supervivencia del individuo. Entre ellas podemos citar las necesidades de comer, beber, dormir, respirar, mantener la temperatura corporal, la sexualidad, ponerse a resguardo de los peligros, moverse y tener estimulación sensorial. Otras necesidades corporales tienen un carácter psicológico, como la necesidad que el niño experimenta de ser amado a través del contacto corporal, o las necesidades de ser reconocido tal como es, de sentirse a gusto y feliz con su cuerpo, de ser valorado en su identidad sexual, de sentirse seguro físicamente, de expresarse libremente o de estar libre de tensiones. El cuerpo es como un cuadro de mandos que informa de lo que va bien (sensaciones agradables, bienestar y salud) y de lo que no va tan bien (malestar, síntomas y enfermedad). El cuerpo va registrando a lo largo de la vida todo lo que afecta a la persona y, en este sentido, podemos considerarlo como un “viejo sabio”, que nos envía mensajes que podemos descifrar y del que se puede aprender para progresar de forma armoniosa. 

Por otra parte, a través de los mensajes que nos envía, podemos descubrir todo tipo de sensaciones ligadas a nosotros y a nuestras relaciones con los demás. Además, el cuerpo es una vía privilegiada para expresar lo que somos y vivimos en profundidad y también para expresar nuestros sentimientos, afectos y emociones. Buena parte de las reacciones del cuerpo tienen un origen psicológico. Algunas  de ellas son más desproporcionadas y tienden a repetirse ante ciertas situaciones,  acontecimientos o personas. Suelen aparecer en circunstancias similares a aquellas en las que la persona ha tenido experiencias de sufrimiento. Es decir, que este tipo de reacciones son síntomas de viejas heridas, de carencias afectivas, de conflictos intrapsíquicos, de sufrimientos pasados, que se registran en el cuerpo. Entre ellas podemos citar las reacciones psicosomáticas, las fatigas prolongadas, las  necesidades insaciables y compensatorias (orales, sexuales, de destrucción…), las turbaciones emocionales, la vergüenza ante el cuerpo del otro, la dificultad para el  contacto físico, la atracción irresistible, la pérdida del apetito o del sueño… (PRH, 1997).

Finalmente, los síntomas a través de los que el cuerpo expresa los problemas psicológicos están relacionados con las debilidades del propio organismo, de forma que cada persona tiene un “terreno” favorable para ciertas somatizaciones, pero también hay, como señala Lowen (1995), una relación casi “simbólica” entre el problema psicológico y el síntoma corporal. Así, por ejemplo, una dificultad para digerir puede estar relacionada con dificultades de asimilación de un acontecimiento.

Ayudar a niños y niñas a valorar el cuerpo y a escuchar sus mensajes 

La educación debe orientarse al desarrollo integral de la personalidad. Sin embargo, tradicionalmente se ha centrado en los aspectos cognitivos, olvidándose de la educación corporal y de los aspectos relacionales y emocionales. 

La educación corporal es muy importante para que los niños lleguen a relacionarse adecuadamente con su cuerpo. Esto implica que aprendan a conocer bien el cuerpo, sus posibilidades y límites, sus ritmos, sus debilidades y síntomas, así como aquello que le beneficia y le perjudica. Además, que se hagan conscientes de las reglas que rigen su vida en lo relativo al cuerpo, que muchas veces no son constructivas, respondiendo solamente a “lo que es costumbre hacer”. Una gestión adecuada del mismo permite actualizar lo que somos y aspiramos a hacer. Por ello, es necesario enseñarle a escuchar los mensajes del cuerpo, para así tenerlo en cuenta y cuidarlo.

La educación corporal es fundamental para el desarrollo de la personalidad. A través de la misma es posible descubrir todo tipo de sensaciones corporales y psicológicas, que nos permiten adentrarnos en nuestro mundo interior, entender nuestras reacciones y necesidades y, en definitiva, conocernos mejor. Por otra parte, permite descubrir sensaciones ligadas a nosotros y a nuestras relaciones con los demás. Finalmente, el cuerpo es una vía privilegiada para expresar lo que somos y vivimos en profundidad, y también para expresar nuestros sentimientos, afectos y emociones.

Por todo esto, la educación corporal es muy importante para favorecer el crecimiento sano y armonioso de la personalidad infantil. El educador debe aprender a situarse ante el cuerpo del niño y sus mensajes, para así desvelar las vivencias, las emociones y los sentimientos del mismo.

Más allá de la educación emocional. La formación para el crecimiento y desarrollo personal del profesorado (María Rosario Fernández)










“Ve despacio. No tengas prisa. 
Adonde tienes que ir es a ti mismo”
(Gandhi)

Preámbulo

Concedo mucho valor a mi trabajo en formación de educadores. Lo vivo con responsabilidad y compromiso. Me gratifica mucho el poder contribuir a la formación de maestros y psicopedagogos, creando en el aula un contexto que les permita ser ellos mismos, crecer a nivel personal, valorarse y comprometerse, para que, en un futuro, puedan ayudar a niños y adolescentes a crecer como personas.

Intento crear un clima relajado y tranquilo, libre de juicios y cargado de escucha, comprensión y respeto, en el que todos pueden participar, enriqueciéndose unos con otros, pudiendo ser ellos mismos sin temor a ser valorados, favoreciendo por tanto las relaciones interpersonales. Un clima de aceptación de todos y de compromiso y gusto con lo que hacemos, fomentando el placer del conocimiento, abierto a cualquier propuesta que pueda enriquecernos, que acoge sus planteamientos con una actitud de aprender de todo y de todos. Estoy convencida de que lo que genera un ambiente propicio para el trabajo en el aula es el vivir actitudes constructivas. Por ello, me muestro cercana, les acojo y escucho en sus dudas, anhelos y dificultades, respeto sus vidas y sus puntos de vista, me preocupo por ellos, les ayudo y acompaño y les miro en su valor.

Las materias que imparto, Psicología de la Personalidad, Desarrollo Sociopersonal y Psicología de la Educación, son especialmente importantes para ayudar a los estudiantes a mirar dentro de sí mismos y a su alrededor, y a encontrarse con el despliegue de la vida en los otros y en ellos mismos. Siento que son un medio privilegiado para que aprendan a escucharse y a escuchar a otras personas que buscan y se interrogan en torno a la vida y a ellas mismas, que tienen dificultades y sufren a veces, pero que se divierten, comparten, aman y disfrutan de la vida. 

Percibo que contribuyo a que se despierte la vida en ellos, que crecen en respeto y escucha, que se interesan y asombran, que se produce la comunicación sincera y que confían en mí. Poco a poco participan y se van abriendo a la asignatura, a los compañeros y a sí mismos.

Creo en el valor de la educación para que las personas “aprendan a ser lo que son”. Por ello, concedo mucha importancia a mi trabajo en formación de educadores, porque estoy convencida de que, si en mis clases consigo “alcanzar” a los estudiantes, algo de lo vivido lo van a transmitir cuando estén frente a sus alumnos u otras personas. Puedo ayudar a mis alumnos a crecer y a ser más conscientes de ellos mismos y de su misión como educadores. Por eso, quiero transmitirles mi visión del ser humano y su desarrollo, que sientan la importancia de lo que hacemos o dejamos de hacer; y también que comprendan que no da igual cómo lo hacemos. 

Es fundamental la relación que establezco con la materia y con los estudiantes. Entiendo los contenidos como algo dinámico, que está relacionado siempre con ellos, con sus vidas, con sus aconteceres, con lo que sienten y desean, con lo que les frustra o les hace gozar. Es muy importante para mí abordar los contenidos desde su experiencia, que se hace viva junto a las experiencias de otros. Y esto les permite reflexionar, comprender, observar, sentir y compartir lo que viven, crecer en definitiva. Intento que no aprendan sólo desde una perspectiva cerebral, sino que analicen su vivencia y hagan un aprendizaje con sentido personal (PALOMERO PESCADOR & FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, 2005). Como decía Rogers (1969) “el aprendizaje que tiene lugar desde la nuca hacia arriba y que no involucra sentimiento o significación personal no tiene relevancia para la persona total”. A través de los contenidos de la asignatura puedo ayudarles a descubrir al ser humano de todos los tiempos, en su anhelo de comprenderse desde diversas perspectivas, un deseo que compartimos todas las personas. 

En las clases les transmito mi visión del ser humano, lleno de potencialidades y capacidades, mi creencia en su fondo positivo y en sus posibilidades de despliegue, ayudándoles a encontrar ese mismo fondo en ellos. No refuerzo una visión ataque–defensa de la persona, y estoy ahí, junto a ellos, procurando ser yo en cada momento, con calma y paciencia, mirándoles desde una actitud de no juicio, de tolerancia, respeto y cuidado por sus vidas, y creyendo en sus posibilidades. Y esto da resultado, da muchos frutos, aún en el corto espacio de un cuatrimestre y en el contexto de una asignatura. 

Por otra parte, es fundamental el gusto por lo que hacemos y transmitimos y estar convencidos de su valor, entusiasmarnos y entusiasmar, contagiando la pasión por el conocimiento y por el ser humano. Esto es inocular las ganas de vivir siendo personas en proceso de crecimiento. Procuro ser auténtica en la relación y les invito a hacer lo mismo. Y es sorprendente el nivel de compromiso, escucha y respeto que se alcanza en el grupo. 

Como dice una de mis alumnas: 


“Durante el desarrollo de las clase me he sentido muy a gusto. He podido hablar delante de mis compañeros sin vergüenza alguna y sin temor a lo que pensaran de mí. Soy una persona bastante tímida, pero en este grupo, gracias al ambiente que se ha creado, he conseguido sentirme como una más y disfrutar de los momentos que he vivido en clase. Me han gustado las conversaciones interesantes, las aportaciones personales de cada uno, el poder hablar de nuestros sentimientos y expresar nuestras ideas […] Todo ha sido muy útil para el aprendizaje de la asignatura y para mí como persona”.

Uno de los principales objetivos de mi tarea docente es fomentar en los estudiantes la formación integral de su personalidad, favoreciendo su proceso de crecimiento personal. Ayudarles a comprenderse, a conocerse y a hacerse conscientes de todo lo positivo que hay en ellos, a ser más dueños de sus emociones y de sus vidas y a ser ellos mismos. Este objetivo se fundamenta en mi convencimiento de que es muy importante que los profesores tengan una madurez que les permita afrontar los múltiples retos de la educación desde las actitudes favorecedoras del crecimiento personal. 

He querido encabezar los capítulos de este artículo mostrando algunos de los avances que se dan en los alumnos que asisten a mis clases, a través de pequeños textos suyos, tomados de sus reflexiones, evaluaciones y trabajos de las asignaturas.

1. Introducción

“La asignatura ha tenido mucha relevancia para mí a nivel  personal. Hemos trabajado con nosotros mismos aspectos que jamás se nos había planteado. Me ha ayudado a crecer a nivel personal y, en la misma medida, he crecido como futura psicopedagoga. Como bien he aprendido, para poder ayudar 
a una persona a desarrollarse, previamente lo hemos de haber hecho nosotros mismos, porque la personalidad del educador influye mucho en sus alumnos.”


La educación emocional es una parte fundamental de la formación integral de la personalidad, de la formación para adquirir una madurez personal. Por ello debería estar presente en la formación de todos los profesionales que trabajan con personas y, por supuesto, ocupar un papel destacado en la formación de educadores, profesores y maestros. La realidad, sin embargo, es que está prácticamente ausente de los actuales planes de estudio y que, mirando al futuro, el panorama no es muy alentador. Así, si analizamos el Libro Blanco del Título de Grado en Magisterio (ANECA, 2005), elaborado con motivo del Espacio Europeo de Educación Superior, observamos que opta por el discurso técnico de la formación profesional (PALOMERO PESCADOR, 2004), dejando muy poco espacio para las competencias socioafectivas, que son fundamentales para la formación integral de la personalidad del futuro maestro.

Ahora bien, ¿cómo hacer para ayudar a niños y adolescentes a comprenderse, a conocerse, a entender lo que les pasa?, ¿cómo ayudarles a ser dueños de sus emociones y de sus vidas?, ¿cómo ayudarles a ser ellos mismos y felices?, ¿cómo hacer para que puedan desplegar todo lo positivo que hay en ellos? Es muy importante la formación de los educadores, para que puedan influir positivamente en niños, adolescentes y jóvenes, y para que desde su propia madurez personal, les ayuden a ser ellos mismos, a crecer y desplegar todas sus potencialidades.

Desde mi punto de vista, es necesario que los profesores tengan formación en el ámbito de la educación emocional. Sin embargo, para ponerla en práctica con éxito es importante que estén bien preparados. Es fundamental una formación que les permita llevar a cabo un proceso de crecimiento personal que les conduzca a la madurez, a la adultez psicológica y a ser dueños de sus vidas (ZACARÉS, 1998). 

Lo más importante es que el profesorado tenga una solidez personal desde la que pueda hacer frente a las situaciones conflictivas, a los procesos transferenciales en el aula; que le permita mantener la serenidad ante sus alumnos y ser un punto de referencia seguro para ellos y que le ayude a tener unas actitudes positivas ante niños, adolescentes y jóvenes y su proceso de crecimiento.

Es esencial que los profesores y profesoras sepan “ver” a los alumnos en su riqueza, en lo que son, reconociendo todo lo que de positivo y genuino lleva dentro cada uno. Es fundamental que les valoren y que confíen en ellos. Sólo podrá confiar en sí mismo el niño que ha visto que se confía en él y que se le valora en lo que es, que tiene su hueco, su lugar. Y también es importante el amor incondicional del profesor y las actitudes de respeto, escucha, atención, cuidado y paciencia. Es evidente que el profesor maduro, que sabe ver al niño, que confía en él, que tiene todas las actitudes positivas de respeto y cuidado por su crecimiento, va a ser un auténtico revulsivo, va a ayudar a que el niño crezca, se conozca, decida de acuerdo a sí mismo y no tenga necesidad de actuar para buscar aprobación, porque ya es aceptado tal cual es.

Textos tomados de:

FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, María Rosario (2005). "Más allá de la educación emocional. La formación para el crecimiento y desarrollo personal del profesorado. PRH como modelo de referencia". Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 54 (19.3),195-251 (Para leer este artículo a texto completo pulsar aquí)

María Rosario Fernández Domínguez es actualmente profesora emérita de psicología en la Universidad de Zaragoza, en cuya Facultad de Educación imparte la asignatura Desarrollo Sociopersonal e Intervención Psicológica.