Acabar con exclusión social: un reto para la educación del Siglo XXI








17 de octubre de 2010. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado.

Con motivo de la celebración del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, se ofrece seguidamente el "Editorial" que encabezará el número 69 de la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado (Diciembre de 2010) (Pulsar aquí), en el que se publica una monografía sobre "Educación y exclusión social", actualmente en imprenta.


EDITORIAL. Acabar con la exclusión social: Un reto para la educación del siglo XXI


Aunque acabar con la pobreza y la exclusión no es tarea fácil, el compromiso con la solidaridad y la justicia social es tarea de todos, también de los docentes y de la educación.

Cada 17 de octubre se celebra el Día internacional para la erradicación de la pobreza como consecuencia de un movimiento ciudadano que tuvo lugar en París en 1987 y que en 1992 sería reconocido por la ONU. 2010 ha sido declarado Año Europeo de lucha contra la pobreza y la exclusión social, que tiene vital importancia en la sensibilización acerca de la inclusión social. No son necesarias efemérides para traer a lo que últimamente se llama “agenda”, ya sea política o social, la existencia de la pobreza y la exclusión, si bien suelen ser aprovechadas para impulsar actos diversos con intenciones también diversas. En todo caso, se debería evitar que sirvan para “excluir” el conocimiento de las causas y de los causantes de las situaciones de injusticia, de desigualdad, de violencia directa o de las estructuras (para otros, estructural) que perpetúan la pobreza y la exclusión, al tiempo que incorporar las alternativas posibles, porque sin una convicción de transformación, frente a la de perpetuación, no es posible vislumbrar otro futuro próximo ni lejano.

Recordemos en este punto que podemos encontrar dos modos de entender la utopía: como un imposible que nos conduce a la resignación, a la pasividad, a la aceptación sumisa ante cuanto ocurre, anclados en el pesimismo y el fatalismo; o como una causa suficientemente importante, necesaria, y por ello percibida con ilusión, entendida como esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo, y que conlleva al compromiso, aun pensando que difícilmente pueda conseguirse.

En este contexto, cabe recodar que el pasado mes de septiembre se celebró una Cumbre de la ONU sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), que concluyó con la adopción de un plan de acción mundial para alcanzar ocho objetivos de lucha contra la pobreza, en la fecha límite propuesta que es 2015, y el anuncio de los principales nuevos compromisos para la salud de las mujeres y los niños, además de otras iniciativas contra la pobreza, el hambre y la enfermedad.

Porque la convicción y el compromiso nos lleva a la acción transformadora y, en nuestro caso, consideramos que debe aludir a una triple dimensión complementaria: la universitaria, como universitarios que somos – hemos sido; la profesional, como docentes y como ciudadanos activos, responsables y democráticos. Y más particularmente apostando por las potencialidades de la educación para perseguirla y lograrla. Porque frente a la confrontación queda la complementariedad; frente a la violencia queda la paz positiva, que incluye no sólo la ausencia de guerra y de violencia directa sino también la presencia de justicia, de igualdad, de derechos humanos, de desarrollo humano; frente al fatalismo el compromiso solidario; frente a la competición la cooperación y colaboración.

La educación nunca ha sido ajena a los procesos de pobreza y exclusión social, unas veces para justificarlos y para profundizar en la segregación, para evitar “contactos” entre personas, grupos y colectivos diferentes; otras muchas para favorecer el acercamiento, el diálogo, la inclusión. Por ello se debe favorecer la reflexión y el mejor conocimiento sobre la exclusión social y el papel que juega y debe jugar la educación como factor de cohesión, de integración, de formación para la inclusión, lo que requiere tomar en consideración distintos principios teóricos y prácticos, distintas perspectivas y enfoques: una orientación que hemos perseguido. La exclusión y la vulnerabilidad educativas se definen por las carencias en este ámbito que sitúan a las personas en posiciones de desventaja social; ya sea en el mundo laboral, por un deficiente acceso al mismo, o en otros como la deficiente promoción de la salud o de la participación. Hablar de exclusión educativa significa referirse, por un lado, al analfabetismo y la carencia de estudios, si hablamos de la población en general; y por otro, al abandono y las dificultades de acceso y mantenimiento en el sistema educativo reglado si nos referimos a los menores y jóvenes. De hecho, varias investigaciones recientes ponen de manifiesto la relevancia de los aspectos educativos como factores directamente vinculados con los niveles de pobreza y los procesos de exclusión social, siendo asimismo destacada la cada vez mayor incidencia de la pobreza y la exclusión social en el colectivo infantil. La Encuesta de Condiciones de Vida permite obtener una clara correlación entre el nivel de estudios y el riesgo de pobreza. En suma, la educación es uno de los factores más influyentes en la construcción de las trayectorias vitales de los individuos, delimitando los niveles de calidad de vida a los que accederán. Se debe, por tanto, insistir en que la mejora de los niveles educativos siempre conducirá a un mayor potencial de integración social.

Por consiguiente, educación y exclusión social requiere un tratamiento abierto a propuestas y materias que nos ayuden a mejorar nuestra respuesta universitaria, profesional y ciudadana, nuestra respuesta también desde la formación del profesorado, de ahí la pluralidad de autores y procedencias y modos de abordar que pueden encontrarse en este monográfico.

Atentos también a que la diversidad social y cultural no sirva para justificar y legitimar la desigualdad, recordando a Maalouf cuando alude a las distintas pertenencias de las personas en su libro “Identidades asesinas”; también a que la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 2010 Año internacional de acercamiento de las culturas, culminación del Decenio internacional de una cultura de paz y No violencia para los niños del mundo (2001-2010). Y a que la idea de ciudadano y ciudadanía no haga olvidar que históricamente ha servido más para excluir a aquellos (la mayoría) que no cumplían las condiciones exigidas por la clase dirigente y poderosa que para integrar; aunque también es cierto que ciudadanía y educación se necesitan mutuamente.

Educación y exclusión conforman prácticamente un par antagónico, como lo es ciudadanía y exclusión, en cuyo análisis el centro de atención ha de ser colocado en el papel de la educación y en sus potencialidades para el vencimiento de la exclusión. La antigua relación entre educación y ciudadanía se enfrenta en la actualidad a nuevos desafíos, ya que los procesos de fragmentación, diferenciación y exclusión social que padecen las sociedades dificultan la construcción de una ciudadanía plena que requiere de prácticas socioeducativas que garanticen a las personas el ejercicio de un conjunto de derechos, entre ellos el de la inclusión o incorporación social. Las relaciones entre educación y ciudadanía no constituyen, pues, un tema nuevo: ya sea porque la educación es un requisito para ejercer la ciudadanía o porque la ampliación de los derechos de ciudadanía requiere extender los beneficios de la educación.

Dicho esto, debemos insistir en la necesidad de no reducir la educación a lo netamente escolar, ya que es importante un tratamiento específicamente educativo, que va más allá de lo estrictamente escolar, y encontrar la manera de construir entre todos una comunidad local, una ciudad ‘inclusiva’. Es preciso por tanto encontrar maneras colectivas y comunitarias, plurales y participativas, educativas, para dar respuesta a las nuevas exigencias.

El Consejo de Redacción

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