Sigmund Freud, neurocientífico, psiquiatra, profesor universitario, filósofo, escritor, candidato al Premio Nobel de Medicina, y al de Literatura por sus escritos en prosa elegante y precisa, Premio Goethe de Literatura, fundador del psicoanálisis (1894)…, nació el 6 de mayo de 1865 en Freiberg (actual Príbor, República Checa), que entonces formaba parte del Imperio Austrohúngaro. A los tres años se trasladó a Viena con sus padres, ciudad en la que vivió la mayor parte de su vida y en la que convirtió el diván en el icono de una corriente de pensamiento que revolucionó la percepción del ser humano en el siglo XX. Murió el 23 de septiembre de 1939, en Londres, donde se exilió un año antes de su muerte, como consecuencia de la persecución nazi a raíz de la anexión de Austria al Tercer Reich.
Freud, el fundador del psicoanálisis, el gran arqueólogo del inconsciente, el descubridor de la sexualidad infantil, el padre de la interpretación de los sueños …, fue uno de los personajes más influyentes del siglo XX, y su poderoso legado sigue estando hoy más vivo que nunca. Con sus intuiciones geniales y con sus desaciertos, sacralizado por unos y demonizado por otros, el psicoanálisis continúa hoy en el ojo del huracán, provocando fascinación y rechazo, generando debate y controversia. Defendido por los herederos intelectuales del fundador, divididos hoy en mil escuelas y rechazado por amplios sectores de la comunidad científica internacional, que decretó su muerte de forma inapelable, tras una larga exégesis, el psicoanálisis encuentra hoy a algunos de sus mejores valedores en quienes quieren refundarlo desde un diálogo emergente con la psicología cognitiva y con las neurociencias.
Como ya hemos señalado en otra ocasión (Palomero y Fernández): “El ser humano es un ser sumamente complejo, cuyo comportamiento exige explicaciones interdisciplinares, multifactoriales y pluricausales. No en vano somos hijos de nuestros genes y producto de los circuitos neuronales que pilotan el control de nuestro organismo, a la vez que fruto de los procesos dialécticos de la historia y la cultura; hijos, por tanto, de los ambientes pasados de adaptación de la especie, y a un mismo tiempo de los contextos actuales (geográficos, políticos, jurídicos, económicos, tecnológicos, religiosos, familiares, escolares, sociales…) en los que nace y crece cada ser y grupo humano concreto.
Somos, ya desde niños, máquinas especializadas en procesar información, así como pequeños científicos que construimos teorías explicativas de la realidad; y a la vez, el resultado permanentemente inacabado de nuestra experiencia, de procesos de condicionamiento, de refuerzos y castigos, de aprendizaje por imitación de modelos…
Somos, también, fruto de nuestras propias expectativas y de nuestros pensamientos, motivaciones y creencias. Y somos, además y al mismo tiempo, hijos de nuestros propios fantasmas inconscientes, que impulsan de forma dinámica y dialéctica nuestro propio destino desde el poder oculto y silencioso del eros y el thanatos, del placer y la realidad y de los conflictos internos…, que tan ocultos como presentes, soterrados bajo el tipp-ex de la censura, dan cuenta cabal de nuestra historia personal y colectiva y dirigen en buena medida nuestra existencia.
Y somos, finalmente, el resultado de múltiples mecanismos y procesos de comunicación, cuyas raíces más primitivas se insertan en la necesidad de relación y de afecto que tiene el ser humano desde su nacimiento, explicitado en primera instancia a través del diálogo corporal y emocional que mantiene el niño con su madre durante los procesos de maternaje, allá en los albores de la infancia, una experiencia radical y primitiva que predestina al ser humano al entendimiento, a la comunicación y al diálogo.”
Freud descubrió una parte sustancial de este entramado: que el ser humano es un ser de precariedades, silencios, ausencias y faltas…, rodeado de bárbaros y de fantasmas que le asaltan desde fuera y desde dentro, mediatizado por sus dos instintos básicos, el eros y el thanatos. El psicoanálisis ha puesto de manifiesto que, tanto en el plano individual como en el colectivo, los humanos somos narcisistas, voyeuristas, exhibicionistas, masoquistas, sádicos…, y que son estas patologías las que explican en buena medida el comportamiento de las personas y de los grupos…
¿O no es cierto que la violencia está presente en todas partes? En las calles, en la prensa, en las pantallas de televisión, en el cine, en las videoconsolas, en internet…, en la economía y en los mercados, en las leyes, en los gobiernos, en los ejércitos, en las instituciones, en las familias, en las aulas… ¿No es cierto que vivimos instalados en un mundo lleno de violencia directa y de y de violencia estructural?, ¿que nuestra cultura está marcada por el terrorismo y las guerras en general?, ¿que la gente se ataca, se insulta y se grita en los diferentes escenarios mediáticos de la aldea global?, ¿o que los políticos practican de forma descarada y sistemática el insulto y la descalificación? Y, en otro orden de cosas: ¿No tienen mucho de ataque contra uno mismo la depresión, los problemas con la autoestima o los trastornos de la alimentación, por citar tan sólo algunos ejemplos?
Nuestra historia personal y colectiva está atravesada por el thanatos, por los bárbaros que nos atacan desde dentro y desde fuera, pero también por el eros: ¿O no es verdad que la mayor parte de las canciones que escuchamos, las películas que vemos y las novelas que leemos hablan de sexo?, ¿que la sexualidad inunda y sobrevuela nuestras vidas?
Por todo ello, el psicoanálisis sigue siendo hoy un instrumento epistemológico fundamental para comprender los acontecimientos pasados y recientes, y para entendernos mejor a nosotros mismos. Capaz de aportar explicaciones sobre el individuo y sobre la sociedad. De arrojar luz sobre nuestros conflictos intrapsíquicos, sobre nuestro mundo interior, sobre nuestro último fracaso amoroso, sobre nuestra vida emocional; de ayudarnos a convivir con los dragones del miedo y la duda y con todos nuestros fantasmas internos, que nos atenazan. Capaz de explicar, también, el terror político silencioso, el choque de civilizaciones, las matanzas de Ruanda o el terror de Israel y de Gaza; o el 11- S y el 11-M, o los atentados de Londres y la guerra de Irak…
Pero aún más, el psicoanálisis es también una herramienta de transformación, porque se propone cambiar el estado de las cosas, en el plano íntimo y en el plano social, a partir de una profunda toma de conciencia de la realidad, si es que se nos permite explicitar esta última cuestión en términos marxistas.
Finalmente, es nuestra condición de sujetos lo que nos constituye de forma más íntima y radical. Por ello, nuestra subjetividad no puede quedar fuera de los espacios del saber, porque una ciencia que excluye nuestro ser más esencial, estaría situada al margen de la realidad y sería, en consecuencia, una ciencia delirante. En eso consiste precisamente el delirio, en una pérdida de contacto con la realidad.
La vigencia del psicoanálisis tiene que ver con esa necesaria interrogación por la subjetividad, que nos permite una mejor comprensión del mundo en que vivimos y de nuestro propio espacio vital. En este sentido, el psicoanálisis sigue siendo hoy un exigente método de exploración de nuestro mundo interior, frente a las alienaciones del neoliberalismo y la economía de mercado, que privilegian la productividad, la eficacia y los resultados, y que demandan un hombre irreflexivo, simplón y sin conflictos, y una solución narcótica para los males del alma.
Más aún, el psicoanálisis sigue vigente hoy porque, como ha resaltado Élisabeth Roudinesco, la emoción y el deseo no pueden reducirse a una fórmula química, ni nuestras capacidades cognitivas a una simple red neuronal. Y porque a pesar de la indiscutible utilidad de los actuales medicamentos psicotrópicos, éstos no pueden liberar al ser humano del sufrimiento, la violencia, la soledad, la muerte, la ausencia, el silencio, la insatisfacción, la tristeza, el odio, el miedo, los celos…, ni de los traumas, fracasos o carencias, ni de los conflictos entre razón y corazón, o entre ética y deseo…
Freud, el fundador del psicoanálisis, el gran arqueólogo del inconsciente, fue uno de los personajes más influyentes del siglo XX. Sus teorías marcan las fronteras de un antes y un después en la comprensión de la naturaleza humana, la cultura, el arte, la religión… Con sus agudas observaciones, aportó un conjunto de hipótesis que abrieron nuevos caminos en diferentes esferas del comportamiento humano, y que han supuesto un fuerte estímulo para la investigación.
El psicoanálisis es, por otro lado, la más popular de las doctrinas psicológicas. Forma parte de nuestra cultura. Ha dejado su huella en ámbitos tan diversos como la neurología, la psiquiatría, la psicología, la pedagogía, la sociología, la filosofía, la hermenéutica, la antropología, la historia, la religión, la literatura, el arte, el cine…
Las críticas a Freud: sus detractores
Quienes discrepan de Freud aseguran que sus teorías no son más que el producto final del autoanálisis de su personalidad. Sus detractores consideran que el perfil científico del psicoanálisis es similar al de la astrología frente a la astronomía, o al de la alquimia con respecto a la química, y lo incluyen, así, en el campo de las pseudociencias.
Pocas teorías han sido tan criticadas, y con tanta dureza, como el psicoanálisis. El lector podrá encontrar un juicio sumarísimo a Freud en Le Livre noir de la psychanalyse, publicado en septiembre de 2005 por Catherine Meyer y una cuarentena de colaboradores de distintos países y especialidades, obra que fue contestada un par de meses después, de forma también fulminante, por Elisabeth Roudinesco (Pourquoi tant de haine? Anatomie du Livre noir de la psychanalyse, 2005), la brillante historiadora, psicoanalista y directora de Investigaciones en la Universidad París VII, y un poco más tarde por Jacques-Alain Miller (L’anti-livre noir de la psychanalyse, 2006), influyente psicoanalista lacaniano; o una excelente crítica, breve, pero también demoledora, en el libro de García y Sevilla Anàlisi de la Psicoanàlis (1985). O consultar Decadencia y caída del imperio freudiano, de Hans Eysenck (2004), uno de los psicólogos más prolíficos del siglo XX, cuya teoría de la personalidad sugiere, curiosamente, un intento de síntesis entre Carl Jung y el conductismo. Eysenck recopiló y criticó todos los estudios sobre la efectividad del psicoanálisis, llegando a la conclusión de que el tratamiento psicoanalítico no supone ninguna mejora sobre la tasa de remisión espontánea de las neurosis. También en Le Livre noir de la psychanalyse se niega, a lo largo de sus 800 páginas, la eficacia terapéutica del psicoanálisis, en favor de los tratamientos cognitivo conductuales; se acusa a Freud de ser el creador de una pseudociencia sin fundamentación empírica, de haber falsificado informes, de forzar sus interpretaciones para ajustarlas a sus hipótesis y de no entender la sexualidad femenina.