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Las Reformas en la Formación Inicial del Profesorado. ¿Pero cuáles son los buenos saberes de las buenas maestras? (Jaume Martínez Bonafé)





Las Reformas en la Formación Inicial del Profesorado. ¿Pero cuáles son los buenos saberes de las buenas maestras? 

Reforms in Initial teacher training.  However, what represents good knowledge for good female teachers?

Jaume Martínez Bonafé

El presente artículo, cuyo autor es Jaume Martínez Bonaféforma parte de una monografía titulada "La educación… de nuevo tarea urgente en el capitalismo neoliberal", coordinada por Eduardo Fernández Rodríguez y José Luis Villena Higueras. Se publica en el número 78 (27.3) Diciembre 2013, de la "Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado (RIFOP). Continuación de la Revista de Escuelas Normales", actualmente en imprenta.

RESUMEN: Se realiza un análisis sobre la situación actual de los planes de estudios en los Grados de Educación, tras la reforma del EEES con el proceso de Bolonia, apostando por la necesidad de generar un verdadero debate social acerca de la estructura, contenidos y finalidades de la formación inicial en la universidad. La segunda parte del trabajo muestra algunos principios de procedimiento hacia los que orientar el trabajo en las instituciones de educación superior, algunos de los cuales nos hablan de la necesidad de educar en la mirada, la escucha, el aprendizaje del deseo, el cultivo de la pedagogía crítica, etc.

PALABRAS CLAVE: formación inicial del profesorado, saber profesional, pedagogía crítica, política educativa

ABSTRACT: An analysis of the current situation of the curricula in degrees in Education, following the reform of the EHEA through the Bologna process, is conducted, relying on the need to create a real public debate about the structure, contents and objectives of initial training at university. The second part of the paper shows some procedural principles to guide the work of higher education institutions, some of which explain the need to educate the looking, the listening, the learning of desire, the cultivation of critical pedagogy, etc.

KEY WORDS: initial teacher training, professional knowledge, critical pedagogy, educational policy


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Sobre la importancia de un verdadero debate social

Las implicaciones y consecuencias de las decisiones que toman las Administraciones para el desarrollo cultural y educativo de los pueblos, son bastante más importes de lo que pueda parecer a simple vista, o miradas de un modo puntual, sin memoria ni perspectiva histórica. A menudo estas decisiones se disfrazan con argot técnicos y de especialización profesional, de manera que la cuestión aparezca a los ojos del ciudadano como un problema de los expertos. Quizá por eso no sorprenda tanto el escaso eco social de decisiones políticas como los cambios o reformas de la formación inicial de los maestros y maestras de Infantil y Primaria y del profesorado de Secundaria y Bachillerato. Habrá que reconocer que sorprende un poco más la escasa preocupación que esta cuestión merece entre los propios profesores, sus asociaciones profesionales, y las organizaciones sindicales. Parecería que el problema de la formación es casi de exclusiva preocupación de la institución universitaria encargada de impartir / vender los títulos académicos, en el interior de una dinámica institucional claramente corporativa: ¿cuánto más me dan o cuánto más me quitan de mi área de conocimiento o disciplina para dártela o quitártela a ti? Por ese camino y con esos niveles de preocupación no es extraño que perdamos el tren de un cambio que acuda a la raíz, un cambio en profundidad, necesario y urgente (1).

Por eso, la primera cuestión a reivindicar en el proceso de revisión de los títulos de la formación inicial del profesorado es un amplio y bien organizado debate social y profesional. Los ciudadanos y ciudadanas, los profesionales de la educación, los formadores del profesorado, tienen derecho a conocer y dar a conocer sus criterios y deseos sobre qué conocimiento y competencia profesional requiere la función docente. Ese debate no es exclusivo de los “expertos” y menos todavía puede depender de las ocurrencias tecnocráticas de una agencia externa a las Universidades y el Ministerio: la ANECA, una fundación creada a la luz del discurso de la convergencia europea y, según mi punto de vista, con una clara hegemonía de la concepción neoliberal de la función de las universidades(2).

Junto a la reivindicación de un amplio debate social, no es ocioso reclamar la seriedad y el rigor que éste merece. Nuestros años de democracia formal han producido suficientes ejemplos de la perversión de los procesos de participación social. La Ley Orgánica de Educación empezó con consultas a través de Internet y acabó con decisiones que nada tuvieron que ver con el proceso iniciado, negociaciones individuales entre responsables de grupos parlamentarios, privadas o televisadas según conviniera, con la guinda añadida del cambio inmediato de la ministra responsable de la Ley una vez fue aprobada. Y la actual propuesta de LOMCE es el mejor ejemplo de la indiferencia gubernamental a la crítica y movilización profesional y ciudadana.


En el Espacio Europeo de Educación Superior

En el año 1999 se reunieron en la ciudad de Bolonia los ministros de educación de 31 estados europeos y firmaron una Declaración por la que cada país se comprometía a iniciar un proceso de reformas que culminó en el 2010 con la creación de un Espacio Europeo de Educación Superior que armonizara los sistemas universitarios europeos de manera que todos ellos tengan una estructura homogénea de títulos de grado y postgrado, es decir, una misma valoración de la carga lectiva de los estudios, cursos, asignaturas, calificaciones y una estructura de titulaciones y formación continua fácilmente compatible por todos los estados miembros. La explicación que de esta iniciativa se dió en la Unión Europea tenía que ver con la compatibilidad y flexibilidad para facilitar a estudiantes y titulados una mayor movilidad profesional, además de intentar dotar al sistema universitario europeo de niveles superiores de competencia, transparencia y calidad. A estas alturas, no puede ser objeto de este texto la discusión de aquella propuesta, de sus efectos discursivos o sus vínculos con la hegemonía neoliberal en Europa, pero vale la pena consultar al respecto el trabajo de César Cascante (2010).

Más allá de las venturas o desventuras de la idea original y su proceso, la cuestión que pretendo subrayar aquí es que la propuesta del Espacio Europeo de Educación Superior nos estaba demandando posiciones concretas en relación con los perfiles profesionales de los futuros profesores de la Enseñanza Infantil, Primaria y Secundaria. Y si hubiéramos acertado a no restringir el debate a las directrices de la ANECA y las inspiraciones y pautas marcadas por el Proyecto Tuning, la reforma de las titulaciones hubiera sido una nueva oportunidad para conducir el debate sobre el Magisterio hacia las cuestiones de raíz. Sin embargo, una vez más nos quedamos en la superficie formal y administrativista de la formación de profesores. Es decir, más de lo mismo.


Las puertas que se abrieron y las que se cerraron

a)    Sobre la titulación.

En primer lugar, la Construcción del Espacio Europeo de Educación Superior unificó nuestras licenciaturas y diplomaturas en un título único llamado “grado”, con una duración de cuatro años de estudio. Esto nos aproximó a una vieja reivindicación del Magisterio, al que se mantenía en tres años de Diplomatura frente a los cinco años de otras licenciaturas que intervenían en educación. Pero además, suponía la oportunidad técnica y política de reconocer una titulación única de Educación, con todos los itinerarios formativos diferenciados que requieran las nuevas demandas sociales y profesionales, y las propias regulaciones del sistema educativo. Una oportunidad frustrada, a estas alturas del proceso. Al tiempo, por la unificación del título nos aproximaríamos también a una antigua, histórica y parece que olvidada reivindicación del movimiento pedagógico progresista en los años de la transición a la democracia: el tronco único de enseñantes, con una misma titulación, una misma categoría laboral, igual reconocimiento e igual valor de cambio de la fuerza de trabajo. Otra aproximación frustrada. En la actualidad, algunos países de nuestro entorno más cercano gozan de una formación docente unificada, con un nivel de certificado equivalente desde la maternal hasta la universidad.

Sin embargo, nada de esto ocurrió en nuestro país. Frente a esa oportunidad, jurídicamente posible, los debates y documentos vertidos indicaban la voluntad de acentuar y mantener la división y pluralidad de titulaciones, en un mapa que se corresponde bien poco con las demandas reales del mercado de trabajo y con el funcionamiento real de los servicios sociales públicos relacionados con el derecho a la educación. ¿Porqué mantener la división social y académica entre el Maestro de Infantil y Primaria y el Profesor de Secundaria? ¿Existe alguna razón, que pueda fundamentarse desde la Pedagogía, para mantener esta histórica escisión? Finalmente, los primeros se quedaron con el “grado”, mientras que los segundos requieren un “master”, una vez alcanzado el grado en alguna titulación académica. O sea, en términos estructurales, algo muy parecido a lo que ocurría antes de las reformas de títulos, con aquel invento del CAP (Curso de Actualización Pedagógica) tan denostado por todos, y cuyas consecuencias están padeciendo millares de jóvenes cada día en los Institutos de Secundaria.

b)    Sobre el contenido y estructura de la formación

Podríamos pensar que este “master” que están cursando los futuros profesores de la Enseñanza Secundaria es una oportunidad para cualificar pedagógicamente a aquellos graduados que han tenido la oportunidad de una buena formación en su particular rama de especialización disciplinar (Ciencias, Filología, Arte, etc.) pero tienen escasa competencia en cómo interpretar los comportamientos y deseos de un adolescente, de cómo entender la presión institucional y la tradición académica de un Instituto, del funcionamiento y las culturas específicas de una organización de padres y madres, del sentido estratégico de la planificación docente, del análisis sobre los materiales curriculares elegidos para la enseñanza, de la complejidad cultural y las relaciones de poder que se cruzan en un claustro de profesores o el tiempo de trabajo requerido en la fase pre-activa a la excursión de final de curso. Podríamos pensar, igualmente, que esta es una buena oportunidad para revisar la relación entre la teoría y la práctica en la propia formación inicial –por ejemplo, menos profesores universitarios dictando apuntes inconexos y más prácticas y más saberes de los que están todos los días aprendiendo reflexivamente desde las situaciones de su propia experiencia práctica Pues tampoco ha sido así. Las tendencias en el discurso hegemónico de la formación, se centran en la formación inicial en la disciplina curricular y su didáctica específica, en detrimento de todo un complejo saber pedagógico y didáctico necesario para el ejercicio de la profesión. Y con pocas oportunidades efectivas para aprovechar el conocimiento práctico del maestro de escuela o el profesor de instituto con años de experiencia y reconocido perfil innovador entre sus colegas.

Pero además, ¿cuál puede ser el fundamento de un modelo diferenciado de formación para quienes van a trabajar en el sistema educativo en los ciclos y etapas del periodo de la escolarización obligatoria? El mantenimiento de ese modelo diferenciado o dual de formación responde más a una vieja tradición política y académica basada en la reproducción social de la desigualdad a través de un enfoque o diseño propedéutico del sistema, pero no tiene fundamento pedagógico. Y refuerza una vieja cultura profesional de enfrentamiento corporativo entre el profesorado de escuela y el de instituto. Si no conseguimos modificar sustancialmente la situación actual, tanto en la estructura como en el contenido de la formación, si no se avanza hacia un modelo único de formación pedagógica, nos quedamos con cambios formales e insignificantes con muy poca incidencia en la práctica real que, como todos los estudios vienen apuntando, es de fracaso absoluto de esa formación en el profesorado de secundaria, nutrido de licenciados, ahora grados, en cuyo curriculum estudiantil no vislumbraron jamás la posibilidad de una futura actividad profesional docente.

Tampoco se puede avanzar significativamente si la supuesta decisión epistemológica sobre la estructura y contenido de la formación del futuro docente –desde Infantil hasta Secundaria – se traduce en la práctica en un reparto de créditos entre las diferentes áreas de conocimiento de la institución universitaria. Y este reparto a su vez se identifica con las tradicionales materias impartidas por cada Departamento universitario. Las consecuencias de esta forma de proceder para el resultado final de los Planes de Estudio las conocemos sobradamente: homogeneización administrativa más preocupada por la distribución horaria que por la experimentación de nuevas posibilidades o por la transformación coherente con las teorías e investigaciones sobre la construcción del conocimiento profesional práctico; separación disciplinar dura aderezada en algunos casos con creativos inventos sobre la optatividad y escasa posibilidad de integración de saberes complejos a caballo de diferentes materias; imposibilidad o escasa posibilidad de escapar del marco institucional que administra el Plan de Estudios para acudir a otros ámbitos y recorridos culturales y profesionales. Esta forma de segmentación institucional de la formación repercute posteriormente de un modo negativo sobre la formación continuada del docente. Y finalmente, algo que a estas alturas debería sonrojar, y es soportar el Plan de Estudios sobre aquella creencia positivista de la separación teoría-práctica que deja los estudios de la formación inicial del profesorado como un saber técnico aplicado desde las ciencias fundamentales. La propia idea de la separación entre disciplinas teóricas, disciplinas técnicas y disciplinas prácticas y experimentales, y que el orden cronológico de la formación tiene que ver directamente con esta jerarquía y fragmentación disciplinar, está en la base del actual modelo hegemónico de Planes de Estudio.

Otro aspecto fundamental es preguntarnos por la relación entre la formación inicial y el desarrollo de la carrera docente. ¿En qué perspectiva se sitúa esta fase inicial de la formación en relación con el discurso de la formación a lo largo de la vida? Y más específicamente, si esta es la fase de partida de un proceso que sabemos continuado y permanente, debería explicitarse en relación con el programa total que a su vez debería vincularse a la concepción de la carrera profesional de la docencia. Pero todos sabemos que la tendencia histórica es la contraria: por un lado un modelo de formación inicial que tanto la investigación como la propia experiencia docente reconocen como insuficiente y poco operativa, y por otro lado un modelo de formación permanente indefinido y dependiente del diseño de las administraciones, con escasa o nula vinculación universitaria, y ahora mismo asfixiado bajo el tsunami neoliberal de desmantelamiento de toda oferta pública.

c)  Sobre el profesorado formador

Es obvio que la titulación de todo el profesorado debe ser universitaria, un avance histórico relativamente reciente en el que nos acercábamos a muchos otros países. Pero la formación inicial (y también la permanente) requiere la intervención de ámbitos institucionales distintos y de formadores que actúan en esos diferentes ámbitos. Reducir esta necesidad formativa a un simplificador esquema que divide teoría y práctica dejando la primera en la Universidad y la segunda en los periodos de prácticas con la tutorización de profesores en ejercicio, es no entender o no querer enfrentarse a ese requerimiento inicial basado en la complejidad y pluralidad de saberes y experiencias puestas en juego en la construcción del conocimiento profesional. En primer lugar sería necesario constituir una red colaborativa entre diferentes ámbitos formativos: la universidad, la escuela y otros servicios, agentes, redes y organizaciones implicadas en la educación; y en segundo lugar, debería reconocerse la competencia formativa de maestros y profesores de secundaria al mismo nivel que los profesores universitarios. Y en ningún caso, la participación en la formación inicial de los buenos docentes en ejercicio en Primaria o Secundaria debería suponer un incremento de tiempo y tareas laborales, sino una redistribución de su carga laboral. Finalmente, el acceso y contratación de este profesorado debería regirse por los mejores mecanismos de control público y garantía de competencias de que se doten las instituciones convocantes del concurso. El perverso uso actual de la figura de "Profesor Asociado" hace sonrojar a cualquier "profesional de reconocido prestigio" que quiera colaborar en la Educación Superior.

Podríamos continuar elaborando hipótesis sobre las puertas que se cierran y las oportunidades que, una vez más, estamos perdiendo. Conviene recordar lo que la historia de las reformas de los planes de estudio nos viene enseñando: dejar exclusivamente en manos de las universidades el diseño de la formación inicial es asumir que nada va a cambiar significativamente en la formación real del profesorado. Un torpedo más apuntando a la línea de flotación de la educación y la universidad pública. ¿Estamos a tiempo de exigir una oportunidad diferente? Quizá sí, pero no nos sobra un solo día.


¿Y quÉ deberíamos sugerir que aprendieran los futuros profesores?

Hace unos años, en pleno proceso del llamado Plan Bolonia, la Universidad de Girona inició un sencillo pero interesante, intenso y bien pensado debate social sobre el diseño de los nuevos títulos de grado de Magisterio. A petición de los dinamizadores de ese debate, tuve oportunidad de escribir unos apuntes a propósito de las competencias profesionales de los futuros docentes. Poco más tarde fui llamado por El Consejo Escolar del Estado para discutir, en plena fiebre del diseño por competencias, sobre las nuevas competencias en las que deberían formarse los docentes. De nuevo recurrí a esos apuntes que, en gran medida se fundamentaban en la observación y análisis de lo que había conocido y aprendido en las aulas de maestras amigas, con un claro reconocimiento entre sus colegas por el fomento de buenas y renovadoras prácticas. Recupero aquí lo que entonces propuse. Intencionalmente he procurado escapar de las categorías académicas y disciplinares con las que habitualmente se identifica la formación del docente. He procurado escapar de esas categorías, también como ejercicio intelectual para que en el proceso de nombrar de otra manera podamos intuir nuevas y diferentes posibilidades formativas menos ancladas en la tradición académica de los listados de materias. ¿Qué es entonces lo que debería ser capaz de hacer una maestra o un maestro, un profesor o profesora de Secundaria, cuando empiezan a trabajar en la escuela o el Instituto?  

1. Tener educada la mirada

Para a poder identificar lo particular, lo concreto, lo diferente y único en el mundo plural del sujeto-clase (o aula) colonizado por relaciones sociales que tienden a la homogeneización, al etiquetaje y al pensamiento único y excluyente. En las instituciones de formación del profesorado no nos enseñan a mirar, porque hay ya un estándar prefijado, una idea preestablecida de lo que nos vamos a encontrar.

En mis clases he desarrollado un Taller que titulo Educar la Mirada, cuya finalidad es aprender a mirar la complejidad de la vida cotidiana en un contexto urbano. El ejercicio requiere activar la capacidad de observación, discriminación, interpretación y análisis sobre fenómenos, objetos, sujetos, comportamientos, procesos y realidades que se muestran en el pasear de la calle y los entornos asociados. Es la misma idea del “flaneur” del que hablaba Baudelaire y que recupera magistralmente Walter Benjamin en esa inmensa catedral inacabada que es el Libro de los Pasajes. Aquel sujeto que deambula por la ciudad sin rumbo fijo, el que pasea sin saber a dónde va curioseando aquí y allá sin un rumbo u objetivo prefijado, perpetrando un callejeo ocioso. El territorio urbano es para él, objeto de una mirada distinta, extraviada, que contempla objetos y situaciones antes no imaginados. Así, el mismo Baudelaire refleja su experiencia de paseante-observante en su poema “A una transeúnte”:

La calle atronadora aullaba en torno mío.
Alta, esbelta, enlutada, con un dolor de reina
una dama pasó, que con gesto fastuoso
recogía, oscilantes, las vueltas de sus velos,
Agilísima y noble, con dos piernas marmóreas.

De súbito bebí, con crispación de loco.
Y en su mirada lívida, centro de mil tornados,
el placer que aniquila, la miel paralizante.
Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza
cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer.

¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás?
¡En todo caso lejos, ya tarde, tal vez nunca!
Que no sé a dónde huiste, ni sospechas mi ruta,
¡Tú a quien hubiese amado. Oh tú, que lo supiste!


Cuando comento en el aula este poema subrayo la extraordinaria capacidad del poeta para construir, de un instante, de un cruce efímero de miradas, de una situación volátil e irrepetible, todo un complejo mundo de pasión y sentimientos, de deseo y proyección de subjetividades. Y creo que esa capacidad – vamos a llamar poética –  ha de estar de alguna manera presente en el educador: el que saber mirar, el que interpreta y construye desde un pensamiento situado, el que pone el cuerpo en el empeño porque sabe que no hay conocimiento que valga si no se entraña en la experiencia personal.

2. Saber escuchar

Porque estamos tan acostumbrados a hablar que nos resulta muy difícil callar para poder identificar las voces diversas y disonantes, de los otros. Pero también, porque estamos tan acostumbrados a hablar desde fuera de nosotros mismos, desde un discurso ya constituido y ordenado, que se nos olvidó escuchar nuestro propio interior, buscar en nuestra propia identidad, recuperar la gramática de nuestra propia experiencia.

¿Cómo aprendemos a escuchar a ese niño que nunca habla? ¿Cómo aprendemos a escuchar a esa niña que nos está diciendo con su modo de estar en el aula, de sentarse, de moverse, de mirarnos y de decirnos con su mirada? ¿Cómo escuchamos los distintos lenguajes, lo simbólico que nos habla? ¿Cómo escuchamos distintas lenguas? ¿Cómo aprendemos a escuchar-nos? Tengo una profesión en la que a menudo practico el arte de la reunión. Sin embargo, vivo la sensación de que, antes que escucharnos, estamos esperando a que guarde silencio el otro para decir la nuestra.

Pablo Freire nos propuso el círculo de cultura. Creo que es una interesante herramienta estratégica para el cultivo de la escucha. Porque en ella se parte de la experiencia vivida y compartida, y se hace de la discusión de esa experiencia un problema de aprendizaje para el análisis interpretativo y crítico, un análisis para el que necesitamos la voz y la experiencia del otro tanto como de la nuestra.

3.- Ser sabia

Que es una hermosa palabra para identificar a la maestra o el maestro capaz de acariciar la pregunta del otro con nuevas preguntas y argumentos para que crezca en ambos el deseo de seguir dialogando. Es algo muy distinto al “experto” disciplinar, que sabe mucho de una cosa pero quizá incapaz de poner ese conocimiento al servicio del crecimiento humano. Fundamentar en el conocimiento científico las buenas prácticas es una condición necesaria que va mucho más lejos de la especialización disciplinar, porque requiere poner en relación saberes distintos con la finalidad de ayudar al desarrollo cognitivo y el crecimiento madurativo de los seres humanos.

Recuerdo un texto de Kant en el que muestra sus preferencias sobre las personas con las que se encuentran para compartir una cena. No prefiere los "expertos", que saben mucho de una sola cosa, sino las personas sabias, que son aquellas que procuran en la conversación el progreso cultural de todos, y esto ocurrirá cuando cada cual pueda reconstruir el diálogo y, más allá de las viandas, "les dé que pensar". Creo, como Kant, que una maestra es una persona sabia cuando conduciendo las conversaciones en el aula facilite que el niño o la niña se marche a casa sintiéndose, él o ella, también un poquito más sabios.

4.- Cultivar la relación educativa como experiencia de amor.

Es ese saber profesional docente que hace que los aprendices corran, movidos por los invisibles hilos del deseo, hacia las puertas del aula. Es saber reconocer al otro, otorgarle autoridad y facilitar que, a pesar de la estatura, las miradas tengan una relación horizontal. Es a su vez un saber profesional animado por un optimismo apasionado hacia los procesos de crecimiento y maduración de los seres humanos.

Durante la campaña de alfabetización en la Nicaragua sandinista, Orlando Pineda hablaba del enamoramiento como una fase primaria y fundamental del proceso alfabetizador. Antes que una cuestión técnica, la enseñanza de la lecto-escritura era una experiencia humana y cultural que necesitaba de un educador con capacidad de enamorar, de hacer crecer en el educando el deseo de una relación que le proporciona conocimiento. La alfabetización, decía Orlando, es un acto de amor.

5.- Ser justo

Es una forma de saber jurídico que vincula la actuación profesional al reconocimiento del derecho universal a la educación. Esa persona pequeñita que interpela al maestro con la mirada es un sujeto de derechos –definidos en la carta constitucional – y, por tanto, la actuación docente deberá ser la respuesta pedagógica a ese derecho. Pero es también una forma de saber que reconoce y analiza críticamente la existencia de una suerte de economía política que pone a cada sujeto que entra en el aula en una relación de injusta desigualdad. Y actúa en consecuencia.

Todos los postulados de las Pedagogías Críticas se asientan en esta cuestión: la educación es un derecho humano que las pedagogías escolásticas pervierten en beneficio de las clases dominantes. El trabajo del educador comprometido con la justicia social, por tanto, tiene ese componente militante de devolver a la educación su verdadero y radical sentido emancipador.

6.- Ser sistemática y crítica

Que es una forma de saber orientado por la pregunta ante las situaciones concretas de la experiencia docente, y formula procesos dirigidos a la investigación, la reflexión y la crítica. Tomo el concepto de sistematización de los proyectos de educación popular, ampliamente desarrollados en Latinoamérica. La cuestión es convertir la experiencia docente en un proyecto de investigación-acción colaborativo, del que nacen saberes prácticos de renovación y cambio de la escuela.

Una antigua reivindicación de las Pedagogías Críticas tenía que ver con esta suerte de empoderamiento profesional: la maestra o el maestro con capacidad para pensarse y crear conocimiento práctico desde si, desde las historias y experiencias vividas, desde la reflexión crítica sobre esa experiencia de vida.

7.- Construir desde la creación artística

Es un saber profesional que pone en juego e integra múltiples elementos de la realidad cultural y social en la que inscribe su práctica docente, para revisar y crear nuevas herramientas profesionales y nuevas estrategias de enseñanza y aprendizaje. Este principio se aleja, por tanto, de toda pretensión de prefijar y estandarizar una práctica profesional que, en cada momento y en cada lugar, se nutre de experiencias socio-culturales diferentes y deber responder, desde la capacidad creativa, a esas diferencias y particularidades.

En cierta ocasión leí una columna periodística de Angel Cappa, entonces entrenador del CF Tenerife, con este título: "No pienso, luego juego". Decía que había entrenadores que el lunes por la mañana tenían perfectamente prefijada en la pizarra la estrategia del partido del próximo domingo. Él sabía que en el juego había cuestiones técnicas elementales que uno aprende de niño dando patadas a las piedras. Pero el juego requiere de una forma de creatividad e improvisación de la que debe estar ausente la tecnocracia. En sus argumentos se apoyaba en Freire – luego supe que además de entrenador de futbol era pedagogo – y ponía los ejemplos de Maradona y Guardiola. He utilizado muchas veces en mi clase este texto de Cappa, porque si donde ponía jugador de fútbol yo leía maestro, el argumento me servía para pensar el sentido de la profesión docente.

8.- Identificar las urgencias

El tiempo que dura una escolarización obligatoria es más que suficiente para cambiar irreversiblemente el rumbo de la vida en el planeta. Hay límites y hay urgencias. Mientras nos ocupamos en el número de patas que tiene un saltamontes se nos escapa la posibilidad de educar para la comprensión crítica de un modo de vida que destruye la vida –incluida la del saltamontes-. El aula es un laboratorio en el que se aprende a identificar y problematizar. Y a tomar opciones y a buscar soluciones en lo concreto.

En los proyectos curriculares en los que he trabajado con los Movimientos de Renovación Pedagógica ha habido siempre un debate a fondo sobre nuestras urgencias: la radicalización de la democracia, la sostenibilidad y una relación solidaria con la tierra, el reconocimiento de las diferencias (culturales, étnicas, de opción sexual, lingüísticas,...) y, desde luego, una didáctica crítica coherente en el aula con lo que se pretende en la sociedad.

9.- Aprender desde la cooperación

El saber práctico del docente exige relaciones horizontales y procesos colectivos de diálogo y aprendizaje profesional. No son exigencias ni titulaciones individualizantes las que ayudan en el proceso permanente de seguir aprendiendo y mejorando la profesionalidad docente. Al contrario, es en el contexto de la escuela, problematizando nuestras prácticas, en una relación dialógica con nuestras colegas, donde encontramos saberes teóricos y prácticos que ayudan en la comprensión de las dificultades para el cambio y alimentan estrategias de acción. Es un saber que reconoce la complejidad de la vida en el aula y la escuela, y pone en crisis el aislamiento, la separación y el tecnicismo individualista para la resolución de los problemas educativos.

Yo encontré este espacio en los Movimientos de Renovación Pedagógica y las Escuelas de Verano. Era una feria de posibilidades en la que cada cual regalaba el saber aprendido en su experiencia y se apropiaba de los saberes de los otros. Y he visto recientemente en las asambleas del 15M esa forma de encuentro solidario a la búsqueda de un lenguaje y un saber que me ayude a comprender y actuar en consecuencia.

10.- Valorar la comunidad y la participación.

El trabajo del maestro no es sectorial o corporativo, ni está desvinculado del sistema de relaciones sociales. Por tanto deberá aprender a valorar e impulsar proceso en los que necesariamente están implicados otros miembros o instituciones de la comunidad. El proyecto educativo de una escuela es siempre un proyecto de una comunidad educativa en la que se cruzan relaciones y niveles de participación social muy complejos, que deberán orientarse por relaciones igualitarias, asamblearias, y con un alto nivel de compromiso participativo.

Determinados modelos de gestión urbana, con una clara orientación hacia los presupuestos participativos, como puedo ser el caso de Porto Alegre (Brasil) mostraron el carácter comunitario y participativo que debe tener el proyecto de escuela pública y popular, como proyecto, no solo de "servicio" público, sino de institución creada, pensada, discutida, y decidida por el pueblo. Una escuela -decimos en el contexto discursivo de los MRPs- de todos y todas para todos y todas.

11.- Combatir la alienación de su propio trabajo

La comprensión de la economía política del trabajo docente es otra tarea básica del buen educador. El trabajo de la maestra y del maestro se inscribe en el marco del capitalismo global que regula las formas en que los individuos se relacionan con su actividad productiva, con los productos de esa actividad y con los otros individuos productores. Entender los procesos que regulan el puesto de trabajo docente dota al profesor de estrategias de combate a la alienación de su propio trabajo y le capacita para desarrollo crítico de su autonomía como docente.

12.- Cultivar el deseo

El camino de la profesión docente es largo y sinuoso. El deseo, aquí, es ese estado de ánimo que provoca en el docente la búsqueda permanente de nuevas posibilidades para la innovación y el cambio. Es el cultivo del inconformismo ante la rutina y un discurso ordenado sobre los que es posible y lo que no es posible en la pedagogía. La reconstrucción del conocimiento profesional práctico requiere de la voluntad de la crisis y del reconocimiento de que otra pedagogía es posible. Esta competencia profesional se enraíza en la memoria que recupera como posibilidad de futuro los ejemplos histórico-biográficos de sujetos y movimientos sociales que han abierto nuevos horizontes a la renovación pedagógica.

Es posible una Pedagogía del Deseo. No se me ocurre otra forma de hacerla visible ahora, si no es con un breve apunte de mi propia historia de vida. Siendo adolescente recibí un premio anual de poesía que se otorgaba entre los estudiantes de los diferentes institutos de bachillerato de la ciudad. Había escrito un poema al hombre de la guitarra, ese hermoso cuadro de la época azul de Pablo Picasso. Siempre he creído que aquel premio se lo debo al hecho de haberme enamorado de mi profesora de Literatura. Me encantaba escucharla, aprendía de sus gestos y de la luz que irradiaban sus enormes ojos negros. Daba igual el tema que tratara, yo deseaba que llegara el momento vespertino en que la vería entrar por la puerta del aula. Ponía a circular sus palabras sobre nuestras cabezas y el lenguaje se convertía en placer. También recuerdo –esta es ya otra historia- un día de invierno en el patio de recreo de la escuela de Benissanó. Estaba trabajando con mis alumnos de 8º de Enseñanza General Básica los poetas de la generación del 27. Hablaba de la República, de la Barraca de García Lorca, de la Residencia de Estudiantes, de las Misiones Pedagógicas, en fin, del modo en que la calle se convirtió en un poema pedagógico. Y les hablaba del modo en que su descubrimiento en las librerías de lance durante la aventura de la clandestinidad bajo la dictadura franquista constituyó para mi una de las emociones más intensas y un momento decisivo en mi biografía de compromiso social. Pepín era un chaval poco brillante desde el punto de vista académico. O sea, que su nicho ecológico estaba a bastantes leguas de lo que la escuela le proponía. Pues aquel día en un rincón soleado del patio de recreo Pepín se me acercó y me tendió en la mano una cuartilla doblada y me dijo: ¡quiero ser poeta!. Su rostro estaba encendido, y las miradas, a pesar de la estatura, eran horizontales.

Supongo que se dan Uds. cuenta que no es de poesía de lo que estoy hablando sino de enamoramiento. Poco tiempo después, en la presentación del programa de una Escola d’Estiu de los MRPs le escuché a Maite Larrauri algo de esto. Ella recurría al texto de Roland Barthes (Au seminaire) para hablar de una práctica educativa que no es ni la enseñanza, ni el aprendizaje sino “el maternaje”, utilizando la acepción de Barthes. Decía este autor que cuando un niño está aprendiendo a andar, la madre ni discursea ni se pone a hacer demostraciones; no enseña –teoriza- el modo de andar ni se pone a andar delante del niño: retrocede de espaldas y llama al niño, le incita, le provoca, tejiéndose entre ambos el invisible hilo del deseo. Creo que es una idea genial. Porque, en efecto, nos pasamos la vida –bueno, es un decir, porque a veces parece que pasemos por la vida, pero vivir, no se si la vivimos-; en fin, nos pasamos la vida en la Academia navegando sobre un monótono oleaje de idas y venidas sobre la teoría y la técnica de la docencia, y se nos olvida que es otra la generosa sabiduría de los buenos maestros y de las buenas maestras. Es esa sabiduría que convierte el aula en objeto de deseo, y nos provoca y nos hace buscar en un juego entre el reconocimiento de la originalidad de los cuerpos, de los textos, de las voces. Quizá Barthes hablara del erotismo de la conversación.

Tal vez por eso, cuando ahora sugiero a algunas estudiantes que se acerquen a las aulas donde trabajan mis amigos o mis amigas, les digo: quizá lo de menos sea el programa, el proyecto de trabajo, el contenido concreto de esa práctica. Lo importante es vivir con quienes os han querido abrir la puerta de su propia complejidad para que caminéis hacia la construcción del saber pedagógico apoyados en esos invisibles hilos del deseo.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


BENJAMIN, Walter (2005) Libro de los Pasajes. Madrid, Ediciones AKAL.

CASCANTE, César (2011) "¿Refundar Bolonia? Un análisis político de los discursos sobre el proceso de creación del espacio europeo de educación superior". http://www.sc.ehu.es/sfwseec/reec/reec15/reec1506.pdf

MARTÍNEZ BONAFÉ, Jaume (2012) "Enseñar en la Universidad Pública. Sujeto, conocimiento y poder en la Educación Superior", Revista Aula de Encuentro. Universidad de Jaén. Número Especial /2012. pp. 3952.

SANTOS, Boaventura de Sousa (2004) La Universidad en el siglo XXI. Para un reforma democrática y emancipadora de la Universidad Buenos Aires, Miño y Dávila.

SANTOS, Boaventura de Sousa (2010) "La universidad europea en la encrucijada". El Viejo Topo, nº 54 pp. 47-55




(1) Un elaborado análisis sobre los procesos crecientes de crisis de legitimidad de la institución universitaria puede verse en SANTOS, B. de Sousa (2004; 2010).

(2) He desarrollado una crítica en profundidad a los derroteros neoliberales de las universidades en mi texto: "Enseñar en la Universidad Pública. Sujeto, conocimiento y poder en la Educación Superior", publicado en Revista Aula de Encuentro. Universidad de Jaén. Número Especial /2012. pp. 3952. Puede consultarse pulsando aquí 

Reflexiones críticas y autocríticas sobre Pedagogía Crítica (Paz Gimeno Lorente, Fedicaria-Aragón)
































Ofrecemos seguidamente uno de los trabajos que se publican en la misma: Reflexiones críticas y autocríticas sobre Pedagogía Crítica (Critical and self-critical reflections on Critical Pedagogy), cuya autoría corresponde a Paz Gimeno Lorente, Fedicaria-Aragón (*).


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Resumen: 

En este breve texto, hemos querido exponer la visión que, desde Fedicaria-Aragón, tenemos sobre la situación actual del pensamiento crítico en nuestro sistema educativo. En torno a esta cuestión, se han generado algunas falacias que deseamos apuntar, ya que una educación crítica no puede desarrollarse nunca en un contexto escolar apoyado sobre unos valores hegemónicos que contradicen la finalidad de formar a unos ciudadanos críticos y rebeldes frente a las situaciones de injusticia. En este texto señalamos algunos de los condicionantes que socavan esta orientación escolar crítica, desde los que corresponden a un sistema educativo colonizado por el sistema económico, hasta los bucles político-educativos que han entrelazado una ideología seudo-progresista y una práctica neoconservadora, y que, en la actualidad, han derivado en una “plana” realidad capitalista. A pesar de ello, desde Fedicaria, pretendemos mantener una “resistencia” crítica minoritaria, espacio simbólico donde se ubica el germen de los cambios sociales.

Palabras clave: Pedagogía Crítica, Didáctica Crítica, Pensamiento crítico


Abstract:

In this brief paper we outline the perspective that we have in Fedicaria-Aragón on the current situation of critical thinking in our education system. We would like to point out some of the fallacies that have been created around this issue, since critical education cannot develop in a school context that rests on hegemonic values that contradict the goal of educating citizens who are critical and rebellious to injustice. In this paper we highlight some of the determining factors that undermine this critical school orientation, from those that correspond to an education system colonized by the economic system to the political-educational loops that have intertwined a pseudo-progressive ideology and neoconservative practices. These factors have resulted in a “flat” capitalist reality. In spite of this, from Fedicaria, we aim at keeping a minority critical “resistance”, a symbolic space where the seed for social change can be found.

Keywords: Critical Pedagogy, Critical Didactics, Critical thinking



Introducción: Hablemos sobre falacias ¿Y si utilizamos el pensamiento crítico?

Si nos planteáramos realizar un balance sobre el desarrollo y difusión de la Pedagogía Crítica en España en los últimos treinta años, desde la distancia que nos proporciona el tiempo transcurrido y la experiencia vivida como profesores (“observadores participantes”), tendríamos ineludiblemente que adoptar una mirada crítica y autocrítica –la misma que propugna la Pedagogía Crítica- sobre nuestra realidad contextual y sobre los supuestos sobre los que apoyábamos nuestras expectativas y proyectos.

Para empezar deberíamos cuestionar si el punto de partida donde ponemos nuestra mirada diacrónica es el adecuado, es decir, si considerar la publicación de una serie de obras sobre educación crítica (Carr y Kemmis, Grundy, Giroux, Apple, McLaren, Young, etc.) durante la década de los años ochenta del pasado siglo, así como la celebración de determinadas Jornadas sobre Pedagogía Critica organizadas por algunos Dptos. de Didáctica, fueron un hito suficientemente significativo como para considerarlos un punto de referencia en la difusión y aceptación por parte del profesorado de un enfoque pedagógico-crítico.

Dar por válido el supuesto de que los conocimientos que circulan por las redes universitarias o institucionales así como la publicación de algunas obras pedagógico-críticas son suficientes para “penetrar” y “suscitar” un pensamiento crítico sobre la escuela y el currículo entre los profesores y la sociedad en general, nos podría hacer incurrir en algunas falacias que nos parece necesario desvelar y que podrían proporcionar algunas claves explicativas acerca de la poca repercusión de la Pedagogía Crítica en la escuela española:

- La publicación de un texto pedagógico no implica por sí mismo que éste sea recibido ni menos aún incorporado al contexto escolar. Hay que tener en cuenta la doble vía, tan ajenas la una de la otra, del ámbito académico y la vida escolar. Esta desconexión sólo se rompe de forma individual, en casuísticas personales, que no serían significativas a la hora de analizar esta recepción. Por este motivo, no podemos inferir o esperar que, de la difusión de determinada literatura pedagógica, se deriven unas prácticas críticas en las escuelas.

- No debemos olvidar el contexto socio-económico y político propio de los años noventa del siglo pasado. En aquellos momentos, el imaginario social dominante ya estaba impregnado de la ideología neoliberal que hoy resulta hegemónica en nuestro país y nuestra escuela forma parte de estos contextos sociales e ideológicos. Como sostiene Habermas las colonizaciones que el sistema económico ejerce sobre el mundo de la vida desarrollan unas patologías sociales que se ven reflejadas en la escuela (1) (Habermas, 1987. pp. 526-527) y, como han mostrado las investigaciones realizadas sobre el pensamiento del profesor (Zeichner, Popkewitz…, entre otros), los profesores recogen en sus planteamientos teóricos y en sus acciones prácticas los valores sociales hegemónicos. A día de hoy, las propuestas de la LOMCE (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa), que será aprobada previsiblemente a finales de 2013 en España (2), no hacen sino plasmar jurídicamente lo que ya existe en el imaginario colectivo. Esto no significa, por otra parte, que no existan resistencias. En los años ochenta, los M.R.P.s. (Movimientos de Renovación Pedagógica) eran un reflejo de éstas, pero aunque mantenían un trasfondo de lucha por un cambio social y político, la preocupación por las prácticas en el aula superaba sus intereses teóricos, lo que les privaba de una sólida fundamentación a la hora de hacer frente a las corrientes ideológicas dominantes. Ahora bien, no toda la resistencia quedó en manos de aquellos movimientos de profesores…

- El hecho de considerar que las publicaciones y producciones escolares que no circulan por las redes institucionales (Universidad, Ministerio de Educación…) no existen es otro aspecto que señala la debilidad de los supuestos de partida. Este rasgo puede ser interpretado desde el concepto de “campo” de Bourdieu. No vamos a entrar en este análisis, porque el contenido del tema excede al objetivo de este texto, pero queremos recordar cómo los profesionales de un campo profesional (Departamentos universitarios, Facultades, Centros de Profesores, etc.) acotan y delimitan sus textos para señalar los adentros y afueras, de manera que podamos etiquetar y legitimar a los nuestros por oposición a los otros.

- Por último, tampoco podemos esperar que una Pedagogía Crítica (en el caso de que pudiera ser acotada conceptualmente) pueda convertirse en una perspectiva educativa dominante, pues esto contradice la esencia misma del pensamiento crítico. Sólo podemos apreciar rasgos críticos, introducir brechas, movilizar a minorías profesionales…


I. Sobre la indefinición del término “Pedagogía Crítica”

En realidad, ¿de qué estamos hablando cuando decimos “Pedagogía Crítica”?, ¿tiene entidad como denominación en la terminología escolar? o ¿es una estrategia para publicitar prácticas educativas acríticas o contracríticas? Tendríamos que llegar a un acuerdo preliminar acerca de qué estamos hablando, para evitar construir falacias que son destructivas del pensamiento crítico-social. Nadie puede arrogarse la autoría ni el dominio de un concepto. En primer lugar, porque el lenguaje y sus significados son construcciones intersubjetivas y en constante dinámica; en segundo lugar, porque sería un acto antitético respecto al propio pensamiento crítico. Lo que sí debe hacerse es expresar los principios epistémicos de los que se parte y cuáles son las categorías sociológicas y filosóficas en las que nos apoyamos para señalar lo que entendemos por Pedagogía Crítica.

En Fedicaria, hemos optado por utilizar el término de Didáctica Crítica, en lugar de Pedagogía Crítica. Esta opción no es intrascendente, pues entronca con el enfoque teórico desde el que construimos nuestras propuestas y responde a un doble motivo: por un lado, por contraposición con el término Pedagogía y las connotaciones académicas e ideológicas que arrastraba dicho término en nuestro país y, por otro, porque nos parece adecuada la conexión −establecida por Klafki en Alemania− de la didáctica con el término currículo (3), más extendido en el medio anglosajón, y recoge las connotaciones sociales de la enseñanza.

El término Pedagogía quedó contaminado ideológicamente por la historia académica y política de nuestro país en el s.XX (época del franquismo hasta la década de los setenta). Existen estudios sobre la influencia de la pedagogía alemana en la literatura pedagógica española desde los años veinte, tanto en su vertiente idealista entroncada en las Ciencias del Espíritu de Dilthey, que se apoya en pedagogos clásicos como Spranger o Flitner (4), como en su deriva nacionalsocialista (Roith, 2006). Pero Wolfgang Klafki, pedagogo alemán que defiende una posición teórico-crítica en la enseñanza, sustentada en la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt (5), nos ofrece un nuevo término que elimina las connotaciones tanto tecnológicas como idealistas de la acción educativa y amplía el contenido de la enseñanza a las condiciones sociales que son origen de dominio. Se trata del término “didáctica crítico-constructiva”. Este concepto enlaza también con la sociología de la educación anglosajona que habla del currículo como contenido (e instrumento) social situado histórica y políticamente. A la par, Klafki separa el concepto de “didáctica” del de “metódica”, como sinónimo de metodología, que, en la literatura educativa española, era su acepción más habitual y derivaba en concepciones instrumentales de la enseñanza, obviando el análisis crítico de los contenidos escolares considerados como meros objetos que transmitir.

Todo ello nos lleva, en Fedicaria, a utilizar el término de Didáctica Crítica de forma analógica a una teoría sobre el currículo, entendiendo éste como resultado de un proceso social que tiene su plasmación en el ámbito institucional de la escuela, pero, también, como teoría que analiza los procesos de enseñanza, las concepciones educativas que subyacen a la misma, su finalidad, contenidos o formas, desde una posición crítica respecto al conocimiento escolar y a los supuestos sociales sobre los que se apoya (Gimeno Lorente, 2009, p. 109). Esta comprensión de la Didáctica Crítica se nutre de teorías sociales críticas que ponen en cuestión el concepto de “cultura” dominante, así como las prácticas sociales que se han legitimado “falsamente” a través de ella (6), recurriendo al análisis genealógico-crítico de dichas prácticas y concepciones.

Desde una visión propositiva, la Didáctica Critica se apoya en los siguientes postulados: Problematizar el presente, pensar históricamente (genealógicamente), educar el deseo, impugnar los códigos profesionales, construir procesos de comunicación crítica: enseñar y aprender dialogando (7), desarrollar el pensamiento dialéctico y crítico, aprender y enseñar a ejercer la crítica ideológica (8). Y, como vectores que articulan la crítica ideológica sobre el currículo, planteamos los siguientes campos: La crítica de la cultura, la genealogía como posición crítica sobre el pasado que permite desvelar las contradicciones e injusticias derivadas de una racionalidad distorsionada y la búsqueda de nuevas políticas de la cultura que, rompiendo los muros de la escuela, abran el horizonte a nuevas formas de vida más justas y libres (Cuesta y otros, 2005, p. 20).

Todo esto implica que nuestro concepto de crítica supere en mucho lo que podría ser un mero procedimiento cognitivo, lo que nos lleva a cuestionar los discursos educativos oficiales, cuando éstos hablan del aprendizaje del pensamiento crítico, denominación que omite interesadamente el adjetivo que le da significado emancipador: crítico-social. Este segundo adjetivo incluye la categoría de “crítica ideológica”, algo que ya no está tan en consonancia con los intereses oficiales. Al gobierno en el poder, le interesa que los ciudadanos sean creativos, que tengan un pensamiento divergente a la hora de buscar soluciones a sus problemas habituales o que sean capaces de “emprender” nuevas formas de trabajo, de manera que el Estado quede libre de responsabilidades como las del pleno empleo o de procurar unas condiciones laborales justas para los trabajadores (9). Pero ya no interesa tanto que el ciudadano tenga capacidad crítico-social para enjuiciar y rechazar unas decisiones políticas injustas o una reforma laboral que sólo piense en las necesidades estructurales de los poderosos, o en mantener un orden económico al servicio del capital. Por eso, la política educativa actual utiliza frecuentemente términos como “emprendedores”, “esfuerzo”, “responsabilidad”, “autoridad” y asocia el pensamiento crítico con el creativo, ignorando cualquier corriente educativa que plantee la enseñanza de una actitud y una capacidad de crítica social frente a las desigualdades crecientes, frente a los abusos del poder (económico y político), frente a las injusticias derivadas de unas reformas estructurales que sólo sirven para apuntalar un sistema capitalista que precisa mantener (o aumentar) la desigualdad social para su pervivencia…

Esto nos lleva a poner en cuarentena aquellos cursos que, actualmente y de forma privada, se están impartiendo en algunos centros escolares con el objetivo de enseñar a desarrollar el pensamiento crítico en los alumnos. Dichos cursos, organizados por el Centro Nacional para la Enseñanza del Pensamiento y dependiente del M.I.T. de Boston (profesor R. Swartz) (10), plantean el desarrollo de habilidades cognitivas enfocadas hacia un pensamiento crítico desconectado del propio contenido del pensamiento; es decir, eluden por completo la valoración crítico-ideológica de los contenidos curriculares, reduciendo con ello el pensamiento crítico a sus aspectos procedimentales. Estos procedimientos, que pudieran ser considerados correctos y adecuados si sólo nos centráramos en el desarrollo abstracto de unas habilidades cognitivas, contribuyen al mantenimiento de la falacia “ideológica” de plantear un pensamiento crítico neutral axiológica y políticamente. Esta es una de las falacias más fácilmente “vendible” a la par que engañosa, porque remite a uno de los fantasmas presentes en los discursos cotidianos sobre la educación: evitar el adoctrinamiento, y porque, además, no exige al profesorado más que la aplicación de unos procesos sin cuestionar principios ni formas de vida sociales.

Además, forma parte de las falacias de una mal entendida Pedagogía crítica, obviar la inextricable unidad entre las concepciones epistemológicas sobre el conocimiento, los contenidos y el método. Considerar que se está formando críticamente a los alumnos, porque se les proporciona una información crítica sobre los contenidos curriculares, al usar para ello una comunicación unidireccional, donde el profesor transmite la información y el alumno la recibe pasivamente para reproducirla posteriormente en un examen, es tan erróneo como creer que solo cambiando las formas de enseñanza (trabajo en grupo, asambleas, trabajo por proyectos…) es suficiente para que los alumnos aprendan a pensar críticamente (Elliott, 1995, pp. 254-255). Una Didáctica Crítica, tal como se concibe desde Fedicaria, entiende la formación crítica como un continuo, un proceso global, donde no se pueden establecer cesuras entre los contenidos a enseñar y la metodología empleada. Así, si proponemos a los alumnos una información sobre la que ellos puedan introducir juicios críticos y argumentados, no podemos caer en la enseñanza tradicional, expositiva y de carácter magistral, en la que se reproducen unos contenidos culturales aceptados acríticamente y evaluar posteriormente su capacidad mimética para reproducir la información recibida. Tendremos que planificar formas muy diversas de trabajo en el aula, organizando el currículo en torno a problemas sociales relevantes –en los que se revisen los fundamentos del conocimiento y no sólo la simple información− y donde la interacción intersubjetiva con la información permita el análisis, el debate, la confrontación de argumentos entre alumnos y entre alumnos y profesor…, para lo que tendremos que “inventar” formas diversas de organización grupal y de planificación del trabajo según las finalidades que pretendamos (11)

Lo importante es que el alumno tenga los mínimos corsés organizativos, para que pueda ponerse a “pensar” y que sus compañeros y profesores sean pacientes y motivadores de esa reflexión. A pensar críticamente, se aprende “pensando críticamente”. Esto no implica ni desorganización ni espontaneidad irreflexiva. Conlleva una buena formación del profesor, tanto en el nivel de sus conocimientos previos, como en el conocimiento psicológico de los grupos humanos con los que trabaja, así como en las habilidades comunicativas y organizativas necesarias para lograr un ambiente de aprendizaje que sea vivo, espontáneo en ocasiones, donde el deseo de conocer sea un factor presente, aunque no se le mencione, y el grupo esté inmerso en una actitud de crítica permanente, incluyendo la propia autocrítica de sus miembros, tanto sobre sus incoherencias argumentativas, como sobre sus errores en la interacción comunicativa (12).

En este sentido, Fedicaria ha hecho un esfuerzo intelectual, haciendo aportaciones al ámbito teórico de la Didáctica desde una perspectiva genealógico-crítica, a través de tesis doctorales o con la publicación de libros y artículos recogidos en su medio público de expresión, la revista Conciencia-Social (13).


II. ¿La Pedagogía Crítica como instrumento de cambio escolar?

Tras la indefinición señalada en cuanto a la conceptualización de una pedagogía crítica, ¿qué conexión cabría establecer entre el ejercicio de una praxis educativa crítica y una mejor capacitación democrática de los alumnos o un cambio social en la comprensión de la educación como instrumento de transformación social hacia formas de vida más justas y materialmente menos desiguales?

Dice Zeichner (1995, p. 396) que el hecho de adoptar un modelo reflexivo en la formación del profesorado o introducir una mayor autonomía en la vida de los centros escolares no garantiza ni una sociedad más democrática ni un mejor nivel de justicia social. Todo esto −señala− no es suficiente. Es preciso estudiar desde la escuela −tanto profesores como estudiantes− las condiciones socioestructurales injustas que condicionan la vida de nuestra sociedad capitalista. La educación, dice Zeichner, debe ser una actividad política, en la medida en que toma partido por determinados modelos de vida social que son más justos que otros. Nosotros añadiríamos a este pensamiento que no sirve cualquier modelo político, sino que habrá que enseñar y aprender −profesores y alumnos− a desmenuzar y analizar las consecuencias de una opción política desde criterios éticos de justicia social acordes a los principios de reconocimiento y redistribución (Honneth, 2006). Y, para este análisis, proponemos el empleo de categorías teórico-críticas que hoy siguen siendo válidas, como las de “racionalidad comunicativa”, “dialéctica negativa”, “crítica ideológica”, “reconocimiento”, “sociedad administrada” (Gimeno Lorente, 2012), “saber-poder”, “crítica de la cultura”, “gubernamentabilidad”, “habitus”, “campo social”, “genealogía”… (Cuesta y otros, 2005).

Para poder valorar el potencial crítico de una teoría educativa, de un planteamiento didáctico, etc., es necesario contar con la opinión de los agentes implicados; de aquellos que, como agentes activos o pasivos, tienen que ver con las implicaciones prácticas de una orientación educativa. Establecer criterios de evaluación externos al contexto donde se produce la interacción entre un modelo ideológico y unas prácticas vividas es inoperante por falso, pero ello nos sitúa frente a una realidad que no podemos obviar: la creencia en la educación como “valor de cambio” es un valor integrado en el imaginario cultural dominante. De manera que ¿quiénes pueden estar interesados en que la educación sirva para formar a una ciudadanía crítica? Y, si ingenuamente pudiéramos llegar a pensar que esta cuestión fuera de interés general, ¿se podría valorar, globalmente, si los profesores y los alumnos están logrando este objetivo? ¿No estaríamos incurriendo con esta pretensión, en una contradicción performativa? La pregunta clave sería: ¿puede ser evaluable un pensamiento crítico, una actividad docente crítica?

Quizá la propia deformación ideológica, la “falsa conciencia” sobre el ejercicio de la evaluación que predomina en nuestra profesión docente –y en la mayoría de la sociedad− haya alterado nuestros esquemas cognitivos y éstos nos hagan creer que podemos verificar, calcular, comprender, cuantificar… una realidad, cuando quizá lo único que podamos ver son “nuestros fantasmas”…


III. La desconexión interesada entre teoría y práctica

¿Cómo se puede pretender el desarrollo de un pensamiento crítico en los profesores que van a ejercer la docencia en las aulas de Primaria y Secundaria, si la formación inicial que les ofrece la Universidad ni es crítica en sí misma ni divulga unas teorías sociales críticas? Y ¿cómo entroncar las prácticas escolares en unas categorías de análisis crítico de la escuela y de sus funciones, si la Universidad, institución que debería ser el modelo crítico de conocimiento por excelencia, ni es autocrítica ni tiene ninguna conexión real con la vida de las escuelas?

Estas cuestiones exigen una reflexión crítica acerca de la formación inicial y permanente del profesorado. Esto nos lleva a poner nuestra atención en dos focos: 
a) La formación institucional y b) La política educativa que regula dicha formación.

a) La formación institucional

La formación inicial del profesorado adolece, en todos sus niveles, de una ausencia de teorías sociales críticas y de enfoques genealógico-críticos respecto a la historia escolar que ayuden a entender la función social de la escuela, no sólo en su presente, sino también en su pasado, así como sobre sus consecuencias para el conjunto de la sociedad. Esta ausencia, que es evidente en la formación de los profesores de Primaria e Infantil, es aún más ostensible en quienes van a ejercer la docencia en la etapa de Secundaria obligatoria y postobligatoria.

A esta ausencia de pensamiento crítico-social, se suma la desconexión que la Universidad mantiene respecto a la vida cotidiana de los centros escolares, ya que sólo se aproxima a éstos, cuando los adopta como “objeto” de estudio para el desarrollo de una investigación, con el fin de lograr unos méritos académicos y sin interés por implicarse en la vida real del centro escolar y colaborar en el desarrollo profesional de sus agentes educativos. Todo esto profundiza aún más la brecha entre la teoría que imparte la institución universitaria y la praxis de la docencia en las aulas.

A esto, se une que la misma institución universitaria, para poder asegurarse su propia pervivencia, se ha visto impulsada a generar un conocimiento útil y legitimador de los ámbitos económicos y políticos (conocimiento como “valor de cambio”), abandonando su finalidad primigenia de generar un pensamiento crítico en todos los ámbitos del saber.

Esta escisión entre el mundo académico y la realidad social ya era denunciada por los primeros autores de la Escuela de Frankfurt. Cuando Horkheimer definía “teoría crítica”, lo hacía por oposición al concepto de “teoría tradicional”, que era el concepto manejado en la Universidad de su época (primer tercio del s. XX). Este concepto reflejaba una estilización sistematizada del pensamiento, ajeno a la realidad social exterior, considerada como fuente de contaminación del pensamiento “puro” y limpio de intereses espurios. Horkheimer denunciaba esta forma de entender la teoría recurriendo al término de “teoría crítica” (de origen marxista) para incorporar al conocimiento legítimo la denuncia del sufrimiento humano originado por las injusticias y los abusos del capitalismo (Horkheimer, 1974, pp. 223 y ss.).

En la formación inicial que reciben los profesores por parte de la Universidad se les proporcionan teorías sistemáticas, organizadas lógicamente, que deben ser reproducidas en un examen: Psicología del desarrollo, Didácticas especiales, etc., que responden al modelo que Horkheimer definía como “teoría tradicional”. Frente a este modelo de conocimiento aparece el definido como “teoría crítica”, pero éste es mucho más difícil de precisar y, por supuesto, de “evaluar”. Y si la Universidad española, en sus facultades dedicadas a las C.C.S.S. o las Humanidades, no mantiene la tensión intelectual de crear o divulgar teorías sociales críticas, no cabe esperar que forme profesores, pedagogos, psicólogos, educadores sociales… interesados en el desarrollo de nuevos ciudadanos críticos.

Ahora bien, tampoco respondería a un juicio riguroso homogeneizar a todas las universidades en cuanto a su contribución al desarrollo del pensamiento crítico (14), ni tampoco responsabilizarlas completamente del actual estado de cosas. Al igual que sucede con el resto del sistema educativo, la Universidad también está siendo “colonizada” por la economía. Las políticas neoliberales tienen entre sus principios que el “Estado mínimo” deje la educación superior en manos del mercado, reduciendo de esta forma el gasto público en educación, condicionando la financiación pública de la Universidad a su capacidad para obtener previamente financiación privada de empresas, fundaciones, etc. y convirtiendo eufemísticamente este requisito en un “indicador de calidad”. Esta exigencia genera cierta esquizofrenia entre los docentes universitarios que aunque todavía reciben su salario del Estado ­­­­−condición para poder ejercer libremente el pensamiento crítico─, necesitan comprometerse con instancias privadas para obtener fondos para su investigación dentro de un ambiente de competencia comercial y, a dichas instancias, les interesa el conocimiento productivo, no el crítico (15). La Universidad tiene ante sí un serio reto, si todavía pensamos que esta institución debe servir al desarrollo de un conocimiento crítico y ser un revulsivo intelectual para la sociedad, un lugar donde formar mentes rebeldes.


b) La política educativa que regula la formación institucional

Respecto a la conexión entre teoría y práctica, la política educativa se apoya en varios errores mantenidos en el tiempo, a pesar de que éstos sean señalados por la investigación educativa, lo que confirma, una vez más, que la política educativa es un asunto “ideológico”.

Uno de los principales errores es pensar que la imposición normativa de una política determinada va a lograr un cambio en la praxis educativa en esa misma línea. Este error se apoya en las falacias de entender que el pensamiento racional es un factor causal del comportamiento humano, así como de que la acción docente puede ser programada de forma descontextualizada respecto a las creencias, ideologías personales y sociales dominantes o a las condiciones económico-sociales de un momento dado. La dialéctica y complejidad de la acción humana es –desde la posición de una Didáctica crítica- una ventaja y un inconveniente. Como demuestran algunas investigaciones sobre la implantación de reformas educativas (Schön, en Elliott, 1995, p. 262), los gobiernos suelen implantar estas reformas a base de legislación, apoyándose en los principios ideológicos de algunas teorías sistémicas que consideran que los cambios se producen desde el centro (Administración) hacia la periferia (centros escolares) y, cuando no se producen los cambios esperados, atribuyen el fallo a que la información no ha llegado de forma suficientemente clara hasta los centros, intentando solucionarlo con una sobreabundancia de información y una recarga legislativa. Ambos planteamientos, el de partida y su solución posterior, son completamente erráticos y esto lo sabe, empíricamente, cualquier docente. Por ello, si pensáramos en compartir una orientación educativa crítica entre los profesionales de la enseñanza, no deberíamos siquiera plantear que este modelo fuera divulgado por la Administración educativa.

Ahora bien, esto no implica que no pueda –o deba─ iniciarse un movimiento de divulgación del pensamiento crítico en la escuela. De hecho en nuestra historia reciente se dieron unas condiciones estructurales que posibilitaron que algunos docentes pudieran compartir información y debates sobre una enseñanza crítica. Nos referimos a los momentos iniciales de los Centros de Profesores. No vamos a entrar en el análisis de su evolución por motivos de espacio en este artículo, pero sí queremos constatar que los posibles movimientos en esa línea fueron fagocitados inicialmente por la propia Administración y, posteriormente, por el mismo profesorado que buscaba más soluciones y recetas para el trabajo en el aula que planteamientos teóricos, lecturas, reflexión abstracta y debates. La historia nos señala tozudamente la dialéctica antitética en la que se mueve la escuela: por un lado, los discursos de apertura hacia planteamientos críticos y, por otro, los discursos políticos neoliberales que boicotean cualquier atisbo de cambio en las orientaciones educativas. Como nos relata Cuesta (2011), el “gobierno largo” de los socialistas en España entre 1982 y 1996, planteó inicialmente una política educativa que recogía la tradición socialista de la escuela unificada y parecía escuchar los planteamientos educativos de los movimientos de renovación pedagógica. Estos esperanzadores planteamientos iniciales fueron derivando progresivamente hacia “una grisácea política educativa socialtecnócrata y totalmente teñida de neoliberalismo y tecnicismo” (op. cit., p. 85). La causa de esta deriva se hizo evidente en las contradicciones sociopolíticas del momento: “conseguir logros sociales mientras que la economía era gobernada conforme a las pautas capitalistas que obligaban –en aquel momento─ a una brutal reconversión industrial y a un duro ajuste económico con vistas a la integración en lo que sería la Unión Europea” (op.cit, p. 86). En este contradictorio contexto surgieron algunos conatos de publicaciones pedagógico-críticas, que derivaron hacia su debilitamiento progresivo y su “casi” desaparición.

Todo esto nos lleva reflexionar sobre las sutiles formas de fagocitación que el poder económico (respaldado por una ideología legitimadora en connivencia con determinados gobiernos) emplea para desactivar los movimientos educativos de resistencia. El poder político adopta la postura de asimilarlos falsamente, es decir, dejarles hacer pero ignorándolos, o bien devaluarlos acusándolos de político-partidistas (por supuesto refiriéndose a los partidos de la oposición al partido gobernante). Esta última es la forma más simple y populista, en la que se acusa a la corriente crítica de estar “politizada”, “ser doctrinaria” y estar al servicio de los partidos en la oposición para desbancar al partido gobernante. El concepto de política queda desvirtuado y reducido como acción instrumental al servicio de un determinado grupo de interés para obtener el poder…

A pesar de esta conceptualización dominante de la vida política, desde estas líneas defendemos que la tarea educativa es una tarea política, aunque desde una concepción de política que dista mucho de la adhesión partidista y acrítica. Entendemos la política como la gestión honrada de la convivencia social con criterios de justicia y libertad y con los instrumentos necesarios para el control público de las decisiones políticas por parte del pueblo, y, por tanto, la educación debe servir para formar a una ciudadanía informada, crítica, responsable y solidaria con los más débiles que asuma la defensa de la justicia por encima de los intereses particulares. Esta es la finalidad última de una Didáctica Crítica tal como la entendemos desde Fedicaria.

Como decía Klafki, apoyándose en las tesis frankfurtianas, la teoría y la práctica educativa se hallan en interacción dialéctica, de forma que la práctica escolar necesita de teorías sociales y educativas que ayuden a la hermenéutica crítica de los fenómenos escolares –por ello, es tan necesaria la formación permanente del profesorado en análisis teóricos críticos− y , además, la teoría necesita ser revisada a la luz de la empiria de manera que la teoría pueda ser remodelada “críticamente”, cuando, en lugar de ayudarnos a transformar la realidad escolar, contribuya a mantener alguna de las redes de dominio en los que estamos inmersos. Solamente si se incorporan estos procesos teóricos y reflexivos al análisis y comprensión de lo que sucede diariamente en el aula, los profesores podrán apreciar la conexión entre unos principios teórico-críticos y las consecuencias sociales que se pueden derivar de su acción –aparentemente inocua- en el aula.


IV. A modo de reflexión final

Son los momentos de crisis económicas, cuando las crisis latentes de motivación y legitimación afloran a la superficie. Claus Offe y Jurgen Habermas (1989) ya presentaron, en los años setenta del pasado siglo, la descripción y tipología de estas crisis que el mismo capitalismo genera y con las que tiene que “lidiar”. Resulta lógico que los recortes económicos que sufre la población generen el cuestionamiento de la legitimidad de las instituciones y de sus responsables para poner en marcha tales medidas, ya que la crisis económica que causa estos recortes se llega a convertir en consecuencia de sí misma. Cuando esta situación afecta al sistema educativo (centros escolares, Universidad), la respuesta ciudadana no se hace esperar, pues la reducción de recursos en educación acrecienta y acentúa las desigualdades sociales. Pero los gobiernos saben que estas protestas no alteran realmente ni al “sistema” ni al modelo capitalista, pues los ajustes en educación no afectan a ningún proceso productivo visible ni producen pérdidas económicas a corto plazo ni apenas generan desempleo (el eufemismo político empleado es que no se destruyen puestos de trabajo, simplemente “no se crean nuevos”), ni afecta negativamente de forma visible a la vida de los ciudadanos (los estragos psicológicos de una evaluación distorsionada o la no existencia de oportunidades para un individuo no son datos cuantificables estadísticamente). Además, se puede atribuir impunemente a la escuela y a su déficit de calidad la causa del bajo nivel económico del momento, pues no es capaz de formar a nuevas generaciones de trabajadores rentables para el sistema capitalista −“emprendedores” se les llama− en un intento de seudo-legitimar estas políticas. Por otra parte, las protestas orquestadas por los medios de comunicación sólo aluden a los recortes económicos o a las exigencias de la nueva ley educativa (LOMCE) de establecer pruebas selectivas y excluyentes para el alumnado, pero no se oyen voces críticas respecto a lo que se enseña en la escuela o sobre sus consecuencias en la formación acrítica de la ciudadanía... Por eso, hay que aprovechar los momentos de crisis económica y de legitimación, cuando surge la llama de la protesta en los profesores y las familias, para introducir brechas críticas en el pensamiento colectivo sobre la necesidad de una formación crítico-social de los nuevos ciudadanos.

Así pues, queremos animar a quienes se hallan sensibilizados críticamente a mantener viva la tensión por esta formación crítica de los nuevos ciudadanos. Formación que debería empezar por los propios agentes educativos (profesores, orientadores, inspectores, trabajadores sociales, educadores sociales, etc., etc.), así como por los responsables de la formación del profesorado en la Universidad. Por ello, hacemos un llamamiento a aquellos miembros de la Universidad que todavía creen en la función crítica y revulsiva de ésta para que, rastreando las fisuras del sistema educativo y social, introduzcan brechas críticas de enlace con los profesores de los centros escolares y busquen, colaborativamente, respuestas a sus necesidades concretas en las aulas pero, sobre todo, señalen vías de reflexión crítica sobre sus prácticas y contribuyan a su sensibilización teórico-social. Y apelamos a que eviten la tentación de crear redes solipsistas de divulgación del conocimiento crítico que circulan de forma paralela a la vida escolar, favoreciendo esa útil desconexión para los intereses del sistema capitalista entre los fines teóricos de la escuela y sus consecuencias reales.

¿Y cómo lograr este desideratum? La vía que practicamos en Fedicaria parte de la lectura de teorías sociales críticas, prosigue con el debate intersubjetivo, la elaboración de textos para la discusión, el análisis de la realidad, la autocrítica y, de nuevo, regreso a la lectura y a la reflexión. Un bucle flexible donde la crítica ideológica y el pensamiento dialéctico-negativo, que propone Adorno, son nuestros principios de referencia. Animamos a nuestros lectores a iniciar nuevos procesos o a incorporarse al nuestro.

Y como última reflexión motivadora para seguir en la brecha de procurar que la pedagogía de nuestras escuelas contribuya a una sociedad más crítica y justa, recurrimos a una frase de Habermas (2001) que nos parece relevante: “la libertad no es de nadie mientras no sea de todos” (p. 200).



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NOTAS

(1) Como sucede con los fenómenos de juridización en los que el Estado judicializa asuntos escolares que deberían ser resueltos por la vía del entendimiento entre los interesados (un ejemplo: la ley sobre la autoridad del profesorado aprobada recientemente en España). Véase: Habermas, J. (1987): Teoría de la Acción Comunicativa, vol. II. Madrid: Taurus. pp. 526-527. 


(2) Ley orgánica discutida por casi todos los partidos en la oposición y por una gran parte de la comunidad educativa (profesores, padres y alumnos) pero que, a causa de las normas parlamentarias vigentes y del empecinamiento del ministro de Educación J. I.Wert, quien ha asumido su implantación como una defensa numantina del modelo ultraliberal del Partido Popular en el poder, saldrá adelante con algunos retoques hacia el mes de octubre o noviembre de 2013. Modificaciones que no afectan al contenido sustancial de una Ley que no busca la “integración social de todos los ciudadanos, sino su clasificación selectiva en “excelentes” e “intercambiables”. Como dice Manuel Castells, lo que se pretende es una educación entendida como cualificación que sirva para clasificar a los futuros trabajadores en “trabajadores autoprogramables” o “trabajadores genéricos” (Castells, 1998, vol. 3, p. 375) 


(3) En su Didáctica crítico-constructiva. Véase Klafki, W. (1986). “Los fundamentos de una didáctica crítico-constructiva”. Revista de Educación, 280, pp. 37-79. 


(4) Al respecto de esas influencias, pueden verse diversos trabajos de Julio Mateos y Juan Mainer desarrollados en el marco del Proyecto Nebraska de Fedicaria (pulsar aquí).

(5) W. Klafki puso en marcha en la República Federal Alemana, a comienzos de los años setenta, un proyecto escolar y de investigación de nominado Proyecto Marburgo, denominado así por la ubicación territorial de su implantación, centrado en el desarrollo de los niños de su capacidad para enfrentarse críticamente a su ambiente social así como para hacerse autogestionarios de su propio aprendizaje. Para más información sobre el mismo, puede consultarse Roith, C., 2005, pp. 157 y ss., y Gimeno Lorente, P., 1995, pp. 643 y ss.


(6)  Las fuentes teóricas de las que nos nutrimos son: las tesis foucaltianas sobre el conocimiento, algunas categorías de la Escuela de Frankfurt, la Historia Social del currículo y la sociología de la educación anglosajona, entre otras. 


(7) Estos postulados fueron definidos por vez primera por Raimundo Cuesta en: Cuesta Fernández, R, (1999). “La educación histórica del deseo. La didáctica de la crítica y el futuro del viaje a Fedicaria”, en ConCiencia Social, nº 3, pp. 80-91. 


(8) Estos dos últimos postulados y la matización del referido a “aprender dialogando” quedan explicados en Gimeno Lorente, P. (2009). Didáctica Crítica y comunicación. Un diálogo con Habermas y la Escuela de Frankfurt. Barcelona: Octaedro, pp. 126-138. 


(9) De esta forma, el paro pasa a ser responsabilidad del individuo que no tiene suficiente capacidad creativa para organizar su propio puesto de trabajo. 


(10) Véase en internet. Centro Nacional para la enseñanza del pensamiento (National Center for Teaching Thinking), donde se puede obtener mayor información sobre sus planteamientos. 


(11) Véase: Cuesta, R. (2007). Los deberes de la memoria en la educación. Madrid: Octaedro/MEC. 


(12) Un profesor puede estar haciendo un buen análisis crítico de un contenido curricular y, a la par, estar ejerciendo una conducta autoritaria contradictoria con una actitud crítica. Para una mayor información sobre los procesos comunicativos críticos o acríticos en el aula, véase: Gimeno Lorente, P. (2009). Didáctica Crítica y Comunicación. Barcelona: Octaedro.


(13) Véase la web de Fedicaria (pulsar aquí) 


(14) Existen focos críticos en algunas universidades españolas que no sería justo ignorar pero, como es propio del pensamiento crítico, son minoría. Ahora bien, tales grupos constituyen el germen de planteamientos educativos radicales que, como diría S. Moscovici, forman parte de las minorías necesarias para un posible cambio social. (Moscovici, S. (1996). Psicología de las minorías activas. Madrid: Morata) 


(15) Véase: Barnet, R. (2011). Los límites de la competencia. El conocimiento, la educación superior y la sociedad. Barcelona: Gedisa.


Sobre Paz Gimeno Lorente

Paz Gimeno Lorente es licenciada en Pedagogía y Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación, con premio extraordinario de doctorado y a la Innovación Educativa (CIDE). Ha desempeñado una labor profesional como docente y Orientadora, impartiendo cursos de doctorado en varias universidades españolas sobre Teoría Crítica y Habermas y colaborando en programas de formación del profesorado en Centros de Profesores. Sus publicaciones e investigaciones abordan temáticas relacionadas con la Teoría Crítica de la Educación, Didáctica Crítica y su conexión con la Escuela de Frankfurt. Actualmente forma parte de FEDICARIA y sus publicaciones quedan reflejadas en la página web de la asociación.


(*) Sobre Fedicaria-Aragón

Fedicaria-Aragón es la sección territorial de una asociación de profesionales de la educación (FEDICARIA) de ámbito nacional en España. Su identidad queda definida como una plataforma de pensamiento crítico en torno a la Didáctica Crítica y a la crítica de la didáctica tradicional (teoría y práctica). Su órgano de expresión público es la revista ConCiencia Social y puede accederse a las publicaciones de sus miembros en su página web (pulsar aquí). Este artículo ha sido debatido en el seno del Seminario de Aragón, cuyos miembros son los siguientes: Pilar Cáncer, M. Ángeles Méndez, Marien Martín, Javier Gurpegui, Mario Franco, Juan Mainer, Jesús Ángel Sánchez, José Luis Larrea y Paz Gimeno.