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La investigación-acción crítica y nosotros (que te quisimos tanto) [César Cascante]






























La Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado publica en su número 77 (27.2) Agosto 2013 (actualmente en imprenta) una monografía titulada "Pedagogía Crítica, treinta años después", de la que son coordinadores César Cascante Fernández y Jaume Martínez Bonafé.


Ofrecemos seguidamente uno de los artículos que se publican en la misma: "La investigación-acción crítica y nosotros (que te quisimos tanto)", de César Cascante Fernández.

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“Todo sistema de educación es una manera política de mantener o modificar la apropiación de los discursos, con los saberes y los poderes que ellos conllevan.” Michel Foucault (El orden del discurso)


RESUMEN: A partir de la crisis del capitalismo en el comienzo del siglo XXI se hace una aportación al debate sobre la situación y perspectivas de la investigación-acción crítica en educación. La situación actual se caracteriza por una pérdida del sentido emancipador de la investigación-acción. La recuperación de la perspectiva emancipadora en la investigación-acción se plantea mediante una reconceptualización de la idea de ciudadanía y la consideración de la investigación-acción como un proceso de análisis político del discurso.

PALABRAS CLAVE: 
Pedagogía crítica, Ciudadanía, Investigación-acción crítica, Análisis político del discurso educativo 


ABSTRACT:
 A contribution is made to the debate on the situation and prospects of critical action research in education from the crisis of capitalism in the early twenty-first century. The current situation is characterized by a loss of the emancipatory sense of action research. The recovery of the emancipatory perspective in action research is put forward through the reconceptualization of the idea of citizenship and the consideration action research as a process of political discourse analysis. 


KEYWORDS: Critical pedagogy, Citizenship, critical action research, Political analysis of education discourse
 
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Buena parte de lo que podemos denominar Pedagogía Crítica ha estado muy relacionada con la idea de emancipación y lucha ideológica contrahegemónica. También con la idea de que el trabajo de enseñar es un camino inacabable que se hace al andar.

Ese proceso permanente de revisión de la práctica educativa guiado por la idea de emancipación se denomina investigación-acción crítica o investigación participativa.

En este artículo intentaré realizar una aproximación a lo que hoy, en la crisis del capitalismo del SXXI, puede significar la investigación-acción crítica.

Con este propósito comenzaré revisando cuáles han sido los momentos más significativos de su evolución en el Estado español en los últimos años. Después trataré de caracterizar la crisis del capitalismo actual y sus efectos para la educación. Será en este contexto en el que tengamos que dar sentido, si lo tiene, a la pedagogía y a la investigación-acción críticas.

Acabaré apuntando algunas ideas sobre la reconceptualización de esta forma de entender la teoría y la práctica del trabajo educativo.

Como no puede ser de otra manera, lo que viene a continuación no es más que mi discurso sobre la investigación-acción crítica. Un discurso que, como cualquier otro, se hace desde un determinado lugar histórica y socialmente ubicado [1]. 

Interprete el lector esta previa declaración de las limitaciones espacio-temporales de mi mirada (por no citar otras muchas más) como una invitación a su cuestionamiento.

La colonización de la investigación-acción

Utilizando conceptos de Habermas (1988 y 1992) en lo que se refiere a la investigación-acción, podemos decir que en los últimos veinticinco años se ha producido la colonización del mundo de la vida por el sistema. La educación en general y lo que podemos identificar como investigación-acción curricular (aunque no siempre se utilice esa denominación) se han integrado funcionalmente en el sistema administrativo mediante la adopción del subsistema económico del neoliberalismo y la progresiva juridificación de su mundo [2].

Esta colonización del mundo de la vida por parte de la administración tiene como consecuencia una pérdida del sentido de la investigación-acción como práctica emancipadora en la dirección que la teoría de la acción comunicativa plantea: como un recurso útil para el entendimiento y el consenso no forzado. 

Dicho de otra forma, la investigación-acción se mueve hoy mayoritariamente dentro de la razón instrumental del capitalismo neoliberal en el que no le es posible más que seguir trabajando sin plantearse un cuestionamiento radical de la racionalidad de los fines de mejora de la productividad educativa. Es decir, a lo más que aspira la corriente mayoritaria de la investigación-acción en el ámbito educativo es a optimizar un determinado producto mediante la participación de los implicados en la unidad de producción (profesionales de la educación, trabajadores sociales, estudiantes, padres, madres, etc. vinculados a un centro educativo) para disminuir los casos de fracaso escolar en su propio centro, conseguir que sus alumnos continúen estudios o consigan empleos, etc.).

Para ver cómo se ha llegado a esta situación conviene hacer un breve recordatorio de algunos momentos significativos en la evolución de la investigación-acción en el Estado español.

Un primer momento es el de la aparición con esta denominación de la investigación-acción curricular en torno a 1984. Se produce lo que en la terminología de Habermas llamaríamos sensibilización del sistema ante el mundo de la vida.

Con la creación de los Centros de Profesores y la publicación en España de algunos autores representativos de la investigación-acción anglosajona (Stenhouse, 1984; Elliott, 1984; Carr y Kemmis, 1988) algunos sectores de los Movimientos de Renovación Pedagógica y algunos profesores universitarios que no estaban vinculados a ellos, inician procesos de investigación-acción y se constituye en nuestro país un cierto movimiento que se adscribe a este planteamiento investigador que la administración educativa mira por aquel entonces con cierta simpatía.

Se trata de un proceso en buena parte inducido por la propia administración educativa que promueve, cuando no existía un currículo nacional, algunos encuentros de difusión de la investigación-acción en el clima de participación que se vive desde el año 1983 en los primeros momentos de la Reforma que desembocaría en la Ley de Orgánica General del Sistema Educativo de 1990.

Las bases teóricas de la investigación-acción crítica que nos llegaba a través de los primeros libros que trataban de investigación-acción crítica eran los intereses constitutivos del saber (técnicos, prácticos y críticos) inspirados en la filosofía de Habermas. Esta referencia teórica, muy superficialmente asimilada, indujo a pensar que con proceder a formar grupos de profesores que funcionaran con procedimientos democráticos y que tuvieran cierta inquietud social bastaba para estar en la senda de la llamada lucha ideológica contrahegemónica o de la emancipación.

Para intentar seguir ese camino hubiera sido necesario, por parte de los que nos iniciábamos en la investigación-acción por aquellos años, un análisis político que no se realizó con suficiente extensión y profundidad. En los años ochenta se estaban iniciando en nuestro país las políticas de ajuste (privatizaciones, despidos, aumento del paro) que las políticas neoliberales proponen. El mantenimiento de una perspectiva emancipadora, o un cierto progresismo, exigía asimilar críticamente el giro de lo que se suponía era una política socialdemócrata hacía lo que abriría las puertas de las políticas educativas neoliberales basadas en las teorías del capital humano [3].

En este contexto internacional de creciente presencia de las políticas neoliberales en el que también se encontraba España, a la investigación-acción se le iba abriendo un camino de colaboración con el nuevo orden neoliberal muy alejado de sus propósitos iniciales. Ese camino, por el que irán autores y trabajos significativos, va tomando cada vez más claramente una dirección que la conduce a ser un instrumento de gestión de la llamada nueva economía [4].

Un segundo momento significativo podemos situarlo entre el final de los años ochenta y el año noventa y cuatro. Se produce lo que, utilizando también un concepto de Habernas, podemos nombrar como desacoplamiento del sistema con el mundo de la vida. La administración educativa cierra la reforma curricular experimental que se había comenzado en el año ochenta y tres con el currículo nacional elaborado por César Coll primero para Cataluña y después para todo el Estado. Paralelamente los Centros de Profesores son utilizados como instrumentos de implementación del currículo nacional y se inicia la creación de agencias evaluadoras como el Instituto Nacional de Calidad y Evaluación.

En lo que se refiere a la investigación-acción curricular se hace evidente que a lo que se debe circunscribir es a lo que lo que la nueva propuesta curricular administrativa le deja, lo que se llama por entonces la elaboración de segundos y terceros niveles de concreción del currículo nacional, es decir un tarea de diseño más que desarrollo curricular que en poco tiempo iría siendo realizada por las editoriales.

El tercer momento significativo lo situamos desde el año noventa y cuatro hasta la actualidad. Este es el tiempo en el que se produce el final del proceso de colonización de la educación por los intereses de la economía neoliberal y la consiguiente juridialización.

El rasgo más general de este periodo es el del triunfo general, es decir la normalización, de las teorías del capital humano que habían surgido en los años sesenta como una parte de las doctrinas neoliberales de la Escuela de Chicago. El triunfo de la idea de capital humano produce la incorporación a la educación de otros conceptos nacidos en el mundo de la empresa, como los de calidad total, organizaciones que aprenden, etc. El currículo por competencias completa el panorama.

La normalización se produce con la juridialización. El curriculum por competencias es norma administrativa en todos los niveles educativos, las agencias de calidad evalúan todo el sistema educativo mediante indicadores, el credencialismo meritocrático de los docentes queda regulado…

En la situación actual la investigación-acción curricular aparece en el terreno colonizado por el currículo por competencias y las organizaciones que aprenden. Pero, sobre todo, como un elemento más de credencialismo meritocrático para los profesores, con su mercado (no muy pujante comparado con otros) de congresos, publicaciones y demás [5].

Esta evolución no es exclusiva el Estado español. También parece que a una situación similar se ha llegado en el ámbito anglosajón. Dentro de un contexto general de menor presencia de la investigación-acción (se presente o no con esa denominación), su línea mayoritaria acepta el marco del currículo por competencias y/o la idea de las organizaciones que aprenden para desarrollar proyectos con procedimientos participativos de apoderamiento o empoderamiento. Actualmente buena parte de la investigación-acción crítica es entendida como un instrumento para el desarrollo de lo que podríamos llamar el postfordismo educativo [6].

Para los que no queremos seguir trabajando en esta línea mayoritaria que toma la investigación-acción, el camino se hace más angosto y se aleja del reconocimiento administrativo. Cada vez resulta más difícil crear espacios públicos no colonizados en dónde sea posible plantearse las cuestiones de fondo que permitan recuperar una perspectiva que no acepte el marco normalizador de las políticas neoliberales. 


La crisis del capitalismo del siglo XXI 

Tal y como planteó Marx en los Grundrisse, el capitalismo no puede tolerar un límite. Las contradicciones internas de la acumulación del capital provocan crisis que no son resueltas: se saltan o eluden barreras para iniciar caminos que conducen a nuevas situaciones de crisis.

Siguiendo la estela de Marx, David Harvey (2013) ha explicado que la forma de la crisis actual del capitalismo está dictada en gran parte por cómo se salió de la crisis anterior, la que se inició en los años setenta del siglo pasado.

El problema, para el capitalismo de los años setenta del pasado siglo, era el poder excesivo del trabajo en relación al capital en algunas regiones del planeta. En un primer momento se trataba de disciplinar el trabajo mediante procesos de represión y/o deslocalización  [7].

A partir de que se consiguió este objetivo se empezó a fraguar la crisis actual. El estancamiento de los salarios disminuyó la demanda, que se trató de aumentar con créditos para el consumo en forma de tarjetas de crédito e hipotecas para la compra de viviendas. Aún así las ganancias de la industria estaban cayendo y el capitalismo fue orientándose hacia las operaciones financieras que especulando con el capital produjeron grandes beneficios, de tal forma que este nuevo capitalismo financiero creció hasta llegar a generar muchas más plusvalías que el capitalismo industrial, convirtiéndose así en la forma de capitalismo dominante 8].

Ahora vivimos, especialmente en Europa, la crisis de ese capitalismo financiero. La falsa solución que se nos ofrece es la socialización de sus pérdidas a través del Estado y la pérdida de derechos y servicios sociales para la mayoría de la población.

En términos generales podemos decir que el capitalismo no puede resolver sus crisis, solo puede desplazarlas en el espacio y en el tiempo, realizando la acumulación del capital en regiones en las que las relaciones capitalistas están aún en estado embrionario.


La nueva colonización del territorio de la educación

Pero en los años setenta del pasado siglo, cuando se produjo la anterior crisis del capitalismo que nos ha conducido a la actual, no solo el capitalismo financiero estaba en estado embrionario y por eso se constituyó como un camino de salida. Además quedaban otras regiones como los recursos naturales (el agua y la tierra, entre otros) la sanidad y la educación que no estaban suficientemente explotadas por el capital.

La educación, igual que la sanidad, en algunas zonas del planeta apenas estaba extendida a una pequeña parte de la población, en otras tenía un desarrollo que alcanzaba a las clases medias y en otras había alcanzado a todos los ciudadanos/as pero estaba en buena parte bajo el control del Estado. La educación era una de las regiones en las que quedaba territorio por colonizar y las relaciones capitalistas estaban aún en situación embrionaria.

Para su explotación era necesario extenderla al máximo (educación para todos a lo largo de toda la vida) y conseguir que se organizara como un mercado.

Para organizar la educación como un mercado era necesaria la libertad de oferta educativa por parte de cualquier entidad pública o privada, llevar al máximo la capacidad de elección de esta oferta por parte de los clientes del producto educativo, y limitar el papel de la administración del Estado a dar información a los clientes de la calidad de los distintos productos educativos, sin olvidar su papel de pagador de la educación para que su consumo aumentara sin depender exclusivamente del poder adquisitivo de cada cliente.

Para favorecer el consumo del producto educativo se utilizó la teoría del capital humano nacida como correlato educativo de las doctrinas económicas neoliberales: la educación es una inversión que deben hacer las personas y los Estados con el fin de que sea rentabilizada en forma de aumento del empleo, de los salarios, de la productividad y de la competitividad. Es decir como un elemento fundamental en la generación de riqueza para las empresas que se irá extendiendo al conjunto de la sociedad [9]. 


Consecuencias de la colonización de la educación 

La consecuencia más general de la colonización neoliberal de la educación no ha sido convertir la educación en una mercancía como suele decirse. La educación en el sistema capitalista es siempre una mercancía en el sentido de que tiene un valor de uso (su utilidad para entender la realidad, para moverse dentro de ella, para desempeñar un oficio, etc.) y un valor de cambio en cuanto que es una mercancía que puede cambiarse por otra (un título de acreditación o un salario, en primera instancia y después en otras mercancias).

El valor de uso, como en el caso de cualquier otra mercancía, no tiene por qué ser coincidente con el valor de cambio. Como ya planteó Adam Smith (2010) con frecuencia las cosas que tienen un mayor valor de uso tienen un escaso o nulo valor de cambio; por el contrario, aquellas cosas que tienen un gran valor de cambio tienen un escaso o nulo valor de uso.

Sin embargo para Marx estos dos conceptos no pueden considerarse por separado. Para Marx el valor de uso y el valor de cambio de las mercancías alcanzan significado o cobran vida en la relación de uno con el otro y a través de su relación con las situaciones y circunstancias.

Pues bien, la mercancía educación en su relación con las situaciones y circunstancias de la colonización neoliberal de su territorio ha mitificado su valor de cambio.

Este fetichismo en torno al valor de cambio de la mercancía educación ha afectado a su valor de uso. Como muy bien ha analizado Harvey (1977, capítulo V) el neoliberalismo acentúa el valor de cambio de las mercancías en detrimento de su valor de uso.

En el caso de la educación se ha producido en términos generales un consumismo educativo como consecuencia del papel que el capital humano y la nueva economía atribuían a la educación en la llamada sociedad del conocimiento. En el camino que trazaban para el capitalismo de crecimiento permanente sin crisis, la inversión en educación por parte de los individuos y el Estado resultaba una solución para los individuos que quisieran obtener un empleo. Y no solamente eso, lo invertido en educación por los individuos o el Estado se rentabilizaría en mejores empleos y mayor crecimiento ignorando las cada vez más desiguales estructuras sociales que se estaban generando.

Esta creencia ha generado una especulación sin límites, es decir sin atender a su valor de cambio, de la mercancía educación. La burbuja educativa, al igual que la burbuja inmobiliaria, ha acabado estallando a finales de la primera década de nuestro siglo en Europa y EE. UU. con el aumento del paro y el crecimiento exponencial de la precariedad cuando se disponía de la juventud mejor formada -o al menos de la que más educación había consumido-
 y más sometida a las llamadas necesidades de la empresa.

La educación, sin valor de uso por que no contribuye a explicar lo que nos pasa en el mundo del capitalismo neoliberal en el que vivimos, se dedica cada vez más a proporcionar conocimientos, destrezas y habilidades (competencias) que el sujeto se supone que necesita para estar adaptado al orden social impuesto y a difundir de forma implícita o expresa la ideología del capital humano como incentivo para el consumismo educativo y la penetración de la empresa en la educación allí donde puede resultarle rentable.


El proceso de deslegitimación del neoliberalismo por los movimientos sociales

La crisis del neoliberalismo actualmente existente, que remite a las conocidas políticas de ajuste que se implementan en la actualidad en los países que más fielmente han seguido sus directrices, no solo se ha producido por sus contradicciones internas. 

Paralelamente a su implantación se han ido desarrollando movimientos sociales diversos, en momentos diferentes y en contextos geográficos muy amplios, que han ido cuestionando todo el orden neoliberal.

El llamado caracazo de 1989 en Venezuela, el movimiento zapatista que se inició en 1994 en México, el movimiento piquetero surgido en los años noventa y que tuvo su auge en la Argentina de finales del 2001, el movimiento indigenista de larga trayectoria que ha tenido su cristalización en distintos países de Latinoamérica en la primera década del siglo XXI, el movimiento de los indignados en toda Europa y EE. UU. (Occupy Wall Street) o la llamada primavera árabe de los países del norte de África durante el inicio de la segunda década del presente siglo, han servido, entre muchos otros muy variados en sus circunstancias, para cuestionar radicalmente el orden neoliberal en todos sus ámbitos: económico, social, político y cultural a nivel planetario. Podemos decir que el metarrelato neoliberal, su cosmovisión si se prefiere este término, ha dejado de estar normalizado para un importante porcentaje de la población planetaria y que esa pérdida de hegemonía ha quedado escenificada en muchos casos por la ocupación de nuevos espacios de la calle, no solo para expresar la protesta, si no para representar en ellos lo más esencial del ejercicio ciudadano: la capacidad de decidir democráticamente sobre nuestras vidas.

Esta descolonización de espacios y temas no solo ha servido para cuestionar el orden neoliberal, si no para, al mismo tiempo, apuntar caminos alternativos diferentes al orden hegemónico trasladando a las plazas públicas la discusión y el activar político con sus inevitables incertidumbres, quebrando el horizonte de las certezas del pensamiento único de forma que no tenía precedentes desde el surgimiento del neoliberalismo en los años setenta y ochenta. 


El debate ciudadano

El debate público en torno al orden neoliberal y sus posibles alternativas ha puesto de manifiesto, también públicamente, otras muchas cuestiones que hasta el momento estaban en la parte más sumergida de los discursos dominantes.

Señalaré a continuación algunas de ellas que me parecen relevantes para la reconsideración del papel de la educación en este momento histórico:

- El carácter multiparadigmático del conocimiento. La discusión en torno a los temas económicos, sociales, políticos y culturales ha puesto de manifiesto que, incluso en el seno del conocimiento académico o científico y dentro de un mismo campo, existen diversas corrientes o paradigmas que interpretan la realidad de formas diferentes o incluso antagónicas. Un buen ejemplo, extensible a muchos otros campos, son las discusiones en torno a los temas económicos en los que han aparecido en estos foros propiciados por los movimientos sociales posiciones teórico-prácticas diferentes más allá de los paradigmas dominantes.

- La necesaria transdisciplinariedad del conocimiento a la hora de abordar las cuestiones que tiene planteada la ciudadanía. En la mayoría de los casos ha quedado patente que para abordar problemas concretos con la necesaria profundidad y para desarrollar prácticas de cierto alcance transformador, es necesario el trabajo conjunto y no solamente agregado de diversos campos del conocimiento procedentes de las artes y de las ciencias.

- La complementariedad de conocimientos fuertemente estructurados y reconocidos académicamente o científicamente, con experiencias y otros saberes difusos o no teorizados.

- La unidad de lo subjetivo y lo objetivo, de lo que nos pasa y lo que pasa. En cada proceso colectivo de discusión-acción se han ido mezclando y reestructurando mutuamente lo que sabemos y lo que sentimos.

- La aparición inevitable de lo político. La cuestiones ciudadanas no se cierran definitivamente. Tras el volcado y la reestructuración de los conocimientos siempre queda un espacio de indeterminación que es necesario resolver tentativamente y en el que surgen distintos cursos de interpretación y acción que dan sentido al debate político que a todos nos iguala en cierto sentido. 


Educación, valor de uso y ciudadanía

Tal y como plantea Harvey, para superar el capitalismo el valor de uso de las mercancías debe superar su valor de cambio. Esta cuestión, formulada de formas similares, está presente en otros muchos autores que desde diferentes planteamientos se sitúan en una perspectiva anticapitalista [10].

Si adoptamos esta perspectiva anticapitalista para la educación la cuestión es: ¿ qué podemos hacer para que la educación vaya incrementando su valor de uso? Y es aquí donde podemos vincular el valor de uso de la educación con el concepto de ciudadanía.

Una manera de plantearnos aumentar el valor de uso de la educación es desarrollar una concepción del currículo que retome para ser reconceptualizada la idea de ciudadanía.

En sus orígenes el pensamiento ilustrado concebía que la ciudadanía estaría formada por aquellas personas que pudieran leer la Enciclopedia donde estaba reunido todo el saber de su tiempo. Así pues la educación tenía que enseñar a leer y escribir, y después, ya que la Enciclopedia estaba organizada en disciplinas, profundizar en su conocimiento.

Pero, saber leer y escribir para poder acceder al saber de su tiempo, no era el fin que se perseguía: se pensaba que aquellas personas que no supieran leer y escribir no podían pertenecer a la ciudadanía, ya que su ignorancia de las cosas no les permitía discutir, razonar y tomar decisiones políticas (entre ellas elegir a sus representantes mediante el voto) en torno a los asuntos que estaban encima de la mesa para ser decididas.

Podemos plantearnos, en los tiempos que nos ha tocado vivir, esa misma cuestión: ¿qué debe conocer una persona para que pueda realmente ser ciudadano/a, es decir sujeto y no solamente objeto en la vida social? ¿cómo debe ser el currículo para responder a esta cuestión?

Sin poder ahora entrar en matizaciones, que sin duda es necesario plantearse, la respuesta a estas cuestiones tiene que caminar en un sentido: que el currículo se acerque cada día más en su contenidos y formas a los debates ciudadanos, al ejercicio de auténtica ciudadanía que reclama el derecho a decidir aquí y ahora lo que vaya a pasar y nos pase. Que los temas que le dan contenido sean los temas que ya ha colocado encima de la mesa la ciudadanía cuestionando el orden económico, social, político y cultural neoliberal.

También que los temas de ciudadanía planetaria sean tratados con perspectiva, multiparadigmática, transdisciplinaria, implicando a conocimientos y saberes de distinta naturaleza, dando cabida a lo objetivo y subjetivo, y dejando espacio a lo político cómo consecuencia de la inevitable incertidumbre que nos produce la existencia de un porvenir imprevisible que tiene que ser construido por la propia entre todos.

En cierto modo se trata de que las aulas y los centros educativos se vayan aproximando a las plazas publicas ocupadas por la ciudadanía indignada, para así, progresivamente, devolver a la educación su capacidad de contribuir a entender lo que pasa y nos pasa.


Algunos apuntes para la reconceptualización de una perspectiva emancipadora de la educación

Partiendo de posiciones que se identifican por el propósito común de mejorar el valor de uso de la educación en el sentido que acabo de expresar, se pueden trazar, al menos, dos caminos. 

El primero parte de la idea de que la educación debe contribuir a que la ciudadanía debe tener una conciencia real de la sociedad para lo que es necesario desprenderse de la ideología difundida por los grupos dominantes. El segundo se puede explicar partiendo de otro concepto de ideología que remite a la conciencia acerca de los límites de todo discurso. 

Para explicar el trazado del primer camino podemos partir de la idea planteada por una parte de la sociología crítica de la educación según la cual el sistema educativo es uno de los aparatos ideológicos del Estado (Althusser, 1974). Su misión es la reproducción del sistema capitalista mediante la difusión de la ideología de los sectores sociales dominantes, sean estos de clase, género, etnia o cualquier otro.

Desde esta perspectiva la educación emancipadora, la que verdaderamente contribuye a la construcción de ciudadanía, debería de enfrentarse con la ideología que difunde mayoritariamente el sistema educativo para combatir la falsa conciencia acerca de la realidad que genera en los sujetos. Es la lucha ideológica contrahegemónica que se puede realizar desde dentro o desde fuera del propio sistema educativo. Se trata, en definitiva, de confrontar lo verdadero y lo falso, la ciencia y la ideología.

Puestas así las cosas el sistema educativo reproduce la ideología de la clase social dominante (la del gran capital internacional, es decir el neoliberalismo) también la del género dominante (patriarcado) y de la etnia dominante (la raza blanca en nuestros países). En definitiva el sistema educativo difunde la ideología propia del hombre blanco rico.

Frente a la educación como instrumento de reproducción de la ideología dominante, una educación emancipadora que contribuya a la formación de ciudadanía, debe confrontar esta ideología con la realidad del neoliberalismo, el patriarcado y la xenofobia para contribuir a que los ciudadanos tomen conciencia y actúen consecuentemente. Esta es una de las dos perspectivas desde las que la educación puede mejorar el valor de uso de la educación.

El segundo camino que esbozaré a continuación incorpora la idea de que los temas de ciudadanía planetaria sean tratados con perspectiva multiparadigmática, transdisciplinaria, implicando a conocimientos y saberes de distinta naturaleza, dando cabida a lo objetivo y subjetivo, y dejando espacio a lo político cómo consecuencia de la inevitable incertidumbre que nos produce la existencia de un porvenir imprevisible que tiene que ser construido por la propia ciudadanía.

Para explicar el trazado del este segundo camino, aquel que parte de los límites de todo discurso, podemos partir de una concepción diferente de ideología. Si la ideología no se entiende como falsa conciencia, sino como sutura, tal y como plantean Laclau y Mouffe en Hegemonía y estrategia socialista (ver Barrett, 2003) la perspectiva cambia.

En este caso la ideología consiste en la falta de conciencia acerca de los límites de cualquier discurso para captar la realidad (suturamos, es decir, aquellos espacios que no percibimos los recubrimos de forma que todo aparezca como un continuo). O lo que es lo mismo, en la falta de conciencia de que todo discurso, también el propio, es generado desde una determinada perspectiva y utiliza unas determinadas lentes para mirar y mirarse, por lo tanto, al mismo tiempo que contempla determinadas realidades que otros discursos no perciben, se le ocultan otros aspectos.

Desde esta concepción de ideología como sutura, el terreno de la política se hace más extenso y más abierto a los discursos de los otros. Para ser ciudadano/a, para ser un sujeto que piensa y discute lo que debemos hacer en la polis, es decir, para hacer política, no basta con colocarse del lado de la verdad frente a la ideología dominante. Es necesario conocer otros discursos, escuchar los discursos de los otros, de los diferentes. Si la educación pretende contribuir a la formación de ciudadanía, esta apertura a discursos diferentes también será una tarea fundamental.

¿Se trata entonces simplemente de ser tolerantes con los otros y que la educación contribuya a la tolerancia? ¿Se trata por lo tanto de educar en valores como la diversidad, la tolerancia o el respeto a otras culturas? A mi entender la cuestión va mucho más allá.

Aunque utilicemos la idea de discurso como una perspectiva, no por ello podemos pensar que basta con la tolerancia, ya que los discursos (de clase, género, etnia...) son, a veces, antagónicos (Mouffe, 1998) y, por lo tanto, no pueden ser articulados todos ellos en una determinada circunstancia social o histórica.

Se trata, entonces, de realizar análisis políticos de los discursos y a ello debe contribuir la educación. El análisis político de un discurso tiene que llevar consigo, en última instancia, la valoración de lo que ese discurso puede aportar en el momento actual al gobierno de la polis, es decir a la forma de construirnos como sujetos, y a la forma de organizar y dirigir la sociedad. La realización de esta tarea presenta, desde luego, una gran complejidad e incertidumbre.

Esta complejidad se produce, en primer lugar, por que los discursos son plurales tanto en el interior de las comunidades científicas (paradigmas científicos) como en otras comunidades sociales (de clase, de género, de etnia...).  No se puede hablar en singular de los físicos, los químicos o las biólogas, como tampoco de clase obrera, de las mujeres, o los gitanos, por que no todas/os los miembros de esas comunidades piensan-dicen-hacen lo mismo, sino que en cada una de estas comunidades, a no ser que en su seno la hegemonía sea muy fuerte, aparecen voces diferentes, incluso antagónicas. Existe una pluralidad en el interior de las propias comunidades que hace que cada sujeto de cada comunidad presente en su discurso rasgos diferenciados con respecto a los otros, y también con respecto a sí mismo, ya que con el paso del tiempo, como producto de las interacciones con otros grupos o individuos, cambia la perspectiva de cada individuo.

Otra circunstancia que hace complejo el análisis político del discurso es el propio concepto de comunidad (grupo, etnia, pueblo, sector social, movimiento, etc.). La consideración de lo que entendemos por comunidad no es natural ya que cada comunidad siempre puede ser subdividida o incluida en otra que la integra. No es lo mismo, por ejemplo, hablar de las mujeres, de las feministas, las feministas de la igualdad, de las feministas de la diferencia, etc.

Otro elemento que añade dificultad al análisis político de los discursos es la consideración de que los discursos no sólo son lingüísticos, sino también extralingüísticos (Laclau, 2000). Los discursos, no solamente se hablan o se escriben, también se hacen (con un silencio, con una mirada, con un acto...); y cuando tienen una parte extensa escrita o hablada, esta parte lingüística solo es interpretable con el complemento de lo extralingüístico.

Tampoco podemos dejar de considerar que el análisis político del discurso siempre es una interpretación que se realiza desde otro discurso. Cualquier análisis político hay que entenderlo más como un diálogo entre discursos que como un análisis sin sujeto analizador. Teniendo en cuenta esta circunstancia todo análisis del discurso debe llevar consigo un autoanálisis del propio discurso, que, como diría Bourdieu, objetive al sujeto objetivante (Bourdieu y Wacquant, 1995).

Ahora bien, el terreno en el que se debe mover el diálogo no es el de determinar la verdad. Los discursos se elaboran siempre desde posiciones o puntos de vista diferentes con su propio conjunto de procedimientos de verdad (Foucault, 1994). El terreno del diálogo es político, es decir, los discursos serán valorados por sus posibilidades políticas, entendidas éstas en un sentido amplio y profundo que remite a lo situacional e histórico.

Este sentido político del análisis del discurso, por situacional e histórico que sea, no está reñido con la idea de totalidad. Más bien lo contrario, debe situarse en una perspectiva lo más amplia posible para poder entrar en la valoración política sin caer en otra suerte de esencialismo, esta vez no el de nuestra propia racionalidad sino el de la identidad.

Este esencialismo de la identidad, que hace imposible al análisis político de los discursos, consiste en pensar que hay una identidad detrás de las expresiones de género, de clase, de etnia... Más bien lo que sucede es justamente lo contrario, es decir, que esas identidades se constituyen performativamente por esas expresiones y, por lo tanto, están en permanente construcción (Butler, 2001).

En resumen, tal y como vengo planteando, la contribución de la educación a la nueva ciudadanía, desde la idea de ideología entendida como sutura, puede contemplarse como un continuo análisis político de los discursos de los educadores-educandos.

Este análisis debe buscar la diversidad de los discursos hasta donde se pueda, más allá de las identidades que son siempre simplificadoras. Esta es la dimensión multicultural de la educación, el reconocimiento de la infinita diversidad de los discursos que no se puede agotar en unas cuantas categorías excesivamente simplificadoras (los científicos, los migrantes, los indígenas, las mujeres..) y que al mismo tiempo es consciente que no todos los discursos son compatibles.

La dimensión de ciudadanía viene dada por la necesidad de analizar los diversos discursos para valorarlos políticamente. Este análisis político transciende la celebración acrítica de la diversidad identitaria y se pregunta sobre las posibilidades que ofrecen los diversos discursos para enfrentarse con los problemas que tiene planteados la mayoría de la humanidad. Valora políticamente los discursos relacionando lo local con lo global, para acercarse así a una idea de ciudadanía planetaria, lo que no deja de ser una nueva identidad en permanente reconstrucción a la que la educación puede contribuir.


La investigación-acción como análisis político de los discursos

Todo proceso educativo que se explica a partir de la idea de ideología como sutura tiene que entenderse como un proceso de investigación-acción. Si partimos de que todo discurso tiene sus propios límites, el proceso educativo solo puede ser entendido como una continua superación de esos límites mediante su articulación con otros discursos. El discurso inicial que aparece en la planificación de la investigación-acción (con su parte lingüística y extralingüística) recoge posteriormente en la fase de acción-observación información de otros discursos de los sujetos que intervienen, para, en la fase de reflexión final, proceder a la articulación (Laclau, 2003 y 2005) de un nuevo discurso que no es ninguno de los que mantenían los sujetos al principio del ciclo de investigación-acción. Este mismo proceso se producirá en la siguiente vuelta en la espiral de la investigación-acción [11].

A mi entender, siempre desde la perspectiva que parte de la ideología como sutura, lo fundamental es que estos momentos no se naturalicen. Para evitar esta naturalización, el discurso o, mejor, los discursos de los educadores deben de aparecer también de forma explícita como tales discursos, es decir, con su dudas, sus límites, conociendo y exponiendo los otros discursos que se dan en su propia comunidad acerca de lo que se está tratando (por ejemplo, exponiendo las otros paradigmas que se dan en la comunidad científica). Solo de esta manera, sin naturalizarlos, los discursos se constituyen en poderes reversibles, susceptibles de un auténtico diálogo en dónde las preguntas que nos hacemos los educadores y educandos son auténticamente ciudadanas y no retóricas por que los educadores sabemos la respuesta, es decir de formar parte de un proceso colectivo de articulación (según la terminología de Laclau).

Efectivamente, la elaboración de un proyecto de investigación-acción en general, requiere un proceso de articulación. Este proceso de articulación de los discursos genera un nuevo discurso (con sus dos partes: lingüística y extralingüística) que no es ninguno de los que se daban al comienzo pero que está tejido con hilos procedentes de aquellos.

La urdimbre del nuevo discurso no tiene por que borrar las diferencias de textura o de color de los hilos que la forman. Pero por otra parte, tampoco es posible articular el nuevo discurso sin apartar algunos de los que formaban parte de los discursos iniciales.

Al igual que en la formación del tejido, lo importante no será como es cada hilo aisladamente sino lo que aporte a la función de la tela, es decir, el criterio de selección solamente puede ser general, debe estar por encima de los criterios particulares que le daban sentido en los discursos parciales.

Se trata pues de un criterio político que tenga en cuenta lo que nos pasa a todas/os. Y este todas/os debe tener una dimensión planetaria, no local. Es decir debe estar abierto, en un proceso más general de articulación, a los discursos que están más allá de la comunidad de los educandos y educadores. La introducción en el diálogo articulatorio que es la investigación-acción de discursos que no tienen portavoces habituales en los miembros de la comunidad escolar es una de las tareas fundamentales del educador.


Referencias bibliográficas

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NOTAS

[1] Como se irá viendo a lo largo del artículo utilizo el término discurso con un sentido próximo al que le dan Foucault y Laclau (ver Buenfil, 2004).

[2] Utilizo la terminología de Habermas sin detenerme a explicar cada uno de los términos. Espero que el lector/a menos iniciado/a en sus planteamientos pueda deducir su significado de la explicación misma o recurriendo a la bibliografía que cito de este autor. Aclararé solamente que la juridificación, en la terminología habermasiana, es el proceso por medio del cual las estructuras nucleares del mundo de la vida están cada vez más reguladas legalmente. La ley actúa como la herramienta para ligar al mundo de la vida a las necesidades funcionales del sistema.

[3] Entre los primeros textos que relacionaron explícitamente la reforma educativa española, que se inicio en 1983 y que se concretó en la ley del noventa, con las políticas neoliberales están mis trabajos de 1990 [Cascante, 1990 (a ) y 1990 (b)] que fueron recibidos por algunos sectores de lo que entonces se consideraba la izquierda educativa con poca aceptación. 

[4] El término Nueva Economía fue creado a finales de los años noventa del siglo pasado para describir la evolución económica de una economía basada principalmente en la fabricación y la industria a una economía basada en el conocimiento, en los EE. UU. y otros países desarrollados, debido en parte a los nuevos progresos en tecnología y a la globalización económica [ver, entre muchas otras, dos obras significativas: la primera en utilizar el término, kelly (1999) y una de uno de los autores vinculados con sectores autodenominados progresistas Castells (2001)]. En ese momento, algunos analistas entendieron que este cambio en la estructura económica había creado un estado de crecimiento constante y permanente, de desempleo bajo, y relativamente inmune a los ciclos macroeconómicos de auge y depresión. Además, creyeron que el cambio ponía en obsolescencia antiguas prácticas empresariales. La llamada Nueva Economía ha incorporado a muchos autores próximos a la investigación-acción. Como muestra significativa valga un botón: los trabajos de C. Argyris y D. Schön son referencia obligada para la Nueva Economía (por ejemplo: Argyris y Schön, 1978). 

[5] Se podrían citar numerosos ejemplos actuales en nuestro país en los que la investigación-acción aparece (con los autores que hemos citado cómo referencia: Stenhouse, Elliott, Carr, Kemmis, Habermas, etc.) como un instrumento adecuado en el marco de las teorías del capital humano y el currículo por competencias. De forma inexplicable e inexplicada la utilización de la investigación-acción en este marco parece que todavía tiene un alo progresista. 

[6] Sobre este concepto de postfordismo educativo se puede mirar, entre otros, el todavía hoy imprescindible libro de Whitty, Power y Halpin (1999) pp. 25, 60, 61, 68, 95 y 102. 

[7] Una excelente síntesis de cómo se fue realizando este proceso en los distintos países y continentes puede encontrarse en el trabajo titulado Historia y lecciones del neoliberalismo de Perry Anderson (1999). 

[8] Un reciente trabajo (Petras y Wetmeyer, 2013) analiza como la crisis actual del capitalismo neoliberal está suponiendo una intensificación de la lucha de clases con nuevas formas y nuevos protagonistas en diversos lugares del planeta. 

[9] El principal creador de la teoría del capital humano es Gary Becker. Becker comenzó sus estudios universitarios en la Universidad de Princeton y los terminó en la de Chicago, con profesores como Milton Friedman y Theodore Schultz. Una de sus últimas propuestas es vender el derecho a inmigrar subastando cierta cantidad de visas o permisos de trabajo, es decir, que las personas migrantes paguen por tener acceso al mercado de trabajo. Entre sus obras destacan: "El capital humano" (1983) y "Tratado sobre la familia" (1987). La teoría del capital humano ha tenido un apoyo fundamental en las doctrinas de la Nueva Economía antes citadas que, planteando el ingreso en una nueva sociedad, la sociedad del conocimiento, establecían también una nueva etapa de crecimiento capitalista ilimitado, sin crisis, en la que todo dependería de la educación como generadora de capital humano. 

[10] Desde Mészáros a los partidarios del decrecimiento como Latouche o Taibo. 

[11] Sobre la relación entre discurso y articulación en Laclau, puede consultarse Dallmayr (2008), pp. 60-61, donde se encontrará un planteamiento muy similar a lo que desarrollo en relación para la investigación-acción.

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Sobre el autor:

César Cascante, actualmente jubilado, fue profesor de currículo y formación del profesorado en las universidades de Oviedo y de Valencia. Participa en investigaciones sobre análisis político del discurso educativo, formación del profesorado e investigación acción, temas sobre los que ha publicado diferentes artículos.






Pedagogía Crítica, treinta años después (César Cascante Fernández y Jaume Martínez Bonafé)


Ofrecemos seguidamente la Presentación de la misma:


Pedagogía Crítica, treinta años después 

En un momento histórico en el que la crisis del capitalismo golpea a la mayoría social en buena parte del mundo, en el que en Europa y en el Estado español retroceden los derechos sociales, políticos y económicos, parece necesario volver a pensar lo que hemos llamado Pedagogía Crítica.

La Pedagogía Crítica, a pesar de que la escribamos así, con mayúsculas, no es un territorio perfectamente delimitado. Aunque al nombrarla cualquiera de nosotras/os evoquemos algunos autoras/es o títulos de libros, al menos en el momento actual, no creemos que constituya un referente al que puedan adscribirse o no las teorías y prácticas educativas.

Por otra parte, sí hay algo definitorio de lo que puede llamarse Pedagogía Crítica, eso es su vocación de relacionar la educación y la situación social. No es decir mucho: es difícil encontrar a alguien que niegue esa relación, pero, sin embargo, sí es posible encontrar interpretaciones muy distintas de sus implicaciones, aún haciendo un análisis similar de la sociedad de nuestro tiempo.

Esta diversidad, o si se mira de otra forma, esta disolución de la Pedagogía Crítica, que llega al punto de cuestionar si es útil seguir hablando de ella o en su nombre, está presente en los artículos que forman parte de la monografía que presentamos.

La monografía no fue construida previa conceptualización por parte de sus coordinadores de lo que es o debe ser la Pedagogía Crítica: fijando sus límites, trazando fronteras y, por lo tanto, señalando quienes eran sus voces más representativas en el momento actual o excluyendo determinadas aportaciones.

Se generó con un procedimiento bien distinto. Tratamos de que en la monografía participaran las/os que en los años ochenta o noventa del pasado siglo habían estado vinculados a la Pedagogía Crítica de forma explícita en diferentes contextos académicos y culturales, procurando que sus trabajos se orientaran con la mayor libertad temática hacia lo que a cada cual le invocaran esos dos términos casi treinta años después.

El resultado que se encontrará en la monografía es significativo de la variedad de planteamientos actuales de algunas/os de las/los que estuvimos relacionados en la Pedagogía Crítica. Desde los artículos que responden a esa invocación cuestionando la conveniencia de seguir utilizando esa denominación, a los que intentan ahondar en ella para buscar lo que realmente podemos llamar crítica; desde los que su respuesta es una investigación concreta, a los que se orientan por repensar lo que pensaban años atrás; los que sitúan la crisis del capitalismo actual como un referente central, a los que ni siquiera parece necesario nombrarlo…

Hoy en la segunda década del siglo XXI, partiendo de la monografía pero yendo más allá de su contenido, podemos formularnos una serie de preguntas: ¿Estamos en una situación en la que los que caminaban alrededor de la Pedagogía Crítica han dejado buena parte de hacerlo? ¿Esta disolución se debe a la Pedagogía Crítica no era poco más que eslóganes o lugares comunes que hoy están desgastados? ¿ Su menor presencia como tal Pedagogía Critica es consecuencia de una derrota inflingida por el neoliberalismo en la educación? ¿Tienen los que todavía siguen congregándose en torno a ella algo realmente en común? ¿Comparten al menos algunos problemas? ¿Tienen ciertas referencias teóricas comunes? ¿Existen prácticas actuales que sirvan de referencia en cada caso?....

Sobre estas y otras cuestiones para el debate que nos gustaría iniciar con esta monografía volveremos al final de esta presentación. Entraremos ahora de forma más precisa en el contenido de cada uno de los siete artículos que la constituyen..

El primer artículo de Jaume Martínez Bonafé aporta un análisis en forma de postulados de una serie de temas que la Pedagogía Crítica ha ido acumulando en su trayectoria y que en cierto modo la definen. Es significativo que la última de sus tesis sea Crítica de la crítica (sobre ausencias y debilidades), es decir, un postulado que subraya la necesidad de repensar permanentemente lo que la Pedagogía Crítica puede ser, más, si como se plantea en otro de sus postulados, está perdiendo vigor (Crítica a la gentrificación de la -teoría/pedagogía- crítica). No se trata por lo tanto, como el propio autor dice, de cerrar ningún principio universal sobre un modo de racionalidad y unas prácticas políticas y pedagógicas que nunca admitieron una verdad única y excluyente, pero sí de recordar lo que tiene el suficiente vigor para superar la apariencia y la superficialidad de las teorías y prácticas hegemónicas actuales y abrir el debate para su contestación al momento histórico de crisis del capitalismo neoliberal que estamos viviendo.

En el segundo artículo de la monografía, Becoming Critical hoy, Wilfred Carr revisa, veinticinco años después de su publicación, el libro del mismo título que escribió con Stephen Kemmis y que en España fue editado con el título de Teoría Crítica de la Enseñanza. Este libro, de importante influencia en la Pedagogía Crítica, estaba escrito desde la Teoría Crítica en general y desde la idea de Ciencia Social Crítica de Habermas en particular, según nos plantea al principio de su artículo. Desde esta perspectiva teórica se pretendía que la investigación-acción emancipadora fuera su expresión práctica.

Según Carr, acerca de Becoming habría que plantear hoy varias cuestiones:

-La idea de profesor investigador proveniente de la de profesor ampliado de Stenhouse y relacionada con la de profesor reflexivo de Schön ha ido perdiendo fuerza. El movimiento accountability, la hiperregulación del trabajo de los profesores, etc. han cambiado las condiciones de trabajo de los profesores haciendo que se produzca una desprofesionalización en el sentido de pérdida de autonomía.

-No se pudo prevenir la circunstancia de que el éxito de la investigación-acción posterior a la publicación del libro en la formación de profesionales en activo, la haría acomodarse posteriormente a los prerrequisitos de las formas de investigación que pretendía reemplazar.

-La lectura posterior de algunos autores que han revisado críticamente la llamada crisis de la modernidad (Gadamer, MacIntyre, Habermas) nos han hecho darnos cuenta de que en la modernidad y en la educación moderna ha sido dominante el razonamiento técnico y el cientificismo. Y que hoy son más dominantes aún que entonces dificultando que el profesorado se haga preguntas como las que implicaba la investigación-acción crítica.

-El neoaristotelismo de los autores citados y algunos más nos permite entender mejor como la racionalidad técnica ha acaparado la investigación-acción actual.

Todas estas cuestiones, nos dice el propio autor del artículo, tienen que ver con una más general, la adscripción de Becoming al pensamiento moderno y las críticas provenientes del pensamiento postmoderno. Sin embargo, para Carr, a pesar de esas críticas y de aportaciones que deben ser incorporadas desde ellas, la idea de emancipación y de investigación-acción crítica sigue teniendo vigencia como procesos inacabados históricamente situados.

El tercer artículo de la monografía, La investigación-acción crítica y nosotros (que te quisimos tanto) de César Cascante, revisa lo que para Carr era la parte práctica de la Teoría Crítica, es decir, la investigación-acción crítica. Partiendo de la evolución de la investigación-acción crítica en el Estado español que la ha llevado a convertirse mayoritariamente en un instrumento de la llamada Nueva Economía, y tras analizar de la mano de David Harvey las principales consecuencias de las políticas neoliberales en torno al valor de uso y el valor de cambio de la mercancía educación, así como la tarea de deslegitimación del metarrelato neoliberal que han venido realizando diversos movimientos sociales, el autor reconceptualiza desde el análisis político del discurso de Foucault y Laclau la propia Pedagogía Crítica. Desde esta reconceptualización de la Pedagogía Crítica, abandonando los postulados de Habermas, plantea la investigación-acción crítica como el análisis político de los discursos de los educadores y educandos.

El cuarto artículo de la monografía ¿Una Pedagogía sin atributos?, escrito por Estanislao Antelo y Silvia Serra, es la aportación que más claramente se distancia de la Pedagogía Crítica. Tras hacer un breve recorrido de su paso por la Pedagogía Crítica, los autores, a partir de una cita de Tomaz Tadeu da Silva ( La Pedagogía de los monstruos…) hacen una crítica al sujeto crítico de la Pedagogía Crítica equiparándole con el sociólogo crítico de la educación que desde su posición soberana, libre de los constreñimientos que producen la comprensión turbada de la sociedad que tienen los individuos comunes, ve a la sociedad como se ve un mecanismo de relojería, tornándose apta, así, para concertarla. Por otra parte plantean, interrogando a la Pedagogía Crítica, como la crítica a los sistemas educativos nacionales habilitaron lo que ocurrió en los años noventa: un estado débil y la aparición de un sujeto que se convierte en una especie de empresario de sí. En este sentido, hoy se vive en la ambigüedad de develar ciertas condiciones ocultas en las prácticas de los sistemas educativos y añorar un estado más fuerte, con más presencia, más “eficaz”. Tras revisar a continuación la noción misma de critica llegan a la idea de que la Pedagogía Crítica en su momento produjo efectos desestabilizadores en las certezas de la Pedagogía pero ahora la sensación es más bien la contraria: sus herramientas conceptuales parecen haber perdido su capacidad de intervenir. Por último proponen lo que llaman una pedagogía sin atributos: si la pedagogía es pensamiento, para ser crítica debería asumir la condición del pensamiento crítico, es decir, poner en juego aquello que todavía no ha sido pensado, para producir efectos cuando interviene sobre lo que ya ha estado pensado.

El quinto texto que compone la monografía, Reflexiones críticas y autocríticas sobre Pedagogía Crítica de Paz Gimeno, se centra en el análisis de la situación actual del pensamiento crítico en el sistema educativo español. En este texto se señalan algunos de los condicionantes que socavan esta orientación escolar crítica, desde los que corresponden a un sistema educativo colonizado por el sistema económico, hasta los bucles político-educativos que han entrelazado una ideología seudo-progresista y una práctica neoconservadora, y que, en la actualidad, han derivado en una “plana” realidad capitalista. Sin embargo, a pesar de ello, el artículo plantea la necesidad de mantener una “resistencia” crítica aunque sea minoritaria que constituya un espacio simbólico donde se pueda ubicar el germen de los cambios sociales.

El artículo de Consol Aguilar que viene a continuación, La Tertulia Literaria Dialógica de LIJ en la formación inicial de maestros y maestras constituye una respuesta práctica a lo que para la autora puede entenderse como Pedagogía Crítica. El artículo explica su experiencia de tertulia Literaria Dialógica de Literatura Infantil y Juvenil en la formación inicial de maestros y maestras. La lectura dialógica es también emancipadora en el sentido freiriano: la lectura de la palabra que lleva a la lectura del mundo, favoreciendo un pensamiento crítico, plural y diverso que nos enriquece a todos y a todas. En esta experiencia la voz protagonista del estudiantado es imprescindible en la construcción intersubjetiva del significado de los textos e imágenes. Es una lectura transformadora, que nos enriquece, como estudiantado y profesorado, desde una concepción crítica de la educación.

Cierra la monografía un artículo que en realidad es una entrevista-conversación con tres personas que han sido protagonistas desde los años ochenta en el devenir de la Pedagogía Crítica en España: Martin Rodríguez Rojo, Julio Rogero y José Mª Rozada. Nos parecía imprescindible que en la monografía estuviera presente también el lado más personal de lo que ha supuesto la Pedagogía Crítica en el Estado español, entre otras cosas para acercar lo que nos pasa a lo que pasa, para romper de alguna forma la división entre lo subjetivo y lo objetivo, la experiencia y el análisis. Por otra parte esta entrevista, que hemos titulado Alrededor de nuestras pedagogías críticas, representa bien la idea de la monografía: la de buscar un tiempo y un espacio para que los que hemos estado en la Pedagogía Crítica volvamos a encontrarnos para hablar de ella sin más propósito que el de iniciar un diálogo que pueda ser ampliado a todas y todos. Cómo se puede apreciar en el texto que recoge la entrevista, los tres participantes narran su experiencia desde los años ochenta hasta llegar al momento actual, sin por ello dejar de hacer sus propios análisis con la madurez que proporciona casi siempre el paso del tempo y la honradez intelectual que siempre les ha caracterizado.

Queremos acabar esta presentación señalando algunas cuestiones para el debate que surgen de nuestra propia interpretación de los artículos que constituyen esta monografía.

Una primera cuestión tiene que ver con la trayectoria que ha seguido en los últimos treinta años la Pedagogía Crítica. Si hay un concepto comúnmente utilizado dentro de la variedad de planteamientos que pueden encontrarse en ella, este es el de hegemonía.

Cómo es bien sabido este concepto, atribuido a Gramsci en la propia bibliografía de la Pedagogía Crítica y en general, ha constituido, junto con otros del marxista italiano, uno de los referentes de lo que se ha llamado el marxismo cultural. El marxismo cultural, sin embargo, tiene una trayectoria que apenas ha tenido desarrollo en la Pedagogía Crítica.

Sin ánimo de hacer un recorrido completo de su desarrollo podemos señalar algunos hitos significativos en su trayectoria. Edgard P. Thompson en su conocido libro La formación de la clase obrera en Inglaterra siguiendo a Gramsci critica el determinismo teleológico del concepto de lucha de clases para vincularlo a cada situación histórica y lo abre así al concepto de experiencia; Raymond Williams enlazando con este planteamiento inaugura los Estudios Culturales abriendo un campo de trabajo que será seguido por Stuart Hall y Richard Hoggart -que desde sus inicios está ligado a la tarea educativa- y que el propio Williams vincula con la semiótica de Bajtin; Laclau y Mouffe en Hegemonía y estrategia socialista siguen esta trayectoria y van recogiendo buena parte del aporte posmoderno de los Foucault, Derrida o Deleuze.

Aunque en algunos de los autores que podemos adscribir a la Pedagogía Crítica están presentes estos aportes, no es menos cierto que buena parte de la Pedagogía Crítica ha seguido un camino más corto en todos los sentidos. Un camino más corto que puede tener que ver con la recepción de Habermas que no necesita, cuando no se opone, a esos planteamientos, que le basta más con una distinción menos compleja de los intereses constitutivos del saber o de los grupos con procedimientos de participación e igualdad en la información.

Como una de las derivaciones de esta perspectiva más corta, se produce también en el seno de la Pedagogía Crítica el enfrentamiento entre el pensamiento moderno y el postmoderno. Un enfrentamiento que, sin entrar ahora en el fondo de la cuestión, resta posibilidades de renovación a las fuentes teóricas de la Pedagogía Crítica y establece prejuicios sobre aportaciones que pueden ser etiquetadas de modernas o postmodernas. Estos prejuicios cuando no afectan a los autores señalados como postmodernos y, por lo tanto, sin más como relativistas en sentido peyorativo, afecta a los que se confiesan marxistas sin ambages. Las consecuencias son entre otras, que la obra de muchos autores que están haciendo interesantes estudios sobre la economía, la sociedad, la política o la cultura de nuestro momento histórico con un compromiso social innegable no reciben la atención adecuada (podemos nombrar entre muchos otros, a David Harvey, Enrique Dussel o Boaventura de Sousa Santos, citados en esta monografía). Y también algo paralelo y aún más grave, la ausencia de un debate real que vigorice más allá de las etiquetas y las ignorancias, lo que podemos hacer en cada lugar y en este momento histórico para contribuir desde la educación a lo que entendamos por el bienestar general en nuestro planeta.

Esta suerte de empobrecimiento teórico de la Pedagogía Crítica, a la que no es ajena su mercantilización y la consecuente necesidad de venta de productos con etiqueta que sean fácilmente asimilados por sus compradores, tiene también sus consecuencias en lo que podemos considerar su vertiente práctica.

Si la investigación-acción que fue el referente práctico de la Pedagogía Crítica en su versión derivada de la Ciencia Social Crítica, ya se inicio ignorante de la investigación-acción participativa que existía anteriormente desde finales de los años sesenta en diversos continentes (Congreso de 1977 en Cartagena de Indias) ha seguido así en buena parte. Su desarrollo, sus autores, sus experiencias, siguen siendo desconocidos, siguen estando clasificados en otros campos un tanto al margen del mundo escolar, del mundo académico más ligado a la investigación en la escuela.

Sirva entonces esta monografía, en la medida que sea posible, para retomar el debate sobre la Pedagogía Crítica más allá de su etiqueta, para enfrentar sus problemas abriéndose a lo que ha ido dejando por el camino e intentar responder desde la educación a la necesidad planetaria cada vez más insoslayable de un mundo más justo para todas y todos. 


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RESUMEN: En este artículo se hace una breve presentación de la monografía Pedagogía Crítica, treinta años después. Con él se pretende aproximar al lector a su contenido haciendo algunas reflexiones generales que encontrará concretadas en los demás artículos que componen la monografía.

PALABRAS CLAVE: Pedagogía Critica, Investigación-acción crítica

ABSTRACT: This article is a brief presentation of the monograph Critical Pedagogy, thirty years later. It aims to bring the reader to your content by making some general reflections find materialized in the other articles in the monograph.

KEYWORDS: Critical pedagogy, Critical action research


Las Pedagogías Críticas hoy ¿Qué ocurrió con las Pedagogías Críticas?




Editorial


Entre mediados de los setenta y principios de los noventa del pasado siglo surge en el estado español un movimiento social y pedagógico al que llamamos Pedagogía Crítica. Es un movimiento desigual, según territorios, complejo en muchos aspectos de su fundamentación y sus prácticas, y plural en cuanto a sus agentes. Como todo movimiento social, es deudor de su tiempo histórico. El dictador murió en 1975 y en los contextos de la clandestinidad se fraguaba por aquellos años el discurso de las nuevas posibilidades: desde el anticapitalismo hasta la democracia burguesa. Y en ese discurso la escuela tenía un claro protagonismo social y el maestro un claro componente militante. O se está con la reproducción -Tonucci publica su conocido dibujo de "La Máquina de la Escuela" en 1975-, o se está por la emancipación -conocimos una versión policopiada con una "vietnamita" [1] de La Pedagogía del Oprimido, en 1973-.

El movimiento de la Pedagogía Crítica se cultivó a la vez en distintos lugares del campo social. A la sombra de algunas iglesias, en las mesas de incipientes organizaciones sindicales, en las reuniones del movimiento asociativo vecinal de los barrios obreros, en el proyecto de algunas editoriales, en los grupos de maestros y maestras organizados para la renovación y el cambio educativo, en las aulas de algunos profesores universitarios. 


Nunca fue un movimiento hegemónico, pero contribuyó significativamente a la contrahegemonía. Poco a poco la presencia de libros, la convocatoria de Congresos, Encuentros y Seminarios, el desarrollo de investigaciones, la conexión internacional, la apertura académica y el desarrollo de programas políticos y sindicales, fue dando sentido y reforzando las prácticas que en el aula desarrollaban grupos de maestros y maestras comprometidos. 

La Pedagogía Crítica, con todos los matices que se quiera respecto a la debilidad o a la fuerza, era un movimiento de ida y vuelta entre una práctica crítica y una teoría crítica. Entre una crítica de la práctica y una práctica de la crítica. La formación inicial y permanente del profesorado se impregnó de ese movimiento. El debate sobre el curriculum y su renovación, también. La relación entre docencia y curriculum cobra una nueva perspectiva: ni puede haber neutralidad, ni puede haber fragmentación entre desarrollo curricular y desarrollo profesional. Al positivismo eficientista le sale una piedra en el zapato con la teoría de la relación entre intereses y conocimiento. Citemos sólo un libro: Teoría Crítica de la Enseñanza, la traducción y publicación en 1988 del Becoming Critical que W. Carr y S. Kemmis publicaron en la Universidad de Deakin, en 1983. Su influencia en la investigación curricular y la formación docente, con las propuesta de investigación-acción como modelo de desarrollo profesional crítico fue considerable en el interior del movimiento de la Pedagogía Crítica.

En el Estado Español algunas Escuelas de Verano convocadas por los Movimientos de Renovación Pedagógica fueron un importante amplificador de este movimiento. Las propuestas iniciales en el interior de estos movimientos, que tenían en la educación popular y las propuestas de Freinet y Freire una base importante, se complementan con nuevas aportaciones del discurso crítico. 
Las Escuelas de Personas Adultas, algunas enraizadas en barrios obreros con tradición combativa, fueron otro espacio de cultivo de estas pedagogías. 

En el inicio de los noventa, compañeros y compañeras del Departamento de Didáctica de la Universidad de Valladolid organizan cuatro simposios internacionales sobre "Teoría crítica e investigación-acción" en el que diferentes grupos de profesores e investigadores presentan teorías y prácticas para el cultivo de las pedagogías y los curricula críticos. La revisión de sus Actas muestra la vitalidad y el deseo de futuro del discurso de la Pedagogía Crítica. Conviene matizar, sin embargo, que hubo un pensamiento más elaborado en algunos sectores de la Academia, en algunos CEPs y en algunos grupos pedagógicos, y otro pensamiento tal vez más intuitivo en muchas prácticas pedagógicas que se reclamaban de la Pedagogía Crítica. 

¿Qué pasó desde entonces? ¿Qué queda hoy de ese discurso? ¿Qué se ha trasformado en él? ¿Cómo ha evolucionado? ¿Qué pasó con quienes lo sostenían en sus reflexiones, sus investigaciones, sus prácticas docentes? Tres o cuatro décadas después, en un contexto socio-político y económico muy distinto -ni el capitalismo es lo que era ni tampoco los anticapitalistas parece que lo son- ¿es posible la Pedagogía Crítica? ¿Es necesaria? ¿Qué autores, qué grupos, qué prácticas, son hoy la posible referencia de este movimiento? 

Estamos viviendo una época en que el capitalismo muestra su rostro más salvaje y la pedagogía no puede mirar hacia otro lado. Recuperar y repensar hoy aquellas miradas, actualizar los discursos, encontrar nuevas alianzas y estrategias es, ahora mismo, una tarea urgente. 

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[1] La vietnamita era un artefacto de fabricación casera con el que se multicopiaban en la clandestinidad los panfletos, revistas y periódicos de quienes combatían la dictadura.