El olfato, ese poderoso hechicero (José Emilio Palomero Pescador)


El olfato es el canal sensorial más olvidado, una especie de “ángel caído” menospreciado por los estudiosos de los sentidos, que están más interesados en investigar la vista, el oído, el gusto y el tacto.

Sin embargo, el olfato es un sentido con enormes poderes mágicos, gracias a su capacidad para evocar todo tipo de emociones y recuerdos. Por ello, tal como decía Helen Keller (1), de quien nos hemos ocupado en este blog en más de una ocasión, “El olfato es un poderoso hechicero que nos transporta a través de miles de millas y de todos los años que hemos vivido. El olor a fruta me lleva a mi casa… [y] a mis juegos de niña en la huerta… [y] otros olores, instantáneos y fugaces, hacen que mi corazón se llene de alegría, o se achique con el recuerdo del dolor”. O como señalaba Kipling (2), “Más que los sonidos o las imágenes, los olores pueden mover las fibras del corazón”.

Pero más aún. Tal como ha señalado Synnott (3), el valor del olfato no se agota en su vertiente emocional, sino que tiene poderosas implicaciones estéticas, sexuales, espirituales, médicas, legales, morales, políticas y económicas, que hacen que el olor impregne e invada todos los dominios de nuestra vida social.

Si además tenemos en consideración que cualquier persona sana puede aprender a percibir entre 10.000 y 40.000 olores diferentes, y que los expertos (perfumistas, enólogos, catadores…) son capaces de identificar hasta 100.000, está claro que el olfato es un sentido muy importante. Incluso podríamos decir que en gran medida pensamos y sentimos por la nariz.

Por todas estas razones me parece interesante invitar a mis lectores y lectoras a rememorar algunos de los olores aprendidos en la infancia. Podríamos decir que existen distintos universos sensoriales y que por ello los seres humanos hablamos diferentes idiomas olfativos, que están en función de nuestras experiencias personales y del lugar en que nos hemos criado.

Quizá por ello, a mi siempre me ha resultado agradable el olor a establo. Me trae recuerdos de la época que viví en el pueblo. Mucha gente no puede soportar este olor, pero a mi me gusta recordarlo, pues hace que retorne a mi memoria el calor humano y animal de las cuadras en los gélidos inviernos de mi infancia; el ordeño de las vacas, cada mañana y cada noche, y el trato cariñoso del ordeñador, que las hablaba dulcemente mientras iba sacando la leche de sus ubres; el asombro que me producía el nacimiento de cada nuevo ternero; el momento en que las vacas volvían de pastar en las praderas en los atardeceres de las primaveras y los veranos; el olor de la alfalfa recién cortada; los sonidos propios de la rumia y el mugido de las vacas; el sabor tan fuerte como delicioso de la leche fresca, recién hervida a la lumbre de paja; la fabricación casera de la mantequilla, el requesón y el queso; el sabor y el olor de aquella sabrosa y espesa nata que, recién salida del puchero, nos comíamos untada en pan con azúcar; los calostros; la leche migada; las conversaciones en el establo; las personas con las que allí mantuve interminables conversaciones; los juegos y chiquilladas; y otras mil y una historias cargadas de emoción y de afecto…

¡Qué cantidad de buenos recuerdos con tan sólo con recordar el olor de los establos…! Está claro que el olfato es un gran hechicero, que tiene poderes mágicos, que es capaz de evocar todo tipo de emociones y recuerdos.

Parafraseando al Hamlet de William Shakespeare, “Nada hay fragante ni maloliente, bueno o malo, si el pensamiento no lo hace tal.” No hay buenos o malos olores. No es tan simple. Nuestro gusto nasal depende de las emociones y pensamientos que asociamos a las huellas olorosas.

Y es que las cosas no son blancas o negras en ningún ámbito de la vida. En todos ellos hay toda una amplia gama de tonalidades.

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(1) Helen Keller, sorda y ciega, fue una famosa escritora, activista y oradora estadounidense. Su vida inspiró la famosa película “El milagro de Ana Sullivan”, galardonada con dos Óscar en 1962. Quizá por su sordoceguera, terminó convirtiéndose en la nariz más famosa de la historia, capaz de descubrir el oficio de una persona por su aroma, por su olor.

(2) Joseph Rudyard Kipling, fue un escritor y poeta británico nacido en la India. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1907.

(3) Anthony Synnott es uno de los principales estudiosos de la sociología del olor.

Copyright José Emilio Palomero Pescador

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