La violencia escolar y sus causas (José Emilio Palomero Pescador y María Rosario Fernández Domínguez)



Como en toda la sociedad, también en la escuela (Ortega Ruiz y Mora Merchán, 2000) (Debardieux y Blaya, 2001) está presente la agresividad y ésta desencadena problemas más o menos graves, a los que haremos alusión en las próximas páginas, que dedicaremos a hacer un breve análisis de las principales manifestaciones de la violencia en el contexto escolar. Los profesores y profesoras sufren las agresiones de sus alumnos, de sus compañeros y de sus superiores; los alumnos, a su vez, están expuestos a las agresiones de sus compañeros y de los profesores; y todos ellos sufren, aunque de distinta forma, las coacciones de la institución escolar y la presión de la violencia estructural. 

Frecuentemente se centra la atención en los problemas que generan las agresiones de los estudiantes entre sí o hacia los profesores, pero lo cierto es que la violencia estructural que ejercen la sociedad, la escuela y los profesores, es un condicionante de la agresividad de los estudiantes, que a veces puede actuar en ellos como un mecanismo de defensa y protesta. De esta forma la violencia funciona como una espiral que genera más violencia.

1. 1. El maltrato entre iguales

Los primeros estudios sobre violencia entre iguales fueron realizados por Heinemman (1972) y Olweus (1973; 1978; 1993; 1996; 1998). Podemos definir el maltrato entre iguales (Bullying) como una conducta de persecución y agresión física, psicológica o moral que realiza un alumno o grupo de alumnos sobre otro, con desequilibrio de poder y de manera reiterada. En este sentido, las investigaciones realizadas en los últimos años sobre este tema coinciden en que el maltrato entre iguales en el contexto escolar es un fenómeno presente en numerosos países (Ortega Ruiz y Mora Merchán, 2000) (Debardieux y Blaya, 2001). Por otra parte, según diferentes investigaciones realizadas en España, como las de Ortega Ruiz (1997), Ortega Ruiz y Mora Merchán (1997; 1998) o el Informe del Defensor del Pueblo (2000), las características más destacadas del bullying son las siguientes: 

1) Tiene diferentes manifestaciones: maltrato verbal (insultos y rumores), robo, amenazas, agresiones y aislamiento social.

2) En el caso de los chicos su forma más frecuente es la agresión física y verbal, mientras que en el de las chicas su manifestación es más indirecta, tomando frecuentemente la forma de aislamiento de la víctima o exclusión social.

3) Tiende a disminuir con la edad y su mayor nivel de incidencia se da entre los 11 y los 14 años.

4) Finalmente, su escenario más frecuente suele ser el patio de recreo (en primaria), que se amplía a otros contextos (aulas, pasillos...) en el caso de secundaria. 

Mora Merchán (2001) señala en su Tesis Doctoral que el número de alumnos afectados por el Bullying se sitúa alrededor de 11%, dato consistente con las investigaciones desarrolladas en otros países de nuestro entorno.

En todo nuestro entorno cultural (Debardieux y Blaya, 2001) (Etxeberría, 2001) (García Correa, 2001) y en nuestro país en particular (Del Rey y Ortega, 2001) (Morollón, 2001), existe una sensibilización creciente ante el problema del maltrato entre iguales y de la violencia escolar en general, como se pone de manifiesto en las numerosas investigaciones, publicaciones, programas de prevención e intervención, congresos o actividades de formación del profesorado existentes en la actualidad de las que, por otra parte, se deja una amplia reseña bibliográfica en esta monografía [(Fernández y Palomero, 2001)Pulsar aquí para acceder a este documento a texto completo]. 

En el Informe del Defensor del Pueblo (1999) (Pulsar aquí para acceder al mismo a texto completo), de referencia obligada por ser un estudio de carácter nacional sobre malos tratos entre escolares realizado sobre una muestra de 3.000 estudiantes de Educación Secundaria pertenecientes a 300 centros públicos, concertados y privados de toda España, se analiza la incidencia de un total de trece actos violentos: insultar, hablar mal, ignorar, poner motes, esconder cosas, no dejar participar, amenazar para meter miedo, pegar, robar, romper cosas, acosar sexualmente, amenazar con armas y obligar a hacer cosas. 

En este informe se recogen también los resultados de una encuesta a equipos directivos, profesores y estudiantes, en la que se reflejan las diferentes percepciones de unos y otros con respecto al fenómeno de la violencia escolar, ofreciendo unas pautas de orientación ante el mismo. 

Según este informe los profesores, más preocupados por los problemas de aprendizaje que por el desarrollo de la inteligencia emocional de los estudiantes, no son conscientes de la gravedad y causas del Bullying, que achacan a factores individuales o sociofamiliares ajenos al centro escolar, y que muy frecuentemente abordan de forma inadecuada: o no hacen nada ante el problema o responden con pautas de agresión similares a las de los alumnos; no mantienen suficientemente abiertos los canales de comunicación con los estudiantes y sus familias; se resisten a los cambios imprescindibles en aulas y centros para hacer frente al problema; desconfían de las tutorías e ignoran al Departamento de Orientación; no valoran la ayuda de los expertos y presentan resistencias a la formación permanente.

1. 2. Violencia de los alumnos hacia los profesores

Los problemas de disciplina han sido siempre un componente de la escuela (Ortega y Cols., 1998). Esta engloba todo un conjunto de reglas, hábitos de relación y convenciones sociales...  que si no están bien asumidos e integrados por los diferentes miembros de la comunidad escolar entorpecen la convivencia, convirtiéndose en una fuente de conflictos, de manera que podríamos afirmar que en la disciplina se refleja el carácter democrático o no de la convivencia escolar. La falta de disciplina se puede manifestar de muy diversas formas, entorpeciendo la vida diaria de las aulas, los procesos y tareas educativas que en ellas se desarrollan y su clima relacional. 

Según Elzo (1999) en las aulas el alboroto y la indisciplina son muy frecuentes, estando también presente la violencia hacia los profesores, que se manifiesta en forma de presiones, insultos y agresiones por parte de los alumnos e incluso de las familias. Esta situación de presión, conflictividad y tensión que se vive frecuentemente en los centros escolares, se refleja en el malestar y en el estrés laboral del profesorado (Esteve, 1984; 1995) (Trianes Torres y otras, 2001). 

En otros países como Gran Bretaña y Estados Unidos (García Correa, 2001) los problemas de disciplina y agresión hacia el profesorado son realmente graves y preocupantes, y también comienzan a convertirse en un problema en nuestro entorno. En este sentido, la constatación de la existencia del «síndrome de burnout», estrés y bajas laborales lo confirma.

1. 3. Violencia de la escuela hacia los alumnos

Hemos analizado la violencia entre alumnos y la violencia de los alumnos hacia los profesores, pero no todo queda ahí. Hay una dimensión, que es la de la violencia contra los niños (Sanmartín, 1999), que también está presente en las aulas (Rodríguez Rojo, 1992) (Fernández Herrería, 1995), por lo que debemos tenerla en cuenta a la hora de estudiar las causas y los modelos de intervención ante la violencia de los escolares. 

La violencia hacia los estudiantes se manifiesta a través de formas más o menos sutiles o directas. A veces se manifiesta en un clima de clase tenso, en falta de democracia, de participación, en normas de convivencia y pautas de comportamiento inadecuadas o no consensuadas...; otras veces, las prohibiciones, la arbitrariedad, los castigos, el autoritarismo y el no reconocimiento de los derechos de los estudiantes, son moneda común. Otra manifestación de violencia hacia los estudiantes es el stress (Trianes Torres, 1999), los exámenes, la sobrecarga de trabajos... y, por supuesto, el alto grado de fracaso escolar existente en el sistema educativo, que conduce a muchos alumnos hacia la exclusión escolar y más tarde social, que denota que no se está abordando el problema desde una perspectiva global. 

La violencia psicológica a través de la ridiculización, el insulto, el desprecio y el abandono también está presente en nuestras escuelas y provoca en los estudiantes vivencias muy negativas. Lo más grave de este tipo de agresión es que los chicos pasan a convertirse en objeto de rechazo, de burla y agresión por parte de sus propios compañeros. Según las investigaciones realizadas en España, los alumnos afirman que los maestros insultan y ridiculizan (Defensor del Pueblo, 2000) y que, a veces, los profesores «pegan» (Elzo, 1999), como queda nítidamente reflejado en una reciente memoria de prácticas de una de nuestras alumnas de tercero de Magisterio, de la que hemos entresacado un breve fragmento: 

«No he salido de mi asombro al observar las técnicas del maestro. Léase: "cachetes" a diestro y siniestro, gritos e insultos, castigos mirando a la pared ... Me asusta, porque lo veo un poco «violento». A mí no me han dado cachetes de pequeña en el colegio, así que no puedo entender cómo a niños de seis años se les pueden atizar semejantes "collejas". Incluso cuando grita me asusto y me dan ganas de sentarme... Creo que viendo lo que yo creo que son sus errores se aprende». 

2. Causas de la violencia escolar

La sociedad en la que vivimos rezuma violencia y agresividad, que impregna todos los ambientes en que se mueven nuestros niños y adolescentes, que se ven afectados —especialmente los adolescentes— por ella. Hay una serie muy numerosa de factores y causas condicionantes de las conductas violentas en la escuela y fuera de ella (Informe del Defensor del Pueblo, 2000) (Ortega Ruiz y Mora Merchán, 2000) (Debardieux y Blaya, 2001) (Etxeberría, en prensa). De un lado, la agresividad puede ser la expresión de factores relativamente independientes de la escuela, como los problemas personales, los trastornos de relación, la influencia del grupo de amigos o la familia. De otro, podemos decir que la conducta agresiva de los niños está condicionada por la estructura escolar y sus métodos pedagógicos, así como por todo un conjunto de factores políticos, económicos y sociales. En la mayor parte de los casos, intervienen todos o varios de estos factores, pues las interacciones y las relaciones interpersonales sólo pueden entenderse contemplando de una forma global las condiciones sociales e institucionales en que se producen, siendo por otra parte las personas quienes intervienen con sus interaccciones en la configuración de los sistemas e instituciones sociales. En definitiva, existe un estrecho lazo entre problemas sociales, familiares, escolares y personales en el origen de la violencia escolar. 

2. 1. Causas individuales

Existen una serie de factores personales que juegan un papel importante en la conducta agresiva de los niños (Rodríguez Sacristán, 1995) (Train, 2001). Así, hay ciertas patologías infantiles que pueden estar relacionadas con la agresividad: niños con dificultades para el autocontrol, con baja tolerancia a la frustración, trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), toxicomanías, problemas de autoestima, depresión, stress, trastornos psiquiátricos...; otras veces nos encontramos ante niños de carácter difícil, oposicionistas ante las demandas de los adultos, o con niños con dificultades para controlar su agresividad...  A veces se trata de niños maltratados que se convierten en maltratadores (Echeburúa, 1994) a través de un proceso de aprendizaje por imitación, o de niños con falta de afecto y cuidado. Otras veces se trata de niños que encuentran en la rebeldía y en la conducta agresiva un modelo masculino de con- ducta (López Jiménez, 2000). 

En definitiva, los problemas de disciplina y agresión pueden tener su origen en dificultades personales de los alumnos, que en muchas ocasiones no son más que síntomas de situaciones conflictivas o marginales de socialización, tanto para el niño como para el grupo social o familiar al que éste pertenece. Por todo ello es necesaria una intervención conjunta de la familia, y de psicólogos, educadores, servicios de orientación, animadores sociales y otros profesionales para abordar la problemática de una manera interdisciplinar y global. 

Un factor muy importante en la determinación de la agresividad escolar que, conectado al género, queremos resaltar aquí, es la cultura machista y la exaltación de los modelos duros y agresivos imperantes en nuestra sociedad. Numerosas investigaciones señalan que existe una mayor incidencia de indisciplina y violencia escolar entre los chicos, lo que probablemente se deba a las siguientes causas: 

1) Existen una serie de actitudes y comportamientos diferenciales entre chicos y chicas, relacionados con la inteligencia emocional (habilidades sociales, capacidad para la empatía, autoconocimiento, autoestima...) y con el éxito o fracaso en la escuela. La inteligencia emocional es en general mayor entre las chicas, quizá porque los chicos temen ser considerados como débiles (Goleman, 1996) si se comportan siendo afectivos, amables y comprensivos. Las chicas suelen tener actitudes más positivas hacia la escuela y sus exigencias, mientras que los chicos suelen carecer de algunas de las habilidades necesarias (responsabili- dad, solidaridad, capacidad de diálogo, empatía, autoconocimiento, autoestima ...) para adaptarse a la misma, lo que les lleva a asociar su autoestima a la «rebeldía» y a encontrar en el rechazo a las normas escolares su propia identidad.

2) Podemos afirmar también que los chicos, gracias a la influencia de la televisión, el cine, los videojuegos... y de la sociedad en general, suelen identificarse con modelos más agresivos y rebeldes. En esta línea, según Rojas Marcos (1995), un elemento que desempeña un papel muy importante en la violencia, es la exaltación del machismo y los estereotipos duros en nuestra sociedad (López Jiménez, 2000), que conducen a asumir conductas identificadas con tales estereotipos, como beber, pelear... Así, muchos niños encuentran su autoestima adoptando conductas alejadas de los valores y requerimientos escolares; algunos son partidarios de resolver los problemas a través de la violencia; otros son intolerantes e insolidarios...,  mientras que otros se comportan de forma conflictiva, porque temen ser considerados poco “machos”. 

Podemos afirmar, en consecuencia, que las actitudes y comportamientos diferenciales de chicas y chicos en el aula, y la identificación con ciertos roles, son determinantes tanto del rendimiento escolar como de la aparición de violencia en las aulas. Por ello es necesario que la escuela cultive actitudes, valores y habilidades de tipo social que permitan mejorar la convivencia en la escuela y prevenir la violencia en ella (Trianes Torres y Fernández-Figares, 2001). 

2.2. Causas familiares

La familia es el primer entorno en que el niño se socializa, adquiere normas de conducta y convivencia y forma su personalidad, de manera que ésta es fundamental para su ajuste personal, escolar y social, estando en el origen de muchos de los problemas de agresividad que se reflejan en el entorno escolar (Fernández, 1999). Si analizamos el contexto familiar de nuestros niños y adolescentes podemos encontrar algunos modelos familiares que actúan como factores de riesgo que pueden desencadenar conductas agresivas: familias desestructuradas, muchas veces con problemas de drogas o alcohol, con paro y pobreza, con conflictos de pareja, con problemas de delincuencia, con bajo nivel educativo... Hay familias en las que se da falta de cuidado y afecto, abandono, maltrato y abuso hacia el niño... (Rojas Marcos, 1995). 

Como ya hemos señalado con anterioridad, la violencia contra los niños es un caldo de cultivo capaz de convertirlos en maltratadores y agresivos, pues el aprendizaje social les conduce a resolver los conflictos a través de la agresión física o verbal. Así pues la familia, fuente primaria de seguridad y estabilidad, espacio natural para la convivencia y el afecto, e imprescindible para un desarrollo sano y equilibrado del niño, es también, de forma paradójica, el lugar donde se producen muchas de las agresiones que sufren los menores. En otras ocasiones nos encontramos con niños que viven en familias muy autoritarias o punitivas, en las que aprenden que el más fuerte ejerce el poder y que no es necesario recurrir al diálogo o la negociación para resolver los conflictos. A veces los niños viven en familias muy permisivas o con disciplina inconsistente, que no ponen límite a sus deseos. Al no haber internalizado ningún tipo de normas, estos niños viven bajo la primacía del principio del placer, por lo que frecuentemente reaccionan con violencia ante las frustraciones y exigencias de la realidad. Finalmente, nos encontramos con niños o adolescentes cuyas familias están muy alejadas socioestructuralmente de la organización escolar y sus objetivos, lo que provoca en ellos falta de motivación, pues piensan que los objetivos escolares son inalcanzables para ellos. Los alumnos expresan en la escuela todos estos conflictos y además reflejan en ella pautas sociales aprendidas que fomentan el racismo y la xenofobia, el sexismo o la intolerancia, siendo sus compañeros o los profesores las víctimas de sus agresiones, insultos y amenazas. Por todo ello, la escuela debe ser especialmente sensible a estas situaciones que no son más que un fiel reflejo de los problemas familiares que sufren nuestros niños y adolescentes.

2. 3. Pantallas y violencia

Vivimos instalados en una cultura icónica, cuya presencia es cada vez más fuerte. Las pantallas del cine, la televisión, internet o los videojuegos, nos bombardean constantemente con todo tipo de imágenes violentas (García Galera, 2000; San Martín y otros, 1998). Son muchos los estudios, proyectos, publicaciones, investigaciones o congresos [Como el recientemente celebrado en Zaragoza bajo el título «Pantallas y violencia» (Heraldo de Aragón, 2001), o como el que próximamente se celebrará en Granada bajo el lema «Violencia mediática, infancia, adolescencia y cultura de paz» (Ortega Carrillo, 2001)], que se ocupan de analizar la influencia de las pantallas sobre las actitudes, comportamientos y formación de niños y adolescentes. En el caso de la televisión, es tal la cantidad de escenas violentas que puede contemplar un niño o adolescente cada día, que es posible que éstos lleguen a la conclusión de que es normal matar, disparar o violar, insensibilizándose ante el dolor del otro, creyendo que «quien utiliza la fuerza tiene razón» (Dot, 1988). 

Según un reciente estudio realizado por Lola Lara y Javo Rodríguez, que lleva por título ¿Qué televisión ven los niños?, el 28% del contenido de la programación infantil de TVE1 analizada estuvo íntegramente dedicada a imágenes violentas. Además, y según este estudio, la programación infantil de todas las televisiones emitió, durante tan sólo una semana, hasta 101 escenas que reflejan actitudes sexistas o que atentan contra la dignidad de las mujeres, lo que conduce a que los niños construyan una imagen sesgada del rol de éstas en nuestra sociedad. En televisión se presenta la violencia como algo «cotidiano y normal» para resolver situaciones conflictivas, y a los violentos como ganadores y como dominadores de los demás. La televisión favorece de esta forma el aprendizaje de la violencia por modelado, reforzando la conducta agresiva de niños y jóvenes. Por ello es necesario luchar contra la utilización de la violencia como espectáculo por parte de la televisión, cuyas programaciones más agresivas invaden incluso las franjas y espacios dedicados a los niños. Además, en televisión se presenta todo lo relacionado con la cultura como algo ridículo, aburrido, carente de interés y sin posibilidad de despertar la curiosidad infantil. Por todo ello, dada la gravedad del problema y considerando que la televisión actúa sobre la opinión pública como conformadora de conciencias, orientadora de conductas y deformadora de la realidad (Sánchez Moro, 1996), se hace imprescindible una regulación de las programaciones, especialmente durante el horario infantil, así como una mejor formación de profesores y estudiantes, para que aprendan a descifrar, criticar y autocontrolarse ante el mundo de la televisión. Otro tanto podríamos decir de los videojuegos (Etxeberría, 1998) o de Internet, pantallas en las que aparecen, también de forma muy frecuente, escenas y temas cargados de violencia, que exigen una llamada de atención a la prudencia en su uso, dada su contribución al desarrollo de conductas agresivas y de prejuicios sexistas.

2. 4. La escuela y la violencia

La escuela juega un papel muy importante en la génesis de la violencia escolar. La convivencia en la escuela está condicionada por todo un conjunto de reglas, oficiales unas, oficiosas otras. Los reglamentos, que a veces no se aplican y que en otras ocasiones son una especie de «tablas de la ley» o «códigos penales» (Cerrón, 2000, 15) que imponen normas de conducta y disciplina, pueden hacer difícil la convivencia y/o provocar reacciones agresivas de los estudiantes o de los profesores. 

Todo el contexto escolar (Trianes Torres, 2000) (Ortega Ruiz, 2000) condiciona el trabajo y la convivencia. La escuela, con sus actuaciones, puede fomentar la competitividad y los conflictos entre sus miembros, o favorecer la cooperación y el entendimiento de todos. En este sentido podemos hablar de la importancia que tiene la organización del centro, el currículum, los estilos democráticos, autoritarios o permisivos de gestión, los métodos y estilos de enseñanza y aprendizaje, la estructura cooperativa o competitiva, la forma de organizar los espacios y el tiempo, los valores que se fomentan o critican, las normas y reglamentos... y, por supuesto, el modo en que el profesorado resuelve los conflictos y problemas. 

Podríamos añadir, además, otra serie de factores que son germen de conflicto y agresividad en la escuela (Fernández, 1999) y que señalamos a continuación: 

1) La crisis de valores de la propia institución escolar, que propicia una disparidad de respuestas y puntos de vista dentro de la comunidad educativa; y que se manifiesta a través de la falta de aceptación de normas, valores y reglamentos escolares por parte de los estudiantes. Por ello, los problemas serios y prolongados de disciplina y agresividad pueden ser una señal de poca identificación de los niños con las actividades y valores escolares y de una falta de legitimación de la escuela; pero es también un indicativo de los conflictos del sistema general de valores y del funcionamiento de nuestra sociedad.

2) El sistema de interacción escolar, que homogeneiza y estimula el rendimiento individual y la competitividad, siendo incapaz de satisfacer las necesidades psicológicas y sociales de los estudiantes a nivel personal y grupal. Esto puede provocar falta de motivación por aprender y generar dificultades de conducta. En este sentido, el énfasis en el rendimiento de los estudiantes y en listones uniformes de referencia que todos deben superar, generan barreras de exclusión y entorpece la atención a la diversidad.

3) La escasa atención a los valores de minorías étnicas, religiosas o de cualquier otro signo... no coincidentes con los dominantes en la institución escolar.

4) La concentración (segregación en realidad) en centros o en aulas de niños y adolescentes en situación de riesgo o con problemas.

5) Las dimensiones de la escuela y el elevado número de alumnos, que hacen difícil para éstos la creación de vínculos personales y afectivos con los adultos del centro.

Por otra parte, las relaciones interpersonales en la escuela son fundamentales para la creación de climas más o menos propicios a la convivencia. 

Así, las relaciones entre profesores crean muchas veces un clima enrarecido que en nada favorece la convivencia y buen funciona- miento del centro. Quizá los problemas más frecuentes son las dificultades para trabajar en equipo, la falta de respeto hacia otros profesores, la existencia de bandos enfrentados en cuestiones fundamentales, la crítica destructiva y la marginación o victimización de algunos profesores por sus propios compañeros o por la dirección del centro. 

Por otra parte, las relaciones entre profesores y estudiantes requerirían un cambio de los roles tradicionales asociados a ambos y un incremento de los niveles de comunicación. La violencia escolar se ve favorecida, en el caso de los estudiantes, por la falta de motivación e interés, por los problemas de autoestima, por las dificultades de comunicación personal, por las conductas disruptivas, por el fracaso escolar ... 

En el caso de los profesores, son las relaciones verticales de poder, las metodologías rutinarias, la poca sensibilidad hacia lo relacional y afectivo, o las dificultades de comunicación, algunos de los elementos que favorecen la violencia escolar. 

Finalmente, las relaciones entre alumnos, uno de los espejos más importantes en que se miran niños y adolescentes (especialmente estos últimos), pueden ejercer una tremenda influencia en el clima del centro y del aula. Las relaciones entre alumnos pueden contribuir al enrarecimiento del clima escolar y a la generación de violencia en contextos educativos, especialmente cuando éstas son difíciles o conflictivas, cuando hay grupos dominantes y de presión, cuando hay falta de respeto o solidaridad, o cuando se producen agresiones y victimización.

Teniendo en consideración todos los elementos que hemos señalado con anterioridad, se hace imprescindible una formación del profesorado y de toda la comunidad educativa que contribuya a prevenir los problemas de disciplina y agresividad que puedan surgir en el contexto escolar. 

En este sentido en nuestro país están activados, en la práctica totalidad de las Comunidades Autónomas (Del Rey y Ortega, 2001) (Morollón, 2001), una serie de programas que de una u otra forma se centran en el papel de la escuela en la prevención de la violencia a través de la gestión democrática, del trabajo cooperativo y de la enseñanza de comportamientos y valores y de la educación de la afectividad. 

Destacamos, entre ellos, los desarrollados por Rosario Ortega, María Victoria Trianes, María José Díaz Aguado, Isabel Fernández, Nélida Zaitegui... y sus correspondientes equipos.

Dejamos constancia también de la labor de las «Comunidades de Aprendizaje», así como de todas aquellas otras experiencias pedagógicas que favorecen la creación de climas globales de convivencia escolar y social.

Reseñamos, finalmente, las investigaciones y programas de intervención desarrollados por los Movimientos de Educación para la Paz (Fernández Herrería, Jares, Torrego, Rodríguez Rojo...) (Se puede consultar una recopilación de bibliografía sobre educación para la paz en Cascón Soriano, 2000), así como todo un conjunto de acciones y publicaciones que de una u otra forma quedan reflejados en los artículos que se publican en esta monografía (pulsar aquí para acceder a la misma a texto completo)


Agresividad, violencia y conflicto (J. E. Palomero, M. Rodríguez Rojo y M.ª Rosario Fernández)










El texto que sigue forma parte del artículo de presentación de una monografía titulada "La formación del profesorado ante el fenómeno de la violencia y convivencia escolar" publicada en agosto de 2002 en la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, artículo del que son autores José Emilio Palomero Pescador y María Rosario Fernández Domínguez.


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«Cómo voy a creer, dijo el fulano, que el mundo se quedó sin utopías.
Cómo voy a creer que la esperanza es olvido. O que el placer una tristeza.
Cómo voy a creer, dijo el fulano, que el universo es una ruina, aunque lo sea.
O que la muerte es el silencio, aunque lo sea.
Cómo voy a creer que el horizonte es la frontera, que el mar es nadie,
que la noche es nada…»

(Utopías, Mario Benedetti)

El ser humano es un ser sumamente complejo, cuyo comportamiento exige explicaciones interdisciplinares, multifactoriales y pluricausales. No en vano somos hijos de nuestros genes y producto de los circuitos neuronales que pilotan el control de nuestro organismo, a la vez que fruto de los procesos dialécticos de la historia y la cultura; hijos, por tanto de los ambientes pasados de adaptación de la especie, y a un mismo tiempo de los contextos actuales (geográficos, políticos, jurídicos, económicos, tecnológicos, religiosos, familiares, escolares, sociales…) en los que nace y crece cada ser y grupo humano concreto. Somos, ya desde niños, máquinas especializadas en procesar información, así como pequeños científicos que construimos teorías explicativas de la realidad; y a la vez, el resultado permanentemente inacabado de nuestra experiencia, de procesos de condicionamiento, de refuerzos y castigos, de aprendizaje por imitación de modelos...

Somos, también, fruto de nuestras propias expectativas y de nuestros pensamientos, motivaciones y creencias. Y somos, además y al mismo tiempo, hijos de nuestros propios fantasmas inconscientes, que impulsan de forma dinámica y dialéctica nuestro propio destino desde el poder oculto y silencioso del eros y el thanatos, del placer y la realidad y de los conflictos internos entre nuestro ello, yo y super-ego, que tan ocultos como presentes, soterrados bajo el tippex de la censura, dan cuenta cabal de nuestra historia personal y colectiva y dirigen en buena medida nuestra existencia. Y somos, finalmente, el resultado de múltiples mecanismos y procesos de comunicación, cuyas raíces más primitivas se insertan en la necesidad de relación y de afecto que tiene el ser humano desde su nacimiento, explicitado en primera instancia a través del diálogo corporal y emocional que mantiene el niño con su madre durante los procesos de maternaje, allá en los albores de la infancia, una experiencia radical y primitiva que predestina al ser humano al entendimiento, a la comunicación y al diálogo.

Tan sólo desde esta complejidad (teniéndola en cuenta) se pueden abordar con rigor los fenómenos de la agresividad y violencia humanas, dos conceptos que en todo caso es necesario matizar para entender los diferentes discursos, confluyentes entre si, que se presentan en esta monografía. La agresividad no es otra cosa que esa fuerza natural y en principio positiva que hace posible que los seres humanos luchen por la vida, se esfuercen en ser profesionales competentes, busquen el logro, tengan afán por superar las dificultades de la existencia, o se nieguen a creer, parafraseando a Benedetti, que el mundo se quedó sin utopías, que la esperanza es olvido, que el mundo es una ruina, que el horizonte es la frontera o que la muerte es el silencio....

La agresividad (su fuerza positiva) permite que los seres humanos tengan el coraje suficiente como para comprometerse con el prójimo y con la vida, para luchar por la justicia y contra el (des)orden perturbador en que vive inmerso nuestro mundo, pletórico de desigualdades que matan, de corrupción, de estructuras socioeconómicas, políticas, jurídicas, relacionales y convivenciales injustas… De irracionalidad en una palabra, pues no en vano «Este sistema, que ya enloqueció a las vacas, está enloqueciendo a la gente», como señalaba recientemente con ironía y gracejo, en Porto Alegre, el argelino Ahmed Ben Bella.

Podemos afirmar por tanto que la agresividad es positiva y que forma parte de la rueda de la vida, de una vida que es fundamentalmente acción, movimiento, dialéctica, conflictividad, lucha de opuestos… de los que surgen el cambio, el desarrollo y el crecimiento, de manera que los conflictos son consustanciales a la naturaleza humana y, por ende, no solo inevitables sino también necesarios.

En consecuencia, el problema no está en los conflictos, sino en la forma en que éstos se resuelven, cuestión que nos permite abordar el segundo de los conceptos que hace un momento enunciábamos, el concepto de violencia.

El ser humano tiene una serie de armas muy poderosas para resolver los conflictos y para favorecer así la convivencia pacífica. Dispone del lenguaje, de la capacidad de negociación, de la racionalidad comunicativa… Como dicen los etólogos modernos (EiblEibesfeldt), los conflictos implícitos a cualquier conducta agresiva pueden ser resueltos, en el caso de los humanos, mediante la negociación verbal. O como ha señalado recientemente Geen, los seres humanos podemos no actuar de forma violenta, incluso cuando todo predispone a la agresión, puesto que podemos interpretar y evaluar las situaciones y solucionar de mejor forma los problemas o conflictos planteados. O más sencillo aún, hablando se entiende la gente, como reza el dicho popular. Ahora bien, aunque los conflictos se pueden solventar desde la racionalidad comunicativa y la negociación verbal, los seres humanos los intentamos resolver con excesiva frecuencia recurriendo a la violencia en cualquiera de sus manifestaciones, a la fuerza bruta, a la agresión física, verbal o moral, a la imposición, a la arbitrariedad, al autoritarismo, al control de las conciencias, a la humillación, al linchamiento…

A decir verdad la violencia nos viene de lejos. Llevamos maltratándonos al menos 36.000 años, como se desprende del reciente estudio del cráneo de un joven Neanderthal (el hombre de Saint Césaire), realizado por Christoph Zollikofer y otros paleontólogos de la Universidad de Zurich y publicado hace escasas fechas en la revista «Proceedings», estudio que viene a demostrar la existencia de violencia (hay otras muchas evidencias al respecto) entre los primeros pobladores de Europa.

Y esta violencia, ya presente en los albores de la historia de nuestra especie, y que no es más que el resultado final de una mala resolución de los inevitables y necesarios conflictos humanos, presenta hoy, en palabras de Galtung, un triple perfil:

1) El de la violencia personal (física, verbal o moral), la violencia de quien hace la guerra, mata, causa daños o acosa…

2) El de la violencia estructural, esa violencia sutil y envolvente que ejercen las instituciones y las estructuras sociales, la economía, las leyes…

3) La violencia cultural, la que anida invisible y sibilinamente en el pensamiento único, en la presentación fragmentaria de hechos, informaciones y conocimientos, en la desinformación o en la mentira, en la corrupción, en el autoritarismo, en la cultura del terror y del miedo, o en la legitimación del poder antidemocrático…

Y así la violencia, que en ocasiones tiene un carácter abierto y personal y que en otras habita bajo la neblina de las estructuras y de la cultura, está presente en todas partes, en las calles, en los medios de comunicación, en las pantallas de la televisión, el cine, internet y las videoconsolas, en la economía y en los mercados, en las leyes, en los gobiernos, en los ejércitos, en las familias, en las aulas… 

Y son estos mismos perfiles de la violencia en general los que ofrece la violencia escolar, presente en sus cuatro grandes esferas de actividad. En el microsistema (el aula, el escenario concreto en que se produce el aprendizaje escolar); en el mesosistema (el centro y su proyecto curricular); en el exosistema (la administración educativa); y en el macrosistema (el sistema envolvente, la sociedad, los valores, la cultura global). Por ello el problema de la violencia escolar (o para hablar en positivo, los programas para favorecer y/o mejorar la convivencia en los centros educativos), no puede ser abordado de forma unidimensional, ni recurriendo a recetas o parches, sino que exige un abordaje sistémico, ecológico, interdisciplinar y pluricausal.

Por un lado, la violencia escolar (de alumnos frente a profesores, de profesores frente a alumnos, de alumnos entre si…) depende del individuo, de sus conflictos internos, de sus problemas psicológicos y personales, de sus dificultades de relación… Pero por otro, la violencia escolar está conectada a la cultura envolvente y a las estructuras de nuestra sociedad, a la influencia del grupo, al papel de la familia, de la escuela, de las pantallas, de los medios de comunicación y de la sociedad en general…

La sociedad en que vivimos rezuma violencia y agresividad, una violencia que impregna todos los ambientes, estructuras e instituciones en que se mueven nuestros niños y jóvenes, entre las que a nosotros nos interesa destacar aquí la institución escolar, cuyo curriculum oculto está contaminado por la violencia estructural y cultural. Desde esta perspectiva, la violencia personal (física, verbal o moral), cada vez más presente en las aulas, no es otra cosa que la respuesta, emitida en eco por el sistema escolar, de la violencia cultural y estructural, de una violencia que dimana de todo tipo de injusticias (sociales, económicas, de género, jurídicas, raciales…), una violencia que causa muchos daños a nuestros niños, adolescentes y jóvenes y que actúa, en palabras de Galtung, como un obstáculo invisible que explica el diferencial existente entre el nivel de autorealización real de las personas y de los grupos humanos y su nivel de autorealización potencial.


Referencia completa de la monografía

José Emilio Palomero Pescador, Martín Rodríguez Rojo y María Rosario Fernández Domínguez (Coordinadores) (2002). La formación del profesorado ante el fenómeno de la violencia y convivencia escolar. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 44, 287 pp. (Pulsar aquí para acceder al texto íntegro de la misma).


La explicación de la agresividad: Diferentes puntos de vista (J. E. Palomero y M.ª Rosario Fernández)










1) La agresividad como instinto

1.1) El enfoque psicoanalítico

Sigmund Freud ha destacado la enorme importancia de los instintos en la vida del ser humano.  En una primera formulación (Freud, 1973a) distinguió entre instintos del yo (autoconservación) e instintos sexuales, entendiendo que la agresividad no era más que una reacción ante la frustración de la satisfacción de la libido. Esta idea sobre las relaciones entre agresividad y frustración serviría de punto de partida a los trabajos posteriores de Dollard y sus colaboradores. 

Hacia 1920, con la publicación de «Más allá del principio del placer», Freud (1973b) propuso su conocida teoría dual de los instintos: Eros o instinto de vida y Thanatos o instinto de muerte. En ella la agresividad se presenta como una pulsión autónoma, que puede dirigirse hacia el exterior (destructividad, hostilidad, agresión, violencia…), o bien hacia uno mismo (autoagresión, autocastigo…), de forma que para evitar su autodestrucción el ser humano debe dirigir la agresividad permanentemente hacia el exterior. 

Finalmente, en «El malestar en la cultura» (1930), Freud (1973c) defiende que, con independencia del carácter innato, pulsional e instintivo de la agresividad, ésta mantiene una fuerte relación con la cultura, que debe imponer límites al Thanatos para contener sus manifestaciones. Así, la violencia debe ser canalizada por reglas sociales, el principio de la realidad debe imponerse al principio del placer y el Súper-Yo debe regir la conducta individual. Como señala en sus «Nuevas lecciones introductorias al Psicoanálisis» (1933), «la restricción de su agresividad es el sacrificio primero y quizá más duro que la sociedad exige al individuo» (1973d, 3163). Finalmente, Freud pensaba que las pulsiones agresivas deben expresarse, encontrar una salida, pues de lo contrario, si se reprimen, pueden provocar un incremento de las tensiones y del malestar. Surge así la idea de catarsis, que implica la necesidad de expresar las tendencias agresivas y hostiles, si bien la sociedad desempeña un papel muy importante en su regulación. Las normas sociales permiten canalizar las pulsiones agresivas, transformándolas en conductas aceptables y socialmente útiles. De esta forma, la sociedad ayuda a sublimar la agresividad, que puede expresarse de forma no destructiva a través de la ironía, la fantasía, el humor, los juegos de competición, la competencia profesional, el compromiso con un ideal o la lucha por la transformación social… 

La teoría en torno al instinto de muerte de Freud no fue compartida por todos sus seguidores. Así por ejemplo Karen Horney defendía que nuestra cultura concede un alto valor a la competitividad individual, que está presente a lo largo de toda nuestra vida. Esto obliga a las personas a luchar contra los demás para superarlos, lo que genera una especie de «tensión difusa hostil» entre las personas, que se expresa en sus relaciones (Horney, 1937). De modo que ella entiende que la agresividad no es innata sino que está enraizada en la ansiedad individual, consecuencia a su vez de una estructura socioeconómica que oprime a las personas. Erich Fromm entendía, por su parte, que cuando los seres humanos no son capaces de hacer frente al problema de la libertad, elaboran mecanismos de escape, siendo uno de ellos la destructividad, que con frecuencia se enmascara en forma de amor, conciencia, o patriotismo. Es así como el ser humano para evitar ser aplastado por el mundo tiende a destruirlo, si bien el deseo de destruir no es innato, sino que surge (Fromm, 1973) cuando las fuerzas vitales son frustradas. Por ello, para reducir la agresividad sería necesario crear las condiciones socioeconómicas y políticas que permitan que las personas puedan desarrollar todas sus potencialidades y satisfacer sus necesidades humanas. 

1.2) El enfoque etológico 

En 1963 Lorenz (1978) postuló, al igual que Freud, que la agresividad es instintiva, que se genera internamente y que se libera ante un estímulo apropiado. Si éste no aparece provocará una acumulación de los impulsos agresivos que terminarán liberándose ante un estímulo inapropiado. La agresividad según él funciona como una caldera de vapor en continuo proceso de calentamiento, en la que aquel debe liberarse de forma continua para evitar un exceso de presión que terminaría por hacerla explotar. Cuando la válvula de seguridad se bloquea y la presión excede los niveles de tolerancia, la explosión resulta inevitable. Por otra parte, basándose en sus estudios con animales, Lorenz afirma que la agresividad forma parte de su conducta territorial, que está al servicio de la supervivencia y conservación de la especie, y que las luchas entre rivales conducen a establecer jerarquías que permiten la selección de los individuos más fuertes y sanos del grupo. Los seres humanos están dotados, como los animales, y debido a una especie de «fatalidad biológica», de un instinto agresivo que no puede ser controlado por la razón. Pero el ser humano no tiene, como aquellos, inhibiciones para matar a los miembros de su misma especie. Además, su inteligencia le ha permitido desarrollar toda suerte de armas destructivas, que le hacen potencialmente peligroso para sus congéneres. De esta forma, para evitar una expresión incontrolada de la agresividad, es preciso que ésta se vaya descargando poco a poco a través de formas de agresión socialmente aceptadas, como la búsqueda del logro, la competencia, la apuesta entusiasta y militante por una ideología…, o la participación en deportes competitivos. 

Los etólogos actuales han modificado la versión etológica clásica, según la cual la agresividad es, en el fondo, inevitable. Así por ejemplo, Eibl-Eibesfeldt (1993) defiende que los conflictos implícitos a cualquier conducta agresiva pueden ser resueltos, en el caso de los humanos, mediante la negociación verbal. Entiende de esta forma que la agresividad es un fenómeno psicosocial, por lo que ésta puede ser modificada a través de la educación y por el influjo de la sociedad. 

2) Teorías de la frustración-agresión

2.1) Hipótesis de la frustración-agresión

Dollard y otros psicólogos de Yale (Doob, Miller, Mowrer, Sears) formularon en 1939 esta teoría, basándose en la primera hipótesis de Freud, según la cual la agresión se produce por la frustración de los instintos. Sin embargo rechazaron (Dollard y otros, 1939) la idea de que la agresividad sea instintiva. Estos autores entendieron que la frustración es el resultado de un bloqueo en la consecución de metas y que la agresión es una acción cuyo fin es hacer daño a otros.

A partir de aquí plantearon dos supuestos fundamentales que relacionan frustración y agresión: la frustración provoca siempre comportamientos agresivos y, a su vez, la agresión es tan solo consecuencia de la frustración. Sin embargo, hoy podemos decir que estos dos postulados básicos de la teoría de Dollard no son del todo ciertos. Si bien la agresión es una tendencia dominante de respuesta tras una frustración, no siempre es así. Con frecuencia la frustración no provoca agresión sino otras conductas, como resignación o reacciones psicosomáticas, al margen de que no todas las personas que agreden lo hacen como consecuencia de una frustración. En síntesis: la frustración crea una disposición para la agresión, pero el que el individuo emita o no una conducta agresiva depende de otras condiciones estimulares específicas, tal como defiende Berkowitz (1969) en su teoría de la señal-activación. 

2.2) Teoría de la señal-activación

Según la teoría de Berkowitz (1969; 1974), la frustración no provoca agresión de forma directa. La frustración conduce en realidad a un estado de activación emocional: la ira. Esta provoca una predisposición para responder de forma agresiva, si bien tal respuesta solamente se produce cuando la persona encolerizada se encuentra en una situación en la que existen estímulos con significado agresivo. Una demostración de este fenómeno es el conocido «efecto arma», según el cual los sujetos que están frustrados y encolerizados se muestran más agresivos en presencia de armas que cuando éstas no están presentes. En otras palabras, según la teoría de Berkowitz gracias a la experiencia ciertos estímulos se asocian a la agresión por un proceso de condicionamiento clásico y pueden incrementar la tendencia de la persona a comportarse de forma agresiva, funcionando estos estímulos, por ejemplo las armas, como señales agresivas.

3) El aprendizaje de la agresividad

3.1) Agresividad y condicionamiento instrumental

Según las teorías de Skinner (1953), la conducta se adquiere o extingue gracias a las consecuencias que siguen a la misma; es decir, gracias a los refuerzos (que incrementan la conducta) y a los castigos (que la debilitan). La agresividad se aprende, mantiene y extingue a través de estos mismos mecanismos. Y se aprende de forma muy temprana y con mucha facilidad cuando conduce al éxito, bien porque el niño consigue, gracias a ella, aprobación social o bien porque elimina estímulos desagradables. Y así, es muy probable que el individuo vuelva a emplear procedimientos agresivos en otras ocasiones para conseguir los mismos resultados.

3.2) Agresividad y aprendizaje por modelado

Bandura (1973; 1984) es el creador de la teoría del aprendizaje social. Para él la conducta depende de una serie de factores ambientales (estímulos, refuerzos y castigos) y de factores personales (creencias, pensamientos, expectativas…), que mediante un proceso de determinismo recíproco interactúan entre sí. Bandura investigó en torno a la agresión en una serie de experimentos clásicos, demostrando que el hecho de ver a otras personas comportándose de forma agresiva puede incrementar la agresividad de los niños, que no se limitan a una mera conducta imitativa, sino que inventan nuevas formas de agresión, generalizando así el efecto del modelo.

Por otra parte, en el proceso de aprendizaje por imitación son sumamente importantes las consecuencias que obtiene el modelo por su conducta: cuando el modelo agresivo es recompensado los niños son más agresivos que si aquel es castigado. Es decir, que para Bandura la conducta agresiva se aprende gracias a procesos de modelado (observación e imitación de otras personas), gracias también a las consecuencias que siguen a las conductas del modelo y, finalmente, gracias a procesos cognitivos de la persona que aprende, que piensa, espera, anticipa o imagina… qué le sucederá si actúa como el modelo. En definitiva, los niños aprenden la agresión a través de la exposición a modelos violentos, de los que obtienen dos tipos de información: cómo agredir y cuáles son las consecuencias de la agresión, sean éstas positivas o aversivas.

4) La propuesta de Geen

Con frecuencia la conducta agresiva se vincula exclusivamente con factores internos del individuo (genéticos o de personalidad), por lo que sería posible una predicción de la disposición a la agresividad que tiene cada persona. Esta creencia vincula la conducta violenta con individuos marginales o antisociales, diferentes al resto de la población, respondiendo a una explicación parcial y reduccionista que encierra a las personas en un círculo del que no pueden salir, negándoles la capacidad para actuar de manera racional, libre y responsable. 

Como ya hemos analizado, los estudios de Bandura insisten en el importante papel que el aprendizaje juega en la agresividad. Recogiendo las aportaciones de éste, Geen (1990) mantiene que en la vida cotidiana la conducta agresiva es frecuentemente reforzada. Cuando este reforzamiento se produce de forma reiterada provoca la generalización de la conducta agresiva a otras situaciones, lo que favorece que la persona termine convirtiéndose en agresiva y violenta.

Evidentemente todo esto está muy relacionado con los valores culturales y su influencia en la agresión, pues hay muchas culturas que conceden un gran valor a la violencia (entre ellas la nuestra), reforzando su aprendizaje desde la infancia. En este sentido, Geen hace una referencia expresa al fenómeno de la «subcultura de la violencia», gracias al cual en ciertos ambientes o grupos humanos existe una especial inclinación a utilizar la violencia para la resolución de todo tipo de problemas y conflictos. A partir de todo lo anterior y en su intento por encontrar una explicación al fenómeno de la agresividad humana y de los factores que influyen en ella, Geen (1990, 51-53) hace una propuesta que podemos resumir en los siguientes postulados: 1) Existe un grupo de variables de trasfondo que predisponen al individuo a la agresión, entre las que se encuentran el temperamento y la personalidad, la fisiología, las expectativas socioculturales y la observación de la violencia; 2) Existe un segundo grupo de variables de situación, capaces de generar stress, de elevar el nivel de activación y de provocar cólera, condiciones todas ellas que favorecen la respuesta agresiva. Entre estas variables Geen incluye la frustración, el calor, el ruido, el dolor, el hacinamiento, la violación de normas, el ataque interpersonal (insultos y provocaciones) y el conflicto familiar; 3) Geen defiende, sin embargo, que las variables de situación no inducen automáticamente a la agresión, puesto que la persona juega un papel fundamental interpretando y evaluando las situaciones y reaccionando, en consecuencia, de forma agresiva tan solo si considera que la situación contiene elementos de arbitrariedad, malicia o intención de provocar daño; 4) Finalmente, Geen propone que incluso cuando todo predispone a la agresión, la persona puede no actuar de forma violenta, siempre y cuando juzgue que existen otras alternativas que permitan solucionar mejor los problemas o conflictos planteados. 

5) La construcción social de la violencia

El análisis de la agresividad quedaría incompleto si no contemplamos el papel que juega en ella el contexto social. Por ello son muchas las voces que se han levantado desde la sociología, la psicología, la pedagogía, la filosofía y desde diferentes ámbitos «críticos» del saber, destacando la capacidad que tienen las estructuras sociales para generar un tipo más corrosivo de violencia: la violencia indirecta, cultural, estructural (Galtung, 1985; 1998). El ser humano nace con una serie de características y capacidades, que se actualizan y potencian en dependencia de la sociedad en la que vive y de su propio proceso de construcción personal. Así, la capacidad para odiar y amar está presente en todas las personas, si bien aprendemos a comportarnos de forma pacífica o violenta en función del entorno cultural en que vivimos. Por ello podemos afirmar que existe una construcción cultural de la violencia y de la paz, así como una construcción de nosotros mismos como violentos o pacíficos. En definitiva, el ser humano es modelado por la cultura, dependiendo su forma de convivir con los demás tanto de sí mismo como de la sociedad y contexto cultural que le rodea. En este sentido, en nuestro mundo existe un modelo dominante de ser humano que se caracteriza por la utilización de conductas agresivas y por la marginación y desprecio de otros pueblos o etnias, o de las personas de otro género o de características diferentes, que ha terminado por generar una «atmósfera cultural» que impregna casi todos los ámbitos de la vida. Los medios de comunicación social reproducen este modelo de forma acrítica, mostrándonos que solo sobreviven los más fuertes y que no existe otra posibilidad que la de luchar contra los otros. En definitiva, nuestra cultura presenta la rivalidad, la competencia, la lucha, el enfrentamiento y la violencia como deseables o inevitables, y los procesos educativos y de socialización continúan formando a nuestros niños y adolescentes según este modelo. En este sentido, muchos de los héroes que se les presentan tienen como única cualidad la utilización de la violencia. De esta forma, como dice Rojas Marcos (1995), el ambiente social desempeña un papel importantísimo para que la semilla de la violencia termine por germinar.

Así pues, parece evidente que existe un modelo dominante, que ha sido construido socialmente desde la violencia, y que acaba generando violencia; que nuestra sociedad vive inmersa en la violencia cultural y estructural, que Galtung (1985; 1998) entiende como un tipo de violencia en la que los agresores son los sistemas y las instituciones sociales, y que se distingue de la personal en que no hay nadie que cause daño directamente. Esta violencia estructural, que se halla incorporada al sistema y que se manifiesta de múltiples formas y en especial a través de todo tipo de injusticias y desigualdades sociales, económicas, jurídicas, de género, raciales o de cualquier otra índole, afecta especialmente a los más débiles (Castells, 1995) y causa daño a todos los seres humanos en general, pues es la responsable de que el nivel de realización real de las personas sea inferior a su nivel de realización potencial.

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Tomado de: [José Emilio Palomero Pescador y María Rosario Fernández Domínguez (2001). La violencia escolar: Un punto de vista global. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 41, 19-38] (Pulsar aquí para acceder al texto íntegro de este artículo)
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Más a propósito de la construcción social de la violencia

Es conocida la clasificación de violencia que el sociólogo sueco J. Galtung hizo ya hace bastantes años. La más tradicional es la que él llama violencia física. A la paz que se opone a la violencia física, se la llama paz negativa o paz consistente en eliminar la guerra. Consiste en no matar, en no vivir en guerra, en no acosar físicamente, en no hacer daño corporal a nadie.

Una segunda clase de violencia es la violencia estructural. No son sólo las personas físicas quienes producen daño al prójimo; sino también las instituciones, las leyes, las normas económicas de los bancos, la hipócrita sonrisa de los grupos multinacionales o transnacionales que te ofrecen con la derecha lo que roban con la izquierda. Es una violencia sibilina, apenas perceptible. Muchos no son conscientes de su existencia. Incluso, algunos la justifican como algo necesario y útil. Unos terceros se aferran a esas leyes más que a la ética de fondo que debería presidir cualquier normativa. Son los leguleyos.

A la paz opuesta a esta violencia estructural, Galtung la denomina paz positiva. Ésta no se conforma con ser sólo negativa, con decir no a la guerra, sino que se empeña en luchar por la justicia. La paz positiva abre un campo inagotable de trabajo. Hay que repensar el mundo. Hay que mejorar los análisis y la reflexión. Hay que interpretar la sociedad a la luz de los Derechos Humanos.

En una palabra, la paz positiva no tiene límites en la eliminación de la violencia. Se opone al hambre de las tres cuartas partes de la humanidad, a la corrupción de los políticos y de cualquier ciudadano, a la falta de vivienda, a los salarios basura, al paro degradante, a las pateras de inmigrantes que mueren por soñar y a los buques que trafican con carne humana, al Norte que cierra sus puertas a los que no comen en sus países de origen, a los caciques del Sur que sólo han aprendido en las universidades europeas o norteamericanas las técnicas del engaño y de la usura, el despilfarro y el lujo lujurioso. Amplio campo, imposible para los cobardes y comodones. Bello ideal para los realistas que creen en la utopía.

Hay finalmente un tercer tipo de violencia, la violencia cultural. Consiste ésta en tapar la transparencia del pensamiento. Una cultura violenta inunda las pantallas diurna y nocturnamente. La violencia cultural se aferra a la mentira, a la desinformación, al fragmentarismo informativo, a la presentación de los hechos descontextualizados, a conservar lo corrupto y corrompible. Violencia cultural es legitimar al poder, cuando éste no es democrático o se inclina por favorecer a un grupo social por encima de otro.

[Notas tomadas de Rodriguez Rojo, M. (2002). Vivir en una sociedad aterrorizada. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 44, 115-137] (Pulsar aquí para leer este artículo completo).



La universidad frente a la crisis. No a la destrucción de la universidad pública (Universidad de Sevilla). Entra aquí si deseas firmar esta declaración



NO A LA DESTRUCCIÓN DE LA UNIVERSIDAD PÚBLICA (ABRIL 2012)


Pulsa aquí si deseas firmar esta declaración (La universidad frente a la crisis. No a la destrucción de la universidad pública), propuesta por un grupo de personas de la Universidad de Sevilla, que la hacen extensiva a todos los miembros de la comunidad universitaria de las diferentes universidades españolas.

Construyendo aprendizajes, expresando sentimientos (del cuaderno de bitácora de una joven estudiante)














A todos, alguna armadura nos tiene atrapados (Robert Fisher)

“El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher, me ha resultado una lectura exquisita, no sólo por su gran contenido metafórico, sino por todos los aprendizajes que se pueden obtener de él. Los cuentos siempre intentan enseñarnos algo, tienen una moraleja, nos ofrecen unos conocimientos que a modo de historia se nos presentan masticados para facilitarnos su digestión. Por ello, la idea de hacernos reflexionar sobre la vida, sobre nuestra conducta, sobre el rumbo que hemos elegido seguir, sobre nuestros miedos y sobre tantas otras cosas, adquiere mayor fuerza en este formato y consigue plasmarse a la perfección.

Muchas veces, al igual que este caballero, nos parapetamos tras una fuerte armadura para protegernos del mundo, para que nos sirva de refugio de la realidad. Esta armadura nos acaba atrapando, nos impide sentir las cosas con libertad, y aunque nos aparta de las cosas malas y dañinas, lo hace también de aquellas que dotan a la vida de sentido. En numerosas ocasiones hasta se nos olvida que la llevamos puesta y acabamos creyéndonos que somos así, que esa coraza forma parte de nuestra persona. Cuando por fin un día caemos en la cuenta y queremos arrancárnosla, se ha adherido tan fuertemente a nosotros que nos resulta imposible deshacernos de ella; debemos aprender a liberarnos de esa armadura y ese proceso debemos realizarlo solos.

En realidad todos somos, o hemos sido en algún momento, ese caballero. Tenemos sus mismos sentimientos e incertidumbres: nos sentimos perdidos, perdidos en la vida y perdidos en nosotros mismos; no sabemos vislumbrar el camino a seguir y vamos dando tumbos de un lado a otro, o elegimos el camino fácil por comodidad, el que nos lleva a donde realmente no queremos estar; nos creamos una imagen para defendernos del mundo; a veces ni oímos a los que nos rodean porque no les escuchamos; tenemos miedo a estar solos y nos cuesta aceptarlo, hablar con nosotros mismos, disfrutar del presente, escuchar lo que el mundo tiene que decirnos y pensar; confundimos el amor con la necesidad y acabamos necesitando más a las personas que amándolas; huimos de aceptar nuestra culpa y culpamos a los demás; no sabemos pedir ayuda, ni cuándo y cómo pedirla; tenemos demasiadas ambiciones y éstas nos impiden ser felices; no separamos la necesidad de la codicia; y, sobretodo, nos olvidamos de nosotros mismos y olvidamos mirar en nuestro interior siendo que todos tenemos un gran potencial que debemos mostrar y sacar a la luz para beneficio de los demás.

Por todo ello me doy cuenta, del mismo modo en que lo hizo el caballero en algún momento, de que tenemos que aprender muchas cosas, ya que en realidad sabemos muy poquito. Tenemos que aprender que para poder cuidar y querer a los demás primero tenemos que aprender a cuidarnos y a querernos a nosotros mismos; tenemos que aprender a no tratar a los demás como seres inferiores; tenemos que aprender que a veces, aún sin pretenderlo, estamos haciendo daño a la gente que nos rodea, incluso a aquellos que más queremos; tenemos que aprender a comprender y aceptar, en vez de a esperar, y así nos llevaremos menos decepciones.

El aprendizaje más difícil es el que nos lleva a aprender a conocernos, el que nos permite viajar a nuestro interior. Cuando nos dejamos sentir, nuestros muros empiezan a derrumbarse y surgen los auténticos sentimientos, los que nos liberan. El conocimiento de uno mismo es el único que puede matar nuestros miedos y dudas, el que nos permite mostrarnos fuertes ante ellos. Este aprendizaje no tiene fin, siempre hay que seguir aprendiendo de uno mismo y tenemos toda la vida para hacerlo. Y en el momento en que nos empecemos a conocer a nosotros mismos, aprendemos a conocer a los demás, porque somos parte de ellos."



El cuaderno de bitácora (a modo de introducción)

“El pensamiento siente, el sentimiento piensa” (Miguel de Unamuno)


El término bitácora, tomado en préstamo del mundo marino, se utiliza aquí para hacer referencia a una herramienta de navegación por los mares del conocimiento y por las aguas profundas de nuestro propio mundo interior. Como dice Delors (1996, 95), “la educación se ve obligada a proporcionar las cartas náuticas en un mundo complejo y en perpetua agitación y, al mismo tiempo, la brújula para poder navegar por él.”

Desde este horizonte, el cuaderno de bitácora se concibe como un diario de a bordo ideado para contribuir a la formación integral de estudiantes universitarios en proceso de formación inicial o permanente. Se trata de una herramienta pedagógica con la que se pretende motivar el aprendizaje de contenidos académicos e impulsar, al mismo tiempo, los procesos de desarrollo y crecimiento sociopersonal.

El cuaderno de bitácora es la expresión personal y vital de una aventura de navegación por el mundo del conocimiento y de la vida, y también por la conciencia profunda, por el mundo interior, cuyos resultados se transcriben en una serie de textos cortos, redactados al estilo de un diario personal. Un diario que luego se enriquece con el trabajo de grupo, con las aportaciones y comentarios de los compañeros de clase y del profesor, quienes, tras navegar por la misma o similares rutas, terminan descubriendo juntos, de forma dialéctica y experiencial, nuevos rumbos.

A propósito de todo lo anterior, señala López Noguero (2005, 56) que “la estructura semántica académica que podemos desarrollar en el ámbito universitario sólo resultaría relevante cuando se combine con la estructura semántica experiencial”, es decir, cuando consigamos “unir los contenidos que pretendemos que la clase interiorice a la realidad vivida por los propios alumnos”, convirtiendo de esta forma el aula en “un lugar de interacción, negociación e integración de culturas: la experiencial por un lado y la académica por otro”.

Y es que en realidad los contenidos académicos son algo dinámico, relacionado con las vidas de los estudiantes, con lo que sienten o desean, con lo que les frustra o les hace gozar. De ahí que sea muy importante abordarlos a partir de la experiencia, para que los alumnos no aprendan únicamente desde la cabeza, sino que, como decía Carl Rogers, construyan conocimientos con un sentido personal.


(Para continuar leyendo sobre "El cuaderno de bitácora" pulsar aquí)

Portada del número monográfico sobre Investigación e Innovación en Educación Infantil y Primaria

Diseño de Jose Palomero

Hay gente que va a morir: Contra los recortes en sanidad


A propósito del Real Decreto-ley 16/2012, de 20 de abril, de medidas urgentes para garantizar la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud y mejorar la calidad y seguridad de sus prestaciones 


Notas tomadas de "El País" (26 de abril 2012)
Trato personas, no asegurados. Josep Basora, presidente de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (Semfyc), lo tiene claro. Siempre desde un punto de vista personal, el decreto que impide atender a inmigrantes en situación irregular no entra en sus planteamientos éticos. Si tengo a una persona delante, me da igual que sea extranjera o no; la tengo que atender.


Una visión que comparte el presidente de la Organización Médica Colegial (OMC), Juan José Rodríguez Sendín: No pueden obligarnos a no atender a un paciente.


Si a mí como médico me piden asistencia la tengo que dar, dice el presidente de los médicos españoles. Si tengo a una persona delante, me da igual que sea extranjera o no; la tengo que atender. Un paciente es un paciente negro, blanco o mediopensionista, y no le podemos abandonar. Es una locura. No somos policías ni inspectores. Algunos aseguran que practicarán la insumisión. O una especie de objeción de conciencia, pero a la inversa.


La Coordinadora Anti-Privatización de la Sanidad Pública de Madrid ha sido la que ha prendido la mecha: "Hacemos un llamamiento a la ética de todas y todos los profesionales de la sanidad pública para la atención completa a este grupo de población [más de 150.000 personas], perteneciente en gran medida a los grupos más desfavorecidos. Al mismo tiempo, reivindicamos el derecho a la objeción de conciencia por parte de todos los profesionales a la aplicación efectiva del real decreto ley por inmoral, injusto, y peligroso en términos de salud pública”, indican.


Lo que se les propone a los médicos, negar la atención a pacientes que conocen y que llevan tratando años, es “inhumano, injusto, va contra nuestra conciencia y nuestro código deontológico”, dice el enfermero Ángel Navarro, portavoz de la coordinadora que promueve la insumisión...


(Pulsar aquí para seguir leyendo este artículo)

Investigación e Innovación en Educación Infantil y Educación Primaria [40. Vol. 15 (1) abril 2012 de la REIFOP]

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He aquí una breve presentación de los trece artículos que configuran el presente monográfico (pulsar aquí para acceder al mismo a texto completo), coordinado por Antonio García Correa, Fuensanta Hernández Pina, Pedro Miralles Martínez y Javier J. Maquilón Sánchez. En él participan autores y autoras pertenecientes a las dieciseis universidades (9 españolas y 7 extranjeras): Universidade do Minho (Portugal), Universidad de Valladolid, Universidad Pedagógica Experimental Libertador (Venezuela), Universidad de Murcia, Universidad de A Coruña, Universidad de Granada, Universidad de Santiago de Compostela, Universidad Autónoma de Querétaro (México), Universidad de Zaragoza, Universidad Autónoma de Aguascalientes (México), Universidad de Burgos, Universidad de Huelva, Universidad de Alicante, Universidad Luterana de Brasil, Universidad de Roma-Tre (Italia) y Universidad de Bolonia (Italia).

En el primero de ellos, María Consuelo Sáiz, Miguel Ángel Carbonero y José María Román, presentan un ejemplo de utilización de la investigación como formación en el aula, de profesores de educación infantil. Recientes investigaciones en psicología del desarrollo de la primera infancia relacionan la adquisición de las habilidades proto-mentalistas con el desarrollo de habilidades de interacción con objetos y personas. Los resultados de este estudio -realizado con 13 niños de 15 a 38 meses- indican una asociación significativa de las habilidades de referencia social (manifestación, identificación y reconocimiento de emociones) con la patología (retraso madurativo, síndrome de West, discapacidad psicomotora, TGD, Retrasos del lenguaje). Así mismo los datos indican correlaciones significativas entre desarrollo cognitivo y desarrollo del juego simbólico, así como entre las distintas áreas de desarrollo (psicomotora, cognitiva, lenguaje y socialización).

El segundo artículo, cuyo título es “El examen y la evaluación de los contenidos de ciencias sociales en tercer ciclo de educación primaria. Capacidades, conceptos y procedimientos”, analiza los exámenes realizados por los alumnos de Tercer Ciclo de Educación Primaria sobre los contenidos de ciencias sociales. En este artículo se centran en los conocimientos de historia y geografía y en las operaciones cognitivas necesarias para responder a las preguntas de los controles. Esta investigación se ha realizado sobre 69 exámenes y 745 preguntas recogidas en cinco colegios de la Región de Murcia. El estudio de estos instrumentos de evaluación del alumnado nos ha permitido establecer diferentes cruces de información entre las capacidades, los contenidos y el formato de examen.

El siguiente artículo, realizado por la profesora Guadalupe Ruiz Cuéllar, del Departamento de Educación de la Universidad Autónoma de Aguascalientes (México), plantea las principales acciones de formación continua que se desarrollan en México para apoyar la implementación de la Reforma Integral de la Educación Básica en el nivel de educación primaria. Aborda los retos que una reforma curricular como esta supone y da cuenta de la necesidad de investigar el efecto o aporte de las experiencias en curso, y de la necesidad de abordar la formación de los maestros en servicio, como un tema de desarrollo profesional en sentido amplio.

En el cuarto de los trabajos, cuyo título es “Innovaciones sobre la formación inicial de profesores con relación a la educación en valores”, del profesor Salvador Peiró i Gregòri de la Universidad de Alicante, plantea que educar en valores es un medio para lograr la madurez (autocontrol) de los alumnos. Afirma que es una tarea inacabada y requiere de avanzar en la teoría de la educación, es decir: innovar. Para explicar y definir esta premisa, se abordan los siguientes aspectos. Primero, situarnos en el contexto sociocultural de la innovación educativa. Luego, indagar sobre el modelo pertinente para innovar en formación de docentes respecto a capacitarles para abordar en sus tareas profesionales los valores educativos. Como se trata de ofrecer una experiencia, se ofrecen los criterios que fundamentan su modelo con un estilo innovador.

El profesor Pedro Miralles Martínez, de la Universidad de Murcia y la profesora Pilar Rivero Gracia de la Universidad de Zaragoza presentan un trabajo en el que defienden la enseñanza de la historia en edades tempranas, tanto en cuestiones relacionadas con el aprendizaje del tiempo, que ya se observan en el currículo actual, como de contenidos históricos y de procedimientos para iniciarse en la investigación histórica. A partir de experiencias experimentales con resultados positivos, establecen una serie de propuestas de innovación adecuadas para la inclusión de la historia como contenido en Educación Infantil, prestando especial atención al trabajo por proyectos.

En sexto artículo “Educación histórica en Portugal: metas de aprendizaje en los primeros años de escolaridad” de las profesoras Isabel Barca y Glória Solé de la Universidad de Do Minho (Portugal) presentan el proyecto K-Basic sobre resultados de aprendizaje para el escolarización llevado a cabo recientemente en Portugal. Este proyecto tiene la intención de producir un conjunto de resultados de aprendizaje de cada materia o área curricular. Su objetivo prioritario ha sido proporcionar un conjunto de herramientas útiles para el proceso de enseñanza, promoviendo así los logros de los estudiantes. En este marco, este artículo analiza algunos de los “Resultados de Aprendizaje Histórico” para los K-Cycle (3-10 años de edad), considerada como significativa a la luz del pensamiento histórico y la conciencia.

El artículo titulado “El profesorado de educación primaria ante las TIC: realidad y retos”, presenta a partir de diversos estudios de caso una aproximación a la utilización por parte del profesorado de Infantil y Primaria en diversos centros de enseñanza de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia de las tecnologías de la información y la comunicación. Los resultados señalan que pese a la alta valoración por el profesorado de las TIC como herramienta didáctica en el aula y la progresiva dotación de recursos tecnológicos en los centros educativos en los últimos diez años, la utilización de las TIC por el profesorado aún es escasa. Los motivos principales señalados son las dificultades para la formación en el uso de las tecnologías y el excesivo tiempo que conlleva la preparación de materiales didácticos.

En el octavo artículo, presentado por los profesores Jesús Estepa Giménez y Gabriel Travé González, ambos de la Universidad de Huelva, plantean cómo investigan e innovan en la formación inicial de maestros a través del proyecto curricular Investigando Nuestro Mundo (6-12). Se analizan los aspectos relacionados con el para qué, qué y cómo enseñar de la propuesta curricular tomando el ejemplo de Investigando las sociedades actuales e históricas. De la experimentación con este Ámbito de Investigación escolar se presentan algunas producciones de los estudiantes para maestro, en las que se enfrentan a estas tres problemáticas a través del diseño de unidades didácticas que van elaborando, a modo de portfolio, en las carpetas de investigación de grupo.

El trabajo realizado por la profesora Ana M. Colmenares de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (Venezuela), con el título: “Los aprendizajes en entornos virtuales evaluados bajo la concepción formadora”, presenta una experiencia investigadora relacionada con la evaluación formadora. La metodología usada ha sido la investigación acción participativa. Las técnicas de recolección de información utilizadas han sido las entrevistas en profundidad, observación participante, análisis de testimonios, grupos de discusión y reflexión; los instrumentos utilizados fueron los diarios de campo, registros descriptivos, registros de grupos de discusión y de autorreflexión. La ruta investigadora la orientó hacia la consolidación de una nueva visión de la evaluación de los aprendizajes y a la concreción de estrategias de evaluación y procesos de participación congruentes con los entornos virtuales.

El décimo artículo, que lleva por título “La atención a la diversidad: la educación inclusiva”, ha sido realizado por un grupo interdepartamental de profesores y profesoras de la Universidad de Murcia (España) y profesorado de Educación Secundaria Obligatoria. En este artículo los autores plantean los aspectos teóricos relacionados con el reto de construir una escuela inclusiva cuya característica fundamental sea la normalización de la diversidad y la creación de una escuela para todos. Este tema es un reto educativo y social, un complejo planteamiento que requiere del trabajo de muchos, pero con el amparo de las instituciones educativas y políticas y una legislación que aborde la realidad del problema y que no pretenda poner “paños calientes” a un problema que día a día sigue sin solución. Como conclusión, plantean que la necesidad urgente de sobrepasar el marco de lo educativo para que las escuelas tengan el apoyo sociopolítico necesario y realizar políticas de inclusión es la meta, una sociedad para todos.

El siguiente artículo lleva por título: “La autoevaluación y el diseño de planes de mejora en centros educativos como proceso de investigación e innovación en Educación Infantil y Primaria”, realizado por Eva María Espiñeira Bellón, Jesús Miguel Muñoz Cantero (ambos de la Universidad de A Coruña) y Marcos Fernando Ziemer (Universidad Luterana de Brasil). Estos autores afirman que la mejora de la calidad de la educación constituye uno de los pilares de la Ley orgánica de educación que debe garantizar una igualdad efectiva de oportunidades, prestando los apoyos necesarios al alumnado que lo requiera y al centro en que está escolarizado, con una permanente vocación de mejora. En su artículo, después de realizar un desarrollo de la temática de la mejora escolar en contextos de diversidad, se justifica la importancia que tiene en la actualidad el desarrollo de sistemas de autoevaluación en los centros de Educación Infantil y Primaria en la Comunidad Autónoma de Galicia.

Este monográfico continúa con un artículo realizado por Azucena Ochoa Cervantes, profesora de la Universidad Autónoma de Querétaro (México) y por Salvador Peiró i Gregòri, profesor de la Universidad de Alicante (España). Su artículo comienza contextualizando teóricamente la educación en valores para docentes, con el fin de delimitar los criterios para enjuiciar el tema. A continuación analizan el modelo mexicano de formación inicial del magisterio y enumeran las ocho competencias a desarrollar durante los seis grados de la educación primaria. Afirman en las conclusiones que dichas competencias con claves para plantear las exigencias para formar a docentes, incluyendo las oportunas discusiones entre los dos apartados teóricos iniciales.



La monografía concluye con un artículo de Cristina Stringher (Universidad Roma Tre) y Manuela Gallerani (Universidad de Bolonia). En él se desarrolla el modelo de la formación de profesores y coordinadores de los servicios para la infancia en Italia. En la primera parte del mismo se presentan los perfiles actuales de los educadores de guarderías (asili nido), educadores de escuela de la infancia y de los coordinadores de los servicios 0-6; en la segunda parte, se presentan dos experiencias ejemplares de formación inicial efectuadas por equipos de investigación que actúan en las universidades de Bolonia y Roma-Tre, a partir de los nudos críticos emergentes en los perfiles analizados.

Zaragoza, abril 2012