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Aprender a convivir en una sociedad aterrorizada (Martín Rodríguez Rojo)







Referencia completa de este artículo: Martín Rodríguez Rojo  (2002). Aprender a convivir en una sociedad aterrorizada. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 44, 115-137.

Una sociedad violenta. Los hechos

Es conocida la clasificación de violencia que el sociólogo sueco J. Galtung hizo ya hace bastantes años. La más tradicional es la que él llama violencia física. A la paz que se opone a la violencia física, se la llama paz negativa o paz consistente en eliminar la guerra. Consiste en no matar, en no vivir en guerra, en no acosar físicamente, en no hacer daño corporal a nadie. Muchos «noes».

La segunda clase de violencia es la violencia estructural. No son sólo las personas físicas quienes producen daño al prójimo; sino también las instituciones, las leyes, las normas económicas de los bancos, la hipócrita sonrisa de los grupos multinacionales o transnacionales que te ofrecen con la derecha lo que roban con la izquierda. Es una violencia sibilina, apenas perceptible. Muchos no son conscientes de su existencia. Incluso, algunos la justifican como algo necesario y útil. Unos terceros se aferran a esas leyes más que a la ética de fondo que debería presidir cualquier normativa. Son los leguleyos. Los que son más papistas que el Papa. Los que sobreponen el cumplimiento estricto de la letra de la ley al espíritu de la misma. Antes, a este tipo de personas se les llamaba fariseos. Veían el polvillo en la terraza del vecino y no advertían la ridiculez en que caían. Los fariseos de ahora encubren el crimen de su avaricia, con sus proteccionismos, con la carga que imponen a los artículos del mundo empobrecido y con la recarga en el precio de los productos elaborados sobre la materia prima, adquirida a costo de saldo y revendida a cobro de oro. Para ellos, el hombre tiene que vivir para la ley y no la ley para el hombre. Se entiende, para la ley que ellos mismos han promulgado, de ninguna manera opuesta a sus intereses. Por el contrario, se trata de leyes relativas al campo de las finanzas, al ámbito de la agricultura o de la industria, donde esos grandes magnates de cuello blanco son los accionistas mayores.

La violencia estructural se desenvuelve a través de hechos positivos. No niega, apenas prohíbe. Más bien ordena y manda, señala metas y objetivos. Propone con mano suave proyectos creíbles, pero engañosos en el fondo de sus intenciones.

A la paz opuesta a esta violencia estructural, Galtung la denomina paz positiva. Ésta no se conforma con ser sólo negativa, con decir no a la guerra, sino que se empeña en luchar por la justicia. La paz positiva abre un campo inagotable de trabajo. Hay que repensar el mundo. Hay que mejorar los análisis y la reflexión. Hay que interpretar la sociedad a la luz de los Derechos Humanos. En una palabra, la paz positiva no tiene límites en la eliminación de la violencia. Se opone al hambre de las tres cuartas partes de la humanidad, a la corrupción de los políticos y de cualquier ciudadano, a la falta de vivienda, a los salarios basura, al paro degradante, a las pateras de inmigrantes que mueren por soñar y a los buques que trafican con carne humana, al Norte que cierra sus puertas a los que no comen en sus países de origen, a los caciques del Sur que sólo han aprendido en las universidades europeas o norteamericanas las técnicas del engaño y de la usura, el despilfarro y el lujo lujurioso.

Amplio campo, imposible para los cobardes y comodones. Bello ideal para los realistas que creen en la utopía.  

De una tercera violencia dan cuenta, no sólo el autor de «Sobre la paz», sino también otros pacifistas clásicos y modernos: Kant, Gandhi, Lanza de Vasto, Paco Cascón, Jesús Jares, Milani, Freire, Pérez Esquivel.

Me refiero a la violencia cultural. Consiste ésta en tapar la clara transparencia del pensamiento. Una cultura violenta inunda las pantallas diurna y nocturnamente. La violencia cultural se aferra a la mentira, a la desinformación, al fragmentarismo informativo, a la presentación de los hechos descontextualizados, a conservar lo corrupto y corrompible. Violencia cultural es legitimar al poder, cuando éste no es democrático o se inclina por favorecer a un grupo social por encima de otro.

La Universidad ha caído en este tipo de violencia. De sus aulas han salido, también, los Hitler y los Mussolini, los Stalin y los Milosovic, muchos etarras que sólo saben matar y muchos generales que saben organizar los escuadrones de la muerte. En nombre de la cultura del «pensamiento único» se justifica la venganza y la destrucción. ¡Qué ocasión tan magnífica ha desaprovechado la cultura occidental, el 11 de septiembre del 2001! Ahora podemos preguntarnos, a la vista de las decisiones tomadas por los gobernantes occidentales, presididos por el Presidente de Los EE. UU., ¿es nuestra cultura superior a la cultura del terror? ¿Por qué se responde al terror con más terror? ¿No sería más propio de la cultura democrática, la del diálogo con todos, establecer un debate serio y universal en la era de la globalización? ¿No es propio de una cultura científica analizar la complejidad y el contexto, sin reducirse a planteamientos lineales, causa - efecto, y acordes con una simple mirada inmediatista, simplista y superficial?

Edgar Morin, sujeto de una cultura francesa y en línea con la UNESCO, reflexiona sobre la incertidumbre y sobre las distorsiones del conocimiento. Éste nos puede engañar, concluye. Por eso, es necesario confrontar a Oriente y Occidente, a las diversas culturas existentes en el mundo y aprender de la intersubjetividad, más bien que confiar en la errónea decisión de un solo experto, por muy sabio que éste sea. 

George Bush no es el profeta del siglo XXI. Nadie puede hablar en nombre de Yhavé o de Alá. Sólo el arrogante se atreve a oponer el reino del Bien contra el reino del Mal. ¿Quién es capaz de justificar la hecatombe de un país indigente y, a la vez, subyugado a un fundamentalismo religioso por mor de unos popes fanáticos, en nombre de un orgullo herido? ¿Cinco mil personas bajo los escombros de unas torres gemelas? Locura de algún exaltado. Injustificable, sin duda. Pero aquel mismo 11 septembrino, otra bomba, la del hambre, mató a millares de niños inocentes. Aquel mismo día nadie tocó la alarma a favor de los asesinados por el sida o por la deuda externa de decenas de países explotados. Los aviones del Norte (Banco Mundial, Fomento Mundial de Inversiones, Organización Mundial del Comercio) impactaron con mayor fuerza y destrozaron más vidas en los desiertos de la indigencia. No se hicieron manifestaciones en contra. No se celebraron misas ni actos religiosos para pedir clemencia a los dioses.

¿Son justos los principios jurídicos que sostienen la ley del Talión? ¿No fue condenada hace siglos por el pregonero de una Buena Nueva, de la cual se consideran seguidores aquellos mismos que deciden vengar ojo por ojo, u ordenar buscar y traer vivo o muerto, a los pies del vengador, al cerebro de una incalificable masacre? Una cultura superior es superior si construye, ejerce y vivencia actos de superior calidad. Responder a la guerra con más guerra es acientíficamente comprensible, y culturalmente rechazable. No se puede edificar un «orden social nuevo» con teorías viejas y atrasadas. La violencia engendra violencia. Tan violento es el misil ciego y destructor, como los postulados culturales que defienden la violencia vengativa del diente por diente, o la baja de 100 unidades «de las suyas» por cada unidad destruida «de las nuestras».

Sólo «otro mundo será posible» si son defendidos otros principios éticos que recen de otra manera, que entonen otros salmos diferentes a los que canta el enemigo a quien se desea superar. 

Mientras tanto, esta humanidad que se levanta todas las mañanas y ve ponerse el sol todas las tardes, se comporta como un grupo de androides, no de humanos. Sociedad prehumana podríamos apellidarla, pues en este estadio evolutivo se encuentra quien no ha desarrollado la facultad específica de la raza humana. Propia de ésta es la razón individual y colectiva preñada de intersubjetividad y de diálogo. Inherente al raciocinio es la conversación, el abrir luces como fruto de la discusión, el entendimiento argumentado, diría J. Habermas. Cuando se esconden las palabras, tampoco aparecen las cosas en su verdadera entidad. Son el hombre y la mujer quienes construyen la racionalidad con la palabra. Racionalidad comunicativa, llena de apertura y esperanza. 

¿Cómo es posible, ante tan trágico panorama, que este aterrorizado mundo subsista? ¿Cómo es posible que en medio del horror y del terror siga creciendo la hierba del ser que se llama humano?

Sólo se me ofrece, por ahora, una explicación. Para sostener lo insostenible no hay más remedio que echar mano de algunas columnas que mantengan en pie el desorden desordenado. Columnas de humo, en verdad. Pero columnas que, cual las tortugas de la mitología griega, sostienen el planeta. Son las columnas de los ejércitos. Es el militarismo como filosofía, dice Vicent Fisas (1987). Ya que un mundo colonizado por el poder, el dinero y la inmoralidad no tiene razón de ser, si queremos llamar humano a ese mundo, la única sinrazón que intenta racionalizar el «statu quo» es la razón de la fuerza, la violencia institucionalizada, el endiosamiento de la guerra universal, la tercera guerra mundial en la que nos encontramos inmersos. Una violencia bien pagada que tiene sus manifestaciones en las esferas económica, social, militar, cultural y religiosa. Voy a detenerme en presentar datos que prueben la existencia de violencia en dichas vertientes.

Agresividad, violencia y conflicto (J. E. Palomero, M. Rodríguez Rojo y M.ª Rosario Fernández)










El texto que sigue forma parte del artículo de presentación de una monografía titulada "La formación del profesorado ante el fenómeno de la violencia y convivencia escolar" publicada en agosto de 2002 en la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, artículo del que son autores José Emilio Palomero Pescador y María Rosario Fernández Domínguez.


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«Cómo voy a creer, dijo el fulano, que el mundo se quedó sin utopías.
Cómo voy a creer que la esperanza es olvido. O que el placer una tristeza.
Cómo voy a creer, dijo el fulano, que el universo es una ruina, aunque lo sea.
O que la muerte es el silencio, aunque lo sea.
Cómo voy a creer que el horizonte es la frontera, que el mar es nadie,
que la noche es nada…»

(Utopías, Mario Benedetti)

El ser humano es un ser sumamente complejo, cuyo comportamiento exige explicaciones interdisciplinares, multifactoriales y pluricausales. No en vano somos hijos de nuestros genes y producto de los circuitos neuronales que pilotan el control de nuestro organismo, a la vez que fruto de los procesos dialécticos de la historia y la cultura; hijos, por tanto de los ambientes pasados de adaptación de la especie, y a un mismo tiempo de los contextos actuales (geográficos, políticos, jurídicos, económicos, tecnológicos, religiosos, familiares, escolares, sociales…) en los que nace y crece cada ser y grupo humano concreto. Somos, ya desde niños, máquinas especializadas en procesar información, así como pequeños científicos que construimos teorías explicativas de la realidad; y a la vez, el resultado permanentemente inacabado de nuestra experiencia, de procesos de condicionamiento, de refuerzos y castigos, de aprendizaje por imitación de modelos...

Somos, también, fruto de nuestras propias expectativas y de nuestros pensamientos, motivaciones y creencias. Y somos, además y al mismo tiempo, hijos de nuestros propios fantasmas inconscientes, que impulsan de forma dinámica y dialéctica nuestro propio destino desde el poder oculto y silencioso del eros y el thanatos, del placer y la realidad y de los conflictos internos entre nuestro ello, yo y super-ego, que tan ocultos como presentes, soterrados bajo el tippex de la censura, dan cuenta cabal de nuestra historia personal y colectiva y dirigen en buena medida nuestra existencia. Y somos, finalmente, el resultado de múltiples mecanismos y procesos de comunicación, cuyas raíces más primitivas se insertan en la necesidad de relación y de afecto que tiene el ser humano desde su nacimiento, explicitado en primera instancia a través del diálogo corporal y emocional que mantiene el niño con su madre durante los procesos de maternaje, allá en los albores de la infancia, una experiencia radical y primitiva que predestina al ser humano al entendimiento, a la comunicación y al diálogo.

Tan sólo desde esta complejidad (teniéndola en cuenta) se pueden abordar con rigor los fenómenos de la agresividad y violencia humanas, dos conceptos que en todo caso es necesario matizar para entender los diferentes discursos, confluyentes entre si, que se presentan en esta monografía. La agresividad no es otra cosa que esa fuerza natural y en principio positiva que hace posible que los seres humanos luchen por la vida, se esfuercen en ser profesionales competentes, busquen el logro, tengan afán por superar las dificultades de la existencia, o se nieguen a creer, parafraseando a Benedetti, que el mundo se quedó sin utopías, que la esperanza es olvido, que el mundo es una ruina, que el horizonte es la frontera o que la muerte es el silencio....

La agresividad (su fuerza positiva) permite que los seres humanos tengan el coraje suficiente como para comprometerse con el prójimo y con la vida, para luchar por la justicia y contra el (des)orden perturbador en que vive inmerso nuestro mundo, pletórico de desigualdades que matan, de corrupción, de estructuras socioeconómicas, políticas, jurídicas, relacionales y convivenciales injustas… De irracionalidad en una palabra, pues no en vano «Este sistema, que ya enloqueció a las vacas, está enloqueciendo a la gente», como señalaba recientemente con ironía y gracejo, en Porto Alegre, el argelino Ahmed Ben Bella.

Podemos afirmar por tanto que la agresividad es positiva y que forma parte de la rueda de la vida, de una vida que es fundamentalmente acción, movimiento, dialéctica, conflictividad, lucha de opuestos… de los que surgen el cambio, el desarrollo y el crecimiento, de manera que los conflictos son consustanciales a la naturaleza humana y, por ende, no solo inevitables sino también necesarios.

En consecuencia, el problema no está en los conflictos, sino en la forma en que éstos se resuelven, cuestión que nos permite abordar el segundo de los conceptos que hace un momento enunciábamos, el concepto de violencia.

El ser humano tiene una serie de armas muy poderosas para resolver los conflictos y para favorecer así la convivencia pacífica. Dispone del lenguaje, de la capacidad de negociación, de la racionalidad comunicativa… Como dicen los etólogos modernos (EiblEibesfeldt), los conflictos implícitos a cualquier conducta agresiva pueden ser resueltos, en el caso de los humanos, mediante la negociación verbal. O como ha señalado recientemente Geen, los seres humanos podemos no actuar de forma violenta, incluso cuando todo predispone a la agresión, puesto que podemos interpretar y evaluar las situaciones y solucionar de mejor forma los problemas o conflictos planteados. O más sencillo aún, hablando se entiende la gente, como reza el dicho popular. Ahora bien, aunque los conflictos se pueden solventar desde la racionalidad comunicativa y la negociación verbal, los seres humanos los intentamos resolver con excesiva frecuencia recurriendo a la violencia en cualquiera de sus manifestaciones, a la fuerza bruta, a la agresión física, verbal o moral, a la imposición, a la arbitrariedad, al autoritarismo, al control de las conciencias, a la humillación, al linchamiento…

A decir verdad la violencia nos viene de lejos. Llevamos maltratándonos al menos 36.000 años, como se desprende del reciente estudio del cráneo de un joven Neanderthal (el hombre de Saint Césaire), realizado por Christoph Zollikofer y otros paleontólogos de la Universidad de Zurich y publicado hace escasas fechas en la revista «Proceedings», estudio que viene a demostrar la existencia de violencia (hay otras muchas evidencias al respecto) entre los primeros pobladores de Europa.

Y esta violencia, ya presente en los albores de la historia de nuestra especie, y que no es más que el resultado final de una mala resolución de los inevitables y necesarios conflictos humanos, presenta hoy, en palabras de Galtung, un triple perfil:

1) El de la violencia personal (física, verbal o moral), la violencia de quien hace la guerra, mata, causa daños o acosa…

2) El de la violencia estructural, esa violencia sutil y envolvente que ejercen las instituciones y las estructuras sociales, la economía, las leyes…

3) La violencia cultural, la que anida invisible y sibilinamente en el pensamiento único, en la presentación fragmentaria de hechos, informaciones y conocimientos, en la desinformación o en la mentira, en la corrupción, en el autoritarismo, en la cultura del terror y del miedo, o en la legitimación del poder antidemocrático…

Y así la violencia, que en ocasiones tiene un carácter abierto y personal y que en otras habita bajo la neblina de las estructuras y de la cultura, está presente en todas partes, en las calles, en los medios de comunicación, en las pantallas de la televisión, el cine, internet y las videoconsolas, en la economía y en los mercados, en las leyes, en los gobiernos, en los ejércitos, en las familias, en las aulas… 

Y son estos mismos perfiles de la violencia en general los que ofrece la violencia escolar, presente en sus cuatro grandes esferas de actividad. En el microsistema (el aula, el escenario concreto en que se produce el aprendizaje escolar); en el mesosistema (el centro y su proyecto curricular); en el exosistema (la administración educativa); y en el macrosistema (el sistema envolvente, la sociedad, los valores, la cultura global). Por ello el problema de la violencia escolar (o para hablar en positivo, los programas para favorecer y/o mejorar la convivencia en los centros educativos), no puede ser abordado de forma unidimensional, ni recurriendo a recetas o parches, sino que exige un abordaje sistémico, ecológico, interdisciplinar y pluricausal.

Por un lado, la violencia escolar (de alumnos frente a profesores, de profesores frente a alumnos, de alumnos entre si…) depende del individuo, de sus conflictos internos, de sus problemas psicológicos y personales, de sus dificultades de relación… Pero por otro, la violencia escolar está conectada a la cultura envolvente y a las estructuras de nuestra sociedad, a la influencia del grupo, al papel de la familia, de la escuela, de las pantallas, de los medios de comunicación y de la sociedad en general…

La sociedad en que vivimos rezuma violencia y agresividad, una violencia que impregna todos los ambientes, estructuras e instituciones en que se mueven nuestros niños y jóvenes, entre las que a nosotros nos interesa destacar aquí la institución escolar, cuyo curriculum oculto está contaminado por la violencia estructural y cultural. Desde esta perspectiva, la violencia personal (física, verbal o moral), cada vez más presente en las aulas, no es otra cosa que la respuesta, emitida en eco por el sistema escolar, de la violencia cultural y estructural, de una violencia que dimana de todo tipo de injusticias (sociales, económicas, de género, jurídicas, raciales…), una violencia que causa muchos daños a nuestros niños, adolescentes y jóvenes y que actúa, en palabras de Galtung, como un obstáculo invisible que explica el diferencial existente entre el nivel de autorealización real de las personas y de los grupos humanos y su nivel de autorealización potencial.


Referencia completa de la monografía

José Emilio Palomero Pescador, Martín Rodríguez Rojo y María Rosario Fernández Domínguez (Coordinadores) (2002). La formación del profesorado ante el fenómeno de la violencia y convivencia escolar. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 44, 287 pp. (Pulsar aquí para acceder al texto íntegro de la misma).


Agresividad, violencia y conflicto

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Agresividad, violencia y conflicto

«Cómo voy a creer, dijo el fulano, que el mundo se quedó sin utopías.
Cómo voy a creer que la esperanza es olvido. O que el placer una tristeza.
Cómo voy a creer, dijo el fulano, que el universo es una ruina, aunque lo sea.
O que la muerte es el silencio, aunque lo sea.
Cómo voy a creer que el horizonte es la frontera, que el mar es nadie,
que la noche es nada…» (Utopías, Mario Benedetti)

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Tras este hermoso poema de Mario Benedetti,  resaltamos que el ser humano es un ser sumamente complejo, cuyo comportamiento exige explicaciones interdisciplinares, multifactoriales y pluricausales. No en vano somos hijos de nuestros genes y producto de los circuitos neuronales que pilotan el control de nuestro organismo, a la vez que fruto de los procesos dialécticos de la historia y la cultura; hijos, por tanto de los ambientes pasados de adaptación de la especie, y a un mismo tiempo de los contextos actuales (geográficos, políticos, jurídicos, económicos, tecnológicos, religiosos, familiares, escolares, sociales…) en los que nace y crece cada ser y grupo humano concreto. Somos, ya desde niños, máquinas especializadas en procesar información, así como pequeños científicos que construimos teorías explicativas de la realidad; y a la vez, el resultado permanentemente inacabado de nuestra experiencia, de procesos de condicionamiento, de refuerzos y castigos, de aprendizaje por imitación de modelos...


Somos, también, fruto de nuestras propias expectativas y de nuestros pensamientos, motivaciones y creencias. Y somos, además y al mismo tiempo, hijos de nuestros propios fantasmas inconscientes, que impulsan de forma dinámica y dialéctica nuestro propio destino desde el poder oculto y silencioso del eros y el thanatos, del placer y la realidad y de los conflictos internos entre nuestro ello, yo y super-ego, que tan ocultos como presentes, soterrados bajo el tippex de la censura, dan cuenta cabal de nuestra historia personal y colectiva y dirigen en buena medida nuestra existencia.


Y somos, finalmente, el resultado de múltiples mecanismos y procesos de comunicación, cuyas raíces más primitivas se insertan en la necesidad de relación y de afecto que tiene el ser humano desde su nacimiento, explicitado en primera instancia a través del diálogo corporal y emocional que mantiene el niño con su madre durante los procesos de maternaje, allá en los albores de la infancia, una experiencia radical y primitiva que predestina al ser humano al entendimiento, a la comunicación y al diálogo.


Tan solo desde esta complejidad (teniéndola en cuenta) se pueden abordar con rigor los fenómenos de la agresividad y de de la violencia humanas. 


La agresividad no es otra cosa que esa fuerza natural y en principio positiva que hace posible que los seres humanos luchen por la vida, se esfuercen en ser profesionales competentes, busquen el logro, tengan afán por superar las dificultades de la existencia, o se nieguen a creer, parafraseando a Benedetti, que el mundo se quedó sin utopías, que la esperanza es olvido, que el mundo es una ruina, que el horizonte es la frontera o que la muerte es el silencio...


La agresividad (su fuerza positiva) permite que los seres humanos tengan el coraje suficiente como para comprometerse con el prójimo y con la vida, para luchar por la justicia y contra el (des)orden perturbador en que vive inmerso nuestro mundo, pletórico de desigualdades que matan, de corrupción, de estructuras socioeconómicas, políticas, jurídicas, relacionales y convivenciales injustas… De irracionalidad en una palabra, pues no en vano «Este sistema, que ya enloqueció a las vacas, está enloqueciendo a la gente», como señalaba con ironía y gracejo, en Porto Alegre, el argelino Ahmed Ben Bella. 


Podemos afirmar, por tanto, que la agresividad forma parte de la rueda de la vida, de una vida que es fundamentalmente acción, movimiento, dialéctica, conflictividad, lucha de opuestos… de los que surgen el cambio, el desarrollo y el crecimiento, de manera que los conflictos son consustanciales a la naturaleza humana y, por ende, no solo inevitables sino también necesarios.


En consecuencia, el problema no está en los conflictos, sino en la forma en que éstos se resuelven, cuestión que nos permite abordar el segundo de los conceptos que hace un momento enunciábamos, el concepto de violencia. 


El ser humano tiene una serie de armas muy poderosas para resolver los conflictos y para favorecer así la convivencia pacífica. Dispone del lenguaje, de la capacidad de negociación, de la racionalidad comunicativa… Como dicen los etólogos modernos (EiblEibesfeldt), los conflictos implícitos a cualquier conducta agresiva pueden ser resueltos, en el caso de los humanos, mediante la negociación verbal. O como ha señalado recientemente Geen, los seres humanos podemos no actuar de forma violenta, incluso cuando todo predispone a la agresión, puesto que podemos interpretar y evaluar las situaciones y solucionar de mejor forma los problemas o conflictos planteados. O más sencillo aún, hablando se entiende la gente, como reza el dicho popular. 


Ahora bien, aunque los conflictos se pueden solventar desde la racionalidad comunicativa y la negociación verbal, los seres humanos los intentamos resolver con excesiva frecuencia recurriendo a la violencia en cualquiera de sus manifestaciones, a la fuerza bruta, a la agresión física, verbal o moral, a la imposición, a la arbitrariedad, al autoritarismo, al control de las conciencias, a la humillación, al linchamiento… 


A decir verdad la violencia nos viene de lejos. Llevamos maltratándonos al menos 36.000 años, como se desprende del reciente estudio del cráneo de un joven Neanderthal (el hombre de Saint Césaire), realizado por Christoph Zollikofer y otros paleontólogos de la Universidad de Zurich y publicado en la revista «Proceedings», estudio que viene a demostrar la existencia de violencia (hay otras muchas evidencias al respecto) entre los primeros pobladores de Europa. 


Y esta violencia, ya presente en los albores de la historia de nuestra especie, y que no es más que el resultado final de una mala resolución de los inevitables y necesarios conflictos humanos, presenta hoy, en palabras de Galtung, un triple perfil: 


1) El de la violencia personal (física, verbal o moral), la violencia de quien hace la guerra, mata, causa daños o acosa…


2) El de la violencia estructural, esa violencia sutil y envolvente que ejercen las instituciones y las estructuras sociales, la economía, las leyes…


3) La violencia cultural, la que anida invisible y sibilinamente en el pensamiento único, en la presentación fragmentaria de hechos, informaciones y conocimientos, en la desinformación o en la mentira, en la corrupción, en el autoritarismo, en la cultura del terror y del miedo, o en la legitimación del poder antidemocrático… 


Y así la violencia, que en ocasiones tiene un carácter abierto y personal y que en otras habita bajo la neblina de las estructuras y de la cultura, está presente en todas partes, en las calles, en los medios de comunicación, en las pantallas de la televisión, el cine, internet y las videoconsolas, en la economía y en los mercados, en las leyes, en los gobiernos, en las fuerzas de orden público, en los ejércitos, en las familias, en las aulas… 


Y son estos mismos perfiles de la violencia en general los que ofrece la violencia escolar, presente en sus cuatro grandes esferas de actividad: 


1) En el microsistema: el aula, el escenario concreto en que se produce el aprendizaje escolar.


2) En el mesosistema: el centro y su proyecto curricular.


3) En el exosistema: la administración educativa.


4) En el macrosistema: el sistema envolvente, la sociedad, los valores, la cultura global. 


Por ello el problema de la violencia escolar (o para hablar en positivo, los programas para favorecer y/o mejorar la convivencia en los centros educativos), no puede ser abordado de forma unidimensional, ni recurriendo a recetas o parches, sino que exige un abordaje sistémico, ecológico, interdisciplinar y pluricausal. 


Por un lado, la violencia escolar (de alumnos frente a profesores, de profesores frente a alumnos, de alumnos entre si, de los alumnos frente al sistema…) depende del individuo, de sus conflictos internos, de sus problemas psicológicos y personales, de sus dificultades de relación… 


Pero por otro, la violencia escolar está conectada a la cultura envolvente y a las estructuras de nuestra sociedad, a la influencia del grupo, al papel de la familia, de la escuela, de las pantallas, de los medios de comunicación y de la sociedad en general… 


La sociedad en que vivimos rezuma violencia y agresividad, una violencia que impregna todos los ambientes, estructuras e instituciones en que se mueven nuestros niños y jóvenes, entre las que a nosotros nos interesa destacar aquí la institución escolar, cuyo curriculum oculto está contaminado por la violencia estructural y cultural. 


Desde esta perspectiva, la violencia personal (física, verbal o moral), cada vez más presente en las aulas, no es otra cosa que la respuesta, emitida en eco por el sistema escolar, de la violencia cultural y estructural, de una violencia que dimana de todo tipo de injusticias (sociales, económicas, de género, jurídicas, raciales…), una violencia que causa muchos daños a nuestros niños, adolescentes y jóvenes y que actúa, en palabras de Galtung, como un obstáculo invisible que explica el diferencial existente entre el nivel de autorealización real de las personas y de los grupos humanos y su nivel de autorealización potencial.

Fuente: José Emilio Palomero Pescador y María Rosario Fernández Domínguez (2002). La formación del profesorado ante el fenómeno de la violencia y convivencia escolar. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 44, 2002, 15-35.