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La educación corporal es fundamental para el desarrollo de la personalidad









Los seres humanos somos seres “corpóreos”, de forma que lo que somos y vivimos a nivel psicológico y corporal está profundamente imbricado. Es más, el cuerpo tiene un valor incalculable, puesto que sin él no viviríamos ninguna experiencia, ni la vida tal y como la conocemos. 

El cuerpo es indisociable de nuestro psiquismo, formando parte de nosotros mismos, de nuestra personalidad. Desempeña múltiples funciones. Nos sirve para satisfacer nuestras necesidades; para actuar sobre el medio y adaptarnos a él; para vivir, expresar y resolver emociones; para construir el conocimiento. 

Hemos de decir que las relaciones humanas son primariamente corporales y que con frecuencia expresamos mucho más con el lenguaje no verbal que con la palabra. En este contexto, es especialmente importante el primitivo diálogo tónico-emocional que mantiene el niño con su madre, que les permite expresar emociones y comunicarse. Este diálogo primitivo conducirá al establecimiento de relaciones de apego, que serán la base de las futuras relaciones interpersonales y  de la construcción de la personalidad (BOWLBY, 1990; 1993) (AJURIAGUERRA, 1986) (WALLON, 1976; 1979).

El cuerpo es también un medio privilegiado de acceso al núcleo más profundo de nuestra personalidad. Así, por ejemplo, la relajación y la respiración pueden favorecer la interiorización, que permite el conocimiento de uno mismo. Más aún, es un medio de unificación de la persona, hasta el punto de que el bienestar físico abre a la persona al bienestar global.

Por otra parte, existe una interacción constante entre todas las instancias de la persona y el cuerpo. De esta manera, las aspiraciones y los deseos del yo cerebral se traducen en dolor, tensión o agotamiento corporal. De igual forma, los sufrimientos de nuestra sensibilidad nos provocan un enorme consumo de energía, lo que se refleja en nuestra mirada, en nuestro tono o en nuestros gestos y posturas. 

Finalmente, lo que somos en lo más profundo de nuestro ser se refleja también en nuestro cuerpo. Y así, por ejemplo, la alegría profunda ilumina el rostro, o la sensación de paz provoca una gran distensión corporal. También sucede lo contrario, de forma que el estado de nuestro cuerpo mediatiza nuestras respuestas cognitivas o nuestra sensibilidad. 

A lo largo de su historia, la persona va estableciendo un tipo de relación con su cuerpo. Esta relación está muy conectada con la imagen corporal que la persona va construyendo progresivamente. Dicha imagen se elabora principalmente: a partir de las propias percepciones; a partir de la mirada, el gesto, los mensajes, las valoraciones y el trato de los demás; y, finalmente, a partir de los esquemas, modelos y juicios de valor de la cultura en que la persona vive.

Las personas nos relacionamos con nuestro cuerpo de diferentes formas. Para unos, el cuerpo es un amigo, un compañero de viaje que proporciona satisfacciones y que permite actuar, establecer relaciones o afrontar las dificultades. Otros consideran el cuerpo como un objeto útil, una simple máquina que les presta sus servicios. Hay personas que viven el cuerpo como un enemigo, un tirano, un objeto de vergüenza o una fuente de dolor y angustia. Para algunos el cuerpo es un desconocido, al que tratan como si no existiera. Finalmente, otros viven el cuerpo como si fuera un dios. 

Y, a diferentes consideraciones, diferentes tratos. Quienes consideran que su cuerpo es un amigo procuran cuidar de él, atienden sus necesidades y respetan sus límites. Si lo consideran un objeto útil, suelen aprovecharse, abusar de él y no cuidarlo excepto cuando “se estropea”. Las personas que lo perciben como un enemigo, lo detestan, lo anestesian, lo maltratan o terminan destruyéndolo. Para las que el cuerpo es un desconocido suelen ignorarlo y descuidarlo. Y quienes lo sobrevaloran y lo convierten en un dios, le dedican tiempo, dinero, atenciones y cuidados desmedidos.

El cuerpo tiene un conjunto de necesidades. Algunas son físicas y están directamente conectadas con la supervivencia del individuo. Entre ellas podemos citar las necesidades de comer, beber, dormir, respirar, mantener la temperatura corporal, la sexualidad, ponerse a resguardo de los peligros, moverse y tener estimulación sensorial. Otras necesidades corporales tienen un carácter psicológico, como la necesidad que el niño experimenta de ser amado a través del contacto corporal, o las necesidades de ser reconocido tal como es, de sentirse a gusto y feliz con su cuerpo, de ser valorado en su identidad sexual, de sentirse seguro físicamente, de expresarse libremente o de estar libre de tensiones. El cuerpo es como un cuadro de mandos que informa de lo que va bien (sensaciones agradables, bienestar y salud) y de lo que no va tan bien (malestar, síntomas y enfermedad). El cuerpo va registrando a lo largo de la vida todo lo que afecta a la persona y, en este sentido, podemos considerarlo como un “viejo sabio”, que nos envía mensajes que podemos descifrar y del que se puede aprender para progresar de forma armoniosa. 

Por otra parte, a través de los mensajes que nos envía, podemos descubrir todo tipo de sensaciones ligadas a nosotros y a nuestras relaciones con los demás. Además, el cuerpo es una vía privilegiada para expresar lo que somos y vivimos en profundidad y también para expresar nuestros sentimientos, afectos y emociones. Buena parte de las reacciones del cuerpo tienen un origen psicológico. Algunas  de ellas son más desproporcionadas y tienden a repetirse ante ciertas situaciones,  acontecimientos o personas. Suelen aparecer en circunstancias similares a aquellas en las que la persona ha tenido experiencias de sufrimiento. Es decir, que este tipo de reacciones son síntomas de viejas heridas, de carencias afectivas, de conflictos intrapsíquicos, de sufrimientos pasados, que se registran en el cuerpo. Entre ellas podemos citar las reacciones psicosomáticas, las fatigas prolongadas, las  necesidades insaciables y compensatorias (orales, sexuales, de destrucción…), las turbaciones emocionales, la vergüenza ante el cuerpo del otro, la dificultad para el  contacto físico, la atracción irresistible, la pérdida del apetito o del sueño… (PRH, 1997).

Finalmente, los síntomas a través de los que el cuerpo expresa los problemas psicológicos están relacionados con las debilidades del propio organismo, de forma que cada persona tiene un “terreno” favorable para ciertas somatizaciones, pero también hay, como señala Lowen (1995), una relación casi “simbólica” entre el problema psicológico y el síntoma corporal. Así, por ejemplo, una dificultad para digerir puede estar relacionada con dificultades de asimilación de un acontecimiento.

Ayudar a niños y niñas a valorar el cuerpo y a escuchar sus mensajes 

La educación debe orientarse al desarrollo integral de la personalidad. Sin embargo, tradicionalmente se ha centrado en los aspectos cognitivos, olvidándose de la educación corporal y de los aspectos relacionales y emocionales. 

La educación corporal es muy importante para que los niños lleguen a relacionarse adecuadamente con su cuerpo. Esto implica que aprendan a conocer bien el cuerpo, sus posibilidades y límites, sus ritmos, sus debilidades y síntomas, así como aquello que le beneficia y le perjudica. Además, que se hagan conscientes de las reglas que rigen su vida en lo relativo al cuerpo, que muchas veces no son constructivas, respondiendo solamente a “lo que es costumbre hacer”. Una gestión adecuada del mismo permite actualizar lo que somos y aspiramos a hacer. Por ello, es necesario enseñarle a escuchar los mensajes del cuerpo, para así tenerlo en cuenta y cuidarlo.

La educación corporal es fundamental para el desarrollo de la personalidad. A través de la misma es posible descubrir todo tipo de sensaciones corporales y psicológicas, que nos permiten adentrarnos en nuestro mundo interior, entender nuestras reacciones y necesidades y, en definitiva, conocernos mejor. Por otra parte, permite descubrir sensaciones ligadas a nosotros y a nuestras relaciones con los demás. Finalmente, el cuerpo es una vía privilegiada para expresar lo que somos y vivimos en profundidad, y también para expresar nuestros sentimientos, afectos y emociones.

Por todo esto, la educación corporal es muy importante para favorecer el crecimiento sano y armonioso de la personalidad infantil. El educador debe aprender a situarse ante el cuerpo del niño y sus mensajes, para así desvelar las vivencias, las emociones y los sentimientos del mismo.

La meditación en las aulas: asignatura pendiente



Publica la prensa de hoy, 6 de abril de 2011, una referencia sobre las investigaciones de Fadel Zeidan, quien ha demostrado con imágenes obtenidas mediante resonancia magnética que la meditación produce potentes efectos analgésicos en el cerebro. Según explica Zeidan, la meditación genera alrededor de un 40% de reducción en la intensidad del dolor y un 57% de reducción del malestar asociado, superando incluso el efecto de la morfina u otros fármacos analgésicos, que suelen reducir el dolor en tasas de aproximadamente el 25%.


Comienza Michael Bond destacando que los místicos nos dicen que la meditación transforma la mente y alivia el alma, para preguntarse a continuación sobre qué tiene que decir la ciencia al respecto.

Señala que muchas personas ven la meditación como una forma exótica de soñar despierto, pero que su consejo es que la prueben. La meditación es difícil, al menos en los inicios, pero vale la pena persistir, pues como dice el monje budista Matthieu Ricard, "La capacitación nos permite transformar la mente, para superar emociones destructivas y disipar el sufrimiento. Lo que se necesita es entusiasmo y perseverancia."


Efectos beneficiosos de la meditación: Lo que dicen los científicos

En la última década, los investigadores han utilizado la resonancia magnética para examinar los cerebros de meditadores experimentados como Ricard, comparándolos con los de meditadores novatos, probando los efectos de diferentes técnicas de meditación sobre la cognición, sobre el comportamiento, sobre la salud física y emocional y sobre la plasticidad cerebral.

Clifford Saron y su equipo de neurocientíficos y psicólogos de la Universidad de California; Katherine MacLean, de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore; Antoine Lutz, de la Universidad de Wisconsin-Madison; o Heleen Slagter, de la Universidad de Amsterdam, han demostrado con sus investigaciones que la meditación mejora la atención y la concentración. Katherine MacLean y otros investigadores creen que el entrenamiento en la meditación mejora los procesos cognitivos implicados en las tareas básicas de la percepción. Amishi Jha, de la Universidad de Miami, ha establecido recientemente un vínculo entre la meditación y la memoria de trabajo, tan necesaria para el razonamiento a corto plazo.

Por otra parte, junto a la mejora del rendimiento cognitivo, la meditación parece tener también un efecto positivo sobre el bienestar emocional. Un reciente estudio de los investigadores del proyecto Shamatha llega a la conclusión de que la meditación provoca una mejora general de los procesos sociales y emocionales: Los participantes en el estudio de investigación estaban menos ansiosos y eran más conscientes y más capaces en el manejo de sus emociones.

La idea de que mediante la práctica de la meditación las personas se vuelven menos reactivas a nivel emocional se ve reforzada también con las investigaciones del equipo dirigido por Julie Brefczynski-Lewis, de la Universidad de Virginia, que ha demostrado con resonancia magnética que en el caso de los meditadores en acción la amígdala - que desempeña un papel crucial en el procesamiento de las emociones y de los recuerdos emocionales - es mucho menos activa en los meditadores expertos que en los novatos.

Una de las áreas más interesantes en la investigación sobre la meditación hace referencia a si con su práctica se pueden mejorar los sentimientos hacia los demás. Esto surgió en parte porque los estudios con resonancia magnética hechos por Lutz y su equipo demostraron que los circuitos cerebrales vinculados a la empatía y al intercambio de emociones son mucho más activos en la meditadores a largo plazo que en los novatos.

La capacidad de gestionar las emociones también puede ser la clave de por qué la meditación puede mejorar la salud física. Los estudios han demostrado que es efectiva para los trastornos alimenticios, para el abuso de sustancias, para la psoriasis y, en particular, para la depresión recurrente y para el dolor. Recientemente, el psicólogo Fadel Zeidan ha informado que según sus investigaciones se produce una disminución de la sensibilidad al dolor después de tan sólo unas pocas sesiones de meditación. Él cree que la meditación más que eliminar la sensación de dolor, lo que hace es enseñar a los enfermos a controlar su reacción emocional ante el mismo, reduciendo así la respuesta al estrés.

En 2009, la Universidad de Stanford ha abierto un Centro de Investigación, que ya ha promovido un puñado de trabajos, dedicado al estudio de las raíces neurobiológicas de la empatía, de la compasión y del altruismo, financiado por empresarios, por neurocientíficos y por el Dalai Lama. Su objetivo es descubrir cómo un tipo especial de entrenamiento en la meditación puede mejorar el amor altruista por los demás y afectar al cerebro para facilitar el cultivo de la empatía y de los sentimientos de compasión.

La sugerencia de que la gente puede llegar a ser más empática y compasiva a través de la práctica de la meditación ha llevado al psicólogo Paul Ekman y a Wallace Alan, un maestro budista, a lanzar la idea de los "gimnasios mentales", destinados a que la gente aprenda a mejorar su equilibrio emocional, a desarrollar su capacidad de compasión y a medir sus niveles de estrés.
La gran ventaja de la meditación es que cualquier persona puede practicarla en cualquier lugar. No es necesario ser un experto o pasar cinco horas del día meditando para cosechar beneficios. Los meditadores novatos de la investigación de Zeidan ponen en evidencia que se producen mejoras después de meditar durante tan sólo 20 minutos al día durante tres días.


Meditación y formación del profesorado

Finalmente, la sugerencia de que la meditación puede provocar las mejoras que se han señalado, y el hecho de que éstas sean cruciales para la vida, para la salud física, para el aprendizaje, para el razonamiento, para la toma de decisiones, para el desarrollo sociopersonal y para el manejo de nuestras emociones, nos genera un par de preguntas que parecen importantes:

- ¿Qué estamos haciendo a este nivel en nuestras escuelas y centros de enseñanza?

- ¿Qué presencia tiene todo esto en los planes de estudio para la formación del profesorado?




Ayudando a construir la felicidad. Los educadores y la ayuda al crecimiento personal









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El educador es aquel que es apto para detectar lo positivo en alguien y sus resortes para avanzar… De su profundidad podrá nacer una mirada positiva apta para regenerar a los seres y dinamizarlos para la existencia… Mirad suficientemente a cada uno, hasta que se despierte en vosotros ese tipo de mirada profunda capaz de llamar a existir… Esa mirada creadora es particularmente necesaria a los fatigados de la vida, a los decepcionados de sí mismos, a los que no-existen…”

André Rochais



Ayudando a construir la felicidad. Los educadores y la ayuda al crecimiento personal

En la actualidad, muchos educadores se sienten presionados, frustrados, agotados y quemados por la responsabilidad, el exceso de trabajo, la conflictividad en las aulas, las preocupaciones y los miedos. Si los educadores viven insatisfechos e infelices, desanimados y pesimistas ante la vida y su tarea como educadores, ¿cómo podrán ayudar a los estudiantes a vivir con esperanza, alegría y confianza en sí mismos y en el futuro? ¿Cómo lograrán educar si no viven entusiasmados con la vida, si no la pueden saborear como una oportunidad de aprendizaje, de descubrimiento y disfrute permanentes? En definitiva, si los educadores no vivimos la alegría y no nos sentimos felices y satisfechos con nosotros mismos y con nuestra vida: ¿cómo podremos ayudar a otros para que experimenten el deseo y la alegría de vivir?, ¿cómo ayudarles a crecer y convertirse en adultos, en personas?

Por otra parte, nuestra escuela es muchas veces lugar de sufrimiento para profesores y alumnos. Para los unos fuente de estrés y frustración, para los otros ocasión de aburrimiento y desconexión con la vida. Con frecuencia la escuela fomenta la competitividad, el rendimiento, la pasividad, el cumplimiento ciego de las normas y la obediencia, olvidando a veces que los alumnos son personas, con sus valores, capacidades, necesidades y límites.

Por todo ello, es muy importante que los educadores lleven a cabo un proceso de crecimiento personal, a través del cual puedan trabajar en la construcción de su bienestar, de su felicidad y de su propia maduración como personas. Desde ahí, desde su solidez personal, podrán contribuir a que sus alumnos y alumnas aprendan a ser más positivos y felices. Este trabajo sobre uno mismo permite vivir más sanos, optimistas y estables emocionalmente, así como desarrollar las propias potencialidades. Aprendiendo a mirar lo más positivo de nosotros mismos y de nuestra vida, viviremos con más bienestar, alegría y felicidad, y podremos acompañar mejor a nuestros alumnos en este proceso (FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, 2005).

Entendemos que es necesario caminar hacia una formación integral de los profesionales de la educación de todos los niveles del sistema educativo. En este sentido no podemos quedarnos en la mera transmisión de contenidos, sino que es necesario ir más allá y trabajar para formar profesores y educadores comprometidos, reflexivos, críticos, flexibles, tolerantes, emocionalmente sanos, entusiasmados, positivos y felices. Por ello es necesario que a lo largo de sus procesos de formación inicial y permanente tomen conciencia de su misión: ¿Formar personas sumisas y adaptadas al pensamiento dominante? ¿Transmitir el conocimiento? ¿Estimular el desarrollo de la inteligencia? ¿Educar las emociones? ¿Formar seres humanos libres y comprometidos con la realidad? ¿Enseñar a pensar y a interpretar el mundo con criterio propio? ¿Educar la personalidad integral de los estudiantes?

Entendemos que la labor del educador es acompañar al educando en su proceso de crecimiento; ayudarle a pasar de su inicial desprotección y dependencia a la madurez personal, y a que desarrolle todos los ámbitos de su personalidad: intelectual, emocional, afectivo, de relaciones interpersonales, etc.; estimularle para que adquiera valores, creencias, conocimientos y formas de hacer; prepararle para la vida en sociedad, para que adquiera autonomía y sepa tomar sus propias decisiones. Educarle, en fin, para que desarrolle todas sus potencialidades y llegue a ser lo que es; y también para que sepa descifrar lo que siente y para que aprenda a valorar su cuerpo y escucharlo (FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, 2005, 2007, 2009; PALOMERO PESCADOR & FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, 2005). En definitiva, entendemos, coincidiendo con la propuesta que hace en su informe a la UNESCO la Comisión Internacional sobre la educación para el Siglo XXI (DELORS, 1996), que hay que educar para aprender a conocer, a hacer, a proyectar, a convivir, a sentir y a ser.

Todo ello es fundamental para formar personas satisfechas consigo mismas y con la vida, dispuestas a comprometerse con los demás y capaces de vivir una existencia feliz y con sentido, a pesar de las dificultades inherentes a la misma.

En primer lugar defendemos la importancia de que los educadores aprendan a ver al niño o al adolescente en quien es, sin exigirle más allá de lo que puede dar, contemplándolo en sus riquezas y posibilidades, que a veces no coinciden con lo que el educador espera. Es importante que se sienta satisfecho con sus avances, y reflejárselo; ayudarle a utilizar su inteligencia para que vea con claridad la realidad; a ejercitar su libertad y a tomar sus propias decisiones, acordes con su edad y posibilidades; acompañarle en la construcción de su voluntad, para poder llevar a cabo aquello que decida; y finalmente, contribuir a que construya una imagen realista de sí mismo, sin encerrarle en una visión idealizada, en lo que nosotros deseamos de él o en la etiqueta que le colocamos.

Es esencial que los educadores tomen conciencia de la importancia que tiene estimular al alumno a que exprese sus ideas y opiniones, o aquello que desea o le frustra, sin censurar ni reprimir, con una actitud de respeto y escucha; ayudarle a sentir y a expresar lo que siente, a canalizar sus emociones o, simplemente, estar a su lado, acogiéndole. Finalmente es importante ayudarle a tener en cuenta su cuerpo y cuidarlo, así como a elaborar una imagen realista de si mismo, sin etiquetarle ni encerrarle en lo que socialmente es valioso.

Es fundamental que los profesores comprendan la importancia de estimular al alumno a estar en contacto consigo mismo, para que vea lo que es positivo para él, lo que le construye, le deja en paz y a gusto o, por el contrario, le intranquiliza. Y ayudarle a disfrutar, a vivir cada momento como algo especial, como algo único y valioso, a comprender lo que le va bien, aunque no sea lo que se valora en su ambiente y, finalmente, ayudarle a tener actitudes positivas hacia sí mismo y la vida.

En segundo lugar, los educadores deberían comprender qué necesidades es importante que satisfagan sus alumnos para que su personalidad se desarrolle de forma sana y puedan vivir felices y satisfechos. Además, que tomen conciencia de las actitudes que favorecen el crecimiento de niños y adolescentes, que en realidad son importantes en cualquier relación personal y para ayudar al crecimiento a todo tipo de personas. Adquirir estas actitudes es algo lento que se hace a través de un largo camino de aprendizaje vivencial, que implica un análisis en profundidad del propio mundo interior, que va a ir conduciendo de manera progresiva a un cambio sustancial en las actitudes que se viven hacia uno mismo y hacia los demás.

Estas actitudes permiten vivir y mirar a los otros de un modo renovado. Entre estas actitudes, las fundamentales son las siguientes: autenticidad en la relación, saber escuchar en profundidad, generar una relación de persona a persona, manifestar cariño, respetar, tener fe en las posibilidades y potencialidades del alumno, no juzgar, criticar ni etiquetar, tener paciencia, no imponer y ayudarle a decidir por sí mismo (FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, 2005).

Finalmente, es muy importante que los educadores hagan un trabajo personal que les ayude a tomar conciencia de sí mismos y de su forma de funcionar, de lo que favorece o entorpece su vida, de la actitudes que viven, etc. (JIMÉNEZ GÓMEZ, 2004; FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, 2005).

Todo esto debería estar incluido en la formación de los educadores, poniéndolo en práctica en las aulas universitarias. Para ello es necesario crear en el aula un contexto que permita a los profesores en formación ser ellos mismos, crecer a nivel personal, valorarse y comprometerse, para que, en un futuro, puedan ayudar a niños y adolescentes a crecer como personas.

En mis clases, intento crear un clima relajado y tranquilo, libre de juicios y cargado de escucha, comprensión y respeto, en el que todos pueden participar, enriqueciéndose unos con otros, pudiendo ser ellos mismos sin temor a ser valorados. Un clima de aceptación de todos y de compromiso y gusto con lo que hacemos, fomentando el placer del conocimiento, abierto a cualquier propuesta que pueda enriquecernos, que acoge sus planteamientos con una actitud de aprender de todo y de todos. Estoy convencida de que lo que genera un ambiente propicio para el trabajo es el vivir actitudes constructivas. Por ello me muestro cercana, les acojo y escucho en sus dudas, anhelos y dificultades, respeto sus vidas y sus puntos de vista, me preocupo por ellos, les ayudo y acompaño y les miro en su valor.

Las materias que imparto, Psicología de la Personalidad, Desarrollo Sociopersonal, Psicología de la Educación y Formación Personal (esta última dentro del Postgrado en Psicomotricidad y Educación de la Universidad de Zaragoza), son especialmente importantes para ayudar a los estudiantes a mirar dentro de sí mismos y a su alrededor, y a encontrarse con el despliegue de la vida en los otros y en ellos mismos. Siento que son un medio privilegiado para que aprendan a escucharse y a escuchar a otras personas que buscan y se interrogan en torno a la vida y a ellas mismas, que tienen dificultades y sufren a veces, pero que se divierten, comparten, aman y disfrutan de la vida. Percibo que contribuyo a que se despierte la vida en ellos, que crecen en respeto y escucha, que se interesan y asombran, que se produce la comunicación sincera y que confían en mí. Poco a poco participan y se van abriendo a la asignatura, a los compañeros y a si mismos.

Creo en el valor de la educación para que las personas “aprendan a ser lo que son”. Por ello concedo mucha importancia a mi trabajo en formación de educadores, porque estoy convencida de que, si en mis clases consigo “alcanzar” a los estudiantes, algo de lo vivido lo van a transmitir cuando estén frente a sus alumnos u otras personas. Puedo ayudar a mis alumnos a crecer y a ser más concientes de ellos mismos y de su misión como educadores. Por eso quiero transmitirles mi visión del ser humano y su desarrollo, que sientan la importancia de lo que hacemos o dejamos de hacer; y también que comprendan que no da igual cómo lo hacemos.

Es fundamental la relación que establezco con la materia y con los estudiantes. Entiendo los contenidos como algo dinámico, que está relacionado siempre con ellos, con sus vidas, con sus aconteceres, con lo que sienten y anhelan, con lo que les frustra o les hace gozar. Es muy importante para mí abordar los contenidos desde su experiencia, que se hace viva junto a las experiencias de otros. Y esto les permite reflexionar, comprender, observar, sentir y compartir lo que viven, crecer en definitiva. A través de los contenidos de la asignatura puedo ayudarles a descubrir al ser humano de todos los tiempos, en su anhelo de comprenderse desde diversas perspectivas, una pasión que compartimos todas las personas.

En las clases les transmito mi visión del ser humano, lleno de potencialidades y capacidades, mi creencia en su fondo positivo y en sus posibilidades de despliegue, ayudándoles a encontrar ese mismo fondo en ellos. No refuerzo una visión ataque-defensa de la persona, y estoy ahí, junto a ellos, procurando ser yo en cada momento, con calma y paciencia, mirándoles desde una actitud de no juicio, de tolerancia, respeto y cuidado por sus vidas, y creyendo en sus posibilidades. Y esto da resultado, da muchos frutos, aún en el corto espacio de un cuatrimestre y en el contexto de una asignatura.

Por otra parte es primordial el gusto por lo que hacemos y transmitimos, y estar convencidos de su valor, entusiasmarnos y entusiasmar, contagiando la pasión por el conocimiento y por el ser humano. Y esto es contagiar las ganas de vivir siendo personas en proceso de crecimiento. Procuro ser auténtica en la relación y les invito a hacer lo mismo. Y es sorprendente el nivel de compromiso, escucha y respeto que se alcanza en el grupo.

Como dice una de mis alumnas: “Durante el desarrollo de las clase me he sentido muy a gusto. He podido hablar delante de mis compañeros sin vergüenza alguna y sin temor a lo que pensaran de mí. Soy una persona bastante tímida, pero en este grupo, gracias al ambiente que se ha creado, he conseguido sentirme como una más y disfrutar de los momentos que he vivido en clase. Me han gustado las conversaciones interesantes, las aportaciones personales de cada uno, el poder hablar de nuestros sentimientos y expresar nuestras ideas… Todo ha sido muy útil para el aprendizaje de la asignatura y para mí como persona”.

Uno de los principales objetivos de mis clases es fomentar en los estudiantes la formación integral de su personalidad, favoreciendo su proceso de crecimiento personal. Ayudarles a comprenderse, a conocerse y a hacerse conscientes de todo lo positivo que hay en ellos, a ser más dueños de sus emociones y de sus vidas y a ser ellos mismos y felices. Este objetivo se fundamenta en mi convencimiento de que es fundamental que el profesorado tenga una solidez personal desde la que pueda hacer frente a las situaciones conflictivas, a los procesos transferenciales en el aula; que le permita mantener la serenidad ante sus alumnos y ser un punto de referencia seguro para ellos, y que le ayude a tener unas actitudes positivas ante niños, adolescentes y jóvenes y su proceso de crecimiento.

En este sentido, creo que es muy importante que los profesores y profesoras sepan “ver” a los alumnos en su riqueza, en lo que son, que sepan reconocer todo lo que de positivo y genuino lleva dentro cada uno. Es fundamental que les valoren y que confíen en ellos (BARLOW, 2005). Sólo podrá confiar en sí mismo el niño que ha visto que se confía en él y que se le valora en lo que es, que tiene su hueco, su lugar. Y también es importante el amor incondicional del profesor y las actitudes de respeto, escucha, atención, cuidado y paciencia. Es evidente que el profesor maduro, que sabe ver al alumno, que confía en él, que tiene todas las actitudes positivas de respeto y cuidado por su crecimiento, va a ser un auténtico revulsivo, va a ayudar a que éste crezca, se conozca, decida de acuerdo a sí mismo y no tenga necesidad de actuar para buscar aprobación, porque ya es aceptado tal cual es.

A modo de ejemplo, resumo una sesión en torno a las necesidades del niño y del adolescente. Con ella pretendía que los estudiantes tomaran conciencia de las principales necesidades que un niño o adolescente debe satisfacer para que se produzca un desarrollo armonioso de su personalidad. También que tomaran conciencia del importante papel del educador en la satisfacción de estas necesidades y que les sirviera para conocerse en el modo en que estas necesidades han sido satisfechas o no durante su proceso de crecimiento. Finalmente, intentaba estimular la expresión personal ante los otros y algunas actitudes como la autenticidad, el respeto, la escucha y el no juicio.

Comencé planteándoles que es muy importante que el educador atienda las necesidades básicas del niño o del adolescente, puesto que su satisfacción es esencial para que se produzca un desarrollo armónico de su personalidad. Les entregué un texto de unas tres páginas en el que se desarrollaban las principales necesidades del niño y del adolescente desde una perspectiva humanista: ser reconocido, ser amado incondicionalmente, sentirse seguro, ser tratado como niño y no como mini-adulto, realizar aprendizajes y ser él mismo.

Tras la lectura, les pedí que escribiesen unas breves líneas en las que analizasen lo que este texto les despertaba, indicándoles que no lo hiciesen sólo desde una perspectiva cerebral, sino que tratasen de sentir y de analizar su vivencia puesto que, como decía Rogers, el aprendizaje que tiene lugar desde la nuca hacia arriba y que no involucra sentimiento o significación personal no tiene relevancia para la persona total.

Les suelo plantear las clases de este tipo de una forma abierta, de manera que les doy posibles ideas para escribir, insistiéndoles en que tan sólo son “pistas”, que las posibilidades son múltiples, que cada cual tiene su vivencia y que ninguna es mejor que otra. Por lo tanto, les digo, “seguramente a vosotros se os van a ocurrir otras muchas cosas de las que yo no he hablado”. Les sugiero varias posibilidades en forma de preguntas: ¿Cuál ha sido vuestra vivencia personal en el colegio, en el instituto o en la familia? ¿Qué efecto ha tenido en vosotros? ¿Cómo sentís que han sido satisfechas vuestras necesidades? ¿Qué os dice este texto como futuros educadores? ¿Os hace replantearos vuestro concepto de educación? ¿Os cuestiona de alguna manera vuestras relaciones personales? ¿Qué sentís después de su lectura? ¿Habéis aprendido algo sobre vosotros mismos?

A continuación, los estudiantes escriben tranquilamente y, de manera libre, van compartiendo sus vivencias, estableciéndose un diálogo rico e interesante. Algunos incluso comparten descubrimientos y experiencias personales. Se producen frecuentemente tomas de conciencia, expresándose a veces las emociones que las mismas acarrean. Transcribo seguidamente varios fragmentos de sus escritos, redactados por los estudiantes que participaron en la sesión que estoy comentando:

- Ser reconocido: “En la adolescencia creía que lo fundamental era comprender como me veían los otros, para cambiar lo que no les gustaba. Creo que tenía mucha inseguridad. Un profesor confió en mi y me ayudó, en un momento difícil de mi vida, a ver mi valor y aceptarme tal como soy”.

- Ser amado: “He aprendido cómo hay que tratar a las personas. Escuchar sin juzgar. A los niños es importante quererles, ser un poco como sus padres. Así podrán confiar en nosotros. Lo que pensamos de nuestros alumnos influye en cómo se comportan. Si un niño se cree “malo” y siempre le están castigando, aunque tenga potencial se va a quedar ahí si no le ayudamos a que lo saque”.

- Sentirse seguro: “Gracias al espacio que se ha creado, sin juicios ni evaluaciones, en el grupo he podido entablar verdaderas relaciones humanas con mis compañeras y con la profesora, basadas en el respeto y en la escucha. Hemos debatido y compartido nuestros puntos de vista, enriqueciéndonos unas a otras. Realmente, las clases resultan un remanso, una verdadera terapia. Se han reforzado mis deseos de hacer cosas que hace tiempo tenía aparcadas. Me permite aprender con gusto y dedicar tiempo a mi desarrollo interior. No es como en las clases que te obligan a dejar aparcadas tus experiencias y emociones de cada día, para concentrarte en una tarea meramente intelectual y solo por obligación de cumplir con tu responsabilidad”.

- Vivir exigencias adaptadas a su nivel de madurez: “Hay que dejar que los niños vivan su infancia, sin pretender que respondan como a veces ni siquiera los adultos somos capaces responder, y tener mucha paciencia con sus equivocaciones. He aprendido algo que me ocurre en el día a día: cuando me equivoco y fallo en alguna cosa que esperaba hacer, me duele y me da mucha rabia y veo que me exijo demasiado. Voy a intentar no enfadarme y buscar otro camino para llegar a lo que quería. También será importante para mí ir dejando de lado los productos, para centrarme más en el cómo y en disfrutar lo que hago”.

- Aprender los distintos saberes: saber hacer, saber ser, saber vivir (convivir) y saber de conocimientos: “Es increíble que podamos influir tanto en los niños. He visto lo importante que es educar las emociones, que a veces se olvidan en la escuela para explicar tan sólo contenidos. Muchas veces negamos sentimientos por miedo a ser rechazados, o porque nos da vergüenza sentir ciertas emociones. Esto nos hace tener una imagen negativa de nosotros mismos y no nos permite ser ni sentir lo que somos y sentimos. Al no aceptarnos, tampoco aceptamos a los otros”.

- Ser estimulado a construir la propia identidad: “Ha sido muy estimulante y gratificante la actividad de contar nuestro mayor deseo, para que vean lo que somos. Ver como la gente espera lo que le vas a decir y como te miran a los ojos con gratitud hacia tus palabras es algo muy bonito. Casi tanto como escuchar que personas que te conocen de unos pocos meses y de unas horas a la semana puedan decir tantas cosas de ti, que mucha gente que te rodea ni tan siquiera ve”.

Al final les propongo que expresen la sensación dominante que les queda de la clase. Es así como acceden de nuevo a la variedad de vivencias propias y de sus compañeros: alegría, tranquilidad, miedo a no saber hacerlo bien, calma, esperanza, aquí hay “madera”, respeto, ahora nos toca a nosotros, preocupación, responsabilidad, ganas de más ...

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El educador ante las necesidades del niño y del adolescente


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54 (19,3) DICIEMBRE 2005




El educador ante las necesidades del niño y del adolescente

“En la adolescencia creía que lo fundamental era comprender como me veían los otros, para cambiar lo que no les gustaba. Creo que tenía mucha inseguridad. Un profesor confió en mi y me ayudó, en un momento difícil de mi vida, a ver mi valor y aceptarme tal como soy”.

Una de las formas de ayudar a niños y adolescentes a desarrollar su personalidad es atender a sus necesidades básicas. El educador debe estar atento a las necesidades normales del niño y tratar de satisfacerlas de manera ajustada, teniendo en cuenta las situaciones concretas, incluidos los límites de los propios educadores.

La satisfacción de algunas necesidades es fundamental para que se produzca un desarrollo armónico. Analizamos a continuación las necesidades que el niño y el adolescente precisan para desarrollarse de una forma sana: ser reconocido, ser amado incondicionalmente, sentirse seguro, ser tratado como niño y no como mini-adulto, realizar aprendizajes y ser él mismo (PRH, 1997, 259-274).


Ser reconocido

“Las clases están siendo muy importantes para mí, porque me ayudan a darme cuenta de qué cualidades tengo, para poder hacerme una idea de quien soy, viendo también las limitaciones que tengo. Así puedo tener autoestima”.

Como ya hemos dicho, educar es ayudar al niño a “ser quien es”, ayudarle a conocer y actualizar sus potencialidades y a tener en cuenta sus límites. El educador debe estar atento para reconocer esas potencialidades a partir de los proyectos, deseos y aspiraciones que el niño va expresando. Si tenemos en cuenta que el niño aprende a conocerse a partir de la imagen que le reflejan los demás, es muy importante, por ejemplo, que el educador esté abierto, para ver de manera ajustada las riquezas del niño y no sólo a partir de los valores del entorno; y reflejárselas manifestando alegría, pero teniendo cuidado de no encerrarle en una imagen idealizada de sí mismo. Lo fundamental es que el niño pueda existir y sentir alegría por ser como es. En este sentido, es importante reconocerle como es y no desear un niño perfecto, porque esto provoca expectativas que le pueden hacer mucho daño.


Ser amado 

“Me has aportado paz, me has enseñado que todo es posible y que todo tiene su por qué, incluso lo más absurdo. Me has dado caricias muy importantes y que yo necesitaba. Me has ayudado a formarme como persona y a sentirme orgullosa de ser como soy”.

Para sentirse digno de ser amado y organizar una imagen el niño necesita ser querido por las personas importantes que le rodean. Necesita un amor incondicional, cargado de ternura, afecto y respeto, y también de bondad ante las dificultades y de benevolencia ante los errores. Este amor puede expresarlo el educador en sus gestos, miradas, tono de voz, palabras, así como en el tiempo y atención personalizados que ofrece al niño. De esta forma, el niño se siente seguro desde un punto de vista afectivo y aprende a amar y a confiar en los otros, lo que contribuye a que estructure bien su personalidad.


Sentirse seguro

“El grupo ha sido una gran experiencia. Desde el principio se creó un clima en el que nos sentíamos seguros, que ha permitido que aflorasen sin temor las opiniones, los sentimientos, los ideales… He comprobado que, aunque las personas sean muy distintas, se pueden establecer relaciones de complicidad y comprensión”.

El niño depende de los demás para satisfacer sus necesidades, es muy vulnerable y no puede valerse por sí mismo. Por esto es importante que el educador responda a su necesidad de seguridad, protegiéndole de los peligros y dándole afecto para que sienta que puede contar con él.

Cuando en el entorno que rodea al niño hay angustia, depresión, tensión o conflictos, éste se siente inseguro, y experimenta miedo a no recibir lo necesario para vivir, e incluso miedo a ser abandonado. En este sentido, es muy importante, por ejemplo, que el educador evite las amenazas y no le transmita sus inquietudes o temores. Por ello es necesario que éste trabaje sus propias inseguridades, que están ocultas detrás de ciertas exigencias o de las conductas hiperprotectoras o dominadoras.

El educador puede estar al lado del niño para que afronte lo que le inquieta, ayudándole, por ejemplo, a verbalizar su temor en lugar de esconderlo, o enseñándole a buscar el modo de apaciguarlo; o, simplemente, acogiéndole con su miedo, sin censurarle ni ridiculizarle.


Vivir exigencias adaptadas a su nivel de madurez

“De niña me sentí muy exigida, más de lo normal para mi edad. Eran cosas no propias de una niña”.

A veces los educadores exigen demasiado al niño, deseando que se comporte como un adulto razonable, responsable, comprensivo, respetuoso y autónomo, y que alcance el éxito a la primera. Sin embargo, el niño y el adolescente necesitan que las exigencias se adapten a su edad y nivel de desarrollo y que se les acepte con sus tanteos, sus dificultades y sus errores.

Cuando se les exige más de lo que es posible para ellos, pueden surgir sentimientos de inadecuación y/o culpabilidad. Una forma de adaptar las exigencias al niño es acompañarle a su propio ritmo, aceptando sus lentitudes, incluso sus estancamientos y regresiones; y estimularle para que asuma las responsabilidades propias de su edad. Acompañar supone tener solidez personal y mucha paciencia, comprender y no juzgar.


Aprender los distintos saberes

“Me ha hecho pensar sobre la importancia que tiene la figura del profesor para el desarrollo del niño. Sobre todo que tengamos tanta influencia en ellos. A menudo hay mucha prisa para dar todos los contenidos y se dedican muy pocos momentos al diálogo con los alumnos, a dejar que expresen sus sentimientos, sus estados de ánimo o sus preocupaciones. Me ha hecho reflexionar en torno a que es tan importante lo que el niño aprende, como que se desarrolle su personalidad de una forma favorable. Creo que hay que dedicar más tiempo dentro de las aulas a enseñar a saber hacer, saber vivir y saber ser”.

El niño tiene derecho a aprender a: saber hacer en la mayo cantidad de ámbitos posible, para asumir su vida y ser autónomo; saber ser, desarrollando todas sus potencialidades; saber vivir (convivir), sintiéndose a gusto con los otros, al tener las mismas referencias relacionales y respetar las mismas reglas; y saber de conocimientos, que favorece su enriquecimiento personal y contribuye a que se despierte su curiosidad.

En la escuela se enseñan los contenidos académicos, siendo poco frecuente enseñar al niño cómo funcionan los seres humanos y la importancia que tiene conocerse a uno mismo para ser feliz. En este sentido, el educador puede ayudar desde muy pronto a los niños a distinguir lo que viven: las ideas, los juicios sobre sus compañeros, sus deseos que quieren satisfacer al momento, los sentimientos, las necesidades de su cuerpo, sus cualidades, su conciencia que les dice lo que es bueno hacer o no. Todo ello les ayuda a distinguir los niveles esenciales de la personalidad. Especialmente lo que piensan, lo que sienten y lo que son en el fondo, y cómo todo esto tiene relaciones con su cuerpo. Esto les despierta el gusto por conocerse y les ayuda a tomar decisiones, a tener en cuenta sus necesidades y las de los otros, y también a ver lo que es esencial y lo que es secundario. 

Según como se desarrollan los tiempos de aprendizaje, se pueden satisfacer las necesidades de seguridad, de ser reconocido y querido y de ser considerado como un niño. De ahí la importancia de que el educador muestre actitudes de paciencia, flexibilidad, apertura al diálogo, bondad, acogida, no juicio y aceptación del tiempo que requieren los aprendizajes.


Ser estimulado a construir su identidad

“Siempre me compararon con mi hermano y esto no fue bueno para ninguno de los dos. Para él, porque yo era considerada mejor y para mí porque aún me sigo exigiendo y comparando con los otros, creyendo siempre que son más que yo y que tengo que superarles”.

En toda persona existe la necesidad de construir la propia identidad. Por ello es importante que el educador acepte que cada niño es único, una persona diferente, que es él y que puede tomar sus decisiones, porque cuando es percibido como único, puede confiar en lo que es, alegrarse por ello y afirmarse, incluso en sus diferencias.

A veces el educador no favorece la construcción de la personalidad infantil: cuando influye sobre los niños desde sus expectativas, su sistema de valores o lo que le viene bien; cuando se dirige a ellos de manera colectiva, recortando así sus peculiaridades personales; o cuando les compara con otros, sugiriendo así el “modelo deseado”.

Los educadores estimulan y facilitan el proceso de construcción de la identidad personal cuando reflejan al niño sus características, le invitan a que sienta lo que es mejor para él, le respetan y ayudan a poner en práctica sus decisiones, y cuando le animan a ser él en cada momento, en lugar de conformarse con lo que los otros esperan.

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Texto tomado de:


FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ, María Rosario (2005). "Más allá de la educación emocional. La formación para el crecimiento y desarrollo personal del profesorado. PRH como modelo de referencia". Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 54 (19.3),195-251 (Pulsar aquí para ver el artículo a texto completo)