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Memoria y emociones (José Emilio Palomero Pescador)


Dejo hoy en el blog unas reflexiones sobre la relación entre memoria y emociones, tan capaces de crear recuerdos resistentes al olvido como de encerrarlos sin piedad en las mazmorras del inconsciente.

Hace ya muchos años, el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, dijo que “no hay memoria sin contexto emocional”. Dicho de otra forma, que recordamos mejor aquellas cosas, agradables o desagradables, que están relacionadas con el mundo de las emociones: con la alegría, el bienestar, el amor…, o con la tristeza, la desesperación, el miedo, el enojo, el odio, la ira, la violencia, los celos…

Sin embargo, son los neurocientíficos actuales quienes están comenzando a descubrir como funciona la memoria emocional. Ellos creen que nuestro cerebro se aprovecha de las emociones fuertes y de los neurotransmisores que se liberan durante la respuesta al estrés, para regular la intensidad con que almacenamos nuestros recuerdos, de manera que los recuerdos que están asociados a una información cargada emocionalmente permanecen grabados en el cerebro. Esta sería la razón por la que recordamos con más facilidad aquellos datos, hechos o experiencias que tienen una carga emocional y afectiva, aquellos que nos han marcado o conmovido.

Por otra parte, nuestro cerebro no está preparado para recordar toda la información que le llega. Es más, la mayor parte de esa información se pierde de manera definitiva. Así las cosas, podríamos preguntarnos por las razones que justifican que almacenemos unas informaciones y desechemos otras.

Contestar esta pregunta de forma detallada y precisa nos llevaría mucho tiempo y espacio, así que optaré por centrarme tan sólo en una parte de la respuesta, aquella que tiene que ver con las emociones.

Neurólogos y psicólogos saben hoy que nuestras emociones intervienen en nuestra memoria, que la condicionan. O dicho de otra forma, que las emociones determinan en buena medida lo que recordamos y lo que olvidamos. Así que, como ya decía Freud, no hay memoria sin contexto emocional.

Dicho de otra forma, mientras aprendemos almacenamos en nuestra memoria (de forma simultánea) dos tipos de información: una de carácter externo y otra de carácter interno, tal como explico seguidamente, recurriendo en buena medida a elementos experienciales.


1) La información de carácter interno: el suceso acaecido, la experiencia vivida

Recordamos sonidos, olores, sabores, hechos, datos, experiencias, sensaciones. Y así, quienes tenemos una cierta edad y somos de pueblo, recordamos aquellas lumbres atizadas con carrasca, paja blanca o garrobaza, o el humear de las chimeneas de nuestra infancia. Los hornos donde se fabricaba el pan, los bollos de chicharrón y los bollos maimones. La fragua, el tejar o los pinares. Las noches serenas y estrelladas. Las tertulias a la fresca, sentados a la puerta de las casas, en las noches del tórrido verano. Las bodas y los bautizos, las muertes y funerales. La navidad, la semana santa, las fiestas patronales y el resto de festividades. La vendimia, las matanzas. La noche bruja de los reyes magos. Los campos, las huertas, las eras. El olor a alfalfa recién segada, o el sonido y olor, durante la trilla, de algarrobas, garbanzos, lentejas, trigo, centeno y cebada. Los moscardones y sartigallos, o las ballestas para cazar gorriones. Los renacuajos y ranas que poblaban nuestros charcos. El vuelo rasante de los arricángeles (vencejos) a la caza del gorgojo, las golondrinas y sus nidos sagrados, o las cigüeñas batiendo el mortero en la torre de la Iglesia. El tañido de las campanas, que marcaron las horas de nuestros días…

¡Tantos recuerdos..! Y todos ellos están ahí, almacenados en nuestro cerebro, en nuestra memoria de largo plazo. Son las experiencias vividas, los sucesos acaecidos, la información externa almacenada en nuestra memoria.


2) Información de carácter interno: la reacción emocional que me produce ese suceso, hecho o experirencia

Y junto a la experiencia vivida, el significado que le doy, el impacto que provoca en mí, las emociones, sentimientos y afectos que me despierta…

Así, por ejemplo, todos los datos, hechos, experiencias o sensaciones que acabo de rememorar en el párrafo anterior provocaron en su día emociones, sentimientos, afectos y vivencias. Es decir, nos impactaron emocionalmente de una u otra forma, y todas esas reacciones emocionales fueron también almacenadas en nuestro cerebro, en nuestra memoria. Y así, cuando recordamos, la memoria nos devuelve (utilizaré para explicarlo un ejemplo) no sólo la imagen del bollo de chicharrón, su olor, su sabor, su color, su textura, su forma, o cómo se fabricaba…, sino que nos devuelve también las emociones que experimentamos en el momento en que “lo aprendimos”, y por ello, junto al bollo de chicharrón emergen también las emociones experimentadas en aquellos momentos.

Cuanto más nos impacte un hecho, cuanto más afecte a nuestra existencia (positiva o negativamente), con más fuerza quedará grabado en nuestra memoria, en la que no sólo almacenaremos el hecho, sino también las emociones asociadas.

No obstante, buena parte de los hechos, sucesos o experiencias que nos afectan negativamente son eliminados de nuestra memoria gracias a la represión, tal como descubrió el psicoanálisis. Lo que sucede en estos casos es que el individuo encierra en su inconsciente (olvidándolos por completo en el plano consciente) acontecimientos o experiencias que por su carga emocional negativa le resultan intolerables. Tales acontecimientos y experiencias, que siguen vivos dentro de nosotros aún cuando no podamos acordarnos de ellos, serían una de las principales claves explicativas de la forma en que cada uno de nosotros funciona y se comporta.

Copyright José Emilio Palomero Pescador

El olfato, ese poderoso hechicero (José Emilio Palomero Pescador)



El olfato es el canal sensorial más olvidado, una especie de “ángel caído” menospreciado por los estudiosos de los sentidos, que están más interesados en investigar la vista, el oído, el gusto y el tacto.


Sin embargo, el olfato es un sentido con enormes poderes mágicos, gracias a su capacidad para evocar todo tipo de emociones y recuerdos. Por ello, tal como decía Helen Keller (1), de quien nos hemos ocupado en este blog en más de una ocasión, “El olfato es un poderoso hechicero que nos transporta a través de miles de millas y de todos los años que hemos vivido. El olor a fruta me lleva a mi casa… [y] a mis juegos de niña en la huerta… [y] otros olores, instantáneos y fugaces, hacen que mi corazón se llene de alegría, o se achique con el recuerdo del dolor”. O como señalaba Kipling (2), “Más que los sonidos o las imágenes, los olores pueden mover las fibras del corazón”.

Pero más aún. Tal como ha señalado Synnott (3), el valor del olfato no se agota en su vertiente emocional, sino que tiene poderosas implicaciones estéticas, sexuales, espirituales, médicas, legales, morales, políticas y económicas, que hacen que el olor impregne e invada todos los dominios de nuestra vida social.

Si además tenemos en consideración que cualquier persona sana puede aprender a percibir entre 10.000 y 40.000 olores diferentes, y que los expertos (perfumistas, enólogos, catadores…) son capaces de identificar hasta 100.000, está claro que el olfato es un sentido muy importante. Incluso podríamos decir que en gran medida pensamos y sentimos por la nariz.

Por todas estas razones me parece interesante invitar a mis lectores y lectoras a rememorar algunos de los olores aprendidos en la infancia. Podríamos decir que existen distintos universos sensoriales y que por ello los seres humanos hablamos diferentes idiomas olfativos, que están en función de nuestras experiencias personales y del lugar en que nos hemos criado.

Quizá por ello, a mi siempre me ha resultado agradable el olor a establo. Me trae recuerdos de la época que viví en el pueblo. Mucha gente no puede soportar este olor, pero a mi me gusta recordarlo, pues hace que retorne a mi memoria el calor humano y animal de las cuadras en los gélidos inviernos de mi infancia; el ordeño de las vacas, cada mañana y cada noche, y el trato cariñoso del ordeñador, que las hablaba dulcemente mientras iba sacando la leche de sus ubres; el asombro que me producía el nacimiento de cada nuevo ternero; el momento en que las vacas volvían de pastar en las praderas en los atardeceres de las primaveras y los veranos; el olor de la alfalfa recién cortada; los sonidos propios de la rumia y el mugido de las vacas; el sabor tan fuerte como delicioso de la leche fresca, recién hervida a la lumbre de paja; la fabricación casera de la mantequilla, el requesón y el queso; el sabor y el olor de aquella sabrosa y espesa nata que, recién salida del puchero, nos comíamos untada en pan con azúcar; los calostros; la leche migada; las conversaciones en el establo; las personas con las que allí mantuve interminables conversaciones; los juegos y chiquilladas; y otras mil y una historias cargadas de emoción y de afecto…

¡Qué cantidad de buenos recuerdos con tan sólo evocar el olor de los establos…! Está claro que el olfato es un gran hechicero, que tiene poderes mágicos, que es capaz de despertar todo tipo de emociones y recuerdos.

Parafraseando al Hamlet de William Shakespeare, “Nada hay fragante ni maloliente, bueno o malo, si el pensamiento no lo hace tal.” No hay buenos o malos olores. No es tan simple. Nuestro gusto nasal depende de las emociones y pensamientos que asociamos a las huellas olorosas.

Y es que las cosas no son blancas o negras en ningún ámbito de la vida. En todos ellos hay toda una amplia gama de tonalidades.

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(1) Helen Keller, sorda y ciega, fue una famosa escritora, activista y oradora estadounidense. Su vida inspiró la famosa película “El milagro de Ana Sullivan”, galardonada con dos Óscar en 1962. Quizá por su sordoceguera, terminó convirtiéndose en la nariz más famosa de la historia, capaz de descubrir el oficio de una persona por su aroma, por su olor.

(2) Joseph Rudyard Kipling, fue un escritor y poeta británico nacido en la India. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1907.

(3) Anthony Synnott es uno de los principales estudiosos de la sociología del olor.

Copyright José Emilio Palomero Pescador



Alta habilidad: superdotación y talento

La Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado, número 32, volumen 13.1 (2010), ya en línea a texto completo, con una monografía sobre "Alta habilidad: superdotación y talento", coordinada por la profesora María Dolores Prieto, Catedrática de Universidad en la Universidad de Murcia (Área de Psicología Evolutiva y de la Educación).


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