Inteligencia interpersonal: conceptos clave

La Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado pondrá próximamente en línea su número 38 (14.3), con un monográfico sobre "Inteligencia Emocional y Alta Habilidad", coordinado por María Dolores Prieto y Daniel Hernández. Seguidamente, se ofrece a texto completo uno de los artículos que se publican en la misma.


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38. Vol. 14 (3) OCTUBRE 2011

Inteligencia interpersonal: conceptos clave
Antoni Castelló* y Meritxell Cano**
*Universidad Autónoma de Barcelona
**dades.cat formació

Delimitación del espacio de la inteligencia interpersonal

Hablar de inteligencia, normalmente seguida de un calificativo (en este caso, «interpersonal») implica que se está haciendo referencia a las capacidades de generar representaciones y de manipular dichas representaciones (Castelló, 2001, 2002). El calificativo define qué tipo de objeto es representado y, de manera general, de qué manera pueden manipularse estos objetos. Por ello, «inteligencia interpersonal» se refiere a la representación de estados internos de otras personas (considerándolas como objetos sociales), los cuales incluyen complejas estructuras como son las intenciones, preferencias, estilos, motivaciones o pensamiento, entre otras.

Las bases de la inteligencia interpersonal se encuentran en lo que se ha denominado «teoría de la mente» la cual constituye un tipo de circuitería cerebral básica que da pie a un conjunto de estados representacionales que incluyen ideas como que las otras personas tienen también estados internos, que son capaces de otorgar significado al lenguaje y a los objetos de nuestro entorno, que este significado es compartido, que tienen intencionalidad, etcétera. En otras palabras, el cerebro humano acostumbra a contar con una configuración genéticamente determinada que da pie a que pensemos de manera automática que las personas tienen mente y que dicha mente es esencialmente idéntica a la nuestra (Colle, Baron-Cohen y Hill, 2007; Donald, 1991; Leslie, 1987). De hecho, en más de una ocasión se sobre-utiliza este tipo de recursos, aplicándolo a todo tipo de animales e incluso objetos inanimados, otorgándoles intenciones, mecanismos de razonamiento y estados mentales propios. Por ejemplo, “el perro está molesto conmigo porqué he tardado en sacarlo a pasear”, lo que supone atribuir al animal un control del tiempo más que dudoso y un mecanismo de razonamiento —la asignación de culpabilidad— que puede tener sentido dentro de ciertas culturas humanas, pero que no es nada evidente en canes. Todavía más flagrante sería un pensamiento como “la lavadora me tiene manía y me estropea la ropa” en la que se otorga intencionalidad a una máquina (además de la capacidad de percibir quién la utiliza) añadiéndole una personalidad envidiosa y vengativa.

Estos usos poco adecuados de los recursos de representación interpersonal, sin embargo, reflejan una propiedad común de cualquier forma de inteligencia: aunque los recursos implicados solamente sean adecuados para un tipo determinado de objetos (personas, en este caso) se tiende a emplear estas formas de representación para aproximar otros objetos. Las representaciones no constituyen necesariamente una aprehensión completa del objeto representado sino que adoptan cierto compromiso entre la fidelidad al objeto y la utilidad para el sistema (por ejemplo, sirven para razonar, aunque sea de forma inexacta, que suele ser mejor que no razonar en absoluto). En este sentido, la circuitería cerebral básica que da soporte a las representaciones interpersonales conduce a ciertas inexactitudes, pero es absolutamente imprescindible como fundamento de la comunicación y las interacciones con otros seres humanos en general. A modo de ejemplo, tendemos a suponer que aquello que vemos o sentimos es algo completamente objetivo y, por tanto, exactamente compartido con cualquier otra persona (para poner el caso, si sentimos calor, asumimos que las personas de nuestro alrededor también lo sienten como nosotros y que, por lo tanto, hace calor). Es una buena plataforma para facilitar conversaciones sobre el tiempo, pero contiene abundantes errores —o, más exactamente, imprecisiones— como suponer que cualquier persona, sea cual sea su vestuario, cuerpo, metabolismo, estado de salud o muchas otras circunstancias, está teniendo la misma sensación térmica que nosotros.

El equipamiento básico que ofrece la teoría de la mente se encuentra muy extendido en la población, ya que lo determina de manera casi completa la genética (Baron-Cohen, 1998). De hecho, los casos que sufren limitaciones en estos aspectos configuran el espectro autista. Sin embargo, la teoría de la mente no agota la inteligencia interpersonal. Muy al contrario, establece solamente los rudimentos básicos para sustentar las interacciones pero, tal como se ha indicado, sobre una base bastante inestable. De nuevo, en la mayoría de las ocasiones suele resultar más provechosa una comunicación inexacta o incompleta que la falta de comunicación.

 Aunque la representación de los estados de otra persona es el núcleo duro de la inteligencia interpersonal, los objetos sociales también incluyen elementos que no son propiamente la persona, como elementos de vestuario y complementos, así como aspectos del contexto (Cosmides y Tooby, 1992). Además suele ser necesario incluir aspectos de carácter cultural, como las costumbres, pautas de comportamiento o valores, los cuales aportan significado a los elementos mencionados y al comportamiento individual. Por ello, la información interpersonal se obtiene de un conjunto de fuentes que incluyen tanto el contexto como el comportamiento de las personas (gestos, movimientos, habla), siendo necesario la integración de estos elementos para llevar a cabo una inferencia de aspectos que no son evidentes: los estados internos de otra persona. Nótese que estos estados no son únicamente emocionales sino que también incluyen aspectos de conocimiento, motivación o intencionalidad.

Debe observarse también que los mecanismos de captura de información que caracterizan las representaciones interpersonales difieren rotundamente de aquellos que se emplean para las representaciones intrapersonales (referidas a uno mismo). No sólo se encuentran implicadas áreas distintas del cerebro, como se ha determinado recientemente (Takeuchi y cols., 2011) sino que acceder a los propios estados es un proceso determinado por un conjunto de sensaciones que han sido producidas por dichos estados, mientras que acceder a estos mismos estados en otra persona pasa por interpretar su comportamiento y el contexto en el cual se produce. Para ilustrar esta situación, cuando tenemos hambre lo detectamos a partir de una sensación corporal. Pero cuando otra persona tiene hambre nosotros no sentimos su sensación corporal sino que tenemos que inferir el estado interno (de hambre) de su comportamiento (gestos faciales, movimientos, quizá algún sonido gástrico) y de elementos contextuales (como la hora del día y lo habitual que sea comer alrededor de esa hora en esa cultura). Pero hay más: cuando otra persona tiene la sensación de hambre, o cualquier otra sensación, ¿está sintiendo lo mismo que nosotros cuando consideramos que tenemos dicha sensación? Pues probablemente no o, al menos, no exactamente. A pesar de que las emociones primarias tienen un fuerte soporte biológico (Ekman, 1992), existen matices en las sensaciones que generan y, por añadidura, interactúan con elementos no emocionales (Damasio, 1994). Por ejemplo, las expectativas, que tienen carácter esencialmente cognitivo, pueden modular fuertemente las sensaciones generadas por un estado determinado. En el caso de la sensación de hambre, si una persona combina esta sensación con “probablemente voy a desmayarme” mientras que otra la combina con “pero esta sensación irá disminuyendo en pocos minutos”, de manera segura que el primer pensamiento hará más desagradable la sensación, mientras que el segundo tenderá a suavizarla.

Por ello representar qué está sintiendo otra persona y cuáles son los componentes implicados no es, ni mucho menos, una tarea fácil. Es muy común aproximar esta situación tomando como referencia nuestros propios estados, lo cual puede conducir a errores notables. Como ilustración piénsese en una persona esencialmente optimista que intenta representar cómo se siente otra persona, en este caso esencialmente depresiva. Resulta obvio que tomar como referencia estados propios que puedan asemejarse al de la otra será una aproximación muy burda. Acercarse un poco más a lo que puede ser el estado que está sintiendo la otra persona pasa necesariamente por olvidarse de esta comparación con referentes propios y deviene un proceso bastante más abstracto y, siempre en cierta medida, especulativo.

El razonamiento interpersonal consiste en transformar estas representaciones de los estados ajenos de manera que se pueda completar el significado de una interacción (o de una parte de la misma) o bien establecer la evolución futura de las acciones de la otra persona. En una situación hipotética, aunque quizá resulte familiar, si suena el teléfono de un domicilio y se produce esta conversación:

— Sí, dígame.
— ¿Le gustaría pagar menos por sus llamadas telefónicas?
  No quiero cambiar de compañía, gracias.

Podría parecer, en términos estrictamente verbales, falta de sentido. A pesar de ello, asumiendo que no es una mera interacción verbal, sino una interacción comunicativa, se ha añadido un conjunto de elementos que permiten representarla como situación interpersonal y, por tanto, la pregunta formulada no se ha tomado como un objeto verbal sino como una parte del comportamiento de un objeto interpersonal (una persona) la cual tiene intenciones (por ejemplo, convencernos de que la compañía que promociona es más interesante que nuestra actual compañía) y se ha anticipado lo que sería el desarrollo previsible de la conversación (insistencia, pérdida de tiempo, etcétera). Probablemente, también se ha empleado conocimiento acerca de esos objetos culturales que son las compañías de telecomunicación, las cuales no suelen estar interesadas en que paguemos menos —ya que son ellas las que cobran— sino más bien al contrario, lo cual ha permitido deducir que la llamada recibida no era en nombre de la compañía actual sino de una competidora. De manera consecuente a este razonamiento, llevado a cabo en términos de representaciones interpersonales, se ha actuado de una forma que, en términos puramente verbales no tendría sentido.

Orígenes de la inteligencia interpersonal

La inteligencia interpersonal se fundamenta en uno de los pilares de la adaptación humana: las interacciones sociales (Kanazawa, 2010; Mithen, 1996). En efecto, al considerar las características biológicas de los seres humanos, tomados individualmente, se constata una pobre configuración para la adaptación al entorno físico. Al compararnos con otros animales quedamos a la zaga en fuerza, resistencia, agilidad, versatilidad y armamento corporal. Por contra, como especie, compensamos estas limitaciones con tres recursos fundamentales: potencial cognitivo, tecnología y funcionamiento social. Sin duda estos tres elementos están relacionados entre sí, siendo la tecnología el componente más tardío. La cooperación como grupo, el reparto de tareas y funciones y la posibilidad de actuar coordinadamente fueron una de las primeras grandes bazas que permitieron a nuestros ancestros sobrevivir en un entorno natural poco amigable. A modo de ejemplo, los homo erectus eran principalmente carroñeros, siendo muy escasas las ocasiones en que actuaban como cazadores. La coordinación de los grupos permitía optimizar procesos como la vigilancia de predadores —los verdaderos cazadores— y la defensa del grupo durante la alimentación. En el caso de los homo habilis los rudimentarios instrumentos tecnológicos disponibles (esencialmente lajas medianamente afiladas) permitieron dotar de cierta competencia cazadora, si bien la clave residía en acciones coordinadas del grupo, más que en actos individuales (Tobias, 1987). Y para coordinarse dentro de un grupo es necesario razonar con las intenciones, disposiciones y estados internos de los otros miembros.

Por otro lado, el desarrollo de las crías humanas es extremadamente lento en comparación con la mayor parte de mamíferos. Nótese que la independencia en el desplazamiento (o sea, caminar) tarda alrededor de un año en consolidarse, tiempo durante el cual el niño no tiene autonomía alguna para su propia manutención. En consecuencia, depende de las acciones de otras personas de su entorno, empezando por su madre (la cual también debe estar adecuadamente alimentada), tanto para conseguir alimento como para proteger su integridad física. Esta situación sería absolutamente inviable en una especie que no fuera intensamente social, ya que la crías serían de fácil captura para los predadores y las madres tendrían importantes dificultades para abastecer sus propias necesidades alimentarias y las de sus bebés, al tiempo que cargaban con ellos durante un año entero. Por contra, el reparto de tareas y la gestión de la alimentación de manera grupal sí permiten soportar estas condiciones. Por parte de la criatura, su supervivencia no depende de recursos propios sino de consolidar una serie de vínculos con las personas más cercanas, las cuales serán quienes se ocupen de que siga con vida. De ahí que una parte de los recursos representacionales vinculados a la inteligencia interpersonal —los que componen la denominada teoría de la mente— se activen de forma muy rápida después del nacimiento (Ashwin, Ricciardelli y Baron-Cohen, 2009).

Tal como se ha indicado, la tecnología es el tercer elemento relacionado con la adaptación humana, relacionándose ésta con la compensación de las limitaciones biológicas. Nótese que nuestras interacciones con el medio físico (gestión de la temperatura, alimentación, seguridad, desplazamientos, salud) están mediadas por instrumentos tecnológicos. La mayor parte de estos instrumentos han sido generados en un contexto cultural y social, de manera que los instrumentos (y los beneficios de los mismos) están disponibles para el grupo, sin tener que producirlos individualmente. Así, el reparto coordinado de funciones puede permitir, entre otras soluciones, que algunos miembros del grupo construyan unos instrumentos que, utilizados por otros, consigan obtener más alimento, lo cual beneficiará a todo el grupo.

Por tanto la progresiva cohesión social de los grupos humanos proporcionó tanto beneficios directos (caza, protección, preservación de las crías) como indirectos, plasmados en la tecnología. Los cambios individuales relacionados con esta progresiva socialización afectaron algunas características físicas (como la existencia de grupos de músculos orientados casi exclusivamente a la expresión facial, cosa que también sucede en numerosas especies de primates, tal como indican Cosmides y Tooby, 1992) pero, sobretodo, a la consolidación de cambios cerebrales orientados a la representación de objetos sociales, es decir, de otras personas. Con este equipamiento, una interacción social progresivamente sofisticada puede sustentarse y desarrollarse, emergiendo procesos complejos como la comunicación y, posteriormente, el lenguaje (Pinker, 1994).

Otro de los aspectos vinculados a la complejidad social es la aparición de culturas, o formas de funcionamiento grupales, que a su vez irían incorporando la acumulación de elementos tecnológicos y de conocimientos. Así, los patrones de relación dentro de un grupo pueden ser casi totalmente arbitrarios pero son necesarios para la coordinación. Usos, rituales o normas tienen, en muchas ocasiones, un valor prioritario de cohesión grupal y de restricción de los comportamientos posibles, de manera que predecir cómo se comportará otra persona (de la misma cultura o grupo) sea más sencillo. La consecuencia es que se puede representar, en términos generales, de qué manera funciona un grupo mayor de personas (las que son parte de la misma cultura) sin necesidad de un conocimiento detallado de cada una de ellas. Por ello, toda cultura aporta un conjunto de patrones de interacción y de expectativas aplicables a todos los miembros de la misma, con lo cual se puede razonar, con aceptable certeza, acerca de un número amplio de objetos sociales. Cabe insistir en que estos patrones y expectativas no tienen que ser necesariamente adaptativos de manera directa. Pueden serlo, como en el caso del principio de hospitalidad en zonas de climas muy duros; haberlo sido en otra época, como cuando llamamos “caballero” a un hombre que no conocemos (y, por ello, no sabemos nada de sus apetencias hípicas ni de su eventual descendencia de la nobleza medieval); o no haberlo sido nunca, como situar el volante de un coche a la derecha o a la izquierda. Lo verdaderamente importante es que quienes los comparten son más predecibles por los miembros de esa cultura y, en consecuencia, las posibilidades de acciones coordinadas entre ellos aumenta.

Las culturas complejas, como han sido todas las de los homo sapiens sapiens y muy especialmente en los últimos 12.000 años, incluyen también un acervo de instrumentos tanto tecnológicos como conceptuales (Mithen, 1996). Así, los objetos tecnológicos también ajustan el comportamiento de los miembros de una determinada cultura. Piénsese, por ejemplo, en la ropa. Es un elemento tecnológico inicialmente destinado a gestionar el ajuste al clima pero, a su vez, proporciona cierta homogeneidad a las personas de una misma cultura e incluso tiene funciones comunicativas (status, profesión o, a veces, disponibilidad para el aparejamiento). La tecnología de una cultura determina de qué manera se realizan ciertas funciones en la misma y esta misma funcionalidad tiende a perpetuarlos en dicha cultura, ya que son también formas identitarias (de cohesión) y permiten cierta predictibilidad del comportamiento (en España, en un día caluroso, esperamos que una persona se airee con un recurso tradicional como un abanico, no que utilice un ventilador a pilas, que también sería posible pero menos arraigado culturalmente). Finalmente, los instrumentos conceptuales aportan formas culturales de representación. El lenguaje es quizá el más evidente, pero también lo son el arte o el conocimiento en general. De nuevo estos elementos aportan plataformas compartidas a los miembros de una cultura, redundando en una mejor representación y coordinación.

Si bien la complejidad social y la cultura han repercutido de manera rotunda a la adaptación biológica de la especie humana, también es cierto que, en términos de individuos, han generado otro tipo de presiones adaptativas. En este sentido, un individuo humano acostumbra a solucionar el grueso de las presiones biológicas (clima, alimentación, peligros) a través de su entorno social y cultural, que incluye mucha tecnología. Es por ello que, siendo anatómicamente bastante imperfectos tenemos índices de supervivencia excepcionales. Sin embargo, a nivel individual, los grandes retos de adaptación se producen ante el entorno social y cultural que nos protege del entorno físico. Ajustarse a dicho entorno reclama la utilización de los patrones de comportamiento e instrumentos de ese grupo social-cultural, del mismo modo que encontrar un punto de encaje en el mismo. No cumplir estas condiciones suele comportar efectos desde moderadamente negativos (desprecio, marginación, dificultades de acceso a bienes) hasta que el grupo actúe explícitamente en contra de un individuo (agresión, confinamiento). De manera complementaria, los grandes grupos sociales (con frecuencia, millones de personas) no pueden garantizar la igualdad de acceso a bienes o ventajas generadas por el mismo, de manera que es muy común la existencia de situaciones competitivas entre los miembros de dichos grupos. Debido a ello, ningún grupo social está exento de tensiones y, en cambio, se sustenta en una compleja trama de intercambios, alianzas, presiones y situaciones asimétricas.

Así, pues, el conjunto de recursos de representación interpersonal y la utilización de estas representaciones ha desempeñado un papel crítico para la adaptación de la especie. Y lo sigue desempeñando, aunque de manera especial para la adaptación del individuo a su cultura y grupo social. Es en este sentido que la inteligencia interpersonal es uno de los recursos más fundamentales del equipamiento intelectual humano, tanto por su antigüedad como por su funcionalidad. Cabe destacar, tal como sucede con cualquier forma de inteligencia, que no se trata de un comportamiento manifiesto. En otras palabras, una persona con buena inteligencia interpersonal no se comporta socialmente de una manera determinada, sino que representa eficientemente a otras personas y situaciones sociales y es capaz de razonar con este conocimiento. Puede que el producto final —el comportamiento observable— sea ético o no, culturalmente aceptado o no (véase el interesante artículo de Côté y cols., 2011, acerca de la utilización para fines éticamente contrarios de los recursos de representación social).

La relación entre comportamiento observable e inteligencia no es, ni mucho menos, directa, sino que depende de la interacción entre numerosos factores, muchos de los cuales no son de carácter intelectual. En este caso, elementos de personalidad, valores o historia personal, entre otros, pueden inclinar una buena representación interpersonal en una dirección u otra. Tomando un ejemplo histórico, es probable que tanto Ghandi com Hitler tuvieran una buena inteligencia interpersonal ... y es evidente que no se comportaron de la misma manera.

 Medición de la inteligencia interpersonal

Este apartado no pretende ser un acopio de instrumentos de medición existentes, sino un conjunto de consideraciones acerca de qué elementos medir y cómo inferir a partir de los mismos aspectos de la inteligencia interpersonal de una persona determinada. Los tres primeros epígrafes hacen especial hincapié en el tipo de estímulos apropiados para evaluar la eficacia de la inteligencia interpersonal que ha consolidado una determinada persona. Se trata de situaciones en las que se mide el rendimiento de la persona, es decir, situaciones en las que se ponen a prueba las funciones disponibles. Finalmente, se plantean algunos aspectos acerca de las medidas basadas en autoinformes, donde el prefijo “auto” se refiere a la percepción de una persona por sí misma.

Medición de recursos básicos

Los recursos básicos de la inteligencia interpersonal son aquellos que están relacionados con la generación de representaciones. Dado que estas representaciones se refieren a estados en otras personas, no pueden ser percibidos directamente y, por ello, se deben inferir de ciertos indicios. Los indicios a partir de los cuales se obtiene información interpersonal son fundamentalmente no verbales, sin detrimento de que puedan utilizarse algunas pistas verbales de manera complementaria (Bruce, 1998; Ekman, 1992; Kaland, Mortensen y Smith, 2011). Es importante puntualizar que el lenguaje, especialmente el hablado, se produce en un contexto y siempre va acompañado de elementos no verbales: tono, ritmo, volumen son los propiamente paraverbales, pero gesto y movimientos también aportan información, del mismo modo que elementos puramente contextuales. En este sentido, el lenguaje hablado es menos significativo por sí mismo de lo que comúnmente se le atribuye, mientras que el escrito constituye una forma completamente distinta de utilización de los recursos lingüísticos (y cuando se escribe como se habla, suele resultar virtualmente imposible de entender).

Por estas razones, los materiales gráficos que incluyen expresiones faciales y corporales (sean en fotografía, dibujo o secuencia de vídeo) constituyen una buena base para medir los recursos básicos de capturar los estados en las otras personas. Existen múltiples formatos de pruebas que van desde la descripción verbal del estado o el uso de etiquetas igualmente verbales (triste, enfadada, incómoda, etcétera) hasta la detección de inconsistencias entre lo que una persona dice y los aspectos no verbales de su expresión. En general, el principio de estos sistemas de medición es que las personas con buenos recursos de representación interpersonal serán capaces de: (1) cometer pocos errores en la inferencia del estado de la persona; y (2) poder discriminar entre un mayor número de estados internos.

Al tratarse de material figurativo que incluye actividad gestual, es muy importante que se pueda garantizar la correspondencia con el estado real. Existe una considerable cantidad de trabajos, desde el ámbito de las emociones y del de la comunicación no verbal, que han sistematizado el tipo de gesto asociado a estados emocionales y a estados internos más complejos. Por ello utilizando estos datos es factible seleccionar imágenes que los contengan de manera explícita. Alternativamente, dada la abundancia de documentación gráfica (y videográfica) de esta época, es también factible utilizar expresiones de personas que han sido capturadas en situaciones reales.

Predicción de comportamiento

En este caso se introduce algo más de información contextual, describiendo una situación o presentando una secuencia de imágenes o una filmación corta. El tipo de actividad, en este caso, no es la mera representación sino que incluye ya cierto razonamiento, al solicitarse que la persona realice una predicción del comportamiento futuro de la persona o personas que se encuentran en esa situación. En este caso, la elección de situaciones válidas, así como de las soluciones correctas, resulta menos evidente, siendo necesario controlar explicaciones alternativas. Por ejemplo, si se describe el fallecimiento del hijo de una persona, es muy probable que se produzca un estado de profundo dolor en esa persona. Pero no es igual de evidente en el caso del fallecimiento de un progenitor, ya que podrían existir situaciones de alivio (como en casos de enfermedades degenerativas, en las que la persona afectada deje de sufrir y los familiares dejen de verla sufriendo) o de liberación (si se tratara de un progenitor sumamente dominante) las cuales podrían modular el eventual dolor por la pérdida.

De manera general, las situaciones elegidas deben haberse calibrado y estudiado con mucho detalle y siempre bajo el control de una o varias personas verdaderamente expertas. La referencia de lo que uno mismo sentiría en esa situación es habitualmente poco recomendable, ya que nada garantiza que uno mismo sea el referente óptimo de inteligencia interpersonal ni que la interpretación que se ha hecho de la situación sea la única posible. Tomadas las pertinentes precauciones, los procesos implicados en este tipo de pruebas incluyen tanto la representación de la información disponible (verbal o en imágenes) en formato interpersonal y el razonamiento con dichas representaciones. Por ello, complementan las del anterior apartado con la dimensión de utilización de las representaciones. Sin embargo, nótese que un error en la respuesta puede estar tanto producido por una mala representación de la información, como por una buena representación seguida de un mal razonamiento.

Situaciones complejas

Las situaciones complejas lo son tanto por la abundancia de información, de manera que se reproducen todos los elementos de situaciones naturales (gesto, habla, contexto), como por el tipo de respuesta, la cual no se ajusta a una opción correcta sino que requiere explorar diversas alternativas y formas de razonamiento.

El tipo de estímulos pueden ser semejantes a los descritos en el apartado anterior, si bien es preferible que tengan una mayor extensión. Incluso se pueden utilizar películas comerciales u obras literarias. La razón es que, las situaciones reales requieren también de operaciones de filtrado de las informaciones que no son relevantes, cosa que es poco probable que se produzca en secuencias o descripciones muy cortas, ya que la propia estructura de la tarea intenta recoger todos los elementos relevantes para tomar la decisión. Sin embargo, la construcción de buenas representaciones en situaciones ecológicas pasa claramente por disponer de patrones perceptivos que filtren la información que no aportará nada a la representación, perjudicará su calidad o, incluso, impedirá su consolidación. En consecuencia, las personas que demuestran una elevada funcionalidad en el filtrado de informaciones están dando prueba de disponer de recursos representacionales sólidos que ya han sido empleados para generar los patrones perceptivos que filtran eficientemente la información. En caso contrario, es decir, cuando los recursos representacionales son poco adecuados, es de esperar que o bien no existan patrones perceptivos o que dichos patrones sean poco eficientes, dejando pasar informaciones insubstanciales o inadecuadas, las cuales van a perjudicar el razonamiento basado en las mismas.

Por otro lado, las situaciones complejas también permiten plantear formas de razonamiento de carácter exploratorio, al estilo de “qué hubiera pasado si ...” o bien de considerar múltiples alternativas a una determinada situación, lo que constituye, además, una prueba de resistencia a la fijación propiciada por el desenlace observado en la narración o película. También en términos de razonamiento, la descripción de las causas que han desencadenado los hechos descritos aporta interesantes pistas acerca de la importancia de las representaciones interpersonales de la persona evaluada. Es de esperar que quien se mueva con comodidad con este tipo de representaciones apele frecuentemente a estados internos de los protagonistas (como, “fulanita se sintió despreciada por la acción de menganita y acabó enfureciéndose porqué creía que no merecía ese trato”) en contraposición a la descripción de hechos más propia de las personas con recursos de carácter interpersonal escasos (como, “al no comunicarle que había cambiado de trabajo, la otra se enfadó”, caso en que se demuestra que se ha percibido el enfado pero no la mecánica que ha conducido al mismo). De manera semejante, se pueden plantear situaciones de valoración explícita: “¿Cómo crees que se siente el protagonista cuando ...?” De nuevo la aparición de matices en el estado interno así como de argumentación causal de los mismos resulta un buen indicativo de la inteligencia (Embregts y van Nieuwenhuijzen, 2009).

Al no tener una única respuesta correcta (o resultar virtualmente imposible de determinar) este tipo de pruebas no permiten una cuantificación precisa. Sin embargo, si se sacrifica esta precisión, permiten una estimación muy realista del conjunto de recursos de una persona, sin las distorsiones que suelen emerger cuando se pretende un control detallada de la situación y se busca la máxima comparabilidad de las respuestas.

Auto-informes

Las formas de medición descritas hasta aquí se corresponden con situaciones de rendimiento en la que la persona utiliza los recursos disponibles. Sin embargo, son bastante utilizados instrumentos en forma de cuestionario a través de los cuales quien responde se describe a sí mismo. Este tipo de cuestionarios presentan algunos aspectos a considerar con cierto detalle: por un lado, es bien conocido que los auto-informes son muy susceptibles de distorsión en la respuesta, sea de manera intencional, por errores de interpretación o por mera conformidad social. En general, la respuesta declarativa referida a aspectos que tienen transcendencia social o bien que incluyen opciones “políticamente correctas” acumula numerosos sesgos por motivos de distinta índole. Por ejemplo ante la pregunta “¿Es Usted solidario/a?” Habrá un conjunto de respuestas afirmativas que pueden incluir, entre otros, los siguientes casos: (1) quien piensa que lo es y además lo es; (2) quien piensa que lo es, pero no lo es ni lo sabe; (3) quien tiene una clara intuición que estará mal visto —y puede que le traiga problemas— responder que no; (4) una versión semejante a la anterior, pero basada en un indicio objetivo de corrección política: en la pregunta aparecía un término intencionalmente no sexista; o (5) quien no es solidario pero no tiene arrestos para declaralo.

Del mismo modo, una respuesta negativa puede tener varios orígenes: (1) quien no es solidario y es lo bastante ingenuo para decirlo; (2) quien quiere demostrar unos arrestos (o dimensiones gonadales) desmesurados y responde que no para provocar; o (3) quien, de hecho, es solidario —probablemente más que muchas de las personas que han respondido positivamente— pero cree que todavía no lo es suficientemente.

Pero, por otro lado, existe un aspecto de las representaciones interpersonales que hace que la consciencia de las mismas sea un tanto ambigua: para darse cuenta que otras personas funcionan mejor que una misma en este ámbito hay que tener una cantidad considerable de recursos de representación interpersonal. El feed-back de las interacciones sociales admite suficiente variabilidad de explicaciones como para justificar todo tipo de competencias (e incompetencias). A modo de ejemplo, atribuir las dificultades de comunicación a un escaso entendimiento por parte del interlocutor es un argumento común. Por ejemplo, Juchniewicz (2010) en un estudio realizado con profesores de música, destaca los correlatos de la inteligencia interpersonal con la valoración de los docentes por parte de sus alumnos, a la vez que indica la existencia de atribuciones justificativas (utilizando argumentos como el citado en la frase anterior) que evitan a los casos con menores recursos tomar consciencia de sus limitaciones representacionales. De manera más general, si se asume que las otras personas funcionan como una misma, es prácticamente imposible admitir que alguien pueda sentirse de manera distinta a como nos sentiríamos nosotros en una determinada situación, aunque ello no significa que entendamos a las personas que se encuentran en dicha situación.

En conjunto, los dos argumentos sucintamente expuestos en los párrafos anteriores obligan a considerar con muchas precauciones los datos originados en una auto-descripción. Además, no hay que olvidar que se basa en un supuesto que, al menos en términos psicológicos, no es de fácil sustentación: que toda persona se conoce perfectamente a sí misma.

Confusiones comunes

La divulgación de contenidos relacionados con la inteligencia interpersonal, especialmente cuando se la ha asociado a la inteligencia emocional, ha introducido algunos aspectos confusos. En este apartado se considerarán cuatro de las principales confusiones y se aprovecharán estas consideraciones para completar la delimitación de las bases de la inteligencia interpersonal.

La primera confusión es integrar bajo la denominación de “inteligencia emocional” (frecuentemente representada por las siglas IE) tanto la inteligencia intra-personal como la inter-personal. Es cierto que en ambas las emociones tienen un papel importante, si bien ni la una ni la otra se limitan a la representación de emociones: ambas abordan estados, sea de la propia persona, en el caso de la inteligencia intrapersonal, o de otras personas, en el de la interpersonal. Los estados abarcan tanto elementos emocionales como racionales, disposicionales e incluso conocimiento. Por ejemplo, el llamado meta-conocimiento (conocer sobre qué contenidos tenemos conocimiento, cuánto o cuán preciso es) es una dimensión de las representaciones intra-personales y no implica ninguna acción de las emociones.

Ciertamente, cuando Goleman acuñó el término de “inteligencia emocional” en 1996, consiguió una marca, esencialmente comercial, exitosa. Sin embargo el espacio conceptual que incluye es bastante ambiguo y el propio Goleman ha derivado en distintas direcciones para establecer de forma más rigurosa dicho espacio (por ejemplo, publicó diez años después, otra monografía sobre inteligencia social). Sin duda alguna, las emociones son un lícito atractor de intereses tanto científicos como comunes, pero la conjugación de «inteligencia» con «emociones» sugiere un desmesurado protagonismo de las mismas. La aproximación de Gardner (1983, 1993) —a la sazón, anterior a Goleman— presenta un espacio mejor delimitado y justificado, tomando los objetos representados (la propia persona o los otros) como núcleo principal, sin menoscabo de que las emociones desempeñen un papel notable en ambos espacios.

Además, el acceso a los propios estados es directo, mientras que accedemos a los estados de los otros a través de la inferencia basada en su comportamiento. Precisamente ante la captura de estados emocionales, los mecanismos de actuación de las emociones acostumbran a modular (e incluso distorsionar notablemente) los procesos que permiten detectarlas en uno mismo (Damasio, 1994). De este modo, por ejemplo, una persona que siente la emoción del miedo tiende a centrar su atención en el objeto o situación que le ha disparado esa emoción, considerándolo como algo objetivo. En raras ocasiones esta persona identifica su estado como tal y pondera racionalmente las causas reales del mismo. En cambio, detectar miedo en otra persona (y comprender que su comportamiento está motivado por dicho miedo) es un proceso libre de estos efectos moduladores, ya que el miedo de otra persona no está influyendo (demasiado) en los procesos racionales del observador. Cuando percibimos estados —sean emocionales o no— en otras personas utilizamos, principalmente, los canales visual y auditivo, mientras que los estados de uno mismo se perciben a través de canales propioceptivos.

Un segundo concepto que aporta cierta ambigüedad y algunas confusiones es el de “empatía”. Suele definirse como la capacidad de identificarse con los estados de otra persona y, recientemente, se han identificado algunos mecanismos neuronales, como las denominadas “neuronas espejo”, a los cuales se les atribuye esta funcionalidad empática (Baird, Scheffer y Wilson, 2011). Ciertamente, estas neuronas permiten sustentar ciertos mecanismos en los que la percepción de estados emocionales en otros puede servir como disparador de esos mismos estados, es decir, como un mecanismo de “contagio” emocional. Es bien conocida la situación de contagio de la risa, en la que se acaba riendo porque otras personas ríen (y no porque algo divertido nos haya provocado la risa) o la tradicional existencia de personas que lloraban —de manera virtualmente profesional— en los entierros, para garantizar la emoción de tristeza en los asistentes. De todos modos, este mecanismo tiene unas posibilidades de actuación limitadas y muy circunscritas a emociones básicas (Arbib, 2011). Para poner el caso, al tratar con estados más complejos, como el estado de preocupación, en los cuales se mezclan elementos emocionales, racionales y conocimiento, el contagio resulta bastante menos evidente (Hooker y cols., 2008). También en las situaciones en las cuales el contexto propio difiere del de otra persona, como cuando se ha aprobado un difícil examen mientras que la otra persona ha suspendido, las posibilidades de contagio son bastante escasas.

La cuestión central reside en que representar los estados de otras personas no pasa necesariamente por compararlos con los estados propios (Uithol, van Rooij, Bekkering y Haselager, 2011). En un ejemplo evidente, si a una persona le gusta mucho un determinado alimento, el cual produce asco a otra persona, la primera puede llegar a diferenciar sus propias apetencias de las de la otra persona. Lo contrario es suponer que todas las personas pensamos y sentimos de manera idéntica —cosa que ciertamente está sustentada por los rudimentos de la teoría de la mente— lo que constituye un error de bulto en términos de representación interpersonal.

Al considerar el conocimiento se produce una situación semejante: en general, todo el mundo actúa de manera congruente con lo que sabe, pero no todo el mundo tiene el mismo conocimiento. Tomando un ejemplo doméstico, cuando se añade agua a aceite hirviendo (en una sartén, para poner el caso) se dispara un proceso físico por el cual, el agua, que es más pesada que el aceite, tiende a ir hacia el fondo de la sartén, pero el aceite hierve a bastante más temperatura que el agua, por lo que esta alcanza el punto de ebullición rápidamente, se convierte en vapor y asciende, arrastrando con ella partículas de aceite que salen despedidas. En el mejor de los casos las salpicaduras solamente pringarán la cocina, pero la persona que está cocinando puede sufrir algunas desagradables quemaduras. En los casos de personas con experiencia en la cocina, esta situación forma parte de su conocimiento y tenderán a evitar el freír productos mojados, o bien protegerán la zona circundante a la sartén cuando no es posible evitar la situación. Sin embargo personas no experimentadas, probablemente se verán sorprendidas por esta reacción y sufrirán las consecuencias.

Pero lo importante es que en ambos casos se ha actuado de acuerdo con lo que se conocía (o no se conocía) y, en términos de representaciones interpersonales, es posible predecir cómo actuará una persona que no tenga conocimiento (o lo tenga incompleto) de una situación, aunque quien lo prediga sí disponga de dicho conocimiento. La situación contraria (predecir la actuación de alguien que tiene más conocimiento) es bastante más compleja, pero no imposible de aproximar. De manera semejante, aunque en un ejemplo más extremo, es posible representarse cómo se siente y funciona una persona con la enfermedad de Alzheimer, por supuesto sin haberla sufrido uno mismo. Consecuentemente, la inteligencia interpersonal va bastante más allá de la mera empatía y, cuando existen buenos recursos, permite abarcar situaciones que no se corresponden con estados o con experiencias propias.

En tercer lugar, se suele asumir que la inteligencia interpersonal (o la intrapersonal, o la emocional, o cualquier forma de inteligencia) es necesariamente ética. En estos casos se asocia “inteligencia” a un tipo de conducta asociada a valores positivos. Pero no es el caso. Inteligencia y valores son dos elementos separados y los recursos intelectuales se utilizan en función de los valores —y circunstancias— de cada cual. Por ello, la optimización de recursos de inteligencia interpersonal no conduce necesariamente a conductas irreprochables. Por ejemplo, como indican Côté y colaboradores (2011) puede conducir a engañar mejor. La consecuencia es que las dimensiones éticas y de comportamiento adecuado han de ser formadas de manera independiente y paralela.

La cuarta confusión está muy relacionada con la anterior: con frecuencia, los programas de mejora de la inteligencia interpersonal son, esencialmente, programas orientados a un comportamiento determinado (ético, correcto, educado). Por ello, no suelen generar variaciones relevantes en los recursos funcionales de inteligencia interpersonal, sino que, en el mejor de los casos, permiten construir pautas de conducta más adecuadas (Nestler y Goldbeck, 2011). De todos modos, este tipo de enfoque tiene una efectividad limitada. Muchos programas consolidan recursos conductuales básicos —aunque no por ello menos valiosos— como añadir un “por favor” a las peticiones o esperar a que se conceda la palabra para hablar. Son, de hecho, elementos de protocolo más que mejoras en la inteligencia interpersonal. Cuando se abordan situaciones más complejas, como mejorar la comunicación, estos recursos funcionan bien en situaciones muy deterioradas, en las cuales se pasa de una comunicación desastrosa a una comunicación de mínimos, que ya es algo. Sin embargo, cuando se intentan conseguir cotas más elevadas de comunicación, necesariamente se debe recurrir a representar qué estados (pensamiento, motivaciones, intenciones, valores, emociones) concurren en la persona con quien se comunica (Kotsou, Nelis, Grégoire y Mikolajczak, 2011). Y esto no se puede resolver con protocolos.

La mejora de la inteligencia interpersonal pasa, como en cualquier otra inteligencia, en articular los recursos disponibles en funciones, es decir, en utilizarlos. Existen diferencias individuales notorias tanto en la cantidad como en el tipo de recursos disponibles, por lo que sin duda existen funciones que algunas personas no podrán articular. Pero, más allá de esta limitación genérica, se debe considerar que la articulación de funciones de inteligencia interpersonal está coartada por la escasa disponibilidad de situaciones en las que existan referentes claros —y explícitos— de funcionamiento correcto. Por ejemplo, en términos de inteligencia verbal o musical existen referentes claros de buenas producciones (ciertamente, al lado de producciones de menor calidad, pero elevada popularidad, aunque esto sucede en cualquier ámbito). Pero en cuanto a inteligencia interpersonal, predominan los criterios de comportamiento (ético, culturalmente correcto, aceptable) por encima de los procesos propiamente intelectuales. En la comparativa con las otras formas de inteligencia, sería como considerar como la mejor literatura la más vendida y, lo que sería aún peor, la que se ajustara a determinados criterios arbitrariamente establecidos. Este tipo de restricciones no solamente limitan la creatividad, sino que también premian funciones poco lucidas, en detrimento de las funciones más sofisticadas. En este contexto, las funciones de inteligencia interpersonal se construyen de manera azarosa, en función de combinaciones aleatorias de recursos hasta que alguna de ellas funciona. Y, en ocasiones, pueden servir para generar publicidad engañosa o manipulación política; eso sí, respetando escrupulosamente los protocolos de comportamiento oficiales.

Conclusiones

El espacio de las emociones ha demostrado surtir un gran atractivo tanto a la comunidad científica como a la población general. Es probable que, detrás de este atractivo, se encuentre un movimiento bien realizado en el que se reclamaban unos espacios de competencia intelectual que no estaban incluidos en los tradicionales CI y factor g. De hecho, además de trabajos pioneros muy serios, durante los años 80 y 90 del siglo pasado, cristalizaron bastantes aproximaciones a la actividad intelectual que la intentaban situar fuera del laboratorio y fuera del marco escolar, en la que prestigiosos autores, como Sternberg (1985), utilizaban etiquetas como “inteligencia práctica” (algo que estaba perfectamente arraigado en la cultura popular con la distinción entre, por ejemplo, una persona “lista” y otra de “inteligente”). La “inteligencia emocional” de Goleman (1996) recogió gran parte de estas aproximaciones y, además, supo destacar el importante valor aplicado de estas dimensiones. Quizá su contribución fuera algo frágil en términos conceptuales y de los mecanismos implicados, pero focalizó los esfuerzos en destronar la inteligencia tipo CI y ampliar la semántica del término al asociarla con algo que nunca se había vinculado al CI: las emociones. Ya se ha comentado que, como etiqueta científica, “inteligencia emocional” más bien genera malentendidos. Sin embargo, como slogan es magnífico y, sin lugar a dudas, consiguió el propósito principal: recuperar el espacio de otras formas de inteligencia no contenidas en el CI o en g.

Ahora bien, al intentar acotar cuidadosamente los espacios conceptuales, un slogan no suele resultar una herramienta útil, ya que incluye demasiadas connotaciones subjetivas y algunas de explícitas. Por ejemplo, se ha sobrecargado el peso de las emociones, en detrimento de representaciones de otros aspectos del funcionamiento humano. Del mismo modo, la distinción entre intra-personal e inter-personal no es fruto de una obsesión académica por clasificar y desmenuzar, sino que recoge un conjunto de procesos perceptivos, representacionales y de procesamiento netamente diferenciados. Así, una misma persona puede perfectamente ser mucho más eficiente en una de las dos formas de inteligencia (intra- o inter-personal), cosa que no tendría sentido si se tratara de un mismo espacio. Probablemente el aspecto más olvidado al dar preponderancia a las emociones es que se están manejando representaciones y, de manera explícita, se están utilizando para pensar. Por tanto, no se trata de un afloramiento espontáneo de estados emocionales que substituyen al pensamiento o de un dejarse contagiar por las emociones de los demás. Las personas que son competentes en términos interpersonales son capaces de representar eficientemente a otras personas (los denominados objetos sociales) y los contextos (físicos y culturales) en los cuales se producen las interacciones. Ello implica representar estados, comportamientos y reglas de interacción. Las emociones son una parte de estos estados, pero no pueden omitirse los aspectos disposicionales (intenciones, personalidad), la motivación, el conocimiento, el pensamiento o razonamiento ni los propios recursos representacionales existentes en las otras personas.

Como consecuencia de esta escasa atención a la dimensión representacional, ha habido notables simplificaciones de la complejidad que sustenta el manejo de objetos sociales. El rescate de conceptos como la “empatía” identificándolo con la inteligencia interpersonal ilustra este tipo de simplificaciones. Tal como se ha descrito, entrar en un estado semejante al que se encuentra otra persona es una manera muy inexacta de comprender dicho estado. Sí es cierto que, originalmente, el término “empatía” intentaba un alcance semejante a lo que hoy en día se denomina “inteligencia interpersonal”, si bien en una época en la que los instrumentos de descripción y análisis de procesos cognitivos estaban muy limitados e, incluso, eran denostados por la corriente principal de explicación psicológica. La utilización de un concepto previo más impreciso raras veces aporta claridad o precisión a un espacio conceptual; más bien tiende a conseguir los resultados contrarios. La empatía era la intuición de un espacio conceptual, mientras que la inteligencia interpersonal es la delimitación del mismo.

A pesar de la indudable consistencia física de los mecanismos neuronales, las “neuronas espejo” y mecanismos afines constituyen otra reducción del espacio conceptual, en este caso basada en el atractivo y solidez de los mecanismos físicos. Pero su potencial explicativo es limitado. Las dimensiones físicas de cualquier proceso cognitivo son, sin lugar a dudas, complementos imprescindibles y valiosos datos que iluminan el funcionamiento mental humano. Ello no impide que su identificación con el funcionamiento mental sea una forma de reduccionismo (ya que suelen omitir las interacciones entre mecanismos, componentes corporales e instrumentos, así como las formas de utilizar dichos mecanismos) y, sobretodo, es una sobre-simplificación flagrante intentar explicar cualquier forma de cognición únicamente a partir de los mecanismos conocidos en un momento dado. Cabe insistir en que estos mecanismos neuronales explican cosas, pero no lo explican todo, del mismo modo en que cabe confiar en que el desarrollo de la neurología irá añadiendo valiosos mecanismos que actúan como base física de las representaciones y su procesamiento.

En situaciones reales, como las que suele tener especial utilidad la inteligencia interpersonal, raras veces se encuentran escenarios en los cuales se pueda funcionar con un solo tipo de representación. La complejidad emerge en casi cualquier circunstancia y hace posible tanto la coexistencia de distintas combinaciones de recursos para afrontar una determinada situación, como la necesidad de combinar diferentes formas de representación, operando con estructuras representacionales igualmente complejas. Así, «comunicarse» en condiciones reales implica una variedad de recursos muy considerable, entre los cuales se encuentran elementos verbales, motores (relacionados con el gesto), espaciales, de gestión de memoria, intrapersonales y, de manera destacada, interpersonales. Los niveles moderados de efectividad comunicativa pueden conseguirse sin demasiadas contribuciones de las representaciones interpersonales, pero los niveles altos requieren de una eficiencia representacional de objetos sociales igualmente alta.

Es en este contexto en el cual los programas (educativos, de entrenamiento) orientados a la adquisición de comportamientos adecuados tienen una efectividad limitada. Por ejemplo, escuchar a otra persona no significa entender a dicha persona. Incluso puede producirse que, en situaciones de discursos inconexos o poco coherentes, escuchar atentamente complique, más que favorezca, la comprensión. Así, pues, conseguir que se aprenda a escuchar es un objetivo relativamente sencillo que no pasa por ninguna forma sofisticada de inteligencia interpersonal. Pero pasar de la escucha a la comprensión no consiste en cambiar algún comportamiento o en dirigir la atención de una determinada manera: pasa por disponer de recursos de representación interpersonal —y utilizarlos— cosa que va a depender de la configuración de cada persona. No se trata, pues de habilidades universalmente entrenables, sino de un proceso genuinamente intelectual en el que se construyen funciones a partir de los recursos soportados por el cerebro de cada persona. Esta situación no impide que, habitualmente, mejoras en la funcionalidad interpersonal sean posibles en todo el mundo, pero el techo de cada cual es particular.


Referencias Bibliográficas

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Resumen

El propósito de este trabajo es el de delimitar el espacio conceptual de la inteligencia interpersonal, relacionándolo con las situaciones en las cuales se utiliza. Para ello, se establecen, en primer lugar, los aspectos relacionados con la naturaleza intelectual y el tipo de objetos representados. Sigue un apartado dedicado a los orígenes de la misma y su función en la adaptación de la especie humana. Un tercer apartado trata del tipo de procedimientos adecuados para su medición, no como una recopilación de instrumentos comúnmente utilizados, sino como una manera de hacer explícitos qué tipo de indicios son buena prueba de este tipo de inteligencia. A continuación se describen algunas de las principales confusiones asociadas a la idea de esta forma de inteligencia, integrando finalmente todos los aspectos tratados en el apartado de conclusiones.

Palabras clave: Inteligencia, Inteligencia social, Inteligencia interpersonal


Abstract

The purpose of this paper is to define the conceptual space of interpersonal intelligence, relating to situations in which it is used. To this end, we establish, first, some aspects related to their intellectual nature and the type of objects represented. Second, it follows a section devoted to the origins of interpersonal intelligence and its role in human adaptation. A third section explains the type of procedures for its measurement, not as a collection of tools commonly used, but as a way to make explicit what kind of evidence is appropriate as a example of this intelligence. Finally, we describe some of the main confusions associated with the idea of this form of intelligence, integrating all aspects previously discussed.

Keywords: Intelligence, Social Intelligence, Interpersonal intelligence

Documentales en línea sobre psicología del desarrollo


Nuevas perspectivas sobre el desarrollo infantil. Vídeos para trabajar en el aula

1) "El mundo en pañales / Baby It´s You"


Premiado con un Emmy, este documental analiza el comportamiento de los recién nacidos y su evolución hasta los tres años. Consta de seis capítulos, que son los siguientes: 


1) En el principio (pulsar aquí)





6) Tú y yo (pulsar aquí)


2) Serie documental The Baby Human


Placa de Oro al Mejor Documental de los Chicago International Television Awards, y Cámara de Oro en el US International Film & Video Festival

- The Baby Human: Andar (Pulsar aquí para acceder a este video)

- The Baby Human: Pensar (Pulsar aquí para acceder a este video)

- The Baby Human: Hablar (Pulsar aquí para acceder a este video)

- The Baby Human: Sentir (Pulsar aquí para acceder a este video)

- The Baby Human: Relacionarse (Pulsar aquí para acceder a este video)

- The Baby Human: Comprender

The Baby Human descubre una nueva perspectiva en el mundo del desarrollo infantil (pulsar aquí), destacando las aptitudes para el movimiento, la percepción y la comunicación, el desarrollo de la mente, la capacidad social y la aptitud emocional. Lejos de ser unos bebés indefensos y llorones, los recién nacidos son seres de gran inteligencia con los sentidos plenamente desarrollados y la habilidad de asimilar y procesar la constante avalancha de imágenes, sonidos, sentimientos y movimientos que los bombardean desde el nacimiento. Esta serie de seis capítulos de 50 minutos, tan amena como fascinante, ofrece un excepcional recorrido por los laboratorios que investigan el comportamiento del niño para explorar las áreas fundamentales de su desarrollo -movimiento, percepción, emoción y comunicación- y las nuevas técnicas que permiten a los investigadores y científicos \’preguntar\’ a bebés más y más jóvenes qué es lo que piensan.

3) El Cuerpo humano: Los primeros pasos

Video producido por la BBC (Pulsar aquí para acceder al mismo)


4) El cerebro del bebé. Redes 447 (Eduardo Punset)

International Journal of Educational Psychology (IJEP) ////// Revista internacional de Psicologia de la Educación (RIPE).

Encabezado de la página


Focus and Scope

The International Journal of Educational Psychology (IJEP) has as its main objective the publication of top research in the area of educational psychology which seeks to be applied in a variety of educational contexts, formal and informal, and involving different education levels and people of all ages. The articles published in IJEP deal with educational problems that are relevant for the international scientific and education communities, and their contributions serve as scientific tools to improve school education and education in general in relation to processes and outcomes. A second objective of IJEP is the publication of theoretical works that advance the literature in educational psychology, opening new lines of research in the field.

IJEP publishes articles that deepen in the understanding of the processes, tools, contexts, and outcomes of school and non-school learning. These works can include, among others, the analysis of the dynamics of classroom interactions, the relationships between learning and development, the design of effective learning environments, learning processes in non-school contexts (such as the home, the street, after school programs, ICT), discourse use in those contexts, and interactions between learning and identity. These analyses are undertaken taking into account the cultural dimension of teaching and learning processes in societies which are increasingly diverse.

IJEP welcomes papers that make these contributions from a variety of perspectives, such us historico-cultural psychology, cognitive psychology, educational psychology, developmental psychology, cultural studies, etc. The articles can also take on different research methods: quantitative, qualitative, and mixed methods.

IJEP also publishes reviews of major books and dissertations that fall into the focus and scope of the journal and that represent a central contribution in the field. 

The journal is primarily addressed to researchers, but it is also of interest for those in charge of implementing the results of educational sciences research. IJEP is an electronic journal publishing articles in English and Spanish and it is four-monthly.


IJEP will be launched this November 2011. The Inaugural Issue will include a central article by Dr. Jerome Bruner on What should psychology study.




Educación, libertad y cuidado

VII Congreso Internacional de Filosofía de la Educación: Educación, libertad y cuidado (Madrid, 27 al 29 de junio de 2012) (Pulsar aquí). 


Dentro de los modelos educativos de la modernidad, han tenido especial vigencia los que resaltaban la importancia de adquirir un conjunto de  conocimientos y de hábitos científicos o los que entendían el desarrollo humano como la consecución de la autonomía, modelos a los que más tarde se han sumado las propuestas a favor de la competitividad en una sociedad globalizada y del éxito del individuo en los espacios económicos y sociales.


Hoy las circunstancias han cambiado al comprobarse las limitaciones de estos modelos y cada vez se hace más urgente replantearse una educación que sustancialmente se oriente  hacia un cuidado por el desarrollo integral del ser humano, en el que la promoción de la  libertad del educando impida cualquier diseño de la acción del educador como una imposición que pretenda moldear a los demás según los propios  criterios personales y en el que la realización de quienes intervienen en el proceso educativo no se entienda desde una perspectiva individualista sino solidaria, sabiendo preocuparse empáticamente por el cuidado de los otros e iluminando una libertad necesitada de identificar sus propios límites.


La importancia de una recta inteligencia de este conjunto de ideas ha movido a elegir como tema del próximo VII Congreso Internacional de Filosofía de la Educación el de  “Educación, libertad y cuidado”. Según es sabido, estos Congresos nacieron en 1988 como consecuencia de la iniciativa de quienes entonces se dedicaban en España a la enseñanza universitaria de la filosofía de la educación, con el objetivo de reunir a los miembros de la comunidad universitaria, profesores y estudiantes, y a reconocidos especialistas en este campo procedentes de diferentes países, para aportar conocimientos y experiencias, debatiendo en torno a temas educativos de plena actualidad, desde una perspectiva filosófica.


Desde entonces se han celebrado sucesivos Congresos, cada  cuatro años, que se han consolidado como un importante foro de discusión internacional en nuestro ámbito epistemológico. Este próximo  VII Congreso Internacional de Filosofía de la Educación tendrá lugar en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid, del 27 al 29 de junio de 2012.


Los principales ámbitos temáticos del Congreso son los siguientes:


1. El concepto de libertad y cuidado: tradiciones y movimientos culturales actuales en su interpretación.
2. Libertad y cuidado en la familia: los lenguajes del amor.
3. El juego de la libertad y el cuidado en la atención de quienes se encuentran en circunstancias de especial vulnerabilidad.
4. Libertad y cuidado en la educación formal.
a) La preocupación por promover un ethos que promueva el auténtico desarrollo humano en una atmósfera de convivencia, alejada de toda violencia
b) Libertad y cuidado en la relación educativa: interpretaciones de su significado en el cultivo de la inteligencia y en el desarrollo moral de los educandos.
5. Libertad y cuidado en la acción de gobierno: la justicia, el cuidado de la comunidad y el respeto  a las libertades de los ciudadanos.


El Congreso está anunciado en la web filosofiadelaeducacion.org (pulsar aquí), donde ya se puede realizar la inscripción. La Conferencias principales correrán a cargo de los profesores: Christopher Day, Catedrático de la Universidad de Nothingham; Michael Slote, Catedrático de la Universidad de Miami; Marcelo Suarez-Orozco, Catedrático de la Universidad de Nueva York y José Manuel Touriñán, Catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela. Entre los Ponentes Invitados, señalamos a los profesores: Bárcena; Barrio; Bernal; Escámez; García Amilburu; García López; Gil Cantero; Harris; Ibáñez-Martín; Jover; López-Barajas; Naval; Ortigosa; Pagés; Reyero y Ruiz Corbella.                                     

Las raíces calvinistas de la universidad


"En el mundo académico, donde uno esperaría que la gente tuviera más control sobre las horas que dedica al trabajo, ese concepto del exceso de tarea como virtud alcanza proporciones casi religiosas.  Los profesores dicen con orgullo que andan enloquecidos por sus múltiples responsabilidades..."
(Bárbara Ehrenreich, Sonríe o muere, 2011, 93)


Se reproducen seguidamente -de forma literal, sin comentarios-, algunos párrafos de Sonríe o muere (Bárbara Ehrenreich, 2011), que a nuestro juicio ofrecen una oportunidad para reflexionar críticamente sobre la universidad de la convergencia ¿como paradigma de la excelencia, de la calidad total...?

Como dice Bárbara Ehrenreich: 

"El calvinismo [es] un sistema al que se podría describir como una depresión obligatoria. Su dios [...] completamente arbitrario [...] tenía un cielo, pero con escaso aforo, y los privilegiados que accedieran a él ya habían sido escogidos antes de nacer, por predestinación. Para los vivos, su deber era examinar sin cesar la terribles abominaciones de sus entrañas, y extirpar como pudieran los pensamientos pecaminosos, signo seguro de condenación. Para el calvinismo sólo había una forma de descansar de esa forma angustiosa de auto-examinarse, y era trabajar en firme en otra cosa:  desbrozar, plantar, bordar, levantar casas y negocios. Todo lo que no fuera trabajo, físico o espiritual, era un pecado despreciable, por ejemplo vaguear tranquilamente o intentar divertirse [...].

Mantengo cierto respeto hacia ese espíritu calvinista [...] que te dice que hay que ser fuerte, que se basa en la autodisciplina [...], pero también conozco algo de sus tormentos [...]: el trabajo, trabajar de firme, de forma productiva, en algo que se vea y que el mundo pueda notar, era nuestra única plegaria y nuestra salvación, tanto contra la pobreza como a modo de refugio contra una vida sin sentido, aterradora.

Estos rasgos calvinistas, ya sin teología, persistieron y hasta florecieron [...] hasta finales del siglo XX. En las décadas de 1980 y 1990 las clases medias y altas llegaron a considerar que el estar muy ocupado, fuera en lo que fuera, constituía un signo de estatus, que además les venía muy bien a los empresarios porque era lo que se esperaba cada vez más del trabajador, sobre todo con la llegada de las nuevas tecnologías, cuando desapareció la frontera entre trabajo y vida privada: el teléfono móvil se lleva siempre encima, y el ordenador portátil va y viene con su dueño de casa al trabajo. Fue entonces cuando entraron en el léxico términos como multitarea y adicto al trabajo. 

Las élites de antes presumían de su vida ociosa, mientras que las de ahora se jactan de estar agotados, siempre metidos en mil líos, siempre dispuestos a reunirse por videoconferencia o hacer un último esfuerzo. Y en el mundo académico, donde uno esperaría que la gente tuviera más control sobre las horas que dedica al trabajo, ese concepto del exceso de tarea como virtud alcanza proporciones casi religiosas. Los profesores dicen con orgullo que andan enloquecidos por sus múltiples responsabilidades, y ni el verano les da un poco de tregua; por el contrario, es la época en que se dedican a investigar y escribir como locos. Una vez estuve pasando unos días con una pareja de catedráticos en su casa de verano de Cape Cod, y me enseñaron con orgullo el salón, que habían dividido en dos zonas de trabajo, una para cada uno. Si tenían que salirse de su rutina diaria (trabajar, almorzar, trabajar, salir a hacer footing por la tarde) se ponían nerviosísimos, como si sintieran que estaban a punto de dejarse caer en un abismo de completa y pecadora indolencia..."

[Notas tomadas de Bárbara Ehrenreich (2011). Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo. Madrid: Turner Publicaciones, pp. 91-94].


Índice de impacto de la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado en Redalyc, el tercer portal científico más importante del mundo

image La ciencia que no se ve no existe

La Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado (RIFOP) mejora su presencia en Redalyc:


- Consultas a la RIFOP en Redalyc por grupos de países (Pulsar aquí)


Redalyc, con una amplia visibilidad en acceso directo [Open Archives Initiative (OAI), Protocol for Metadata Harvesting Project (PMH), OAIster, ScientificCommons.org], refrenda su posición como el tercer portal científico más importante del mundo (pulsar aquí).


Información recuperada de Redalyc el día 8 de octubre de 2011.

La Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado a texto completo en Redalyc

 image La ciencia que no se ve no existe


La Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado (RIFOP) reduce su periodo de embargo en REDALYC a tan sólo cuatro meses.


Las campanas y sus lenguajes. Narraciones para convertir el aula en objeto de deseo
























Dice Jaume Martínez Bonafé que nos pasamos la vida en la Academia navegando sobre un monótono oleaje de idas y venidas sobre la teoría y la técnica de la docencia, y se nos olvida que es otra la generosa sabiduría de los buenos maestros y de las buenas maestras. Es esa sabiduría que convierte el aula en objeto de deseo, y nos provoca y nos hace buscar... Y que quizá por ello lo de menos sea el programa, el proyecto de trabajo o el contenido concreto de una clase o de una práctica. Lo realmente importante es abrir la puerta de la propia complejidad para que los/as estudiantes caminen hacia la construcción del saber pedagógico apoyados en esos hilos invisibles del deseo... Y es por eso que si yo fuese profesor de historia, sociología, antropología cultural u otras materias del macroárea de Ciencias Sociales... contaría a mis alumnos/as historias como la que sigue, y les pediría que construyesen también las suyas propias... 

Las campanas y sus lenguajes

José Emilio Palomero Pescador

1) Un poco de historia

Llevo tiempo queriendo escribir sobre uno de los elementos más queridos, interesantes y emblemáticos de todos cuantos componen el patrimonio histórico y cultural de nuestros pueblos y ciudades: las campanas.

Como se narra en los libros de historia, las campanas fueron utilizadas por persas, griegos y romanos. En la Edad Media tuvieron usos militares. Pero creo que fue en Italia, allá por el siglo VI, a mano de los Benedictinos, donde las campanas de bronce y con badajo de hierro se introdujeron por primera vez como un lenguaje de sentimientos, destinado a la comunicación entre la Iglesia y los habitantes de un pueblo.

Más adelante, en el siglo XII, las campanas comenzaron a hacerse más grandes, y se puso de moda instalarlas en torres que permitiesen que sus tañidos llegasen más lejos.

Estos son, de forma muy resumida, los principales antecedentes históricos de las campanas de mi pueblo, unas campanas que ya nunca nos ofrecerán las sinfonías de antaño, esas que les arrancaron del alma (a mano) mis paisanos a lo largo de generaciones, esas que también les arranqué yo mismo antes de que las nuevas tecnologías se apoderasen de ellas, arrebatándoles la viveza y sonoridad de sus antiguos repiques y señales.

Yo aún puedo hacer sonar en mi cabeza los diferentes sonidos de las campanas de mi pueblo, con sus significados tan diversos; y hasta reproducir los movimientos corporales necesarios para arrancarles sus tañidos más ancestrales...

2) Los toques de las campanas, su música

El día 11 de Junio de 1984, el diario El País publicaba una noticia que tenía como protagonista a Francesc Llop i Bayo, un joven antropólogo valenciano que por aquel entonces tenía 32 años, y que estaba escribiendo una tesis doctoral sobre los toques de campanas de Valencia y Aragón, tesis que defendió en 1988 con el siguiente título: “Los toques de campanas en Aragón”. Nadie hasta entonces había mostrado interés por codificar el lenguaje de las campanas, antes de la electrificación de los campanarios.

Con ese trabajo académico, Francesc Llop pretendía evitar la desaparición de un sonido muy especial, cargado de música, sentimiento y mensaje, que durante siglos llenó la cotidianeidad de nuestros pueblos y ciudades, y que por su magnetismo sigue desatando hoy la nostalgia.

Sabedor de que las cosas aparecen y desaparecen, porque así es la vida, un continuo fluir, no era la pretensión de este antropólogo que las campanas volviesen a tocar, sino tan sólo evitar que los campanarios de antaño enmudeciesen sin pena ni gloria. Por ello se dedicó a escribir sus ecos contra el olvido, recopilando para la posteridad varios centenares de toques diferentes de treinta pueblos aragoneses y de la ciudad de Valencia, en un momento en que ya habían desaparecido el noventa y nueve por ciento de los toques, así como la mayor parte de los campaneros.

Dice este antropólogo que las campanas tienen un lenguaje más potente que el de los medios de comunicación social, lenguaje que las hacía llegar a toda la comunidad sin tener que recurrir al periódico, la radio o la tele. Ellas marcaban los ritmos del día con sus diferentes toques, indicaban dónde ocurrían las cosas, si se había desatado un fuego o amenazaba algún otro peligro, si era día festivo o si alguien había muerto...

En los pueblos pequeños había seis o siete toques diferentes. En las grandes ciudades podía haber hasta 200. Cuando las campanas fueron electrificadas sufrieron una descarga de muerte, al quedar electrocutados sus viejos lenguajes, que ahora funcionan con ciclos cortos y repetitivos, frente a la versatilidad de los campaneros de antaño, que las hacían hablar a mano, arrancándoles los más variados y fluidos ritmos musicales. Unos ritmos que, al recordarlos, me despiertan el deseo de pensar en la música, en su sentido y significado.

La música es la forma más rápida y abreviada de las emociones (Toisley). Embruja y hechiza. Con ella podemos pintar el silencio; sin ella la vida seria un error (Nietzche). La música nombra lo innombrable, comunica lo imposible de conocer (Bernstein), expresa aquello que es imposible callar (Víctor Hugo).

Si miramos con suficiente profundidad, la música está en todas partes, en la naturaleza, en el arte, en el cine, en la literatura, en las matemáticas, en una puesta de sol, en la vida, en el nacimiento de cualquier amor, en los campanarios... Es el alma del universo, da alas a la mente, vuelo a la imaginación, y encanto y tranquilidad a la vida y a todo (Platón).

Pues bien, como dice Francesc Llop i Bayo, las campanas son la única música viva que existe. Suenan siempre igual y nos transmiten la misma música del momento de su fundición. Con ellas se ofrecen hoy auténticos conciertos. Según este antropólogo, no sabemos como sonaban los instrumentos musicales de hace más de un par de siglos, pero si sabemos como sonaban las campanas. Por eso su tañido sirve para reflexionar y retrotraernos a épocas pasadas.

Las investigaciones de este autor, que sigue en la brecha, han generado un movimiento a favor de la deselectrificación de las campanas, a la vez que han permitido rescatar muchos de sus toques y, también, organizar conciertos de campanas en los pueblos.

3) Las campanas de mi pueblo y sus lenguajes

Tras las anteriores referencias a la historia y a la música de las campanas, bajaré ahora a un terreno más concreto y describiré los toques tradicionales de las campanas de mi pueblo, no sin antes advertir que me fui muy pronto del mismo y que, en consecuencia, lo que pueda contar aquí se lo tendré que arrancar a una de las zonas más profundas de mi memoria.

La campanas de mi pueblo, seculares, fueron una de las principales fuentes de comunicación de mis antepasados desde tiempos muy lejanos, e incluso hoy siguen alegrando festejos o llorando a los muertos, aún cuando ya no sean capaces de hablarnos como lo hacían antes, porque ya nadie las hace cantar, llorar o reír con sus propias manos, como lo hicieron con oficio y destreza, y desde tiempos muy remotos, los campaneros de Aldeaseca de la Frontera (Salamanca), mi pueblo.

Ellas marcaron durante años el ritmo de cada día (el toque de misa cada mañana, el de ángelus al mediodía, el de ánimas por la noche), repicaron alegremente todos los domingos y festividades, alertaron de peligros y amenazas, cantaron alegrías, bodas o bautizos, aliviaron penas en las últimas despedidas, y, en definitiva, modularon los sentimientos y emociones de los habitantes del pueblo desde tiempos inmemoriales.

De todo ello, y en particular de sus principales toques, hablaré seguidamente con más detalle.

3.1) Tocar a misa (días de diario)

Los días de diario se tocaba a misa sobre los nueve de la mañana. Para ello se utilizaba la campana principal, la grande, la que está en el frontal de la Torre, mirando hacia Peñaranda de Bracamonte. Si no recuerdo mal, se daban unas veinte campanadas, una de detrás de otra, de forma rápida, y después se hacía una breve pausa, tras la cual se daban otras tres campanadas más, separadas una de otra. Para ello se utilizaba una cuerda existente en la sacristía, al entrar en ella a la izquierda, desde la que se podía tocar directamente la citada campana. El toque inicial iba seguido del resto de las señales: en primer lugar “las dos” (un par de campanadas), posteriormente “la una” (una única campanada), y finalmente “las todas” (quince o veinte campanadas seguidas; creo que no había un número fijo). Tras “las todas” comenzaba inmediatamente la misa diaria.

Tocar a misa era una tarea que frecuentemente realizaban, a indicación del párroco del pueblo, los monaguillos de los tiempos que estoy rememorando, entre quienes me encontraba, junto con otros niños del pueblo. Era un trabajo fácil de ejecutar, que exigía sin embargo tirar con fuerza de la soga. Desde el momento del primer toque hasta el inicio de la misa solían transcurrir aproximadamente treinta minutos.

3.2) Tocar a misa (domingos y días festivos)

Los domingos y festividades la misa se celebraba sobre las doce, si bien el primer toque se producía hacia las once de la mañana. Para esta primera señal era imprescindible subir a la Torre, para desde lo más alto de la misma ofrecer a toda la población un repiqueteo de tono festivo, alegre, atronador, de gloria, cargado de música; un pequeño concierto de campanas, que llenaba de sonoridad y de vida todo el pueblo, y cuyas melodías podían llegar a escucharse en otros pueblos vecinos, en dependencia de cómo soplase el viento aquel día.

Fue esta una tarea que yo mismo ejecuté en incontables ocasiones, al igual que otros de mis coetáneos. Repicar las campanas era, al menos para mí, una experiencia especialmente atractiva y placentera, de esas que hechizan, que embriagan y que despiertan muchas emociones. Aún hoy puedo reproducir mentalmente, creo que con bastante fidelidad, los sonidos que emitían las campanas de Aldeaseca antes de ser electrificadas, así como los ritmos y movimientos corporales necesarios para conseguir un buen repiqueteo. Sonidos que me siguen despertando las mismas emociones de entonces.

Para tocarlas, quien ejercía de campanero se situaba en el centro de la Torre, en la explanada final de la misma, mirando hacia la campana principal. Tomaba con la mano derecha la cuerda correspondiente a la misma, y con la izquierda una segunda cuerda que conectaba los badajos de las dos campanas que quedaban situadas a su izquierda. Seguidamente, el campanero tensaba bien la cuerda de la campana grande y comenzaba a repiquetearla de forma casi compulsiva (tan, tan, tan, tantararatatán, tantararatatán, tantararatatán..., tan, tan, tantararatatán, tantararatatán, tan, tan...), para seguidamente hacer sonar al mismo tiempo, de forma simultánea, y combinándolas con la campana grande, las dos campanas que miran a Paradinas de San Juan (tlan, tlan, tantararatatán, tlan-tlan/tan-tlan, tantararatatán, tantararatatán; tan, tan / tan, tan, tantararatatán, tantararatatán, tlan, tlan, tantararatatán, tlan/tlan...), y así una vez tras otra, durante diez o quince minutos, marcando ritmos distintos, diferentes combinaciones, según la conveniencia, espontaneidad y creatividad del músico/campanero de turno, para finalizar con tres campanadas sueltas y separadas ejecutadas con la campana grande. Había una cuarta campana (más pequeña), la que mira al Monte Arauzo, cuya actividad no recuerdo y que en todo caso no se utilizaba para estos menesteres, aunque desde hace unos años, tras su electrificación, sigue tañendo.

Tras el toque bullicioso y festivo que convocaba a la misa de domingos y fiestas, seguían el resto de las señales, que se daban desde la sacristía, al igual que los días de diario: “las dos”, “la una”, “las todas”, y finalmente, unos cinco minutos más tarde, de nuevo otra “una” final, exclusiva de domingos y festivos. Desde el momento del repiqueteo inicial hasta esta última “una” habían pasado unos sesenta minutos. Tras la segunda “una”, la misa comenzaba. Al salir, unos tres cuartos de hora más tarde, a los niños nos esperaba en la plaza la ruleta del señor Bernadino, el barquillero de nuestra infancia...

3.3) El toque de clamor, o cuando las campanas lloran

Como en los toques festivos, en los toques de clamor quien ejercía de campanero también debía subir a la Torre, a su explanada final, y situarse en el centro de ella, mirando hacia la campana grande o principal. Tomaba con la mano derecha la cuerda correspondiente a la citada campana, y con la izquierda la cuerda que conectaba los badajos de las dos campanas que miran hacia Paradinas de San Juan, que quedaban situadas a la izquierda del campanero.

Seguidamente, el campanero comenzaba a tañer de forma pausada y lenta, y con el ritmo que describo seguidamente: tan, tin, tan, ton / tan, tin, tan, ton  /  TLON, TLON  / tan, tin, tan, ton / tan, tin, tan, ton / TLON, TLON..., etc.

El “tan” se corresponde con el toque de la campana del lateral derecho de la Torre, la que está situada a la izquierda si miramos desde el antiguo frontón de la plaza. El “tin” con el toque de la otra campana del frontal derecho, El “ton”, con el toque de la campana grande. El “TLON”, finalmente, se corresponde con el toque de las tres campanas juntas a la vez, al unísono.

Esta cadencia, que despierta sentimientos de nostalgia, melancolía y tristeza es la que hace llorar de forma lastimera a las campanas de Aldeaseca. Se trata del toque de clamor, de difuntos, a muerto, que se activaba con sus correspondientes modalidades, buena parte de ellas ya en desuso, en diferentes momentos de la vida de mi pueblo. Las describiré en el siguiente capítulo.

3.4) Por quién doblan las campanas

Hace unos días caía en mis manos el prólogo de una de las novelas más emblemáticas y universales de Ernest Hemingway: “Por quién doblan las campanas”, del que tomo en préstamo un hermoso texto: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente... (por ello) la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

3.5) Doblan las campanas: La noche del día uno de noviembre

Durante toda la noche del día uno de noviembre (día de todos los Santos), y hasta el amanecer del día dos (día de las Ánimas), las campanas tañían ininterrumpidamente (siguiendo el ritmo que he señalado anteriormente, el del toque de clamor), en recuerdo de todos los difuntos.

Siendo niño, me sobrecogía la marcha fúnebre de las campanas de mi pueblo durante toda esa larga noche del uno al dos de noviembre. Creo que era un sentimiento común, que ese tañido tan penetrante y lastimero nos sobrecogía a todos.

Desde que tenía diez años no he vuelto a escuchar este clamor largo y sostenido de las campanas de mi pueblo, puesto que la última noche de todos los Santos que pasé en Aldeaseca fue la de 1957. A pesar de ello, aún hoy puedo reproducir mentalmente los escenarios y acordes de aquel doblar incesante, así como las emociones asociadas a los mismos. Era una noche especialmente estremecedora, en la que las campanas doblaban de forma ininterrumpida gracias a la participación de diferentes campaneros, que no eran otros que los “mozos” jóvenes del pueblo, que  arrancaban a las campanas sus gemidos por turnos.

3.6) Doblan las campanas: La señal por los muertos

La señal, que es un toque de clamor de unos cinco minutos, se tocaba y toca al producirse la muerte de algún vecino, habitante u originario del pueblo. Recuerdo que cuando yo era niño la señal se daba, normalmente, a primera hora del día, al salir el sol, y que era esta la forma de anunciar a todo el pueblo que algún vecino había fallecido.

3.7) Doblan las campanas: El toque de clamor en funerales y entierros

El toque de clamor se utilizaba y utiliza también para tocar a misa en el caso de los funerales. El resto de los toques para estas misas eran idénticos a los de los domingos, ya descritos. Las campanas también doblaban mientras se conducía el cadáver, a hombros de familiares y amigos, hasta el cementerio.

Y a propósito de muertes, funerales y entierros, recordaré aquí aquellos versos, ya clásicos, que nos cantaba hace siglos Jorge Manrique: “Recuerde el alma dormida y avive el seso contemplando, cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando.”

3.8) Campanas y silbatos de laurel (El domingo de Ramos)

Rememoro seguidamente las presencias y silencios de las campanas durante la liturgia de la Semana Santa, que tiene su punto de partida en el domingo de Ramos y que culmina en el domingo siguiente, el de Resurrección.

El domingo de Ramos, celebración alegre, festiva y multitudinaria, marca el punto de partida de una semana en la que se mezclan dos grandes tradiciones litúrgicas, una de pasión y la otra de gloria. Este día, el repiqueteo de las campanas era especialmente festivo. Ellas nos llamaban a misa y nos acompañaban después en la procesión de los ramos, una especie de bosque ambulante de laureles. Este repiqueteo de las campanas tenía, por otra parte, un reflejo mimético en los silbidos penetrantes de aquellos improvisados silbatos que niños y no tan niños fabricábamos, navaja en mano y con rapidez increíble, una vez que se distribuían los ramos de laurel en la Iglesia, hacia la mitad de la misa.

Aquella mezcla de acordes y desafinos serían ya difíciles de acallar, a pesar de las protestas de Don Eduardo (el sacerdote) durante el resto de la misa. Estos mismos laureles eran, por otro lado, los que nos iban a acompañar después en los guisos caseros a lo largo de todo el año. 

El silbato se construía con un trocito de rama de laurel, de unos ocho o diez centímetros de longitud, que se rajaba por la mitad con una navaja, y en cuyo interior se instalaba un trocito de hoja cortada a medida. El instrumento se terminaba de construir atándolo por ambos extremos con hilo de bramante u otro material similar. Después se soplaba por la leve apertura que quedaba entre las dos partes del trocito de rama, haciendo vibrar la hoja con diferentes tonos e intensidades. Resuenan ahora en mis oídos los acordes, tan extraños como familiares, de esta especie de concierto salvaje de los Domingos de Ramos de mi infancia.

3.9) Cuando las campanas se quedan en silencio

Unos días más tarde, el Jueves Santo, las campanas se quedaban repentinamente en silencio, siendo sustituidas por carraclas y carranclones, que anunciaban días de pasión, que por otra parte se convertían en una ocasión lúdica y festiva para los niños del pueblo.

El día de Jueves Santo, en el momento en que Don Eduardo iniciaba el cántico del "Gloria in excelsis" (himno propio de las liturgias católicas y ortodoxas), las campanas comenzaban a repicar con fuerza y de forma festiva, ofreciendo a todo el pueblo una sensación de alegría, al mismo tiempo que en el interior de la Iglesia, en el altar mayor, uno de los monaguillos agitaba con brío las esquilillas.

Después, al terminar el "Gloria", las campanas y las esquilas se quedaban mudas, permaneciendo en silencio hasta el siguiente “Gloria”, el del Sábado Santo, que el sacerdote entonaba durante la Vigilia Pascual. En este momento se rompía el silencio de las campanas, símbolo de la muerte, y volvían de nuevo los tañidos atronadores y festivos, que anunciaban desde el campanario la resurrección y la vida. Una especie de himno de la alegría.

Por otra parte, desde el Gloria del Jueves Santo hasta el Gloria de la Vigilia Pascual, ya bien entrada la noche, campanas y esquilas eran sustituidas por carraclas y carraclones, las primeras un tanto chillonas, las segundas de sonido más bronco. Y así, el silencio del campanario dejaba paso a la percusión seca, desapacible y horrísona de aquellas carracas de madera que tanto apasionaba tocar, durante estos días, a todos los niños del pueblo. Un auténtico juguete para nosotros.

En aquellos tiempos cada uno de los niños teníamos nuestra carracla, un instrumento musical de percusión, de la familia de los idiófonos, a la que también pertenecen castañuelas, maracas, platillos, xilófonos, sonajas, cascabeles o matracas...

Para nosotros, el uso de la carracla (muy popular y cargada de grandes significados en la cultura tradicional), estaba prácticamente reservado, año tras año, al Jueves, Viernes y Sábado Santo. Con nuestras carracas o carraclones, los niños de Aldeaseca, todos juntos, en pandilla, íbamos anunciando por todo el pueblo, calle por calle, los actos a celebrar durante esos días, es decir, los oficios de la Semana Santa.

Quiero destacar que la carracla (instrumento que a pesar de su popularidad tiene escasas posibilidades musicales, aún cuando haya sido usada ocasionalmente por algún que otro músico clásico), nos resultaba, en aquellos días de luto y silencio, especialmente atractiva a los más pequeños del pueblo, siempre dispuestos, como todos los niños del mundo, a jugar con cualquier instrumento ruidoso. Las tomábamos con nuestra mano por el manubrio y a base de movimientos giratorios del brazo las hacíamos sonar ruidosamente, volteando toda la armadura del instrumento. Era el roce de su rueda dentada con la lengüeta la que provocaba su peculiar y desasosegante música.

A mi juicio, esta especie de fiesta de las carraclas, que los niños celebrábamos año tras año durante unos días en que las campanas enmudecían a causa del luto, tenía un cierto morbo. Quiero decir con ello que la Semana Santa representaba para los niños una ocasión excepcional para meter ruido con el beneplácito de los adultos. Era como tener permiso para transgredir el silencio, para agredir de forma descarada, y sin riesgo de ser castigado, los oídos más blandos y los más duros, para saltarse sin consecuencias el nivel máximo de decibelios permitido en la silenciosa llanura castellana. Los niños teníamos durante estos días todas las bendiciones, incluidas las eclesiásticas en tiempos del nacionalcatolicismo, para meter un ruido atronador a lo largo y ancho de todo el pueblo, con la ventaja añadida de que no había autoridad alguna que pudiese prohibir aquel ruidoso concierto de percusión, con sus sonidos, más chillones o más broncos, según cada carraclón o carracla, pero en cualquier caso desapacibles y secos. Y este ruidoso concierto se repetía varias veces al día, y por todo el pueblo, cada Jueves, Viernes y Sábado Santo, sin posibilidad alguna de represalia por parte de autoridades, padres o cualquier otro adulto: ¡Menudo privilegio!


4) Las campanas y sus mensajes: La paz, la vida (el eros), la muerte...

Y ya para finalizar, quiero dejar constancia de algunos de los sentimientos más bellos que han despertado las campanas en los poetas. Así que allá van algunos de los poemas más célebres sobre las campanas, en los que se nos ofrecen hermosos reflejos, pinceladas metafóricas, de algunos de los grandes temas que ocupan y preocupan al ser humano: La paz, la solidaridad, el amor, el eros, la vida, la nostalgia, la soledad de los muertos...

4.1) Las campanas doblan por ti (John Donne)

En primer lugar, retomo mi anterior referencia al prólogo de “Por quien doblan las campanas” (Hemingway, 1940), puesto que las palabras que allí se recogen en realidad forman parte de un poema de John Donne, una meditación metafísica titulada “Las campanas doblan por ti” (1624), cuyos versos, sobrecogedores, encierran toda una lección de pacifismo.

Cito seguidamente el poema completo:

¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?

¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?

¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?

¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?

Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.

Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.

4.2) Campanario pleno (Lil Picado)

Citaré en segundo lugar “Campanario pleno”, un poema lleno de alusiones simbólicas al erotismo de las campanas, al amor, a la vida..., y que forma parte del libro “Vigilia de la hembra”, el poemario más conocido de la poetisa costarricense Lil Picado.

Ya repican mis campanas
los albores de mi cuerpo;
un ángelus verde y loco
me galopa en el cerebro,
me traspasa todo el vientre,
¡ay!, me resuena en todo el sexo.

Por ti llaman mis campanas
a los oficios primeros,
¡ay!, oficios de ternura
de la liturgia del beso.

Mi pecho ahora es campanario
gozándome por los senos.
Soy toda yo una campana
abriendo su oculto sueño.
¡Soy un repicar silvestre
inundando el viento entero!

4.3) Las campanas (Rosalía de Castro)

Recojo por último otro hermoso poema sobre las campanas, el de Rosalía de Castro, la poetisa gallega que cantó la nostalgia, el dolor, las penas, el sufrimiento...

En él, Rosalía de Castro teme no volver a escuchar el tañido familiar de las campanas, transmitiéndonos su pena y nostalgia: “Si por siempre enmudecieran, ¡qué tristeza en el aire y el cielo! ¡Qué silencio en la iglesia! ¡Qué extrañeza entre los muertos!”

Yo las amo, yo las oigo,
cual oigo el rumor del viento,
el murmurar de la fuente
o el balido de cordero.

Como los pájaros, ellas,
tan pronto asoma en los cielos
el primer rayo del alba,
le saludan con sus ecos.

Y en sus notas, que van prolongándose
por los llanos y los cerros,
hay algo de candoroso,
de apacible y de halagüeño.

Si por siempre enmudecieran,
¡qué tristeza en el aire y el cielo!
¡Qué silencio en la iglesia!
¡Qué extrañeza entre los muertos!