El decrecimiento en la formación del profesorado (Enrique Javier Díez Gutiérrez)






El decrecimiento en la formación del profesorado

Degrowth in teacher training

Enrique Javier Díez Gutiérrez


El presente artículo, cuyo autor es Enrique Javier Díez Gutiérrez, forma parte de una monografía titulada "La educación… de nuevo tarea urgente en el capitalismo neoliberal", coordinada por Eduardo Fernández Rodríguez y José Luis Villena Higueras. Se publica en el número 78 (27.3) Diciembre 2013, de la "Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado (RIFOP). Continuación de la Revista de Escuelas Normales", actualmente en imprenta.



RESUMEN: No es posible el crecimiento continuo en un planeta limitado. No sólo estamos destrozando el planeta a un ritmo acelerado, sino que estamos condenando a las futuras generaciones a heredar un planeta arrasado y esquilmado de sus recursos naturales. La única alternativa es el decrecimiento, aprender a vivir mejor con menos. Esto no sólo significa un cambio de paradigma sino un trabajo de liberación de las mentalidades y de descolonización del imaginario dominante. Se trata de educar en un estilo de vida de sobriedad voluntaria que sea universalizable a todo el planeta y de generar políticas educativas también acordes con este modelo, que rompan la razón productivista que impregna todas las reformas educativas emprendidas a nivel mundial. Formar al futuro profesorado y al profesorado en ejercicio para descolonizar el imaginario capitalista dominante propiciando una investigación educativa emancipadora sobre su propia práctica es una forma de intervención socioeducativa emancipadora más urgente y necesaria que nunca. 

PALABRAS CLAVE: Decrecimiento, Formación del Profesorado, Ecología, Investigación educativa emancipadora, Sobriedad voluntaria.


ABSTRACT: Constant growth is untenable on a finite planet. Not only are we rapidly destroying our world, we are also condemning future generations to inherit a ravaged planet depleted of its natural resources. The only alternative is to reverse growth (degrowth), to learn to live better with less. This implies not only a paradigm shift but also making an effort to open our minds and free ourselves from the dominant world view. This requires teaching a voluntarily frugal lifestyle which can be applied throughout the world, and the design of educational policies that are consistent with this model and that break with the productivist approach that permeates all educational reforms worldwide. Teaching present and future teachers how to shake off the dominant capitalist doctrine, by promoting emancipatory educational research into their own practice, would constitute an emancipatory educational intervention which has become more urgent and essential than ever before.

KEY WORDS: Degrowth, teacher training, ecology, emancipatory educational research, voluntary frugality.


El crecimiento nos lleva al abismo    

La economía del “crecimiento” del sistema capitalista lejos de producir bienestar y satisfacción de las necesidades para toda la humanidad, lo que ha conseguido es asentar la denominada sociedad el 20/80: que unos pocos, cada vez menos, sean muchísimo más ricos, mientras que la mayoría de las personas del mundo se precipitan en el abismo de la pobreza, la explotación y la miseria. Al mismo tiempo, el planeta es esquilmado, saqueado en sus recursos limitados y empujado hacia una catástrofe ecológica que pone en serio peligro la vida sobre la Tierra y la supervivencia de las generaciones venideras (George, 2010).

Como plantean Latouche (2008) o Castoriadis (2006), todo el mundo sabe, de una forma o de otra, que la humanidad corre hacia el precipicio con nuestro actual modo de vida, basado en el aumento imparable del crecimiento de la producción y el consumo. Pero nos negamos a asumirlo porque este capitalismo ha colonizado nuestro imaginario mental y utópico. De hecho, los planes de recuperación de las crisis se asientan en el imperativo del aumento del crecimiento, de la productividad y competitividad, del poder de compra y, en consecuencia, del consumo. Se ha convertido en parte del pensamiento único el imperativo del aumento del crecimiento, de la productividad y competitividad, del poder de compra y, en consecuencia, del consumo. Hablar de decrecimiento en este contexto, se considera “literalmente blasfemo”.

Sabemos que únicamente la ruptura con el sistema capitalista, con su consumismo y su productivismo, puede evitar la catástrofe. Mientras perviva el modo de producción capitalista existirá un conflicto manifiesto entre la destrucción de la naturaleza para obtener beneficios y la conservación de la misma para poder sobrevivir. Sabemos, pues, cuál es la solución. Lo sabemos, pero procuramos mirar hacia otra parte, porque nos veríamos obligados a cuestionar las bases del sistema capitalista y nuestra propia forma de vida social y personal.

Como proponen estos autores, desde la óptica de una sociedad de decrecimiento, hemos de empezar por cambiar los valores y descolonizar el imaginario colectivo. El objetivo del decrecimiento pasa por un cambio profundo de los valores en los que creemos y sobre los que organizamos nuestra vida, que contrarreste la manipulación de la que somos víctimas, aunque ésta se resistirá a desaparecer. Hoy en día los valores más exaltados son la competitividad, la agresividad de la persona luchadora, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, la complacencia del consumidor irresponsable… Es necesario, por ello, una descentración cognitiva que reevalúe y deconstruya estos planteamientos. Para ello se hace imprescindible y crucial repensar la educación y la propia formación del profesorado, pues es a través de ella principalmente cómo ha sido colonizada nuestra razón, nuestro pensamiento y nuestra imaginación.

La alternativa es el decrecimiento

Parece razonable entonces admitir que la salida esté en la dirección contraria al crecimiento, es decir, en el decrecimiento. El decrecimiento es una forma de entender la organización social, económica y política que se enfrenta radicalmente con el sistema capitalista en que nos movemos, planteando que este sistema no es ni el único, ni el mejor.

"Las cosas no son así. Están así y podemos cambiarlas" (Paulo Freire). Hay otra manera de hacer las cosas, otra manera de vivir: supeditar el mercado a la sociedad, sustituir la competencia por la cooperación, acomodar la economía a la economía de la naturaleza y del sustento de las necesidades básicas. El decrecimiento nos lleva a vivir mejor con menos: menos comida basura, menos estrés, menos pleitesía al consumo.

El decrecimiento es un concepto paraguas en construcción, donde poder empezar a deshacer el imaginario común de que el crecimiento es necesario para seguir adelante, un espacio donde desarrollar experiencias alternativas. Y es tarea de todos y todas llenarlo de contenido, imaginar la sociedad futura. Es evidente que el proyecto de una sociedad de decrecimiento es una etiqueta que constituye todavía un proyecto por definir.

El decrecimiento presenta una enmienda a la totalidad del sistema económico, social y mental del capitalismo. Por lo tanto, el decrecimiento es un proyecto esencialmente político, una forma de entender la organización social, económica y política que se enfrenta radicalmente con el sistema capitalista en que nos movemos, planteando que este sistema no es ni el único, ni el mejor. Supone un cambio de mentalidad y una lucha por el cambio global para salir de este sistema capitalista voraz e insaciable. No pretende sustituir a las contestaciones históricas al capitalismo. Es un agregado importante. Cualquier contestación al capitalismo debe ser decrecentista, como también antipatriarcal. Si le falta cualquiera de estos pivotes estará haciendo el juego al sistema.

Pero simultáneamente, el decrecimiento es la opción deliberada por un nuevo estilo de vida, individual y colectivo, que ponga en el centro los valores humanistas: las relaciones cercanas, la cooperación, la participación democrática, la solidaridad, la educación crítica, el cultivo de las artes, etc.

En el decrecimiento, el índice de bienestar se mide por los valores que contribuyen a mejorarnos como personas. Es aquello que quizás hemos oído tantas veces: es más importante ser que tener. Se trata de dar la vuelta a la tortilla del nefasto dicho popular “tanto tienes, tanto vales”, y reafirmar la confianza en que el auténtico bienestar, la felicidad de las personas, la igualdad entre los pueblos y la preservación del planeta, pasan por una nueva forma de vivir donde lo importante sea crecer en valores, los valores que han inspirado los mejores logros de la humanidad: fraternidad, justicia, igualdad, dignidad humana.

La llamada a este estilo de vida de simplicidad voluntaria puede quedarse en una propuesta de transformación individual, pero el enfoque es político, es decir, que es necesario que se trabaje políticamente para que dé lugar lo más democráticamente posible a otro modelo social. Si no, corre el riesgo de transformarse en un integrismo ascético con resonancias místicas (que no está ausente en las filas de los ‘decrecientes’). Por eso es importante articular esta ética del decrecimiento voluntario con el proyecto político.

Ahora bien, es necesario no malinterpretar la palabra decrecimiento. No se trata de vivir todos en la miseria, ni renunciar a las conquistas de la ciencia y la técnica y volver a vivir alumbrándonos con velas y yendo en burro. Son caricaturas que nada tienen que ver con lo que significa el decrecimiento.

El término de-crecer suscita tanta curiosidad como aversión, puesto que se encuentra situado en las antípodas del discurso hegemónico sobre la dinámica social, económica o política y porque la contención es psicológicamente desagradable. Considerando el estilo de vida estándar o modélico en estos momentos, la contención se percibe inevitablemente como una acción aversiva, un retroceso en el bienestar, un anquilosamiento en épocas ya superadas. Imaginemos a alguien que padece numerosos trastornos asociados con la alimentación y que muestra una visible obesidad. Que tome la decisión de perder peso no es retroceder a la infancia, sino progresar hacia una vida más saludable. Apunto algunas propuestas concretas que se vienen formulando:

Sobriedad voluntaria. La sobriedad voluntaria (austeridad, en términos de Julio Anguita) supone adoptar un estilo de vida que sea universalizable a todo el planeta. Es de sobra conocido que si todos los habitantes del planeta viviesen al estilo norteamericano o europeo se necesitarían 150 planetas para mantener esa forma de vida. La sobriedad consiste en la reducción sustancial de nuestro consumo: romper el modelo de obsolescencia programada, cuestionar el consumo innecesario y la propaganda (que nos hace desear lo que no tenemos y despreciar lo que ya disfrutamos: insatisfacción permanente). Se puede vivir mejor con menos. Es preciso reducir y limitar los deseos y las necesidades.

Riqueza 0. El decrecimiento no puede aceptar que lo que unos poseen de más es porque otros lo tienen de menos; que la riqueza de unos se fundamente sobre la miseria de la mayoría. En ese sentido, hay que poner límites a la riqueza y establecer un ingreso máximo autorizado: la reducción de los niveles de producción y consumo debe centrarse en producir para satisfacer las necesidades (comida, viajar) no los deseos (restaurantes de lujo o un jet privado). Mientras no sepamos por qué y para qué la gente necesita lujos, no estaremos tratando los problemas de la desigualdad en serio.

Redistribución de los recursos: desde renta básica de ciudadanía, universal, incondicional y personal a software libre; desde supresión de paraísos fiscales a banca pública y Democracia directa y participativa.

Trabajar menos para trabajar todos y todas y vivir mejor. El decrecimiento propone reorganizar el modelo de producción de modo que se pueda repartir el trabajo. Esto tiene dos consecuencias: que toda persona tenga un empleo y la reducción de la cantidad de trabajo, lo cual ayuda a tener una vida más tranquila y equilibrada, a poder conciliar la vida laboral con la vida familiar, a reconquistar el tiempo personal, un tiempo vinculado con la lentitud y con dedicar tiempo a otras actividades que nos ayudan a realizarnos: la participación en el barrio, la vida asociativa, las visitas a los amigos, el desarrollo cultural, etc. “Una nación es verdaderamente rica si en vez de doce horas trabaja seis” (Carlos Marx).

Antes de criticar al decrecimiento por la posibilidad de que genere desempleo es necesario tener claro que el crecimiento es una fábrica insaciable de paro. No sólo la experiencia actual lo demuestra de forma contundente, también el análisis de los modelos teóricos. Sabemos que la apuesta del crecimiento es la internacionalización, la deslocalización y el crecimiento exponencial de las empresas. Para conseguirlo hay que despegarse de las empresas pequeñas y construir grandes criaturas que se descubren especialistas en la creación de paro. Pensemos que si cien pequeñas empresas mantienen doscientos puestos de trabajo, su fusión en una gran empresa (IKEA) conseguirá producir mucho más con mucha menos mano de obra. Esa tendencia se llama eficiencia, uno de los mantras clave en el modelo del crecimiento. Crecer, es decir, aumentar la producción estimulando el consumo, no crea empleo sino paro, pues la principal herramienta para estimular el consumo es hacer los productos atractivos, entre otros aspectos, mediante los bajos precios que permiten unas reducciones de gastos asentados principalmente en la reducción de los costes en mano de obra (24 céntimos de euro el litro de leche).

Supongamos que, como plantea Taibo (2009a), no obstante: 1) el decrecimiento genera paro; y 2) el crecimiento estimula el empleo. Aun así, ¿es un argumento suficiente para mantener el crecimiento? Pensemos, por ejemplo, en la violencia. Lo más esperable es que cualquier persona suscriba el deseo de que toque a su fin toda forma de violencia en el mundo: nada de guerras, asesinatos, terrorismo, violencia machista, robos, opresiones diversas, etc. No obstante, si se termina con la violencia, ¿qué pasa con los policías, la guardia civil, el ejército, los abogados, el ministerio del interior, el del exterior, las empresas de seguridad, las fábricas de armamento, las de cerraduras y llaves, etc.? ¿Qué pasa con todos los establecimientos comerciales donde compran y los servicios que contratan los millones de personas que se encargan de lo anterior? En definitiva ¿Qué impresionante suma de puestos de trabajo directos e indirectos se perderían si desapareciera la violencia? En otros términos ¿hemos de mantener la violencia para crecer? ¿Asumiríamos el decrecimiento derivado de su desaparición? El argumento del empleo debe ser matizado desde concepciones éticas.

El regreso a una agricultura tradicional y ecológica conllevará la creación de millones de empleos en este sector. La utilización de energías renovables también los creará, al igual que el sector de la reparación y del reciclaje.

Soberanía alimentaria. El decrecimiento postula una relocalización de la economía, especialmente alimentación. Producir e intercambiar a escala local y sostenible, consumir productos de temporada, las asociaciones directas entre productores y consumidores... El yogur que hemos comido ha recorrido 9.000 kilómetros –la leche, las fresas cultivadas en Polonia, el aluminio, el transporte…- que tiene que ver con otra propuesta que se deriva de ésta.

Políticas territoriales orientadas a reducir la necesidad de transporte. Reducir las dimensiones de las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte: fin de nuestro modelo de transporte y consumo. Esto también se ha de aplicar a la industria del turismo: La edad de oro del consumismo en kilómetros ha quedado atrás. El deseo de viajar y la necesidad de aventura están, sin duda, inscritas en la esencia del hombre y son fuentes de enriquecimiento que no deberían desaparecer, pero la industria del turismo ha convertido la legítima curiosidad y la investigación educativa en una industria de consumo destructiva. Lo mismo le ha sucedido a la cultura y el tejido social de los países "de destino". El vicio de viajar cada vez más lejos, más rápido, más a menudo (y siempre con los precios más bajos) se debe reconsiderar a la baja.

En resumen, se trata de reevaluar –revisar valores que rigen nuestra vida-; relocalizar, redistribuir –repartir la riqueza y el acceso al patrimonio natural-, reducir –rebajar el impacto de la producción y el consumo sobre la biosfera-, reutilizar –en vez de desprenderse de un sinfín de dispositivos-, reciclar y todas las r que queramos…

Descolonizar el imaginario dominante propiciando una investigación crítica emancipadora

La construcción de esta sociedad del decrecimiento requiere no sólo luchas y acciones; exige simultáneamente un planteamiento estratégico fundamental a más largo plazo: hay que acometer todo un trabajo de liberación de las mentalidades y de descolonización del imaginario dominante para el que vivir de modo austero equivale a vivir como un fracasado y educar en nuevos valores socioculturales a toda la ciudadanía y, especialmente, a las nuevas generaciones.

Y la educación tiene en ello un papel primordial. Porque su currículo, su organización, las políticas educativas que la enmarcan, construyen una red en sintonía con el sistema capitalista imperante. “La escuela contribuye a ‘civilizar’, inculcando en la población un habitus determinado: el habitus capitalista” (Tenti Fanfani, 2003). Es aquí, en el campo de batalla de la educación donde se libra una de las luchas estratégicas y esenciales. La pregunta es, por tanto, ¿cómo educar a las nuevas generaciones en otra forma de pensar que no esté colonizada por el pensamiento único del crecimiento y el consumo capitalista?

El pensamiento dominante ha colonizado nuestro sentido común estableciendo una relación directa entre crecimiento económico (más producción, más consumo) y desarrollo, prosperidad; entendiendo que “más” (un coche más nuevo, más grande, con más cilindrada) es igual a “mejor”. La competitividad se ha convertido así en un mantra que se repite sistemáticamente como un dogma de fe para salir de la crisis actual.

Ya en La ideología alemana, Marx afirmaba que la clase dominante da a sus ideas una forma de universalidad, y las presenta como las únicas racionales y universalmente válidas (Marx y Engels, 1970, 77). Gramsci (1981), igualmente, argüía que las clases dominantes ejercen su poder no sólo por medio de la coacción, sino porque logran imponer su visión del mundo, una filosofía, unas costumbres, un "sentido común" a las clases dominadas. Efectivamente, esta ideología del crecimiento ha penetrado y moldeado el imaginario social, la vida cotidiana, los valores que orientan nuestros comportamientos. Es lo que Jürgen Habermas (1989) ha denominado la colonización del mundo de la vida. La ideología del crecimiento capitalista se configura así como un dispositivo que estructura nuestro pensamiento, nuestra subjetividad, nuestra forma de ver la cosas; trazando un horizonte sobre lo que es y no es posible, sobre lo que podemos y no podemos hacer, pensar o imaginar.

Se conforma así un “círculo virtuoso” en el que se logra convencer a las propias víctimas de las múltiples bondades de este modelo, presentándolo como el único de los mundos posibles ante el que no caben oposiciones retrógradas ni críticas trasnochadas. Se convierte así en un paradigma definitivo y absoluto que prácticamente ha dejado de necesitar justificación. Se ha convertido en el sentido común de un naciente consenso mundial.

Mediante el proceso de socialización que vivimos tanto a través de los medios informales, principalmente los medios de comunicación, como de los medios formales, como es la educación, es cómo va siendo colonizada nuestra razón, nuestro pensamiento y nuestra imaginación. Por ello se hace imprescindible y crucial repensar este proceso de socialización. Repensarlo desde una investigación crítica emancipadora sobre la propia práctica para reelaborar el currículum, desarrollando unos contenidos que desvelen los auténticos mecanismos económicos, sociales, políticos e ideológicos del poder que construyen esta mentalidad.

Pero se trata también de evitar en el currículum la exaltación del crecimiento y la ausencia de la consideración de los límites físicos del planeta e introducir simultáneamente contenidos críticos con nuestra forma de producción y consumo, y experiencias alternativas que muestren que es posible vivir bien con menos. Igualmente se trata de facilitar estrategias y herramientas para que sean capaces de analizar críticamente el entorno que les rodea y el modelo de consumo y crecimiento constante que les ofrece la publicidad, los medios, el cine, la música comercial, la moda, etc.

Hemos de romper con el imaginario etnocéntrico del desarrollo economicista, incluido el sostenible, como plantea Latouche (2008), para educar en y para el decrecimiento. Eso supone aprender a diferenciar las necesidades básicas y vitales que demandan una satisfacción “objetiva”, de los deseos que conllevan un modo de vida que, como el nuestro, el del Norte industrializado, es manifiestamente despilfarrador y que vive a expensas del futuro, consumiendo recursos por encima de nuestras posibilidades. Debemos romper el círculo vicioso con el que nos han colonizado el sentido común, según el cual cuanto más se trabaje, más dinero se acumula, para poder consumir más y así mayor será nuestra felicidad. Romper el lema “gasto, luego existo” de esta economía del exceso. Rechazar la intoxicación y manipulación de las necesidades humanas a través de la propaganda que han logrado transformar tener sed en ¡necesitar Coca Cola!

No se trata de orientarse hacia un consumo responsable, sino hacia un no-consumo. Romper el monopolio del deseo insatisfecho constantemente, hiperpotenciado por la publicidad, hacia un proyecto civilizatorio de autocontención (Riechman, 2004).

Se trata de que se garantice efectivamente el derecho a recibir una educación reterritorializada, relocalizada en función de las necesidades del tejido social cercano, en igualdad de condiciones y posibilidades para todos los estudiantes. Se trata de imponer un repliegue de los intereses privados y de la ideología de la gestión empresarial que actualmente colonizan la educación, desarrollando una escuela pública, con titularidad, gestión y financiación públicas, que garantice una educación en condiciones de igualdad para toda la ciudadanía, especialmente de los que menos posibilidades tienen de obtenerla de otra forma, garantizando el derecho que cada uno y cada una tiene a lograr el nivel máximo de formación y educando en un proyecto común de ciudadanía. Se trata de concebir la educación como espacio de aprendizaje, reflexión y argumentación que dé lugar a otras formas posibles de concebir el mundo y construirlo colectivamente.

Pero se trata, simultáneamente, de transformar el propio sistema educativo y la formación del profesorado en función de propuestas coherentes con el decrecimiento que cuestiona radicalmente el capitalismo académico de la productividad escolar. Esto supone repensar la organización y gestión de la educación desde modelos que combinan formas de democracia representativa con democracia participativa: desde la gestión de presupuestos participativos que potencien participación democrática real en la gestión de los centros educativos, con la implicación de todos los sectores, aprendiendo a pequeña escala a autogestionar colectivamente una microsociedad como es una escuela, a definir prioridades y luchar por los aspectos importantes para la comunidad escolar, plantear proyectos y ejercer el derecho a decidir la distribución de los recursos educativos; hasta la negociación y consenso de las normas de convivencia y relación en el centro a través de asambleas y debates que generen una forma de participación dialógica democrática fuerte. Este tipo de dinámicas potencian un imaginario social y vital que asienta auténticas “escuelas de democracia”.

Se trata, igualmente, de convertir las escuelas en comunidades de aprendizaje donde quienes enseñan y las personas adultas de la comunidad, son ellas mismas aprendices ejemplares, así como habilidosas facilitadoras del arte de aprender lo que sea relevante y necesario para el desarrollo vital y la participación ciudadana en la construcción de una sociedad justa. Esto se aprende mediante una investigación educativa emancipadora y la participación activa en una comunidad que aprende conjunta y colectivamente, a pesar de sus errores, pero con una visión de justicia y derechos humanos. Que convierte la escuela en una comunidad de investigación crítica y en un movimiento social, dinamizador y difusor de la cultura del decrecimiento en su entorno social cercano.

Se trata de investigar conjuntamente para “desarrollar un currículum cuyos contenidos desvelen los auténticos mecanismos económicos, sociales, políticos e ideológicos del poder” (Cascante, 1997, 34). Sí. Pero se trata, también, de introducir en el currículum de la enseñanza la bioeconomía, es decir, pensar la economía en el seno de la biosfera en un mundo con límites (Georgescu-Roegen, 2007). Se trata de desarrollar la toma de conciencia del alumnado y el profesorado sobre lo que conlleva el modelo económico y la cultura desarrollista que tenemos y los graves problemas ecológicos, sociales y vitales que provoca; proponiendo la necesaria apuesta por el decrecimiento y cuestionado su ocultamiento en los libros de texto y materiales curriculares (Ecologistas en Acción, 2006); e introduciendo contenidos y experiencias alternativas y críticas con nuestra forma de producción, consumo, organización económica, social y cultural.

Se trata, igualmente, de introducir en los planteamientos formativos la filosofía de la simplicidad, de una vida sobria, para aprender a reducir y limitar necesidades (desde la posibilidad de vivir sin televisión, hasta el habituarse a trasladarse en bicicleta). Se trata de formar al profesorado en una “slow education”, donde se tienen en cuenta los ritmos de maduración, donde se prima el desarrollo del proceso de aprendizaje y se centra el esfuerzo en facilitar las estrategias para la reflexión crítica, el análisis en profundidad, el trabajo cooperativo, frente al modelo de evaluar por resultados, memorizar para los continuos exámenes, avanzar en el temario con permanente prisa dando por aprendido sin más lo que el profesor expone en clase.

Se trata también de apoyar en la formación del profesorado la “reconstrucción” de un curriculum intercultural e inclusivo desde otras ópticas no contempladas, integrando visiones y puntos de vista olvidados, silenciados u ocultados, deslegitimando los valores y las ideologías dominantes, mediante la contrainformación y la contramanipulación de nuestro imaginario colonizado, (re)encontrando el sentido de los límites y del “justo” valor de las cosas. Porque la cultura escolar contenida en el currículum dista mucho de ser un resumen representativo de la sociedad de la que surge y a la que pretende servir. Existe un largo listado de culturas y subculturas olvidadas o silenciadas en el currículum: desde la vejez a las mujeres; desde el mundo rural a los y las pobres; desde las minorías culturales a los gays y lesbianas o transexuales, etc. Y esto tiene dos consecuencias: genera desigualdad e incapacita al alumnado para comprender el mundo impidiendo educar a todos y todas para una ciudadanía universal en el contexto de una sociedad multicultural, mestiza y diversa.

Pero no es una cuestión sólo de las escuelas y de la formación del profesorado. Es una cuestión de toda la sociedad. De los medios de comunicación, de las ciudades donde vivimos, del entorno del que nos rodeamos (ya, para Platón, los muros de la ciudad educaban a la ciudadanía). La publicidad no deja de adueñarse de la calle, de invadir el espacio colectivo, de canibalizar internet y el propio imaginario humano, incitando permanentemente al sobreconsumo y contribuyendo a consolidar ese habitus capitalista. De ahí que sea urgente la investigación educativa emancipadora permanente que nos oriente cómo reconstruir, en el discurso cotidiano del supuesto “sentido común” y en los programas políticos, una concepción de la educación formal e informal al servicio del decrecimiento y no del mercado.

Diseñar políticas de formación e investigación acordes con el decrecimiento

La formación crítica del profesorado para el decrecimiento entiende que todo proceso educativo es una forma de intervención política en el mundo y puede ser capaz de crear las posibilidades para la transformación social. Antes que ver la formación, la investigación y la propia educación como una práctica técnica, debemos entenderlas como prácticas morales y políticas bajo la premisa de que la investigación, la formación y el aprendizaje no se centran únicamente en el procesamiento del conocimiento recibido, sino en la transformación de éste como parte de una lucha más amplia por los derechos sociales y la justicia: enseñando a vivir más simplemente, para que los demás puedan vivir simplemente (Ghandi); enseñando a pasar del “cada uno para sí mismo” al “cada uno para todos y todas”. Porque la formación del profesorado, la investigación educativa emancipadora y el propia acto educativo son inseparables de la vida, del modelo social y político que queremos construir y defender.

Como concluyen buena parte de los teóricos del decrecimiento (Ariès, 2005; Latouche, 2008; Taibo, 2009b), no es suficiente con poner en duda el capitalismo. El decrecimiento está forzosamente contra el capitalismo. “El decrecimiento sólo puede ser un decrecimiento de la acumulación, del capitalismo, de la explotación y de la depredación, porque el crecimiento y el desarrollo son, respectivamente, crecimiento de la acumulación del capital y desarrollo del capitalismo, es decir, explotación de la fuerza de trabajo y destrucción sin límites de la naturaleza” (Latouche, 2008, 169). Dado, por tanto, que “el decrecimiento, lo hemos comprobado, está forzosamente contra el capitalismo”, analizan, es inevitable plantear que sólo es posible en el marco del socialismo. Marco en el que, como dice Latouche, citando a Michéa (2003), “la clase trabajadora puede aprender ‘desde el primer momento’ a romper metódicamente con el imaginario del mundo capitalista, al poner en marcha formas de lucha y de vida en común, que son ya enteramente compatibles con los valores de desinterés, de generosidad y de ayuda mutua que implica una sociedad socialista. La construcción de una sociedad de decrecimiento se encuentra esencialmente enfrentada al mismo problema y comparte con el socialismo esos valores” (149). Una sociedad del decrecimiento, afirman, no puede concebirse sin salir del capitalismo y del imaginario capitalista (173).

Por eso, para generar esta cultura del decrecimiento hemos de construir una formación del profesorado coherente, que practique lo que predica. Una formación anticapitalista, pues, como plantea Taibo (2009a, 59), “la lógica del capitalismo anula cualquier posibilidad creíble de encarar en términos racionales todos estos problemas”. “No hay decrecimiento plausible, en otras palabras, -afirma este autor- si no se contestan en paralelo el orden capitalista y su dimensión de explotación, injusticia y desigualdad; (…) la propuesta de sociedad alternativa que acompaña al decrecimiento implica la gestación de un mundo inequívocamente orientado a dejar atrás el universo del capitalismo” (132-133). Por eso, concluye que el grito “socialismo o barbarie” de Rosa Luxemburgo, se halla hoy de mayor actualidad que en cualquier otro momento de la historia. El programa de una política de decrecimiento pasa por la construcción de una sociedad alternativa al capitalismo (Latouche, 2009).

Hemos de formar al profesorado en “educar para decrecer”, sí. Pero hemos de dar un paso más allá. Hemos de generar políticas educativas y de formación del profesorado también acordes con el modelo de decrecimiento.

En términos de agenda educativa global el papel de la educación como un derecho público, dirigido a formar una ciudadanía participativa, solidaria y abierta, está perdiendo peso bajo la presión creciente de los criterios de la economía de mercado –competitividad, rendimiento, beneficios– que van modelando el prototipo de una ciudadanía más individualista y consumista. De tal forma que se está desarrollando un currículum en función del mercado de trabajo con el fin de incrementar la competitividad internacional, la ganancia. Las inversiones en la educación y los currículos son pensados de acuerdo con las exigencias del crecimiento económico y como aportación a la competitividad empresarial de las industrias nacionales (Laval, 2004).

De esta forma la educación se está convirtiendo en un producto de consumo (Díez Gutiérrez, 2010). En un bien preciado que confiere ventaja competitiva individual en la dura lucha por el ascenso social. Se quiere así convertir la educación, ya no en un derecho, sino en una oportunidad, un asunto privado de consumidores “emprendedores” que eligen según sus recursos. Además, de esta forma, se transfiere la responsabilidad del éxito o el fracaso escolar a los propios “clientes”, dado que son quienes eligen (Apple, 2002).

Necesitamos, por tanto, una formación del profesorado que rompa la razón productivista que impregna todas las reformas educativas emprendidas a nivel mundial auspiciadas por los organismos internacionales financieros. Se trata del tipo de educación que queremos, la política educativa que se debe desarrollar, el currículum que queremos enseñar y la formación del profesorado que queremos plantear. Se trata de analizar al servicio de quién se diseñan, a quién favorece y qué tipo de sociedad ayudan a construir.

Se trata, en definitiva, de transformar la formación del profesorado y el propio sistema educativo en función de propuestas coherentes con el decrecimiento que cuestiona radicalmente el capitalismo académico de la productividad escolar, dando lugar a otras formas posibles de concebir el mundo y creando las posibilidades para la transformación social desde una educación crítica para el decrecimiento, como parte de una lucha más amplia por los derechos sociales y la justicia.

Referencias bibliográficas

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