El decrecimiento en la formación del profesorado (Enrique Javier Díez Gutiérrez)






El decrecimiento en la formación del profesorado

Degrowth in teacher training

Enrique Javier Díez Gutiérrez


El presente artículo, cuyo autor es Enrique Javier Díez Gutiérrez, forma parte de una monografía titulada "La educación… de nuevo tarea urgente en el capitalismo neoliberal", coordinada por Eduardo Fernández Rodríguez y José Luis Villena Higueras. Se publica en el número 78 (27.3) Diciembre 2013, de la "Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado (RIFOP). Continuación de la Revista de Escuelas Normales", actualmente en imprenta.



RESUMEN: No es posible el crecimiento continuo en un planeta limitado. No sólo estamos destrozando el planeta a un ritmo acelerado, sino que estamos condenando a las futuras generaciones a heredar un planeta arrasado y esquilmado de sus recursos naturales. La única alternativa es el decrecimiento, aprender a vivir mejor con menos. Esto no sólo significa un cambio de paradigma sino un trabajo de liberación de las mentalidades y de descolonización del imaginario dominante. Se trata de educar en un estilo de vida de sobriedad voluntaria que sea universalizable a todo el planeta y de generar políticas educativas también acordes con este modelo, que rompan la razón productivista que impregna todas las reformas educativas emprendidas a nivel mundial. Formar al futuro profesorado y al profesorado en ejercicio para descolonizar el imaginario capitalista dominante propiciando una investigación educativa emancipadora sobre su propia práctica es una forma de intervención socioeducativa emancipadora más urgente y necesaria que nunca. 

PALABRAS CLAVE: Decrecimiento, Formación del Profesorado, Ecología, Investigación educativa emancipadora, Sobriedad voluntaria.


ABSTRACT: Constant growth is untenable on a finite planet. Not only are we rapidly destroying our world, we are also condemning future generations to inherit a ravaged planet depleted of its natural resources. The only alternative is to reverse growth (degrowth), to learn to live better with less. This implies not only a paradigm shift but also making an effort to open our minds and free ourselves from the dominant world view. This requires teaching a voluntarily frugal lifestyle which can be applied throughout the world, and the design of educational policies that are consistent with this model and that break with the productivist approach that permeates all educational reforms worldwide. Teaching present and future teachers how to shake off the dominant capitalist doctrine, by promoting emancipatory educational research into their own practice, would constitute an emancipatory educational intervention which has become more urgent and essential than ever before.

KEY WORDS: Degrowth, teacher training, ecology, emancipatory educational research, voluntary frugality.


El crecimiento nos lleva al abismo    

La economía del “crecimiento” del sistema capitalista lejos de producir bienestar y satisfacción de las necesidades para toda la humanidad, lo que ha conseguido es asentar la denominada sociedad el 20/80: que unos pocos, cada vez menos, sean muchísimo más ricos, mientras que la mayoría de las personas del mundo se precipitan en el abismo de la pobreza, la explotación y la miseria. Al mismo tiempo, el planeta es esquilmado, saqueado en sus recursos limitados y empujado hacia una catástrofe ecológica que pone en serio peligro la vida sobre la Tierra y la supervivencia de las generaciones venideras (George, 2010).

Como plantean Latouche (2008) o Castoriadis (2006), todo el mundo sabe, de una forma o de otra, que la humanidad corre hacia el precipicio con nuestro actual modo de vida, basado en el aumento imparable del crecimiento de la producción y el consumo. Pero nos negamos a asumirlo porque este capitalismo ha colonizado nuestro imaginario mental y utópico. De hecho, los planes de recuperación de las crisis se asientan en el imperativo del aumento del crecimiento, de la productividad y competitividad, del poder de compra y, en consecuencia, del consumo. Se ha convertido en parte del pensamiento único el imperativo del aumento del crecimiento, de la productividad y competitividad, del poder de compra y, en consecuencia, del consumo. Hablar de decrecimiento en este contexto, se considera “literalmente blasfemo”.

Sabemos que únicamente la ruptura con el sistema capitalista, con su consumismo y su productivismo, puede evitar la catástrofe. Mientras perviva el modo de producción capitalista existirá un conflicto manifiesto entre la destrucción de la naturaleza para obtener beneficios y la conservación de la misma para poder sobrevivir. Sabemos, pues, cuál es la solución. Lo sabemos, pero procuramos mirar hacia otra parte, porque nos veríamos obligados a cuestionar las bases del sistema capitalista y nuestra propia forma de vida social y personal.

Como proponen estos autores, desde la óptica de una sociedad de decrecimiento, hemos de empezar por cambiar los valores y descolonizar el imaginario colectivo. El objetivo del decrecimiento pasa por un cambio profundo de los valores en los que creemos y sobre los que organizamos nuestra vida, que contrarreste la manipulación de la que somos víctimas, aunque ésta se resistirá a desaparecer. Hoy en día los valores más exaltados son la competitividad, la agresividad de la persona luchadora, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, la complacencia del consumidor irresponsable… Es necesario, por ello, una descentración cognitiva que reevalúe y deconstruya estos planteamientos. Para ello se hace imprescindible y crucial repensar la educación y la propia formación del profesorado, pues es a través de ella principalmente cómo ha sido colonizada nuestra razón, nuestro pensamiento y nuestra imaginación.

La alternativa es el decrecimiento

Parece razonable entonces admitir que la salida esté en la dirección contraria al crecimiento, es decir, en el decrecimiento. El decrecimiento es una forma de entender la organización social, económica y política que se enfrenta radicalmente con el sistema capitalista en que nos movemos, planteando que este sistema no es ni el único, ni el mejor.

"Las cosas no son así. Están así y podemos cambiarlas" (Paulo Freire). Hay otra manera de hacer las cosas, otra manera de vivir: supeditar el mercado a la sociedad, sustituir la competencia por la cooperación, acomodar la economía a la economía de la naturaleza y del sustento de las necesidades básicas. El decrecimiento nos lleva a vivir mejor con menos: menos comida basura, menos estrés, menos pleitesía al consumo.

El decrecimiento es un concepto paraguas en construcción, donde poder empezar a deshacer el imaginario común de que el crecimiento es necesario para seguir adelante, un espacio donde desarrollar experiencias alternativas. Y es tarea de todos y todas llenarlo de contenido, imaginar la sociedad futura. Es evidente que el proyecto de una sociedad de decrecimiento es una etiqueta que constituye todavía un proyecto por definir.

El decrecimiento presenta una enmienda a la totalidad del sistema económico, social y mental del capitalismo. Por lo tanto, el decrecimiento es un proyecto esencialmente político, una forma de entender la organización social, económica y política que se enfrenta radicalmente con el sistema capitalista en que nos movemos, planteando que este sistema no es ni el único, ni el mejor. Supone un cambio de mentalidad y una lucha por el cambio global para salir de este sistema capitalista voraz e insaciable. No pretende sustituir a las contestaciones históricas al capitalismo. Es un agregado importante. Cualquier contestación al capitalismo debe ser decrecentista, como también antipatriarcal. Si le falta cualquiera de estos pivotes estará haciendo el juego al sistema.

Pero simultáneamente, el decrecimiento es la opción deliberada por un nuevo estilo de vida, individual y colectivo, que ponga en el centro los valores humanistas: las relaciones cercanas, la cooperación, la participación democrática, la solidaridad, la educación crítica, el cultivo de las artes, etc.

En el decrecimiento, el índice de bienestar se mide por los valores que contribuyen a mejorarnos como personas. Es aquello que quizás hemos oído tantas veces: es más importante ser que tener. Se trata de dar la vuelta a la tortilla del nefasto dicho popular “tanto tienes, tanto vales”, y reafirmar la confianza en que el auténtico bienestar, la felicidad de las personas, la igualdad entre los pueblos y la preservación del planeta, pasan por una nueva forma de vivir donde lo importante sea crecer en valores, los valores que han inspirado los mejores logros de la humanidad: fraternidad, justicia, igualdad, dignidad humana.

La llamada a este estilo de vida de simplicidad voluntaria puede quedarse en una propuesta de transformación individual, pero el enfoque es político, es decir, que es necesario que se trabaje políticamente para que dé lugar lo más democráticamente posible a otro modelo social. Si no, corre el riesgo de transformarse en un integrismo ascético con resonancias místicas (que no está ausente en las filas de los ‘decrecientes’). Por eso es importante articular esta ética del decrecimiento voluntario con el proyecto político.

Ahora bien, es necesario no malinterpretar la palabra decrecimiento. No se trata de vivir todos en la miseria, ni renunciar a las conquistas de la ciencia y la técnica y volver a vivir alumbrándonos con velas y yendo en burro. Son caricaturas que nada tienen que ver con lo que significa el decrecimiento.

El término de-crecer suscita tanta curiosidad como aversión, puesto que se encuentra situado en las antípodas del discurso hegemónico sobre la dinámica social, económica o política y porque la contención es psicológicamente desagradable. Considerando el estilo de vida estándar o modélico en estos momentos, la contención se percibe inevitablemente como una acción aversiva, un retroceso en el bienestar, un anquilosamiento en épocas ya superadas. Imaginemos a alguien que padece numerosos trastornos asociados con la alimentación y que muestra una visible obesidad. Que tome la decisión de perder peso no es retroceder a la infancia, sino progresar hacia una vida más saludable. Apunto algunas propuestas concretas que se vienen formulando:

Sobriedad voluntaria. La sobriedad voluntaria (austeridad, en términos de Julio Anguita) supone adoptar un estilo de vida que sea universalizable a todo el planeta. Es de sobra conocido que si todos los habitantes del planeta viviesen al estilo norteamericano o europeo se necesitarían 150 planetas para mantener esa forma de vida. La sobriedad consiste en la reducción sustancial de nuestro consumo: romper el modelo de obsolescencia programada, cuestionar el consumo innecesario y la propaganda (que nos hace desear lo que no tenemos y despreciar lo que ya disfrutamos: insatisfacción permanente). Se puede vivir mejor con menos. Es preciso reducir y limitar los deseos y las necesidades.

Riqueza 0. El decrecimiento no puede aceptar que lo que unos poseen de más es porque otros lo tienen de menos; que la riqueza de unos se fundamente sobre la miseria de la mayoría. En ese sentido, hay que poner límites a la riqueza y establecer un ingreso máximo autorizado: la reducción de los niveles de producción y consumo debe centrarse en producir para satisfacer las necesidades (comida, viajar) no los deseos (restaurantes de lujo o un jet privado). Mientras no sepamos por qué y para qué la gente necesita lujos, no estaremos tratando los problemas de la desigualdad en serio.

Redistribución de los recursos: desde renta básica de ciudadanía, universal, incondicional y personal a software libre; desde supresión de paraísos fiscales a banca pública y Democracia directa y participativa.

Trabajar menos para trabajar todos y todas y vivir mejor. El decrecimiento propone reorganizar el modelo de producción de modo que se pueda repartir el trabajo. Esto tiene dos consecuencias: que toda persona tenga un empleo y la reducción de la cantidad de trabajo, lo cual ayuda a tener una vida más tranquila y equilibrada, a poder conciliar la vida laboral con la vida familiar, a reconquistar el tiempo personal, un tiempo vinculado con la lentitud y con dedicar tiempo a otras actividades que nos ayudan a realizarnos: la participación en el barrio, la vida asociativa, las visitas a los amigos, el desarrollo cultural, etc. “Una nación es verdaderamente rica si en vez de doce horas trabaja seis” (Carlos Marx).

Antes de criticar al decrecimiento por la posibilidad de que genere desempleo es necesario tener claro que el crecimiento es una fábrica insaciable de paro. No sólo la experiencia actual lo demuestra de forma contundente, también el análisis de los modelos teóricos. Sabemos que la apuesta del crecimiento es la internacionalización, la deslocalización y el crecimiento exponencial de las empresas. Para conseguirlo hay que despegarse de las empresas pequeñas y construir grandes criaturas que se descubren especialistas en la creación de paro. Pensemos que si cien pequeñas empresas mantienen doscientos puestos de trabajo, su fusión en una gran empresa (IKEA) conseguirá producir mucho más con mucha menos mano de obra. Esa tendencia se llama eficiencia, uno de los mantras clave en el modelo del crecimiento. Crecer, es decir, aumentar la producción estimulando el consumo, no crea empleo sino paro, pues la principal herramienta para estimular el consumo es hacer los productos atractivos, entre otros aspectos, mediante los bajos precios que permiten unas reducciones de gastos asentados principalmente en la reducción de los costes en mano de obra (24 céntimos de euro el litro de leche).

Supongamos que, como plantea Taibo (2009a), no obstante: 1) el decrecimiento genera paro; y 2) el crecimiento estimula el empleo. Aun así, ¿es un argumento suficiente para mantener el crecimiento? Pensemos, por ejemplo, en la violencia. Lo más esperable es que cualquier persona suscriba el deseo de que toque a su fin toda forma de violencia en el mundo: nada de guerras, asesinatos, terrorismo, violencia machista, robos, opresiones diversas, etc. No obstante, si se termina con la violencia, ¿qué pasa con los policías, la guardia civil, el ejército, los abogados, el ministerio del interior, el del exterior, las empresas de seguridad, las fábricas de armamento, las de cerraduras y llaves, etc.? ¿Qué pasa con todos los establecimientos comerciales donde compran y los servicios que contratan los millones de personas que se encargan de lo anterior? En definitiva ¿Qué impresionante suma de puestos de trabajo directos e indirectos se perderían si desapareciera la violencia? En otros términos ¿hemos de mantener la violencia para crecer? ¿Asumiríamos el decrecimiento derivado de su desaparición? El argumento del empleo debe ser matizado desde concepciones éticas.

El regreso a una agricultura tradicional y ecológica conllevará la creación de millones de empleos en este sector. La utilización de energías renovables también los creará, al igual que el sector de la reparación y del reciclaje.

Soberanía alimentaria. El decrecimiento postula una relocalización de la economía, especialmente alimentación. Producir e intercambiar a escala local y sostenible, consumir productos de temporada, las asociaciones directas entre productores y consumidores... El yogur que hemos comido ha recorrido 9.000 kilómetros –la leche, las fresas cultivadas en Polonia, el aluminio, el transporte…- que tiene que ver con otra propuesta que se deriva de ésta.

Políticas territoriales orientadas a reducir la necesidad de transporte. Reducir las dimensiones de las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte: fin de nuestro modelo de transporte y consumo. Esto también se ha de aplicar a la industria del turismo: La edad de oro del consumismo en kilómetros ha quedado atrás. El deseo de viajar y la necesidad de aventura están, sin duda, inscritas en la esencia del hombre y son fuentes de enriquecimiento que no deberían desaparecer, pero la industria del turismo ha convertido la legítima curiosidad y la investigación educativa en una industria de consumo destructiva. Lo mismo le ha sucedido a la cultura y el tejido social de los países "de destino". El vicio de viajar cada vez más lejos, más rápido, más a menudo (y siempre con los precios más bajos) se debe reconsiderar a la baja.

En resumen, se trata de reevaluar –revisar valores que rigen nuestra vida-; relocalizar, redistribuir –repartir la riqueza y el acceso al patrimonio natural-, reducir –rebajar el impacto de la producción y el consumo sobre la biosfera-, reutilizar –en vez de desprenderse de un sinfín de dispositivos-, reciclar y todas las r que queramos…

Descolonizar el imaginario dominante propiciando una investigación crítica emancipadora

La construcción de esta sociedad del decrecimiento requiere no sólo luchas y acciones; exige simultáneamente un planteamiento estratégico fundamental a más largo plazo: hay que acometer todo un trabajo de liberación de las mentalidades y de descolonización del imaginario dominante para el que vivir de modo austero equivale a vivir como un fracasado y educar en nuevos valores socioculturales a toda la ciudadanía y, especialmente, a las nuevas generaciones.

Y la educación tiene en ello un papel primordial. Porque su currículo, su organización, las políticas educativas que la enmarcan, construyen una red en sintonía con el sistema capitalista imperante. “La escuela contribuye a ‘civilizar’, inculcando en la población un habitus determinado: el habitus capitalista” (Tenti Fanfani, 2003). Es aquí, en el campo de batalla de la educación donde se libra una de las luchas estratégicas y esenciales. La pregunta es, por tanto, ¿cómo educar a las nuevas generaciones en otra forma de pensar que no esté colonizada por el pensamiento único del crecimiento y el consumo capitalista?

El pensamiento dominante ha colonizado nuestro sentido común estableciendo una relación directa entre crecimiento económico (más producción, más consumo) y desarrollo, prosperidad; entendiendo que “más” (un coche más nuevo, más grande, con más cilindrada) es igual a “mejor”. La competitividad se ha convertido así en un mantra que se repite sistemáticamente como un dogma de fe para salir de la crisis actual.

Ya en La ideología alemana, Marx afirmaba que la clase dominante da a sus ideas una forma de universalidad, y las presenta como las únicas racionales y universalmente válidas (Marx y Engels, 1970, 77). Gramsci (1981), igualmente, argüía que las clases dominantes ejercen su poder no sólo por medio de la coacción, sino porque logran imponer su visión del mundo, una filosofía, unas costumbres, un "sentido común" a las clases dominadas. Efectivamente, esta ideología del crecimiento ha penetrado y moldeado el imaginario social, la vida cotidiana, los valores que orientan nuestros comportamientos. Es lo que Jürgen Habermas (1989) ha denominado la colonización del mundo de la vida. La ideología del crecimiento capitalista se configura así como un dispositivo que estructura nuestro pensamiento, nuestra subjetividad, nuestra forma de ver la cosas; trazando un horizonte sobre lo que es y no es posible, sobre lo que podemos y no podemos hacer, pensar o imaginar.

Se conforma así un “círculo virtuoso” en el que se logra convencer a las propias víctimas de las múltiples bondades de este modelo, presentándolo como el único de los mundos posibles ante el que no caben oposiciones retrógradas ni críticas trasnochadas. Se convierte así en un paradigma definitivo y absoluto que prácticamente ha dejado de necesitar justificación. Se ha convertido en el sentido común de un naciente consenso mundial.

Mediante el proceso de socialización que vivimos tanto a través de los medios informales, principalmente los medios de comunicación, como de los medios formales, como es la educación, es cómo va siendo colonizada nuestra razón, nuestro pensamiento y nuestra imaginación. Por ello se hace imprescindible y crucial repensar este proceso de socialización. Repensarlo desde una investigación crítica emancipadora sobre la propia práctica para reelaborar el currículum, desarrollando unos contenidos que desvelen los auténticos mecanismos económicos, sociales, políticos e ideológicos del poder que construyen esta mentalidad.

Pero se trata también de evitar en el currículum la exaltación del crecimiento y la ausencia de la consideración de los límites físicos del planeta e introducir simultáneamente contenidos críticos con nuestra forma de producción y consumo, y experiencias alternativas que muestren que es posible vivir bien con menos. Igualmente se trata de facilitar estrategias y herramientas para que sean capaces de analizar críticamente el entorno que les rodea y el modelo de consumo y crecimiento constante que les ofrece la publicidad, los medios, el cine, la música comercial, la moda, etc.

Hemos de romper con el imaginario etnocéntrico del desarrollo economicista, incluido el sostenible, como plantea Latouche (2008), para educar en y para el decrecimiento. Eso supone aprender a diferenciar las necesidades básicas y vitales que demandan una satisfacción “objetiva”, de los deseos que conllevan un modo de vida que, como el nuestro, el del Norte industrializado, es manifiestamente despilfarrador y que vive a expensas del futuro, consumiendo recursos por encima de nuestras posibilidades. Debemos romper el círculo vicioso con el que nos han colonizado el sentido común, según el cual cuanto más se trabaje, más dinero se acumula, para poder consumir más y así mayor será nuestra felicidad. Romper el lema “gasto, luego existo” de esta economía del exceso. Rechazar la intoxicación y manipulación de las necesidades humanas a través de la propaganda que han logrado transformar tener sed en ¡necesitar Coca Cola!

No se trata de orientarse hacia un consumo responsable, sino hacia un no-consumo. Romper el monopolio del deseo insatisfecho constantemente, hiperpotenciado por la publicidad, hacia un proyecto civilizatorio de autocontención (Riechman, 2004).

Se trata de que se garantice efectivamente el derecho a recibir una educación reterritorializada, relocalizada en función de las necesidades del tejido social cercano, en igualdad de condiciones y posibilidades para todos los estudiantes. Se trata de imponer un repliegue de los intereses privados y de la ideología de la gestión empresarial que actualmente colonizan la educación, desarrollando una escuela pública, con titularidad, gestión y financiación públicas, que garantice una educación en condiciones de igualdad para toda la ciudadanía, especialmente de los que menos posibilidades tienen de obtenerla de otra forma, garantizando el derecho que cada uno y cada una tiene a lograr el nivel máximo de formación y educando en un proyecto común de ciudadanía. Se trata de concebir la educación como espacio de aprendizaje, reflexión y argumentación que dé lugar a otras formas posibles de concebir el mundo y construirlo colectivamente.

Pero se trata, simultáneamente, de transformar el propio sistema educativo y la formación del profesorado en función de propuestas coherentes con el decrecimiento que cuestiona radicalmente el capitalismo académico de la productividad escolar. Esto supone repensar la organización y gestión de la educación desde modelos que combinan formas de democracia representativa con democracia participativa: desde la gestión de presupuestos participativos que potencien participación democrática real en la gestión de los centros educativos, con la implicación de todos los sectores, aprendiendo a pequeña escala a autogestionar colectivamente una microsociedad como es una escuela, a definir prioridades y luchar por los aspectos importantes para la comunidad escolar, plantear proyectos y ejercer el derecho a decidir la distribución de los recursos educativos; hasta la negociación y consenso de las normas de convivencia y relación en el centro a través de asambleas y debates que generen una forma de participación dialógica democrática fuerte. Este tipo de dinámicas potencian un imaginario social y vital que asienta auténticas “escuelas de democracia”.

Se trata, igualmente, de convertir las escuelas en comunidades de aprendizaje donde quienes enseñan y las personas adultas de la comunidad, son ellas mismas aprendices ejemplares, así como habilidosas facilitadoras del arte de aprender lo que sea relevante y necesario para el desarrollo vital y la participación ciudadana en la construcción de una sociedad justa. Esto se aprende mediante una investigación educativa emancipadora y la participación activa en una comunidad que aprende conjunta y colectivamente, a pesar de sus errores, pero con una visión de justicia y derechos humanos. Que convierte la escuela en una comunidad de investigación crítica y en un movimiento social, dinamizador y difusor de la cultura del decrecimiento en su entorno social cercano.

Se trata de investigar conjuntamente para “desarrollar un currículum cuyos contenidos desvelen los auténticos mecanismos económicos, sociales, políticos e ideológicos del poder” (Cascante, 1997, 34). Sí. Pero se trata, también, de introducir en el currículum de la enseñanza la bioeconomía, es decir, pensar la economía en el seno de la biosfera en un mundo con límites (Georgescu-Roegen, 2007). Se trata de desarrollar la toma de conciencia del alumnado y el profesorado sobre lo que conlleva el modelo económico y la cultura desarrollista que tenemos y los graves problemas ecológicos, sociales y vitales que provoca; proponiendo la necesaria apuesta por el decrecimiento y cuestionado su ocultamiento en los libros de texto y materiales curriculares (Ecologistas en Acción, 2006); e introduciendo contenidos y experiencias alternativas y críticas con nuestra forma de producción, consumo, organización económica, social y cultural.

Se trata, igualmente, de introducir en los planteamientos formativos la filosofía de la simplicidad, de una vida sobria, para aprender a reducir y limitar necesidades (desde la posibilidad de vivir sin televisión, hasta el habituarse a trasladarse en bicicleta). Se trata de formar al profesorado en una “slow education”, donde se tienen en cuenta los ritmos de maduración, donde se prima el desarrollo del proceso de aprendizaje y se centra el esfuerzo en facilitar las estrategias para la reflexión crítica, el análisis en profundidad, el trabajo cooperativo, frente al modelo de evaluar por resultados, memorizar para los continuos exámenes, avanzar en el temario con permanente prisa dando por aprendido sin más lo que el profesor expone en clase.

Se trata también de apoyar en la formación del profesorado la “reconstrucción” de un curriculum intercultural e inclusivo desde otras ópticas no contempladas, integrando visiones y puntos de vista olvidados, silenciados u ocultados, deslegitimando los valores y las ideologías dominantes, mediante la contrainformación y la contramanipulación de nuestro imaginario colonizado, (re)encontrando el sentido de los límites y del “justo” valor de las cosas. Porque la cultura escolar contenida en el currículum dista mucho de ser un resumen representativo de la sociedad de la que surge y a la que pretende servir. Existe un largo listado de culturas y subculturas olvidadas o silenciadas en el currículum: desde la vejez a las mujeres; desde el mundo rural a los y las pobres; desde las minorías culturales a los gays y lesbianas o transexuales, etc. Y esto tiene dos consecuencias: genera desigualdad e incapacita al alumnado para comprender el mundo impidiendo educar a todos y todas para una ciudadanía universal en el contexto de una sociedad multicultural, mestiza y diversa.

Pero no es una cuestión sólo de las escuelas y de la formación del profesorado. Es una cuestión de toda la sociedad. De los medios de comunicación, de las ciudades donde vivimos, del entorno del que nos rodeamos (ya, para Platón, los muros de la ciudad educaban a la ciudadanía). La publicidad no deja de adueñarse de la calle, de invadir el espacio colectivo, de canibalizar internet y el propio imaginario humano, incitando permanentemente al sobreconsumo y contribuyendo a consolidar ese habitus capitalista. De ahí que sea urgente la investigación educativa emancipadora permanente que nos oriente cómo reconstruir, en el discurso cotidiano del supuesto “sentido común” y en los programas políticos, una concepción de la educación formal e informal al servicio del decrecimiento y no del mercado.

Diseñar políticas de formación e investigación acordes con el decrecimiento

La formación crítica del profesorado para el decrecimiento entiende que todo proceso educativo es una forma de intervención política en el mundo y puede ser capaz de crear las posibilidades para la transformación social. Antes que ver la formación, la investigación y la propia educación como una práctica técnica, debemos entenderlas como prácticas morales y políticas bajo la premisa de que la investigación, la formación y el aprendizaje no se centran únicamente en el procesamiento del conocimiento recibido, sino en la transformación de éste como parte de una lucha más amplia por los derechos sociales y la justicia: enseñando a vivir más simplemente, para que los demás puedan vivir simplemente (Ghandi); enseñando a pasar del “cada uno para sí mismo” al “cada uno para todos y todas”. Porque la formación del profesorado, la investigación educativa emancipadora y el propia acto educativo son inseparables de la vida, del modelo social y político que queremos construir y defender.

Como concluyen buena parte de los teóricos del decrecimiento (Ariès, 2005; Latouche, 2008; Taibo, 2009b), no es suficiente con poner en duda el capitalismo. El decrecimiento está forzosamente contra el capitalismo. “El decrecimiento sólo puede ser un decrecimiento de la acumulación, del capitalismo, de la explotación y de la depredación, porque el crecimiento y el desarrollo son, respectivamente, crecimiento de la acumulación del capital y desarrollo del capitalismo, es decir, explotación de la fuerza de trabajo y destrucción sin límites de la naturaleza” (Latouche, 2008, 169). Dado, por tanto, que “el decrecimiento, lo hemos comprobado, está forzosamente contra el capitalismo”, analizan, es inevitable plantear que sólo es posible en el marco del socialismo. Marco en el que, como dice Latouche, citando a Michéa (2003), “la clase trabajadora puede aprender ‘desde el primer momento’ a romper metódicamente con el imaginario del mundo capitalista, al poner en marcha formas de lucha y de vida en común, que son ya enteramente compatibles con los valores de desinterés, de generosidad y de ayuda mutua que implica una sociedad socialista. La construcción de una sociedad de decrecimiento se encuentra esencialmente enfrentada al mismo problema y comparte con el socialismo esos valores” (149). Una sociedad del decrecimiento, afirman, no puede concebirse sin salir del capitalismo y del imaginario capitalista (173).

Por eso, para generar esta cultura del decrecimiento hemos de construir una formación del profesorado coherente, que practique lo que predica. Una formación anticapitalista, pues, como plantea Taibo (2009a, 59), “la lógica del capitalismo anula cualquier posibilidad creíble de encarar en términos racionales todos estos problemas”. “No hay decrecimiento plausible, en otras palabras, -afirma este autor- si no se contestan en paralelo el orden capitalista y su dimensión de explotación, injusticia y desigualdad; (…) la propuesta de sociedad alternativa que acompaña al decrecimiento implica la gestación de un mundo inequívocamente orientado a dejar atrás el universo del capitalismo” (132-133). Por eso, concluye que el grito “socialismo o barbarie” de Rosa Luxemburgo, se halla hoy de mayor actualidad que en cualquier otro momento de la historia. El programa de una política de decrecimiento pasa por la construcción de una sociedad alternativa al capitalismo (Latouche, 2009).

Hemos de formar al profesorado en “educar para decrecer”, sí. Pero hemos de dar un paso más allá. Hemos de generar políticas educativas y de formación del profesorado también acordes con el modelo de decrecimiento.

En términos de agenda educativa global el papel de la educación como un derecho público, dirigido a formar una ciudadanía participativa, solidaria y abierta, está perdiendo peso bajo la presión creciente de los criterios de la economía de mercado –competitividad, rendimiento, beneficios– que van modelando el prototipo de una ciudadanía más individualista y consumista. De tal forma que se está desarrollando un currículum en función del mercado de trabajo con el fin de incrementar la competitividad internacional, la ganancia. Las inversiones en la educación y los currículos son pensados de acuerdo con las exigencias del crecimiento económico y como aportación a la competitividad empresarial de las industrias nacionales (Laval, 2004).

De esta forma la educación se está convirtiendo en un producto de consumo (Díez Gutiérrez, 2010). En un bien preciado que confiere ventaja competitiva individual en la dura lucha por el ascenso social. Se quiere así convertir la educación, ya no en un derecho, sino en una oportunidad, un asunto privado de consumidores “emprendedores” que eligen según sus recursos. Además, de esta forma, se transfiere la responsabilidad del éxito o el fracaso escolar a los propios “clientes”, dado que son quienes eligen (Apple, 2002).

Necesitamos, por tanto, una formación del profesorado que rompa la razón productivista que impregna todas las reformas educativas emprendidas a nivel mundial auspiciadas por los organismos internacionales financieros. Se trata del tipo de educación que queremos, la política educativa que se debe desarrollar, el currículum que queremos enseñar y la formación del profesorado que queremos plantear. Se trata de analizar al servicio de quién se diseñan, a quién favorece y qué tipo de sociedad ayudan a construir.

Se trata, en definitiva, de transformar la formación del profesorado y el propio sistema educativo en función de propuestas coherentes con el decrecimiento que cuestiona radicalmente el capitalismo académico de la productividad escolar, dando lugar a otras formas posibles de concebir el mundo y creando las posibilidades para la transformación social desde una educación crítica para el decrecimiento, como parte de una lucha más amplia por los derechos sociales y la justicia.

Referencias bibliográficas

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Los miserables (Víctor Hugo)















Como dice Víctor Hugo en el libro séptimo de la tercera parte de "Los miserables", las sociedades humanas tienen lo que en los teatros se llama un tercer subterráneo. 


El suelo social está todo minado, ya sea para el bien, ya sea para el mal. Existen las minas superiores y las minas inferiores..., pero por debajo de todas esas minas, de todas las galerías, por debajo de todo el progreso y de la utopía, mucho más abajo..., están los mineros negros, el tercer subterráneo. 

Es la fosa de las tinieblas. Es la cueva de los ciegos. Comunica con los abismos. Es la gran caverna del mal... 

Las siluetas feroces que rondan en esta fosa, casi bestias, casi fantasmas, no se interesan por el progreso universal, ignoran la idea y la palabra. 

Tienen dos madrastras, la ignorancia y la miseria; tienen un guía, la necesidad; tienen el apetito como forma de satisfacción. Son larvas brutalmente voraces..., y en su hormigueo horrendo socavan el orden social, el derecho, la ciencia, el progreso y la civilización...

Nuevas políticas educativas ante el cambio social (Carmen Rodríguez Martínez)






Nuevas políticas educativas ante el cambio social

New educational policies in the light of social change

Carmen Rodríguez Martínez


El presente artículo, cuya autora es Carmen Rodríguez Martínez, forma parte de una monografía titulada "La educación… de nuevo tarea urgente en el capitalismo neoliberal", coordinada por Eduardo Fernández Rodríguez y José Luis Villena Higueras. Se publica en el número 78 (27.3) Diciembre 2013, de la "Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado (RIFOP). Continuación de la Revista de Escuelas Normales", actualmente en imprenta.


RESUMEN: Las características de las nuevas sociedades del conocimiento exigen cambios en profundidad en la renovación de los sistemas educativos, guiados por el derecho al conocimiento como bien público y no como inversión económica y preparación para el mundo laboral. Sin embargo, las políticas educativas propuestas en los últimos tiempos por la Unión Europea y llevadas a cabo en nuestro país y algunos de nuestro entorno, ligan el conocimiento a este bien productivo, se centran en la eficiencia, en los rendimientos escolares y la excelencia apoyada en la competitividad y en la diferenciación entre los centros. Un modelo que aumentará el fracaso escolar, la desigualdad y la falta de cohesión social. En este texto vamos a mostrar las características de las nuevas sociedades del conocimiento, las nuevas políticas educativas ligadas a la eficiencia y la necesidad de cambios en nuestros sistemas educativos propuestos en otra dirección.


ABSTRACT: The characteristics of emerging knowledge societies require fundamental changes in the renewal of educational systems, guided by the right to knowledge as a public good rather than as an economic investment and preparation for the job market. However, educational policies recently proposed by the European Union and implemented in Spain and other surrounding countries, associate knowledge to this productive asset, focus on efficiency, school performance and excellence supported by competitiveness and differentiation across schools. This is a model that will increase school failure, inequality and lack of social cohesion. In this paper, we will show the characteristics of emerging knowledge societies, new educational policies related to efficiency and the need for changes in our educational systems proposed in another direction.

PALABRAS CLAVE: Política educativa, Sociedad del Conocimiento, Neoliberalismo, Educación pública

KEY WORDS: Educational policy, the Knowledge Society, Neoliberalism, State Education

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“Hoy como ayer, el dominio del conocimiento
puede ir acompañado de desigualdades,
exclusiones y luchas sociales
(...) es un bien público que debería estar
a la disposición de todos” (UNESCO, 2005 ).


CARACTERÍSTICAS DE LAS NUEVAS SOCIEDADES “DEL CONOCIMIENTO”

La idea de una sociedad del conocimiento es deudora de las ideas ilustradas de la Modernidad y de la creencia en la emancipación humana a través del conocimiento. Éste sería necesario para el crecimiento de la humanidad proporcionando un control sobre nuestro entorno y la reforma social que se plantea bajo la “luz” de la racionalidad. Estas ideas son las que justifican la creación de los sistemas nacionales educativos, aunque en su conformación hayan sido selectivos y adoctrinadores.

Pero también la sociedad del conocimiento tiene sus orígenes en la teoría económica, como nos muestra Antoni Brey (2009), y utilizado en su sentido más restrictivo, pero muy usual en los últimos tiempos, el conocimiento adquiere valor en ella por su capacidad para generar riqueza. Se incorpora como un nuevo factor de producción junto a la tierra, el trabajo y el capital.

Por ello consideraremos que el hecho de que el conocimiento se vuelva clave en las nuevas sociedades, cada vez más complejas, y suponga un nuevo factor para la productividad, nos debe hacer reflexionar sobre quién accede, cómo se regula y quién lo distribuye, sobre la posibilidad de nuevas desigualdades en las formas de entender el conocimiento en las nuevas sociedades de la información.

Pero, ¿qué significa que estamos en sociedades de la información, del conocimiento?

La tecnologías han propiciado un incremento de la información, de su acceso y de su distribución a través de la sociedad en red. Pero este incremento de información no supone directamente un incremento del conocimiento. Accedemos a informaciones más o menos elaboradas (desde El origen del Universo de Hawking, hasta el catálogo de Ikea), que mientras no están vinculadas a un sujeto no son más que informaciones. Cuando la información la transformamos en saber, a través de un proceso de elaboración de la mente humana, se vuelve conocimiento que será nuevamente fuente de información para otras mentes. Mientras la información se distribuye a través de distintos soportes (micro-chip, televisión, internet...), el conocimiento se organiza, elabora y transforma, forma parte del entendimiento y la inteligencia (Gimeno, 2010). Así podemos afirmar que estamos en sociedades de la información y la escuela y la sociedad deben procurar que sean sociedades del conocimiento.

Para muchos, estas sociedades significan un cambio sustantivo que nos lleva a hablar de que nos encontramos en los albores de una nueva época, que algunos consideran una tercera revolucion informacional (como Matsura, 2005, director general de la UNESCO), o un cambio de era (como plantea Castell, 1998). En donde la comunicación, que es la que nos caracteriza específicamente como seres humanos, posibilitando la creación de la cultura  a través de la escritura, la imprenta, etc... ha pasado de ser una comunicación lineal (teléfono, carta..) y pasiva (televisión, radio, cine..) a una comunicación múltiple, conectada y activa (Brey, 2009). En lo que a nosotros nos afecta cambia la concepción sobre el valor del conocimiento, su jerarquía y su valor de uso. Ya no sirven los textos de contenido unívoco, ni los saberes enciclopédicos, porque la información se duplica cada 20 meses, cuando antes tardaba generaciones.

En la medida que la información se amplía y se incrementa el conocimiento especializado para desarrollar actividades tecnológicamente complejas, tenemos una menor comprensión global de la realidad que nos rodea y utilizamos un bajo contenido reflexivo que nos aboca, según Antony Brey (2005), hacia una “sociedad de la ignorancia”. La sociedad es cada vez más compleja por la acumulación exponencial de información, sufrimos una intoxicación por exceso de información, que se traduce en una dificultad cada vez mayor de discriminar lo importante de lo superfluo.

Por otro lado, el mundo del trabajo y la sociedad del conocimiento no reclaman los mismos modelos educativos que en épocas pasadas: trabajadores disciplinados y poco críticos; ahora se busca la capacidad de participar, de producir conocimiento y de ser creativos pero en una sociedad de expertos. En la complejidad de nuestro mundo el conocimiento es cada vez más especializado, aplicado al trabajo y productivo, más tecnológico, más instrumental. La especialización en la producción del saber, restringida a ámbitos concretos, no permite que las personan transformen la sociedad sino solo que contribuyan a los marcos ya creados. A pesar de requerir de una amplia formación, no nos ofrece capacidad de entendimiento global, de control del entorno.

Vivimos, por tanto, unos momentos de necesaria renovación de los sistemas educativos que deben preparar a las nuevas generaciones para las actuales sociedades de la información, donde deben cambiar los modelos de conocimiento. No solo para responder a actividades tecnológicamente complejas, ni para crear una sociedad de expertos en ámbitos especializados. Porque en las sociedades del saber que están emergiendo, el conocimiento, ligado a las posibilidades de acceso a la información y a la capacidad de procesamiento y utilización crítica de la misma, constituirá el criterio básico para que las nuevas generaciones formen parte de una ciudadanía activa en el diseño y control del mundo futuro sin estar limitados por su complejidad.

NUEVAS POLÍTICAS EDUCATIVAS LIGADAS A LA EFICIENCIA

Como hemos dicho, cambian los modelos de desarrollo económico ligados al conocimiento que se convierte en un bien productivo. La escuela pasa de ser una inversión de carácter social para el proyecto Moderno de sociedad a un instrumento de primer orden para el desarrollo económico y social, para la riqueza y el futuro de nuestras sociedades (GILL et AL., 2005. Informe del Banco Mundial), con el peligro de caer en enfoques econocimicistas y de mera inserción laboral en la formación de los jóvenes (1)

La Unión Europea decide en el año 2000 que el objetivo principal de la política educativa es la producción de “capital humano” para una economía competitiva. Desde entonces hay un proceso de convergencia entre los países europeos que consiste en: establecer objetivos cuantificables, establecer indicadores para calcular el progreso, realizar evaluaciones comparativas con otros países, crear “benchmarks”, puntos de referencia e intercambiar buenas prácticas (Hatcher, 2008).

Los Consejos Europeos de Lisboa 2000, Estocolmo 2001 y Barcelona 2002 ya definen unos objetivos europeos para 2010 (EUROSTAT, 2005) que serán adoptados por la conferencia de Educación en España (MEC, 2007). En los objetivos europeos para 2020 (2) se introducen cuatro nuevos indicadores, dos de ellos relacionados con el mundo laboral; en el objetivo dos se utiliza como punto de referencia para su consecución la empleabilidad y en el objetivo cuatro se incluirá el espíritu emprendedor en todos los niveles de educación y formación, identificándose dicho espíritu con la creatividad y la innovación.

Esto muestra una preocupación naciente por la educación en los gobiernos de los estados europeos, que podría significar más inversión para lograr más titulados, para ampliar el abanico de población preparada y conseguir una mayor equidad en la educación. Pero la convergencia de los gobiernos siguiendo indicaciones de la UE y de la OCDE no es ésta, sino conseguir que sus políticas sean eficaces, sean medibles y tengan unos buenos resultados, con lo que cambia el modelo educativo hacia modelos de gestión del mundo empresarial en donde la educación se vuelve más selectiva.

El hecho de que el conocimiento sea importante no ya como derecho social, sino como clave para el desarrollo económico de las sociedades junto a la inversión en tecnología va a aumentar las desigualdades, las diferencias entre quien sabe, está informado y quien no sabe, no tiene información. Se exige una mayor excelencia y una mayor selección. Contradictoriamente, cuando la educación se sitúa en el punto central del desarrollo de los estados, el concepto de equidad se sustituye por excelencia, y hay una apropiación de términos como calidad por discursos neoconservadores y neoliberales que traducen la calidad a mera selección y oportunidad, libertad sin igualdad.

Estas políticas ligadas a la eficiencia entran de la mano de discursos neoliberales, introducidos desde los años ochenta, que se caracterizan por la bajada de impuestos, la privatización y los recortes en gastos civiles. En el mundo educativo su máximo exponente llega a nuestro país con el gobierno del Partido Popular, tanto con los recortes llevados a cabo en educación y justificados en la crisis económica, como en  el proyecto de Ley de Ordenación y Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), recientemente aprobada por el gobierno. Una reforma que ya se ha emprendido en otros países como EEUU e Inglaterra.

Estas políticas se caracterizan por la pérdida del sentido de lo público en educación, como en servicios sociales, infraestructuras, sanidad o investigación, con un discurso contrario a la intervención del estado para garantizar el bienestar de la ciudadanía en sus derechos básicos. Los programas civiles son vistos como un despilfarro innecesario para ayudar a personas que se vuelven acomodaticias y perezosas. Cualquier ayuda va acompañada de la suposición de fraude (en el gasto farmacéutico, en el desempleo). Y se demoniza el papel de los políticos y de toda política intervencionista porque atenta contra la libertad de los ciudadanos y ciudadanas. El Ministro de educación, José Ignacio Wert ya planteó en un curso de la Fundación FAES en 2010 estos dos argumentos denominando a este tipo de programas “Estatalismo asistencialista”.

Ambas ideas tendrán como consecuencia el desprecio a la regulación, por parte del Estado, como una intrusión en el ámbito privado y un obstáculo para obtener rentabilidad a corto plazo. Han propiciado desregulaciones tan importantes como ha sido la financiera, creyendo que los organismos y bancos mantendrían su propio control y originando la crisis económica del año 2008. O la de los medios de comunicación, cuyo único interés es conseguir beneficios a través de la publicidad y de las audiencias masivas. Ello ha fomentado los valores consumistas, individualistas, narcisistas y de baja responsabilidad social que van a ser compatibles con los argumentos neoliberales (Jeffrey Sachs, 2012).

El fundamento básico de estas políticas en educación es la búsqueda de la eficiencia con unas consecuencias terribles para la igualdad y para el tipo de sociedad en la que educamos a las nuevas generaciones.

Se busca ante todo la eficiencia, los resultados de los sistemas educativos dentro de un modelo econocimicista y competitivo que creará, por un lado, desigualdad y sumirá en la ignorancia a las masas, aunque estén más formadas que nunca. Por otro, la complejidad de la sociedad de la información hará que los saberes productivos estén limitados a campos específicos y se adapten a los intereses del mercado sin cuestionar los propios marcos que los sustentan. Para Antoni Brey (2009) habrá dos castas sustentadas en el conocimiento:

“una masa acomodada en su ignorancia y fascinada por la tecnología y cada vez más alienada, y otra formada por los expertos en los saberes productivos y los resortes de un modelo económico insostenible” (p. 38)

Aplicación de las políticas ligadas a la eficiencia en España

La agenda global para la educación de la OCDE promueve desde el año 1995 en su estudio “Gobernanza en Transición: reformas en la gestión pública de los países de la OECD”, un nuevo modelo de gestión descentralizado dentro del sector público y orientado hacia los rendimientos. Se caracteriza por: una focalización en los resultados, en la eficacia, en la efectividad y en la calidad; una gestión descentralizada para aumentar la autonomía operativa; alternativas a la provisión pública; entornos competitivos; tasas/cheques para usuarios (recuperación de costes) y mercados internos; reforzamiento de las capacidades estratégicas desde el centro y enfoque clientelar” (OCDE, 1995: p.8) (3)

Es un modelo de técnica de gestión de empresa privada en servicios públicos que la LOMCE propone a través de la selección y diferenciación del alumnado, con la autonomía de los centros ligada a la especialización, a las demandas sociales y al liderazgo gerencialista, y con las clasificaciones y competencia entre los centros con las reválidas y la especialización.

En primer lugar, con la consolidación de itinerarios o ramas a edades cada vez más tempranas. Crea diferenciaciones internas en los centros al separar el tronco común en 3ª de la ESO, a los 14 años, y proponiendo dos vías de distinta categoría que conducirán hacia los estudios de bachillerato y FP,  cuando el alumnado puede cambiar todavía su afección por los estudios. Justifica la diferenciación de los estudiantes por sus diferencias de “talentos”, lo que también se realiza a través de la admisión diferenciada por rendimientos (4), o con la creación de centros especializados.

En segundo lugar, con la autonomía operativa de los centros que la LOMCE liga a tres cuestiones fundamentales: 1) a la especialización competitiva y a los resultados académicos en función de los cuales los centros obtendrán más recursos; 2) a las demandas sociales, con alternativas a la provisión pública y enfoque clientelar. Para ello abre la posibilidad de libertad de creación y elección de centros y aumenta los centros concertados, a la vez que realiza políticas de recorte materiales y humanas en la red pública, dejando a la educación pública como subsidiaria de la privada; y 3) al refuerzo de las capacidades estratégicas desde el centro con una dirección gerencialista; un director o directora elegido mayoritariamente por la Administración, que no comparte las decisiones con la comunidad educativa, y hasta tendrá la potestad de contratar directamente (5).

En tercer lugar, con las reválidas y las clasificaciones entre centros incentivando la competitividad y la diferenciación. La LOMCE regula las características y el tipo de innovaciones que pueden emprender los centros para ser de calidad. Ello junto a evaluaciones y ranking, que al hacerse públicos contribuirá a una competencia entre los centros para recibir financiación y para quedarse con el mejor alumnado. Los centros guetos aumentarán el fracaso, mientras el sistema educativo va aumentando en desigualdades y falta de cohesión social. Es una escuela selectiva dentro de la pública que se suma a la selección y desigualdad que se da actualmente con la doble red centros.

Las reválidas o pruebas externas son además instrumentos en contra de los intereses del profesorado: porque cercenan su autonomía y amputan la capacidad de innovación y de decisión sobre lo que deben aprender sus alumnos e incluso el cómo deben hacerlo. La estandarización del curriculum a través de las reválidas convierte al profesorado en un preparador para el próximo examen externo que debe superar su alumnado. No debemos olvidar que los criterios de evaluación igual que los objetivos se deciden a nivel estatal, incluso para las materias específicas. Por otro lado, al alumnado lo conducen hacia unos rendimientos que tienen que ser fácilmente evaluables por lo que generan un aprendizaje mediocre, como ya está constatado en países como EEUU, o Chile.  La libertad de pensamiento y el desarrollo de la responsabilidad, principios de la educación para la Unesco, desaparecen.

Todo ello va unido también a una reforma de ideología muy conservadora que vuelve a modelos de enseñanza antiguos con: a) la segregación de sexos en las escuelas con financiación pública, b) la asignatura de religión evaluable con obligación de una materia alternativa c) la desaparición de educación para la ciudadanía, y d)  una concertada religiosa que no ha llegado a asumir como principio educativo la pluralidad moral. Los únicos valores ideológicos sobre los que se puede proponer un sistema educativo en un estado de derecho son valores cívicos y democráticos. El resto de ideologías pertenecen al terreno de lo privado y deben estar fuera de la escuela.

Pérdida de la ética de la sociedad civil

Hay un retroceso de lo público alentado por políticas neoliberales, pero también hay una crisis de igualdad en una sociedad individualista y competitiva, también alentada por estas mismas políticas, donde hemos desdibujado la ética de la sociedad civil o los valores en los que queremos vivir. Son tiempos de individualidad, con el reconocimiento de la identidad del “yo” sobre la identidad del “nosotros”, de la identidad personal sobre la colectiva. La centralidad en la concepción del individuo diluye las decisiones sobre el grupo y deja al individuo más débil que nunca. Esto aumenta los valores negativos de insolidaridad, falta de responsabilidad y compromiso, que se crean en la sociedad y en la propia escuela (6). Los alumnos y alumnas se forman en una sociedad consumista, que salvaguarda los intereses personales, reforzada por los medios de comunicación que proponen modelos superficiales sobre lo que significa triunfar en nuestra sociedad.

Estamos en una crisis de la igualdad que no es simplemente una regresión coyuntural vinculada a un capitalismo financiero o a una globalización del mercado sin reglas. No es simplemente la consecuencia de las políticas neoliberales. Estamos en la época del individualismo y la competencia. Se condenan las desigualdades mientras se reconocen los mecanismos de la desigualdad que las condicionan (Stiglitz, 2012). Por ello, en nuestras sociedades actuales competitivas individuales y con un capitalismo financiero sin control que acrecienta las desigualdades, es más necesario que nunca defender un territorio, un espacio, para lo público que nos salvaguarde de las relaciones de poder y dominación.

NECESIDAD DE CAMBIOS EN EL SISTEMA EDUCATIVO

La LOMCE no es una ley más, significa la ruptura de la idea de igualdad, de nuestra esperanza en una vida mejor, por la renuncia a que todo el alumnado reciba una educación integral y de igual valor hasta los 16 años,  y por la diferenciación entre centros. Los itinerarios, especializaciones, evaluaciones públicas, privatización de la enseñanza y elección por parte de las familias, conducirán a reforzar los patrones de desigualdad social.

¿Cuál sería entonces el modelo de educación en el mundo actual? En la sociedad de la información la escuela ha dejado de ser la única transmisora de información y entra en competencia con medios mucho más atractivos y seductores. Estos medios modelan la capacidad de razonar hacia estados de dispersión, hacia la eficacia en la utilización de varios soportes a la vez, hacia la búsqueda de los estímulos constantes y hacia la falta de concentración.

La rapidez de los cambios y la falta de formación para acceder a todo ello puede crear sujetos que sean pensados, hablados y producidos, sin consciencia y sin capacidad de discernimiento. Por ello tiene que existir un movimiento equivalente en educación para convertir la sociedad informacional, en una sociedad del conocimiento, o del aprendizaje (como expresaba el Consejo Europeo de Rectores) en la que todos tengan la posibilidad de aprender, emitir juicios críticos, comunicarse de forma inteligente, ser flexibles y tolerantes con otras culturas y credos, y colaborar y contribuir al bienestar de los demás (Longworth, 2005).

Necesitamos un proyecto educativo realista y que proporcione cambios sustantivos en nuestro modelo de educación en el sentido contrario al que va a producir la LOMCE. Proponemos aquí solo dos de los cambios que deberían producirse (7):

Primero, en cuanto  a la homogeneización y la selección del alumnado

Tenemos un sistema educativo inmutable construido sobre niveles de aprendizaje homogéneos y sistemas de evaluación selectivos que se basan en las ideas de los siglos XIX y XX sobre la selección del alumnado en un sistema de carácter piramidal: solo una minoría necesita acceder a una mayor formación para ocupar los puestos más capacitados de la sociedad. La LOMCE no solo mantiene esta enseñanza selectiva sino que la acentúa más aún, como hemos visto. Ahora necesitamos una mayor formación para la integración de los jóvenes en la sociedad de la información. Es necesario cambiar la idea educativa de que una parte del alumnado está abocada al fracaso cuando la sociedad actual requiere una escuela en la que todos los niños y niñas obtengan una formación lo más completa y general posible. La idea de fracaso no tiene cabida en la sociedad del conocimiento y menos aún un fracaso diseñado desde el propio sistema educativo.

La sociedad de la información requiere una mayor formación de toda la población, una “escuela para todos y todas”, reclamada a nivel mundial como un derecho básico de la población en informes internacionales de la UNESCO (“educación para todos”) y en políticas nacionales que han lanzado diferentes lemas con este mensaje: en Inglaterra “cada niño importa”, en EEUU “que ningún niño se quede atrás”, o en Francia con la misión de la “escuela para todos” proyectada en su nueva reforma.

En la educación obligatoria en países de nuestro entorno no existe la repetición. En países de la Unión Europea como en Dinamarca, Grecia, Irlanda, Chipre, Suecia, Reino Unido, en Islandia y Noruega, los alumnos y alumnas pasan automáticamente al curso siguiente en la educación obligatoria, recibiendo apoyo complementario aquellos que tienen dificultades. La razón es que no existe evidencia empírica que muestre los beneficios de la repetición, por el contrario:

“Los alumnos y alumnas repetidores muestran un rendimiento académico inferior, un auto-concepto más bajo y una actitud menos favorable a la escuela que los que promocionan al siguiente nivel” (Arregui, et. al., 2009). 

Segundo, en cuanto al tipo de conocimiento

Seguimos enseñando a través de conocimientos que no están contextualizados, no tienen sentido para los estudiantes, ni son asumidos para poder interpretar nuestro entorno. Un saber enciclopédico que durante mucho tiempo ha sido clave en la escuela y que, en la actual sociedad de la información cada vez sirve menos e interesa menos al alumnado (Barnett, 2001: pp. 224-225). La escuela ha reificado la cultura y la ha convertido en contenidos escolares, de tal forma que se terminan aprendiendo sin llegar a proporcionarnos capacidad para comprender la realidad.

Una asignatura pendiente en este país es analizar los contenidos curriculares y alcanzar un consenso sobre qué conocimientos son básicos en democracias cada vez más complejas y en sociedades globalizadas para desarrollar la autonomía de los sujetos que les permita formar ciudadanos y ciudadanas críticos y comprometidos con e bienestar colectivo.

La escuela no puede cubrir toda la información que se produce en nuestras sociedades, sobran contenidos y faltan temas que se debaten en el mundo actual: células madre, nuevas desigualdades, mayores, salud, cultura de paz… El currículo debe estar abierto a las manifestaciones culturales locales y globales, al interés del alumnado, a la deliberación de la comunidad educativa y a ser una herramienta de comprensión del pasado para actuar con criterio en el presente.

En este sentido nuestra tradición es la de introducir en las leyes educativas curriculum extensos que otorgan al profesorado la función de ser reproductores de los contenidos diseñados para sus asignaturas, sujetándolos a los libros de texto y separándolos del trabajo con otros y otras docentes, en lugar de confiar en la autonomía del profesorado para organizar y diseñar su propia enseñanza. La LOMCE, lejos de subsanar esta situación recentraliza y regula todo el currículum, impidiendo la autonomía para su desarrollo, por parte de las Comunidades autónomas y del propio profesorado, y creando un currículum reducido para la enseñanza obligatoria y diferenciado, rompiendo el principio de igualdad. Asegura, además, un aprendizaje mediocre al alumnado al definir lo que hay que enseñar a través de los ranking.

La demografía global crea sociedades multiculturales y multiétnicas en las cuales se afianza, paradojicamente, el individualismo, el etnocentrismo y la insolidaridad. Esta situación requiere nuevas formas de concebir el conocimiento y nuevas estrategias metodológicas donde la diversidad no sea un hándicap sino una riqueza. La selección de los contenidos escolares debe representar esta diversidad cultural y a las diversas voces del alumnado. Se requiere un currículum para formar a los estudiantes en la futura ciudadanía que les posibilite ser flexibles y tolerantes con otras culturas y credos.

No podemos olvidar, como decíamos al principio que la educación no tiene que responder sólo a designios del mercado porque ello significa rapidez y rentabilidad. Reivindicamos un aprendizaje lento y con sentido (slowly learning) que se propicie en climas de participación y colaboración. Lo importante es el sentido que imprimimos a lo que hacemos y que el alumnado capte el sentido de lo que aprende.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
ARREGUI, A.; MARTÍNEZ FERNÁNDEZ, P.; SAINZ, A. y UGARRIZA, J.R. (2009). Efecto de las repeticiones de curso en el proceso de enseñanza-aprendizaje del alumnado,  Instituto Vasco de Evaluación e Investigación (Disponible pulsando aquí. Consulta: 6/4/2011).
BARNETT, R. (2001). Los límites de la competencia. El conocimiento, la educación superior y la sociedad, Gedisa, Barcelona.
BINDÉ, J. (2005) (Dir.). Hacia las sociedades del conocimiento. Informe mundial de la UNESCO (Disponible pulsando aquí. Consulta: 6/06/2007).
BREY, A (2009). “La sociedad de la ignorancia” En BREY, A.;  INNERARITY, D. Y MAYOS, G. La sociedad de la ignorancia y otros ensayos, Zero Factory, Barcelona. (Disponible pulsando aquí. Consulta: 6/4/2011)
CASTELL, M (1998). La era de la información. Econocía, sociedad y cultura. Vol III Fin de Milenio, Alianza Edtorial, Madrid.
EUROSTAT (2005). Cuestionario de estadísticas internacionales en educación. UOE, 2005.
GILL I. S., GUASCH, J.L., MALONEY W.F., PERRY G. y SCHADY, N. (2005). Cerrar la brecha en educación y tecnología, Banco Mundial, Bogotá (Disponible pulsando aquí. Consulta/10/10/2007).
GIMENO SACRISTÁN (2010)- El currículum en la sociedad de la información y del conocimiento, En Saberes e incertidumbres sobre el currículum, Morata, Madrid, pp. 180-202.
HATCHER, R. (2008) El sistema escolar de inglaterra: ¿lecciones para Cataluña? (Disponible pulsando aquí. Consulta/12/3/2013).
LONGWORTH, NORMAN (2005): El aprendizaje a lo largo de la vida en la práctica. Transformar la educación en el siglo XX, Paidós, Barcelona.
MEC (2007). Informe 2006: Objetivos Educativos y Puntos de Referencia 2010, Secretaría General de Educación, Madrid.
OECD (1995). Governance in Transition: Public Management Reforms in OECD Countries, OECD, Paris.
SACHS, J. (2012) . El precio de la civilización, Galaxia Gutenberg, Barcelona.
STIGLITZ (2012). El precio de la desigualdad, Taurus, Madrid.
UNESCO (2005). Hacia las sociedades del conocimiento. Informe Mundial de la UNESCO


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NOTAS

(1) Vemos algunos ejemplos del nuevo lugar que ocupa la educación en los objetivos del Pacto por la Educación del Partido Socialista Obrero Español del año 2010, que indicaba que solo necesitaremos un 15% de personas en empleos sin cualificar para 2020-2025. También el hecho de que forme parte de la nueva ley de economía sostenible, que incluye reformas importantes y nada baladíes de la formación profesional y la formación básica, confirman esta nueva orientación de la educación.

(2) Consejo de ministros de la UE, 12 de mayo de 2009.

(3) De este modelo habla Hatcher (2008) para Inglaterra comparándolo con la propuesta de la Ley de educación Catalana. 

(4) Se reservan un 20% los centros especializados para el alumnado con mejores rendimientos.

(5) En Cataluña durante el mes de mayo está en trámite el nuevo Decreto donde dan esta potestad a la persona que ocupa la dirección de los centros eductivos.

(6) Ejemplos de ello pueden ser: la expulsión de los gitanos en Francia, el racismo floreciente en épocas de crisis, el debilitamiento de los derechos humanos (asesinato de Bin Laden, Guantánamo).

(7) Otros cambios fundamentales, por ejemplo, serían la formación del profesorado y la participación de la comunidad educativa, que por razones de espacio no podemos abordar.