Interculturalismo, si. Pero con desarrollo humano sostenible


image
55 (20,1) ABRIL 2006



EDITORIAL

Permítannos, amigos lectores, comenzar copiando. Aunque en el contexto de la carta de presentación de una revista científica, de su “Editorial”, parece que no cabrían estas tretas, hete aquí que la ocasión la pintan calva y que el contenido de la cita merece la pena. Dice así una Carta al Director, publicada recientemente en el periódico “El País”, cuyo autor, Claudiu Cornel Tiru, titula“¡Como el mismísimo Drácula!”:

“Soy rumano. Vivo en España desde hace siete años y estoy casado con una asturiana desde hace tres. Tengo 36 años, soy economista y hablo cinco idiomas. Ahora tengo un trabajo, no sólo adecuado a mi formación, sino que además me gusta. Pero para conseguirlo primero he recogido almendras, he fumigado naranjas, he lavado y cambiado ruedas a camiones, he repartido publicidad, he hecho reparaciones en una casa, he sido camarero y también repartidor. Nunca me he dedicado a la trata de blancas, ni al asalto de chalés, ni al tráfico de coches de lujo [...]. Siempre que he podido he enviado dinero a mis padres a través de empresas especializadas como Western Union, Money Gram... Pero recientemente, por circunstancias que no vienen al caso, hice una transferencia de 50 euros desde mi cuenta del Banco Herrero, ahora Sabadell, a una cuenta de mi padre, en Rumania, por la que me cobraron una comisión de 59,91 euros. ¡El 120% de lo que enviaba! Nunca hubiera imaginado que me encontraría con un verdadero "chupa sangre" en España, yo, que soy de Transilvania, como el mismísimo Drácula”.

La interculturalidad es un proceso avanzado del hecho social, ya que es una forma de encuentro y diálogo entre diversas culturas y, también, una forma de soslayar la discriminación y la exclusión social. Implica una dinámica que rompa el cerco del etnocentrismo y las vallas del prejuicio, y que propicie interrelaciones y intercambios entre los diferentes grupos de un mosaico multicultural, como es el de la sociedad actual. En este contexto, la carta que acabamos de incluir impresiona por todo lo que en ella subyace, porque refleja con nitidez un comportamiento impropio dentro de una sociedad que dice defender los valores sociales y porque es toda una lección de lo que no es el interculturalismo.

No hay que engañarse, hablar de interculturalismo supone hablar también de sus bases científicas o epistemológicas, que suena mejor, ya que no puede existir comunicación entre culturas, ni tampoco respeto mutuo entre ellas, ni pluralismo acogedor, ni construcción de una cultura común generada por el buen entendimiento entre los miembros de diferentes civilizaciones, si previa o simultáneamente, los países receptores no se olvidan de robar. Es imposible ser amable si se es injusto, no se pueden casar “buena acogida al extranjero” con la “aniquilación del desarrollo económico de los países y de las familias originarias”. Se nos puede llenar la boca de satisfacción cuando escuchamos que los españoles somos muy simpáticos, muy cariñosos, muy amables, muy acogedores, muy campechanos con los de fuera…, pero antes, durante, y después de todas esos comportamientos plausibles, dejamos de cumplir con lo más elemental, como puede ser: Pagar salarios justos, proporcionar condiciones laborales humanas, no practicar la usura, luchar por la igualdad, desear y realizar auténticas políticas de integración, no de asimilación… En pocas palabras, no se entiende la sociabilidad, sin respetar las reglas elementales de la economía. No existe interculturalismo sin desarrollo humano. Hay que defender las superestructuras del buen clima y la simpatía, pero éstas deben permanecer unidas a la infraestructura económica del respeto a lo básico. Otra vez hay que aplaudir al “marxiano” Marx, no el “marxista” Stalin, por ejemplo.

Practicando y defendiendo este planteamiento de colocar el carro antes de los bueyes, es como se posee un verdadero concepto de interculturalidad. Hacerlo de otra manera significa equivocarse, conceptualizar mal la realidad, no hacer ciencia, sino publicidad o propaganda. Autores como Sartori o el propio Habermas han señalado que cabe el peligro de que el interculturalismo se convierta en una calle de un solo sentido. Desconectar el interculturalismo del desarrollo humano y sostenible implica fragmentar la historia y, consecuentemente, levantar erróneamente el edifico teórico que debería explicar científicamente, en este caso, el fenómeno migratorio e intercultural. Los estudiosos del tema deberán estar muy atentos al enfoque sistémico de los hechos, no permitir el engaño del simplismo, echar mano del paradigma complejo e interdisciplinar, colocar las cosas en su respectivo lugar: interculturalismo con desarrollo, no interculturalismo sin él, entendiendo por desarrollo crear riqueza y llevar ayuda para ello, si fuere necesario, a los pueblos que emigran; conceder microcréditos a las personas de la otra cultura para que allí, donde ellos viven, puedan producir los bienes necesarios que impidan la muerte en las pateras a quienes se sienten obligados a salir de su hogar, sin probabilidad de volver a su patria.

¿Ejemplos? ¿Cómo es posible la comunicación intercultural entre palestinos e israelíes, mientras los primeros no tengan un terreno propio donde fundamentar el Estado y los segundos derrochen el dinero en armas para mantener la ocupación de unos territorios conquistados? ¿Cómo es posible hablar de pluralismo de culturas en una sociedad global, si esta globalización más que permitir las diferencias impone un pensamiento único basado en la única economía de mercado mundial? ¿Qué interculturalismo es posible entre el 20% de la población de toda la tierra, que controla el 86% del PIB mundial, y ese 80% de personas que se tiene que conformar con el 14% de la renta total? ¿Cómo pueden merendar juntos musulmanes y cristianos en un ágape intercultural, si unos u otros están usurpando el pan o el arroz del contrario, antes de sentarse a la mesa?

Todo esto significa que no hay que confundir interculturalismo con hipocresía. Para que pueda subsistir la comunicación y el entendimiento entre pensamientos, principios, leyes, costumbres y modos diferentes, hay que partir de la sinceridad y de la verdad, consistente en no negar con una mano lo que se hace con la otra. No mantener unas normas que consientan la desigualdad irritante de las rentas y riquezas, y al mismo tiempo pregonar en los foros y congresos internacionales, el fin de la discriminación cultural. Materia y espíritu van juntos. Lo contrario se llama angelismo supersticioso.

¿A qué nos obliga este armazón coherente de ideas y de uniones entre interculturalismo y lucha por el desarrollo equitativo de los pueblos y de los individuos de diferentes culturas?

Después de lo ocurrido en Holanda, con el asesinato de un cineasta y de un político; del incendio de media Francia; del atentado de Londres, perpetrado por jóvenes paquistaníes de segunda y tercera generación, educados en el Reino Unido…, cabe preguntarse si no deberíamos examinar e investigar, empírica y antropológicamente, el modo en que los estudiantes procedentes de minorías étnicas adquieren, en la escuela, la cultura cívica, los valores y las normas de las sociedades de acogida, en orden a integrarlas armónicamente con su propios valores, haciendo una simbiosis adecuada y personalizadora…

Desde esa atalaya, la Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado aboga por políticas de integración y no de asimilación, por la construcción de una verdadera Alianza de Civilizaciones, por la multiplicación de hermanamientos sinceros entre pueblos y ciudades, por la “Educación Intercultural” y la mezcla de escolares en los mismos edificios, con atención individualizada a cada uno de ellos; por una política de género que termine con la incomprensión entre hombres y mujeres, por la implantación de recursos didácticos y de cualquier otro tipo que contribuyan a la lucha en pro de una nueva ciudadanía: La creación de un ciudadano democrático, cósmico, igual en derechos, sea cualquiera el lugar donde habite o se encuentre. Abogamos por la eliminación de la pobreza y aplaudimos las campañas “Pobreza Cero” que se celebran en todas las Comunidades Autónomas de nuestro país y en otras partes del mundo. Apostamos por el cumplimiento de los Objetivos del Milenio y denunciamos el retraso y la falta de voluntad en los Gobiernos para erradicar los males que denuncian. Así lo proclamamos, porque no creemos en la mentira, ni en las verdades a medias, ni en la separación entre interculturalismo y justicia social.

El Consejo de Redacción


0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada